Nací arqueólogo sin saberlo. Una cueva remota y oscura confirmó mi vocación: lo mío sería desenterrar significados. Veo cosas y escribo y escarbo. Leo para darme cuenta lo poco que sé de todo. Fundador de Mindcode, ayudo a innovar y entender la conducta del consumidor. Hago preguntas para encontrar respuestas y después tengo más preguntas. Lo mío es caminar en la cueva, encontrar la luz y volver adentro. Al final espero un epitafio corto: Signifiqué.
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domingo, 25 de mayo de 2014
Mucho tener, poco sentir
domingo, 18 de mayo de 2014
Volver al mercado
domingo, 11 de mayo de 2014
Pantaleón, digital o papel
Mi relación con los libros no tiene memoria definida. En algún momento de mi infancia alcé la vista y fijé los ojos a través de las puertas de madera con cristal en el librero donde mi papá guardaba nombres que yo leía con esporádica frecuencia, como el maestro que toma lista a su grupo, como el militar que pasa revista a un batallón de plomo. Ahí estaban en el mismo orden de siempre, Vargas Llosa, Borges, García Márquez, Twain, Asimov, Hesse, Jardiel Poncela, Huxley, Salgari, Bradbury, Boccaccio y más.
Leía aquellos nombres, pero no sus libros, me familiarizaba con el color de las ediciones, su tipografía e ilustraciones. ElDecamerón era grueso y de pasta dura, en oposición a la pequeñez de las ediciones de bolsillo de Ray Bradbury y sus narraciones fuera de nuestra órbita. Quizá por eso empecé a leer por ahí, por considerar ingenuamente que los libros pequeños son más fáciles de leer.
Cuando viajo, cargo con uno o dos libros, sin ellos me siento incompleto, temo el momento de ocio en que no pueda leer algo, como las esperas en un aeropuerto o los interminables minutos en una sala donde un médico demora siempre más de la cuenta. Fue hace unas semanas, previo al abordaje de un avión, donde Alex, docto en ciberciencias, amigo y colega, al verme sacar un libro me cuestionó por qué no usaba un lector digital en vez del papel. Luego disparó a mansalva una serie de argumentos con los que me dejó desguarecido (especialmente cuando dijo que el aparato era ideal para leer en la noche, sin prender la luz; me imaginé leyendo sin molestar a mi esposacon el brillo de una lámpara).
Mi transición al mundo de los libros digitales no pudo ser mejor. Estaba leyendo en papel El Extranjero, y terminé de leerlo en mi nuevo juguete. Subrayé digitalmente una frase deMeursault, quien desde su celda reflexiona: “En el fondo no existe idea a la que uno no concluya por acostumbrarse”.
Ahora viajo con decenas de libros y una enorme tienda-biblioteca a merced de unos cuantos botones. Estoy contento, pero me perturba la idea de abandonar el papel. Desde que pude empecé a comprar libros. Muchos más los heredé de mis abuelos. Para colmo, cada vez que visito a mis padres, salgo con una bolsa de libros que mi papá va desalojando de suestantería, una especie de transferencia de archivos analógicos, de su librero al mío. Así, custodio ahora su colección de Asimov. Como es natural, mi librero cada vez demanda más espacio.
¿Son los libros como objeto los que nos atrapan o las historias atrapadas en ellos? A la par que mis pasos infantiles se aproximaban al altar de libros de la casa, mi mamá me servía hígado encebollado en la cocina. Aquel tormento (detesto ese plato), ahora lo sé, dio origen a mis primeras clases de realismo mágico; para poder tragar el nauseabundo bocado, mi mamáme contaba un cuento. Su imaginación era tal que si se hubiera propuesto escribir, hubiera sido la Rowling mexicana. A través de ella conocí desde agujas mágicas hasta mantos de invisibilidad. La historia de los “alacranes encebollados” era mi favorita, aunque nunca le quitó el sabor hepático al plato que las mamás de la época asociaban con crecimientos milagrosos.
Antier visité la casa paterna. Le mostré mi nuevo lector digital a mi papá. Luego de manipularlo lo dejó en la mesa y fue a su librero. Al momento de la despedida sacó varios libros para mí y se jactó con orgullo de que me llevaría una primera edición de Pantaleón y las visitadoras. Le dije que yo podía bajarlo para leerlo digitalmente, después de todo, es un libro especial para él. Su respuesta fue contundente mientras agitaba el libro “aquí vas a leerlo en una primera edición”.
Los lances de Pantaleón Pantoja ya están en mi librero, y yo me siento feliz de que luzca atiborrado. Desde un burócercano, el lector digital nos mira con recelo mientras yo experimento una certeza: son las historias las que nos transforman, nos llevan por sitios insospechados y nos dan herramientas para la vida; aunque haya hígado encebollado.
domingo, 4 de mayo de 2014
"El diferente eres tú"
domingo, 27 de abril de 2014
El algoritmo de Dios
domingo, 20 de abril de 2014
Realismo México
Quizá es ocioso preguntarse esto, lo cierto es que García Márquez llegó a México 25 años después de que Pedro Linares López inventara los alebrijes. Los seres fantásticos han existido desde siempre en los relatos del hombre, pero no en todos los países se han vuelto artesanía distintiva. La tierra que fue cuna de Cien años de soledad, también lo fue de cabezas de dragones con cuerpo de salamandra, patas palmadas, colmillos de tigre, dimorfismo sexual y ojos de campamocha, en el mismo cuerpo. Todo es posible en un alebrije.
Deberíamos hablar del Realismo México, ese lugar que semeja (o inspira) realidades alteradas, donde lo impensable sucede y la no-explicación es muchas veces la explicación. El Realismo México cumple cabalmente con las características del realismo mágico.
Elementos mágico/fantásticos percibidos como parte de la normalidad. Ahí están los entes que viven del erario, seres llamados “políticos” que como virus que muta o que escapa a los medicamentos, ejemplifican la máxima de que no hay lealtad a la causa sino al beneficio. Así, es común ver a militantes que cambian de bandera. El organismo que habitaban ya no les es útil, requieren un nuevo medio de subsistencia, tierra fértil para seguir prometiendo. Estos alebrijes ideológicos, lejos de avergonzarse por su cuerpo informe hecho de varias especies, se sienten orgullosos de su estirpe.
Sucesos mágicos carentes de explicación. ¿Cómo es que salió libre aquel conductor que en estado de ebriedad mató a una persona? ¿por qué hay intocables en el país? ¿por qué los partidos políticos no postulan a los hombres más preparados sino a los que sirven mejor a los intereses del grupo? ¿dónde guardan tantos autos los empleados de un valet parking? ¿quién realmente mató a Colosio? ¿la reforma fiscal es tan buena o tan mala como dicen? ¿por qué no crece la economía? ¿cuál es la fecha de un “nos hablamos”? ¿estamos más hacia el lado de la tecnología o de la superstición? ¿cómo es que ciertas gasolineras que incumplen las normas pueden abrir y operar? ¿cuánto es un “tantito”?
Presencia de lo sensorial como parte de la percepción de la realidad. Cualquier extranjero que camina por uno de nuestros tianguis queda marcado por la experiencia. Visualmente es imposible abarcar todo, la policromía es lo más cercano que hemos estado de la democracia, en un tianguis no hay color que domine. Los olores y sabores se multiplican conforme uno se adentra en los laberintos, se pasa de las hierbas precolombinas a la perfumería pirata, de la fritanga a la fruta, del chamoy al tepache. Los roces de hombro, y a veces de otras partes, son comunes. Se escucha la cumbia, el piropo, el chirrido de las llantas del diablito, los silbidos del chalán, el pregonar del vendedor de remedios, la notas del organillero.
Los hechos son reales pero tienen una connotación fantástica, ya que algunos no tienen explicación, o son muy improbables que ocurran. Se atrapa a un delincuente y la vox populi duda de su identidad. Se promete justicia ante el delito y el pueblo se resigna. Los partidos pactan por el interés de México, pero tras bambalinas pactan por el interés de ellos. Se jura ante la constitución y nunca se demanda el incumplimiento. Hay causas, pero no consecuencias.
Ruptura de planos temporales, regresiones, adelantos. Quizá García Márquez no escogió a México para vivir, quizá fue escogido por esta tierra de realidades paralelas, de seres con máscara, el género que respiramos todos, Realismo México, el país donde la realidad supera a la ficción. El país que inspiró las letras de un genio.
domingo, 13 de abril de 2014
Volver al trueque
Todos coleccionamos o acumulamos algo. El hecho dice mucho de nuestra personalidad, tanto que podría ser una pregunta obligada en toda entrevista de trabajo: "¿Qué acumulas?". El que acumula terrenos es un latifundista, quien acumula fraudes es un pillo, el que acumula poder y riqueza es un empresario monopólico (o un líder sindical mexicano), el que acumula ideas es un intelectual, y así por el estilo, un asesino acumula cuerpos, un "príncipe de la basura" acumula favores sexuales de sus empleadas. Dime qué acumulas y te diré quién eres.
Durante mi infancia recuerdo con nostalgia un álbum de luchadores. Luego del intercambio con los amigos, hubo unanimidad con tintes arqueológicos: a todos nos faltaba la Momia Azteca. Conforme uno iba completando el álbum, surgían la envidia y otras desviaciones, como tristemente sufrí: el Huracán Ramírez ya no estaba en su lugar.
Ante tantos videojuegos que han vuelto a los niños seres apantallados (dícese de aquellos que se ausentan de la realidad), da gusto ver a los pequeños (y a sus papás) intercambiando manualmente sus estampas, reivindicando el trueque, esa necesidad manifiesta de ver en el otro un complemento. Varias generaciones han pasado desde el primer álbum Panini de un Mundial (1970) y la tradición sigue vigente, su dimensión social supera el hecho de poseer.
Tener un álbum completo termina siendo inútil, pero es el camino lo que reconforta. Un camino de complicidades sin dolo, una ruta con misterio (ese alimento que tanto gusta al hombre): abrir un sobre y esperar la suerte.