Translate

domingo, 25 de mayo de 2014

Mucho tener, poco sentir

No hemos cambiado. “La sangre de los guerreros cual si fuera agua corría: como agua que se ha encharcado, y el hedor de la sangre se alzaba al aire...” La crónica Azteca sigue siendo el retrato hablado de este país donde la violencia es la regla, el modus operandi, el contrato social que nos remite a tiempos cavernarios.

El presidente de la República reacciona, hace suya la causa contra el bullying. Días antes, el cuerpo de un niño de 12 años era azotado por sus compañeros de clase, una y otra vez contra un muro; muere por las lesiones. Días antes, una jovencita de secundaria es encarada por sus compañeros quienes le reclaman supuesta difamación. Un video muestra que es humillada y golpeada por una compañera iracunda mientras los demás observan la reprimenda. Como en las guerras floridas, que con cuerpos humanos alimentaban el hambre de los dioses, los cuerpos humanos en México siguen alimentando otros tipos de apetitos, igual o más insaciables.

Del bar Heaven a la escuela Secundaria 7 en Tamaulipas, de la recámara de la casa a una sacristía, de la crónica del noticiero al canto quinto del Infierno “Empezaron a dejarse oír voces plañideras: y llegué a un sitio donde hirieron mis oídos grandes lamentos. (...) La tromba infernal, que no se detiene nunca, envuelve en su torbellino a los espíritus; les hace dar vueltas continuamente, y les agita y les molesta: cuando se encuentran ante la ruinosa valla que los encierra, allí son los gritos, los llantos y los lamentos y las blasfemias contra la virtud divina.” , vivimos en una sociedad enferma de violencia. Aquí Dante sería costumbrista.

Ante el paso de un autobús, un embustero se lanza desde la baqueta para ser atropellado. El cínico histrión reclama y extorsiona al chofer para no demandarlo. Vuelve su cuerpo instrumento de agresión, también exhibe al país. Los video juegos hacen apología del desmembramiento humano, los pixeles se tiñen con glóbulos rojos del adversario.
En Arqueología de la violencia, Pierre Clastres sostiene que el comportamiento agresivo es propio de la especie humana, con un objetivo: mecanismo de adquisición. Los hombres cavernarios usaban la violencia para comer (la caza), también para negociar y establecer condiciones. Hemos evolucionado muy poco, el apetito humano por apropiar sigue siendo el motivador de la violencia.

El deseo de adquirir poder, estatus, control, placer, alimenta las agresiones escolares en las escuelas, pero también incendia los ánimos en las tribunas legislativas o en las elecciones internas de los partidos políticos. El deseo de adquirir bienes a toda costa, lleva al robo, asaltos, extorsiones, secuestros, tráfico de personas y drogas, corrupción, fraudes. El apetito incontrolable por apropiar se ha vuelto contra nosotros y nos persigue sin cuartel, la violencia como sobrevivencia.

Más allá de las formas mediáticas, espero que el tema de las raíces de la violencia en general (no sólo el bullying) entre en el radar presidencial y de su gabinete. Esperemos que se implementen iniciativas efectivas (propuse algunas en este espacio, ver El efecto Lucifer, 26 de Febrero de 2012). En suma, requerimos reinstaurar valores sociales, un nuevo heroísmo que premie el desapego, el rechazo por apropiar con violencia (el policía que regresa la cartera, el maestro que detiene una agresión, el estudiante que se opone al grupo golpeador, y más).

Vivimos, a decir de Clastres, la economía primitiva, la economía de la predación. Los disturbios sociales por el tema del agua en San Bartolo Ameyalco, vigorizan lo que Lévi-Strauss estableció “Existe una vinculación, una continuidad, entre las relaciones hostiles y el abastecimiento de prestaciones recíprocas: los intercambios son guerras resueltas en forma pacífica; las guerras son el resultado de transacciones desafortunadas.”


Saramago describía a los lisboneses como gente de poco tener y mucho sentir; una descripción de pacifismo o fórmula para equilibrar pasiones destructivas. Hagamos algo similar, o no quedará nada por apropiar.

domingo, 18 de mayo de 2014

Volver al mercado

Los mercados públicos pueden ser vistos desde muchos ángulos. Espacio para el comercio popular, punto de encuentro, pago de favores y concesiones, centro de atracción turística, fuente de trabajo, testigo de tradiciones, custodio de sabores ancestrales, sinónimo de frescura y buen precio. Los mercados públicos contienen la magia de una cultura, encierran los miedos y supersticiones, las creencias tradicionales, paganas y liberales; en su diversidad desdoblan la más profunda psique social y, elevados a su máximo potencial, se convierten en moradas culturales que generan bienestar y riqueza a sus participantes y a la comunidad.

La abundancia de recursos culturales en México nos ha llevado a dilapidar el patrimonio. Salvo contadas excepciones, nuestros mercados públicos no explotan su condición de activo cultural. Relegados a la burocracia del Departamento de Mercados, se convierten en números de expediente, hojas empolvadas con destino al archivo muerto. Para colmo, hemos inducido a las nuevas generaciones para hacer del mall gringo, el centro de nuestra vida social, mientras el mercado público es cosa de las abuelas o de los vecinos del centro de la ciudad, esa zona que creemos conocer en libros de historia.

Hay notables manifestaciones del potencial de un mercado cuando es convertido en morada cultural. El de San Miguel, enclavado en el Madrid castizo, se ha convertido en punto de encuentro para locales y visitantes. Bajo una centenaria estructura de hierro, ofrece una excepcional oferta gastronómica, pero también la esencia del mercado: la compra cotidiana de víveres. Conviven bajo el mismo techo los vinos, vermuts, aceitunas, aliños y banderillas, embutidos y conservas, evocaciones cuyos nombres provocan la rendición del paladar: “Bocatines de carne de corzo con cebolla caramelizada”.

Recientemente se quemó el tradicional Mercado Corona, en el centro histórico de Guadalajara. Convertido en una “zona cero”, el espacio albergará un nuevo mercado. El gobierno local, los empresarios, los comerciantes, tienen una oportunidad de oro para construir una morada cultural que no sólo exalte las manifestaciones gastronómicas tapatías sino que se vuelva en un polo de atracción turística, orgullo de la ciudad, punto revitalizador de la vida nocturna del centro histórico. Debe partirse de un concepto, no de un plano arquitectónico.

En el corazón de la Ciudad de México está el mercado de San Juan Pugibet, el secreto mejor guardado de la capital. Tiene tradición, historia (ahí estuvo la fábrica de puros El Buen Tono) y una variedad tal, que es sitio obligado de muchos chefs y sibaritas, exploradores de lo exótico. Pocos capitalinos lo conocen.

Dijo Neruda “México está en sus mercados”, pero parece que no sabemos explotar esta fantástica riqueza, como sí lo hace Florencia con su Mercato Centrale Firenze, o Barcelona con La Boquería. Elevar el nivel cultural (y por lo tanto, económico) de algunos mercados mexicanos, implica una nueva apuesta de no sólo ver comercio, sino emprendimiento cultural. No se trata de desplazar lo popular por lo elitista, se trata de innovar con tradición bajo una convivencia de lo cotidiano y lo extraordinario de lo cotidiano.

Se trata de hacer espacios donde la gente desea estar, espacios de seducción sensorial donde la degustación empieza por la generosidad de obsequiar bocados, donde la comida informal de la región adquiere notas superiores cuando se cuentan los orígenes, las historias y tradiciones, cuando se alimenta no sólo al estómago, también se estimula la mente. Espacios donde “espontáneamente” brota un violín, luego un cello y una soprano (también tríos y mariachis) sitos donde surge la foto, el recuerdo, y la fuerza imbatible de la recomendación de boca en boca.


En nuestros mercados está la posibilidad de encontrarnos con el pasado y ver el futuro, preservar nuestro mejor rostro, ofrecernos al mundo, el mercado debe humanizarnos, volvernos a la simpleza de lo cotidiano, a la búsqueda de lo extraordinario olvidado.

domingo, 11 de mayo de 2014

Pantaleón, digital o papel

Mi relación con los libros no tiene memoria definida. En algún momento de mi infancia alcé la vista y fijé los ojos a través de las puertas de madera con cristal en el librero donde mi papá guardaba nombres que yo leía con esporádica frecuencia, como el maestro que toma lista a su grupo, como el militar que pasa revista a un batallón de plomo. Ahí estaban en el mismo orden de siempre, Vargas Llosa, Borges, García Márquez, Twain, Asimov, Hesse, Jardiel Poncela, Huxley, Salgari, Bradbury, Boccaccio y más.

Leía aquellos nombres, pero no sus libros, me familiarizaba con el color de las ediciones, su tipografía e ilustraciones. ElDecamerón era grueso y de pasta dura, en oposición a la pequeñez de las ediciones de bolsillo de Ray Bradbury y sus narraciones fuera de nuestra órbita. Quizá por eso empecé a leer por ahí, por considerar ingenuamente que los libros pequeños son más fáciles de leer.

Cuando viajo, cargo con uno o dos libros, sin ellos me siento incompleto, temo el momento de ocio en que no pueda leer algo, como las esperas en un aeropuerto o los interminables minutos en una sala donde un médico demora siempre más de la cuenta. Fue hace unas semanas, previo al abordaje de un avión, donde Alex, docto en ciberciencias, amigo y colega, al verme sacar un libro me cuestionó por qué no usaba un lector digital en vez del papel. Luego disparó a mansalva una serie de argumentos con los que me dejó desguarecido (especialmente cuando dijo que el aparato era ideal para leer en la noche, sin prender la luz; me imaginé leyendo sin molestar a mi esposacon el brillo de una lámpara).

Mi transición al mundo de los libros digitales no pudo ser mejor. Estaba leyendo en papel El Extranjero, y terminé de leerlo en mi nuevo juguete. Subrayé digitalmente una frase deMeursault, quien desde su celda reflexiona: “En el fondo no existe idea a la que uno no concluya por acostumbrarse”.

Ahora viajo con decenas de libros y una enorme tienda-biblioteca a merced de unos cuantos botones. Estoy contento, pero me perturba la idea de abandonar el papel. Desde que pude empecé a comprar libros. Muchos más los heredé de mis abuelos. Para colmo, cada vez que visito a mis padres, salgo con una bolsa de libros que mi papá va desalojando de suestantería, una especie de transferencia de archivos analógicos, de su librero al mío. Así, custodio ahora su colección de Asimov. Como es natural, mi librero cada vez demanda más espacio.

¿Son los libros como objeto los que nos atrapan o las historias atrapadas en ellos? A la par que mis pasos infantiles se aproximaban al altar de libros de la casa, mi mamá me servía hígado encebollado en la cocina. Aquel tormento (detesto ese plato), ahora lo sé, dio origen a mis primeras clases de realismo mágico; para poder tragar el nauseabundo bocado, mi mamáme contaba un cuento. Su imaginación era tal que si se hubiera propuesto escribir, hubiera sido la Rowling mexicana. A través de ella conocí desde agujas mágicas hasta mantos de invisibilidad. La historia de los “alacranes encebollados” era mi favorita, aunque nunca le quitó el sabor hepático al plato que las mamás de la época asociaban con crecimientos milagrosos.

Antier visité la casa paterna. Le mostré mi nuevo lector digital a mi papá. Luego de manipularlo lo dejó en la mesa y fue a su librero. Al momento de la despedida sacó varios libros para mí y se jactó con orgullo de que me llevaría una primera edición de Pantaleón y las visitadoras. Le dije que yo podía bajarlo para leerlo digitalmente, después de todo, es un libro especial para él. Su respuesta fue contundente mientras agitaba el libro “aquí vas a leerlo en una primera edición”.

Los lances de Pantaleón Pantoja ya están en mi librero, y yo me siento feliz de que luzca atiborrado. Desde un burócercano, el lector digital nos mira con recelo mientras yo experimento una certeza: son las historias las que nos transforman, nos llevan por sitios insospechados y nos dan herramientas para la vida; aunque haya hígado encebollado.


domingo, 4 de mayo de 2014

"El diferente eres tú"

“Soy puta. Soy negro. Soy moro. Soy sudaca. Soy mujer. Soy gorda. El diferente eres tú”, así inicia un breve testimonio en video, realizado por estudiantes de prepa del Tec, luego de su visita al Museo Memoria y Tolerancia, un recorrido por algunos lamentables pasajes de intolerancia, genocidio y racismo en la historia reciente del hombre.

El racismo es una condición latente, nunca erradicada. Esta semana hubo dos sucesos dignos de ver. Cuando está por lanzar un tiro de esquina, un aficionado arroja una banana a Dani Alves, jugador brasileño del Barca, quien demostró que su talento por la banda derecha va más allá de las piernas. En un lance inusitado, el carioca levanta la fruta y se la come; luego cobra el tiro de esquina. El hecho generó un movimiento mundial en las redes sociales “#TodosSomosMacacos” en el que personas de diferente índole aparecen comiendo un plátano.

El causante de la ofensa, un joven de 25 años, fue identificado por el club como uno de sus colaboradores y socios, expulsado de la organización y vetado para entrar al estadio El Madrigal, de por vida.

Donald Sterling, octogenario, dueño del equipo profesional de basquetbol los Clippers, es “ventaneado” por su entonces novia y asistente, quien exhibe unas grabaciones donde Sterling hace comentarios racistas. La nota arde como lava en fuga, indigna y lastima a sus jugadores (casi todos afroamericanos) y cala hondo en la liga. El comisionado de la NBA anuncia medidas ejemplares: Sterling es expulsado de por vida de la liga, queda impedido de entrar a cualquier juego o entrenamiento de la NBA, deberá vender el equipo y además pagar una multa de 2.5 millones de dólares (que será destinada al  apoyo de causas sociales en contra del racismo).

¿Y si nos traemos de Procurador General de la República al comisionado Adam Silver? En México René Bejarano, tristemente conocido también como el “señor de las ligas”, fue exhibido en flagrancia recibiendo dinero a manos llenas. Su corrupción provocó su desafuero y posterior encarcelamiento, que duró muy poco. Hoy en día sigue activo como político, ejerciendo su influencia. Y como él tantos otros de quienes se saben sus abusos y no tienen consecuencia (Moreira, Montiel, etc.). La justicia mexicana maquilla las sanciones a los poderosos, y con esto lanza un grave mensaje a la sociedad: infringir la ley es rentable.

El año pasado, la regidora del Pri en Ensenada, Graciela Moreno, se refirió a los niños que mendigan como “una plaga”, “parecen topos, la verdad”. Vicente Fox dijo que los trabajadores mexicanos en EEUU hacen trabajos “que ni los negros quieren hacer”, también habló de “lavadoras de dos patas”. Ninguno de estos personajes tuvo una represalia similar a la que hoy tienen Sterling y el aficionado al Villarreal.

Nuestra sociedad es demasiado tolerante con lo que no debería tolerar, desmemoriada incluso. Vivimos un racismo manifiesto, expuesto en el clasismo que segrega y excluye por color de piel, orientación sexual y religiosa (entre otras cosas), y también un racismo oculto que navega en mensajes subconscientes, desde la publicidad hasta los dibujos animados (e.g. en El libro de la Selva, todos los personajes hablan con acento occidental, menos los monos. En Peter Pan, los niños blancos preguntan a los Piel Roja por qué tienen un color distinto; en su respuesta no está el orgullo racial sino la justificación: un antepasado se sonrojó al besar una mujer. Y así, incontables ejemplos.)


Ver al otro como recurso (en una relación justa) y no como amenaza, debería ser un valor social. La cinta César Chávez, de Diego Luna, tiene el acierto de recordárnoslo sin exagerar el desprecio racial (que por cierto, persiste en EEUU). Me parece obligado llevar a nuestros niños y jóvenes al Museo Memoria y Tolerancia, sembrarles la semilla del respeto y la no-violencia, un espacio para sumirnos en un lado oscuro de nuestra naturaleza y estar alertas ante el peligro de la indiferencia. Claraboya para asomarnos a la luz de la comprensión de lo otro.

domingo, 27 de abril de 2014

El algoritmo de Dios

Budapest, Hungría, 1974. Un escultor nacido durante la Segunda Guerra mundial decide estudiar también arquitectura en la Academia de Arte y Diseño Aplicado, donde se convierte en profesor de diseño de interiores. A sus 29 años, afanado en facilitar la visualización en tercera dimensión de sus alumnos, decide construir una figura geométrica que no sólo lo haría famoso, también millonario. Él estaba lejos de saber lo que había creado.

Erno Rubik nunca se propuso inventar el juguete-rompecabezas más exitoso en la historia de la humanidad, ése fue el destino de un cubo hecho de pequeños cubos que giran con un ingenioso mecanismo, un cuerpo con incontables formas de ser acomodado, tantas como 43 quintillones de posibles movimientos erróneos y tan sólo una forma de conseguir que sus 6 caras tengan un color por lado. A la solución se le conoció como el algoritmo de Dios.

Esta primavera se celebran 40 años de un invento que en los años 80 ocupaba las manos de niños, adolescentes y algunos adultos. Claro, hablo del pasado anticelulárico, cuando lejos estábamos de quedar absortos en un dispositivo móvil. El Rubik Cube fue la sensación del momento y quien podía resolverlo era reverenciado, poseedor de un secreto que administraba como agua en el desierto. Rubik vislumbró lo que había creado no cuando se dio cuenta que el mecanismo funcionaba como él esperaba sino cuando tardó más de 1 mes en regresar el cubo a su posición original. Hoy en día los campeones mundiales tardan 7 segundos en resolverlo.

El acertijo multicolor ha sido objeto de culto, también de rigurosos análisis matemáticos donde especialistas han desarrollado tratados con complicadas fórmulas y no menos valiosos teoremas, todo con objeto de determinar el algoritmo de Dios, el conjunto de instrucciones, paso a paso, para resolver el crucigrama de la manera óptima: 20 movimientos.

Toda invención está sujeta a severas críticas. Los primeros en conocer el juguete de Rubik se negaron a comprarlo argumentando que nadie podía resolverlo, que no era algo para niños, que no era lo que el mercado pedía. El tiempo demostró que no supieron ver la oportunidad. Toda invención conlleva a pensar en la locura, lo descabellado, lo improbable. En los 80’s, cuando trabajaba en la industria tequilera, mi papá sugirió vender alcohol en polvo; se rieron de su idea. Hoy se anuncia como la gran novedad en EEUU por sus múltiples ventajas de portabilidad y facilidad de mezcla.

Según he percibido, a través de la respetuosa distancia que le tengo a las ciencias exactas, todo puede ser planteado en una fórmula matemática. En la película Mente brillante, que narra la historia del Nobel en economía, John Nash, lo vemos pintando en la ventana la ecuación que ilustra el movimiento de las palomas en el césped.

Sin licencia de inventor, pero sí de loco, cuestiono: ¿y si hubiera un algoritmo que arreglara los problemas de México? ¿Qué tal si un grupo de matemáticos encuentra respuesta a nuestros más intrincados problemas, usando macros y teoría de grupo? Como en el cubo de Rubik, si el rojo se mueve, descuadra al azul, y si éste se ordena, complica al amarillo y al rojo, lo que abre posibilidades al verde o al naranja, según se manipule el cubo con la mano izquierda o derecha. Si acomodamos la justicia y el Estado de Derecho, deformamos los intereses de los poderes fácticos, y si estos se alinean, las caras de la ciudadanía son un completo desastre. Lo que conviene a un lado, no arregla a los otros. Se apacigua el sindicato, se jode la educación; y así por el estilo. Tenemos nuestro Cubo México en las manos.

El éxito no llega siempre por la puerta frontal, usualmente es resultado de algo imprevisto. Varias ciudades del mundo celebrarán la creación del húngaro que nunca pensó en inventar un juguete-rompecabezas.

Rubik nos recuerda las posibilidades de los movimientos, la ceguera empresarial que asume que sabe qué quiere el mercado. Nos recuerda también que nos encantan los retos: esa pasión por vivir, elevada al cubo.

domingo, 20 de abril de 2014

Realismo México

Gabriel García Márquez pudo haber escogido muchos países para vivir, decidió que México fuera su segunda patria. Se le considera uno de los máximos exponentes de lo que literariamente se ha catalogado como “realismo mágico”, la narrativa que altera la lógica (si es que hay una) de la realidad. ¿Hasta qué punto México alimentó la imaginación del colombiano? ¿pudo haber escrito sus geniales obras en otro punto del planeta?

Quizá es ocioso preguntarse esto, lo cierto es que García Márquez llegó a México 25 años después de que Pedro Linares López inventara los alebrijes. Los seres fantásticos han existido desde siempre en los relatos del hombre, pero no en todos los países se han vuelto artesanía distintiva. La tierra que fue cuna de Cien años de soledad, también lo fue de cabezas de dragones con cuerpo de salamandra, patas palmadas, colmillos de tigre, dimorfismo sexual y ojos de campamocha, en el mismo cuerpo. Todo es posible en un alebrije.

Deberíamos hablar del Realismo México, ese lugar que semeja (o inspira) realidades alteradas, donde lo impensable sucede y la no-explicación es muchas veces la explicación. El Realismo México cumple cabalmente con las características del realismo mágico.

Elementos mágico/fantásticos percibidos como parte de la normalidad. Ahí están los entes que viven del erario, seres llamados “políticos” que como virus que muta o que escapa a los medicamentos, ejemplifican la máxima de que no hay lealtad a la causa sino al beneficio. Así, es común ver a militantes que cambian de bandera. El organismo que habitaban ya no les es útil, requieren un nuevo medio de subsistencia, tierra fértil para seguir prometiendo. Estos alebrijes ideológicos, lejos de avergonzarse por su cuerpo informe hecho de varias especies, se sienten orgullosos de su estirpe.

Sucesos mágicos carentes de explicación. ¿Cómo es que salió libre aquel conductor que en estado de ebriedad mató a una persona? ¿por qué hay intocables en el país? ¿por qué los partidos políticos no postulan a los hombres más preparados sino a los que sirven mejor a los intereses del grupo? ¿dónde guardan tantos autos los empleados de un valet parking? ¿quién realmente mató a Colosio? ¿la reforma fiscal es tan buena o tan mala como dicen? ¿por qué no crece la economía? ¿cuál es la fecha de un “nos hablamos”? ¿estamos más hacia el lado de la tecnología o de la superstición? ¿cómo es que ciertas gasolineras que incumplen las normas pueden abrir y operar? ¿cuánto es un “tantito”? 

Presencia de lo sensorial como parte de la percepción de la realidad. Cualquier extranjero que camina por uno de nuestros tianguis queda marcado por la experiencia. Visualmente es imposible abarcar todo, la policromía es lo más cercano que hemos estado de la democracia, en un tianguis no hay color que domine. Los olores y sabores se multiplican conforme uno se adentra en los laberintos, se pasa de las hierbas precolombinas a la perfumería pirata, de la fritanga a la fruta, del chamoy al tepache. Los roces de hombro, y a veces de otras partes, son comunes. Se escucha la cumbia, el piropo, el chirrido de las llantas del diablito, los silbidos del chalán, el pregonar del vendedor de remedios, la notas del organillero.

Los hechos son reales pero tienen una connotación fantástica, ya que algunos no tienen explicación, o son muy improbables que ocurran. Se atrapa a un delincuente y la vox populi duda de su identidad. Se promete justicia ante el delito y el pueblo se resigna. Los partidos pactan por el interés de México, pero tras bambalinas pactan por el interés de ellos. Se jura ante la constitución y nunca se demanda el incumplimiento. Hay causas, pero no consecuencias.

Ruptura de planos temporales, regresiones, adelantos. Quizá García Márquez no escogió a México para vivir, quizá fue escogido por esta tierra de realidades paralelas, de seres con máscara, el género que respiramos todos, Realismo México, el país donde la realidad supera a la ficción. El país que inspiró las letras de un genio.

domingo, 13 de abril de 2014

Volver al trueque

Acumular ha sido para el hombre una actividad tan antigua como respirar. En su vertiente positiva, los coleccionistas se esmeran en piezas inusuales y se ufanan de mostrar rarezas meticulosamente ordenadas; en su lado oscuro, los obsesivos compulsivos acumulan un caos sólo inteligible para ellos, donde cohabitan con decenas de gatos, cajas vacías de cereal o latas de refresco.

Todos coleccionamos o acumulamos algo. El hecho dice mucho de nuestra personalidad, tanto que podría ser una pregunta obligada en toda entrevista de trabajo: "¿Qué acumulas?". El que acumula terrenos es un latifundista, quien acumula fraudes es un pillo, el que acumula poder y riqueza es un empresario monopólico (o un líder sindical mexicano), el que acumula ideas es un intelectual, y así por el estilo, un asesino acumula cuerpos, un "príncipe de la basura" acumula favores sexuales de sus empleadas. Dime qué acumulas y te diré quién eres.

Recientemente se dio el lanzamiento global del álbum de estampas del Mundial de futbol, Panini, todo un fenómeno mercadológico pero también social, parte de una tradición que desde 1961 Giuseppe Panini fundó desde Módena, Italia, luego de un evento infortunado (compró una colección de estampas invendibles, y se le ocurrió comercializarlas en sobres cerrados. Produjo un emporio que hoy vende más de 800 millones de dólares en el mundo).

Durante mi infancia recuerdo con nostalgia un álbum de luchadores. Luego del intercambio con los amigos, hubo unanimidad con tintes arqueológicos: a todos nos faltaba la Momia Azteca. Conforme uno iba completando el álbum, surgían la envidia y otras desviaciones, como tristemente sufrí: el Huracán Ramírez ya no estaba en su lugar.

Ante un mundo cada vez más digital, donde la tecnología induce costumbres, la victoria de Panini me deja un buen sabor de boca, no sólo intercambiamos correos electrónicos, seguimos siendo humanos, nos sigue motivando el placer del viaje, no sólo el destino (somos estupendamente barrocos, encontramos el gozo en la curva, no en la recta), disfrutamos la acción de coleccionar más que tener la pieza completa o comprar el álbum lleno.

Ante tantos videojuegos que han vuelto a los niños seres apantallados (dícese de aquellos que se ausentan de la realidad), da gusto ver a los pequeños (y a sus papás) intercambiando manualmente sus estampas, reivindicando el trueque, esa necesidad manifiesta de ver en el otro un complemento. Varias generaciones han pasado desde el primer álbum Panini de un Mundial (1970) y la tradición sigue vigente, su dimensión social supera el hecho de poseer.

El fenómeno ha sido abarcado desde un lado matemático por dos investigadores de la Universidad de Ginebra. Hicieron un experimento con las estampas de Panini del Mundial Brasil 2014. En un documento legible para los iniciados en el idioma de Gauss, entre varianzas, sumatorias e integrales, han llegado a la certeza numérica de dos cosas que ahora comparto con los fanáticos: la primera es que no hay evidencia de estampas intencionalmente escasas, la segunda, que la forma óptima (costo/beneficio) de llenar un álbum es: compra una caja, luego adquiere 40 sobres e intercambia con un grupo de al menos 9 amigos, y finalmente, cuando te hagan falta unas 50 estampas, cómpralas directamente a Panini.

La insatisfacción fomenta el intercambio. En "La parábola del trueque", Juan José Arreola da cuenta de la tentación humana por cambiar lo que uno tiene. Al grito (obsceno para unos, sugestivo para otros) de "¡Cambio esposas viejas por nuevas!" un tramposo mercader estafa a los maridos del pueblo, a todos menos uno. La lección es profundamente inspiradora.

Tener un álbum completo termina siendo inútil, pero es el camino lo que reconforta. Un camino de complicidades sin dolo, una ruta con misterio (ese alimento que tanto gusta al hombre): abrir un sobre y esperar la suerte.

Nunca conseguí la Momia Azteca, pero ya no me importa. Una banalidad nos recuerda que la imposibilidad de completar nos vuelve felizmente humanos.