Translate

lunes, 15 de febrero de 2016

Habemus Papam

"Habemus Papam", recuerdo las palabras protocolarias del protodiácono previas a la develación de tu nombre, Francisco; te asomaste desde el balcón central de la Basílica de San Pedro como un Papa más, pero apenas pronunciaste tus primeras palabras, dejaste de ser un Papa más. Como lo escribí en este espacio después de tu entronización, antes de impartir la bendición Urbi et Orbi pediste que nosotros te bendijéramos a ti, un gesto genial con el que en unos cuantos segundos le diste un giro a siglos de protocolo anquilosado y te ganaste el aprecio y la admiración de millones. Te gusta el futbol, lo diré entonces desde la cancha: en un palmo de terreno le diste la vuelta al marcador.

Llegas a un México profundamente dolido, un país que se agita más allá de sus volcanes vivos y de los océanos que lo abrazan, una nación secuestrada por una partidocracia rapaz, lejana, insensible a la patria, una clase política que en su mayoría anhela llegar al poder para servirse de él y enriquecerse con la certeza de la impunidad que por estas tierras es reina y señora. Llegas a un país que, como dice el Índice Global de Impunidad de la Universidad de las Américas en Puebla, está "en crisis de inseguridad, violencia, corrupción y violaciones a los derechos humanos" cuya causa primordial es la impunidad.

Llegas a un México donde el Estado mexicano falla en su tarea más importante: proteger a sus ciudadanos, una tierra donde se tiene el cinismo de llamar "verdad histórica" a la incapacidad de explicar dónde están 43 ciudadanos. A propósito de este triste episodio, compatriotas tuyos han desmentido categóricamente la conclusión de las autoridades mexicanas.

Llegas a un México donde para "hacerla" basta tener amigos, pero no los que te imaginas, no, me refiero a los amigos adecuados. Amigos que puedas poner en puestos clave para que te cubran las espaldas y sepulten cualquier sospecha de corrupción en tu contra, como un fiscal para esclarecer supuestos conflictos de interés, por ejemplo. Amigos que tengan amigos para que le puedan hablar al juez en turno o al magistrado indicado, amigos con influencias para hacer como que licitas y te quedes con jugosos contratos, amigos que mediáticamente destruyan a tus enemigos, amigos para que te puedas pasar la ley por el arco del triunfo (perdona tan franco-mexicana metáfora). ¡Amigos! es lo que necesitas en México, lo demás, como cumplir la ley, es lo de menos.

Pero también llegas a un México que cautiva por sus colores, sí, cuando alguien inventó el technicolor, nosotros ya éramos policromáticos, desde las obras de nuestros artistas contemporáneos hasta los murales en los maravillosos sitios arqueológicos que tenemos, un país que rompe piñatas y llena de papel picado y confeti las fiestas mexicanas, porque eso sí, llegas a un pueblo que le encanta la fiesta y que a pesar de las adversidades es alegre y siempre encuentra la forma de cantarle a sus lugares, sus amores y a su cielo, que, como dice la canción, que seguramente conoces, es lindo.

Llegas a un México donde la mayoría de las familias comen juntas, comparten la risa, el mole, el agua de jamaica, el tascalate y los chiles en nogada. Aquí todavía vemos películas de Cantinflas que, bien lo has dicho, hace reír mucho. Llegas a una cultura que pregunta por tu familia antes de hablar de negocios, donde casi todo lo arreglamos durante una buena comida y un abrazo con tres palmadas, una tierra orgullosa de sus tradiciones milenarias, como el día de muertos en el que vestimos de cempasúchil la noche, un país con ubicación geográfica privilegiada y con una biodiversidad envidiable, país de arrecifes, corales y mar azul turquesa, país de bosques y montañas, jilgueros y jaguares.

Sí, llegas a un México donde abunda la gente buena, gente con actitud de poder hacer las cosas, trabajadores calificados que destacan por su lealtad y su destreza, por su ingenio que nada los detiene, un sitio de grandes empresarios. Llegas a este país que es de mil caras y que sabe querer a un Papa hermano.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Si tú supieras...

Los magos y los ilusionistas son maestros en manipular la percepción, aprovechan ciertas condiciones en la naturaleza de tu cerebro para producir un truco que merecerá tu aplauso y, en muchos casos, tu asombro al ver la moneda "desaparecer" de la mano en la que "estaba", o dejarte perplejo ante la modelo que al "pase mágico" del nigromante "cambia" en un instante el color de su vestido, y todo frente a tus ojos, esas maravillosas cámaras que son víctimas de ilusiones, que creen ver y forman, junto a complejas conexiones neuronales, una aparente realidad donde se consuma la suerte mientras de tu boca sale la incredulidad: ¿cómo le hizo?

En Los engaños de la mente: cómo los trucos de magia desvelan el funcionamiento del cerebro, dos neurocientíficos del Instituto Neurológico Barrow explican que el engaño es inherente al ser humano y ha formado, desde que el hombre habita la tierra, un sistema de sobrevivencia. Cuando hablamos de revelar trucos de magia hay cierto morbo y gozo en conocer cómo somos engañados, pero imagínate que hubiera alguien que se dedicara a prevenirte de los timos, de las estafas y los robos, esa persona tendría un valor para ti ¿o no acaso reenvías esos correos donde alguien ventila una nueva forma en que los criminales operan?

Sacar a la luz la verdad y las transas afecta a unos pocos y beneficia a muchos. En la serie Turistas en la mira, un investigador desenmascara los embustes a viajeros en varias ciudades del mundo. Mientras te aproximas al Vaticano, una red de supuestos guías tratan de venderte boletos para que no hagas largas filas para entrar, ¡aglomeraciones que no ves, pero tu cerebro las cree! Cientos de turistas son timados ahí y en las inmediaciones del Coliseo Romano por "gladiadores" que cobran por dejarse tomar una foto. Detrás de todos ellos hay organizaciones que operan en lo oscurito y que pelean territorialmente por los espacios privilegiados en Roma, un mercado multimillonario.

La película Spotlight (En primera plana) cuenta una historia verídica que mereció el premio Pulitzer. Trata de la gran labor de investigación de un grupo de reporteros del periódico Boston Globe para dar a conocer la enorme cantidad de casos de abuso sexual infantil por parte de sacerdotes católicos. La noticia cimbró a la ciudad de Boston y a varias instituciones, como el sistema de justicia, otros periódicos y medios que prefirieron no saber, y por supuesto a la Iglesia Católica (que a pesar de saber, prefirió no hacer prácticamente nada). ¿Cuántos niños se salvaron por esta valiente develación?

Hacer visible lo invisible está en el centro del periodismo de investigación, es una de las razones de existir de un periódico, un compromiso social. Desde los puestos callejeros que venden inofensivas bolsas de papel de estraza que aparentan estar rebosadas de cacahuates (cuando en realidad están huecas y no hay más producto debajo del que ven tus ojos) porque tu cerebro "ve", como en un truco de magia, una bolsa "llena", hasta las multimillonarias transas y desvíos que a manos de políticos deshonestos sufre el erario, el periodismo está llamado a exhibir, para bien de la sociedad, el daño que se está cometiendo.

Cuando Pemex, patrimonio de todos nosotros, hace, a decir de expertos, cuestionables compras millonarias de empresas productoras de fertilizantes, el periodismo de investigación debe llegar al fondo y exponer lo que hay detrás. Las primeras planas del periódico son nuestros ojos; aunque no nos gusten "las malas noticias" o el "amarillismo", es necesario un contrapeso libre, independiente, que permita hurgar donde muchos prefieren no meterse o los han comprado para no hacerlo. Las actuales redes de comunicación posibilitan un nuevo músculo social, un renovado poder ciudadano para destapar información oculta, exponer casos de corrupción y el modo de operar de ese lado lúgubre de la condición humana.

El mago estira la mano y tu cerebro capta la atención; es un señuelo. La magia es explicable, el enriquecimiento también.

lunes, 8 de febrero de 2016

Si tú supieras...

Los magos y los ilusionistas son maestros en manipular la percepción, aprovechan ciertas condiciones en la naturaleza de tu cerebro para producir un truco que merecerá tu aplauso y, en muchos casos, tu asombro al ver la moneda "desaparecer" de la mano en la que "estaba", o dejarte perplejo ante la modelo que al "pase mágico" del nigromante "cambia" en un instante el color de su vestido, y todo frente a tus ojos, esas maravillosas cámaras que son víctimas de ilusiones, que creen ver y forman, junto a complejas conexiones neuronales, una aparente realidad donde se consuma la suerte mientras de tu boca sale la incredulidad: ¿cómo le hizo?

En Los engaños de la mente: cómo los trucos de magia desvelan el funcionamiento del cerebro, dos neurocientíficos del Instituto Neurológico Barrow explican que el engaño es inherente al ser humano y ha formado, desde que el hombre habita la tierra, un sistema de sobrevivencia. Cuando hablamos de revelar trucos de magia hay cierto morbo y gozo en conocer cómo somos engañados, pero imagínate que hubiera alguien que se dedicara a prevenirte de los timos, de las estafas y los robos, esa persona tendría un valor para ti ¿o no acaso reenvías esos correos donde alguien ventila una nueva forma en que los criminales operan?

Sacar a la luz la verdad y las transas afecta a unos pocos y beneficia a muchos. En la serie Turistas en la mira, un investigador desenmascara los embustes a viajeros en varias ciudades del mundo. Mientras te aproximas al Vaticano, una red de supuestos guías tratan de venderte boletos para que no hagas largas filas para entrar, ¡aglomeraciones que no ves, pero tu cerebro las cree! Cientos de turistas son timados ahí y en las inmediaciones del Coliseo Romano por "gladiadores" que cobran por dejarse tomar una foto. Detrás de todos ellos hay organizaciones que operan en lo oscurito y que pelean territorialmente por los espacios privilegiados en Roma, un mercado multimillonario.

La película Spotlight (En primera plana) cuenta una historia verídica que mereció el premio Pulitzer. Trata de la gran labor de investigación de un grupo de reporteros del periódico Boston Globe para dar a conocer la enorme cantidad de casos de abuso sexual infantil por parte de sacerdotes católicos. La noticia cimbró a la ciudad de Boston y a varias instituciones, como el sistema de justicia, otros periódicos y medios que prefirieron no saber, y por supuesto a la Iglesia Católica (que a pesar de saber, prefirió no hacer prácticamente nada). ¿Cuántos niños se salvaron por esta valiente develación?

Hacer visible lo invisible está en el centro del periodismo de investigación, es una de las razones de existir de un periódico, un compromiso social. Desde los puestos callejeros que venden inofensivas bolsas de papel de estraza que aparentan estar rebosadas de cacahuates (cuando en realidad están huecas y no hay más producto debajo del que ven tus ojos) porque tu cerebro "ve", como en un truco de magia, una bolsa "llena", hasta las multimillonarias transas y desvíos que a manos de políticos deshonestos sufre el erario, el periodismo está llamado a exhibir, para bien de la sociedad, el daño que se está cometiendo.

Cuando Pemex, patrimonio de todos nosotros, hace, a decir de expertos, cuestionables compras millonarias de empresas productoras de fertilizantes, el periodismo de investigación debe llegar al fondo y exponer lo que hay detrás. Las primeras planas del periódico son nuestros ojos; aunque no nos gusten "las malas noticias" o el "amarillismo", es necesario un contrapeso libre, independiente, que permita hurgar donde muchos prefieren no meterse o los han comprado para no hacerlo. Las actuales redes de comunicación posibilitan un nuevo músculo social, un renovado poder ciudadano para destapar información oculta, exponer casos de corrupción y el modo de operar de ese lado lúgubre de la condición humana.

El mago estira la mano y tu cerebro capta la atención; es un señuelo. La magia es explicable, el enriquecimiento también.

domingo, 31 de enero de 2016

El sistema y el monstruo mexicano

En la única conversación que tuve con Carlos Fuentes le pregunté cuál era la mejor obra de Vargas Llosa, sin titubear pronunció el nombre de aquel libro que desde su primera página lo posicionó con una pregunta retórica y dolorosa: "¿en qué momento se había jodido el Perú?". Evocar Conversación en La Catedral y la reflexiva inquisición de Santiago Zavala es algo que me viene por la mente de la misma forma que el frío de estas mañanas nos ocurre en la piel y en nuestras sierras.

Basta voltear a casi cualquier lado y encontrar partes enfermas de México. Ni siquiera hay que ir hasta Calpulalpan. En Chapultepec, epicentro de nuestra historia, sucede cotidianamente el funcionamiento eficaz de un sistema perverso. Vean el reportaje de Reforma el día de ayer, vean cómo entre franeleros que cobran por el espacio público, los policías que los toleran, las cámaras de vigilancia que no intimidan, las señales que prohíben el estacionamiento en la zona aledaña al Museo de Antropología, se comete una transa más. Justo al lado de la cultura que nos da tanto orgullo, se manifiesta la cultura corrupta, ese modo de hacer mexicano. Pasado y presente que hace inevitable parafrasear a Zavalita: ¿en qué momento se nos jodió México?

¿Cómo arreglamos lo que no funciona de este país? Propongo para ello un pequeño pero sustantivo cambio de palabras: a ¿en qué momento se nos jodió el sistema?, un ¿cómo arreglamos lo que no funciona de este sistema? Dicho de otra forma, intentar arreglar la cultura mexicana es modificar el sistema cultural mexicano.

A veces siento que las cosas me suceden para que se las cuente. Esta semana visité una empresa textil en Aguascalientes, ciudad emblemática de la industria automotriz. La firma en cuestión aplica una filosofía de trabajo inspirada en Toyota y sus pilares de mejora continua y respeto por el individuo. Como bien saben muchos, hay toda una "forma de ser y hacer Toyota" (The Toyota way), es decir, una cultura Toyota (del mismo modo que hablamos de un Mexican way, o cultura mexicana de ser y hacer). El punto es que las organizaciones son capaces de mejorar cuando toman acciones para implantar un sistema o modifican (para corregir y mejorar) el actual. Indagando en la filosofía que inspira a la firma textil, me contaron que uno de sus parteaguas fue cuando los visitó el padre del Kaizen, Masaaki Imai. Una de sus observaciones fue mostrarles una aparente banalidad: las paredes salpicadas en el área de estampado. "Todas las fábricas de estampado tienen esto", dijo, a modo de defensa, uno de los directivos. "No sabía que ustedes querían ser como todas las fábricas del mundo", asestó Imai.

A partir de esa visita esta empresa ha creado su propia cultura, inspirada en la de Toyota. No sólo trabajan más eficientemente hoy, sus empleados son muy bien cotizados en la plaza. Otro de los directivos me contó que cuando trabajaba en la transnacional mexicana que fabrica pan y que usa un osito como emblema, fue a dirigir la operación a un país centroamericano. Cierto día le avisaron que la primera dama quería visitar la planta. Durante el recorrido, la esposa del Presidente preguntaba con asombro ¿cómo es posible que 3 mexicanos hayan cambiado, para bien, a cientos de costarricenses? La respuesta es, claro, habían aprendido la cultura Bimbo. Esa es la ventaja de pensar en sistemas, cambian conductas a partir de modelos.

México nos duele en cada corruptela o, como bien cita mi querido David Konzevik al poeta y diplomático griego Seferis, "allá donde la toques, la memoria duele", quien en su discurso de aceptación del Nobel de Literatura en 1963 nos invitó a pensar en el ser humano: "En su camino a Tebas, Edipo se encontró a la Esfinge y su respuesta a la adivinanza fue: El Hombre. Esta simple palabra destruyó al monstruo". El monstruo mexicano de la corrupción disminuirá cuando empecemos a cambiar al ser humano, cuando cambiemos el sistema con el que hoy operamos.

Para el 2018, pensemos en un candidato que entienda esto, no que sea parte de aquello.

lunes, 25 de enero de 2016

Generación ipso facto

Desde que el hombre ha sido capaz de medir con precisión el tiempo, nuestras vidas han estado programadas alrededor del reloj. Los avances tecnológicos, parte fundamental de la modernidad, en gran medida existen para hacernos más cómoda la existencia, sobre todo para ahorrarnos tiempo y esfuerzo. Pasar de meses a días a minutos a segundos ha sido una constante del progreso: cada vez tenemos que esperar menos por lo que queremos, cada vez sabemos esperar menos y, en nuestro tiempo, eso tiene nombre: gratificación instantánea, más que una denominación puntual, un fenómeno que afecta nuestra forma de ver la vida, por ello, nuestra conducta.

Ahí, donde había que prender la leña para cocinar, llegó un botón que instantáneamente crea una flama. Cuando había que ir al mercado por leche fresca, llegó un refrigerador para almacenar y preservar los alimentos. Los motores suplieron a los animales; el automóvil nos transporta más rápido pero usa figurativamente "caballos de fuerza" no sólo para expresar potencia, también como una forma de nostalgia. No toda modernidad supera el pasado. El horno de microondas no da un mejor sabor que la leña, de ahí que también se utiliza metafóricamente para hablar de aquello que se hace pronto, pero no tan bien hecho como lo que lleva tiempo.

Vivimos la voracidad de lo inmediato; las nuevas generaciones no saben esperar. La espera de una carta transatlántica podía ser de dos meses, la espera que aguanta un joven hoy para abrir una página web son dos segundos. La fórmula actual es apretar un botón y tener lo que se quiere, pronto, ¿un taxi, comida, compañía?, la modernidad ha hecho de la espera algo obsoleto. La impaciencia es como el clembuterol: tiene efectos secundarios pero además desarrolla frustración. Los matrimonios duran menos ahora que antes. Leer es aburrido y lento, el video es divertido y rápido. Laboralmente, la permanencia en un puesto es más corta hoy que antaño. Los preescolares celebran graduaciones. A querer o no, participamos en una aceleración de ciclos. En buena medida la pérdida de valores en la sociedad se da por esta premura, ¡hay que acumular, ya!, y la ruta convencional del esfuerzo y la honestidad es demasiado lenta. Rebasar es seductor.

La impaciencia como arma de ventas nos ha llevado al extremo; la mejor pizza es la que llega tarde, es gratis. Las empresas prometen plazos de entrega cada vez más cortos. La rapidez como ventaja competitiva augura épocas donde recibiremos el pedido del súper a través de un dron, instantes después de haber tecleado "enter".

La espera está en peligro de extinción y es, a decir de Harold Schweizer, "un acto de resistencia". En Sobre la espera, se hace una pregunta aparentemente ociosa: ¿Por qué esperar? y nos invita a reflexionar que la espera no es tan sólo el avance del tiempo que uno pasa, sino algo que debe ser resistido más que transcurrido, sentido más que pensado. La espera, nos dice, no es un retraso inconveniente, tiene sus recompensas, puede ser vista como un escape y liberación del yugo contemporáneo que implica la prisa cotidiana en nuestra vida; la espera como pausa deliberada y contemplativa donde uno puede darse el tiempo de pensar y meditar.

El tiempo es una dimensión central del capitalismo. Como dice Beardsworth "la utilidad relacionada con el capital no es otra cosa que la reducción del futuro a una mínima diferencia con el presente". De ahí que si "el tiempo es dinero", la espera, vista como "pérdida de tiempo", sea un gasto condenable, financiera y éticamente. Sin embargo, este determinismo económico del tiempo tiene sus ironías. ¿No acaso lo que lleva más tiempo tiene más valor? Mientras la gratificación instantánea ofrece disponibilidad total, la inversión en tiempo crea valor a partir de lo contrario, la escasez. Los chiles en nogada son apreciados no sólo porque son sabrosos sino porque no están disponibles todo el año y su preparación lleva empeños delicados donde la prisa no tiene cabida.

Reaprender a esperar es recuperar lo humano. De la espera, la esperanza.

lunes, 18 de enero de 2016

La gran ordeña

En 1986 Sebastião Salgado realizó una estupenda serie de imágenes en la mina de oro de Sierra Pelada, estado brasileño de Pará. En el documental sobre su obra, La sal de la tierra, podemos ver impactantes fotografías, unos ochenta mil garimpeiros, mineros que trabajan y viven en condiciones infrahumanas, horadan en ese gran agujero, herida mortal de la ambición, en busca de un pedazo de oro que les diese algo de fortuna. Salgado dice que al momento de ver aquel descomunal hormiguero humano a cielo abierto, entendió de golpe toda la historia de la humanidad.

Algo similar me ha sucedido con la nota y el video que antier dio a conocer Reforma: "Ordeña un pueblo 'alberca' de diesel". Un testimonio que raya entre el surrealismo y el horror. En Calpulalpan, Tlaxcala, una cantidad notable de sus habitantes participa en un robo multitudinario de combustible. De golpe vi la realidad de México.

En una hondonada, seguramente hecha exprofeso, el combustible, azul turquesa como el mar del Caribe, es almacenado para que los habitantes de La Soledad, a plena luz del día y sin el menor tapujo, lancen cubetas atadas a lazos, una especie de pesca descarada, con las que extraen el diesel; se trata de una doble ordeña (la primera fue a los ductos de Pemex). Como garimpeiros en busca del metal precioso, decenas de personas roban colectivamente, un ejército de sanguijuelas que chupan la sangre hasta secar las venas. Dos millones de litros, unas 100 pipas, botín comunal donde quien tiene más saliva traga más pinole. "¡Qué!, también los de arriba roban ¿no?", me imagino la frágil justificación de un campesino mientras repite para sí uno de los mantras nacionales, "el que no es transa, no avanza".

Triste ejemplo de la impunidad y la desvalorización de la sociedad mexicana, lo que sucede en Calpulalpan es un símil de lo que vivimos en otros planos de la vida nacional. Ahí están los "diablitos" con los que se roba la energía eléctrica, trofeos a la impunidad y a la vista de todos, que lanzan la señal de "se permite robar". Ahí están los políticos impunes señalados de corrupción y enriquecimiento inexplicable. Ahí están los más de 180 millones de pesos que a modo de bono decembrino se repartió la Cámara de Diputados, se trata de la misma ordeña al país, bajo diferentes contextos y protagonistas, unos se reparten litros, otros prebendas. Cabe reconocer la ejemplar decisión de la bancada de Movimiento Ciudadano al rechazar esta jugosa partida. La mayoría de nuestros diputados aventó su cubeta y jaló su combustible. Vivimos rodeados de modelos negativos.

¿Qué más prueba queremos para aceptar que la corrupción, como otros males y bienes, es cultural? No está en los genes sino en las acciones. En Antropología cultural, Marvin Harris define la cultura como "el conjunto de tradiciones y estilos de vida socialmente adquiridos, de los miembros de una sociedad incluyendo sus modos pautados y repetitivos de pensar, sentir y actuar (es decir, su conducta)". Aceptar que la corrupción es cultural de ninguna forma es renunciar a combatirla ni negar que es un delito, al contrario, es una forma de entender su génesis y su estructura para luego intentar desactivarla. Dice Le Vine que la cultura de la corrupción existe cuando las transacciones corruptas se vuelven tan omnipresentes en un sistema que constituyen la norma esperada. México sufre una alarmante cultura delincuencial, pero más una alarmante aceptación de la cultura delincuencial.

En el altiplano central mexicano hay una rajada de sangrado violento, Calpulalpan, "La puerta grande de Tlaxcala", es la herida grande y omnipresente de México, la glorificación al saqueo que, desgraciadamente, nos retrata de cuerpo entero. Acostumbrarnos a la cotidianidad de lo que no debe ser es la peor de las corrupciones. Imposible no evocar el nacionalismo de López Velarde que, como lance profético, apuntó: "El Niño Dios te escrituró un establo y los veneros del petróleo el diablo". Qué lejos de esa patria impecable y diamantina estamos y qué cerca de Calpulalpan.

domingo, 10 de enero de 2016

La otra misión

La recaptura de un capo ha sido noticia mundial. México aparece frente al mundo relacionado con un tema que tenemos adherido como lacra. Sin menospreciar el logro de este episodio, calificado por el presidente Peña como "misión cumplida", la nota nos ancla más en un tópico que poco nos favorece. No está por demás considerar ¿de qué queremos que se hable de México en el mundo?, incluso, ¿de qué temas queremos hablar los mexicanos cotidianamente?, pues aquello de lo que hablamos acaba materializándose en pensamientos y acciones.

Esta semana el New York Times reveló su lista anual de "52 lugares para visitar", donde aparecen Burdeos, Malta, Coral Bay, Toronto, Abu Dhabi, Park City, Hangzhou, entre otros; puntos disímbolos en la geografía pero unificados en el interés que despiertan al viajero que busca experiencias significativas. Pues bien, en el número uno de la lista aparece la Ciudad de México, "la metrópoli que lo tiene todo". Lo tiene todo, salvo quizá, el reconocimiento suficiente de los propios mexicanos.

Para muestra, un botón; esta vez será de flor. A instancias de mi esposa, incansable trotadora de mundos, pueblos mágicos y calles empedradas, fuimos a Xochimilco. Alguna vez, en la remota infancia, acompañé a mi mamá a comprar flores. Desde que uno transita por las avenidas que llevan a "la sementera de las flores" empiezan manifestaciones singulares. Como sabuesos, hay guías de turismo en motonetas prestos a darte información. La primera reacción es que dudas, acaso por ello usan una leyenda grande en sus dorsales: "Guía seguro". Al tercer guía le dije que sí nos llevara. Me pidió que siguiera su motocicleta que, investida por un poder especial, me abría paso en el cruce de avenidas congestionadas. Luego de esta escolta VIP, llegamos a uno de los embarcaderos, ahí empezó una cadena de solidaridad que es ejemplar como ecosistema (uso el término no sólo por su acepción verde, sino por el financiero también).

Nuestro guía se despidió amablemente pero antes nos dejó en manos de doña (póngase aquí el nombre que quieran), la señora que aparta los lugares para estacionarse en la calle. La septuagenaria nos dio la bienvenida y nos aseguró que el carro estaba seguro y con una sonrisa nos cobró por adelantado. Inmediatamente nos abordó otro eslabón del ecosistema (nótese la lección empresarial: ve al encuentro del cliente, no esperes que llegue), el representante de la trajinera, quien nos encaminó al embarcadero. Hecho el trato del recorrido, nos dejó en manos del navegante de la trajinera.

En los canales, aquello tomó para mí una dimensión excepcional. Más que una zona folclórica de enorme potencial turístico y cultural, pude ver el entramado, no sólo de las chinampas (eficiente ingeniería prehispánica para el cultivo de la tierra), sino de un lubricado sistema de sobrevivencia y apoyo. Xochimilco es como una comunidad flotante donde lo que necesites llega sobre el agua. Hay músicos formados como ahuejotes a la orilla del canal, ¿una canción, patrón?, a una señal del tipo que literalmente vuela con la pértiga y mueve la canoa, los músicos se las ingenian para pasar de una trajinera a otra, hasta llegar a la tuya. Hay un permiso, un apoyo implícito entre todos los actores. A pesar del intenso tráfico y del aparente caos, hay un orden que hace fluir las cosas y permite que comida, bebida y música (tríos, mariachi, banda, solistas, marimba), lleguen en abundancia a tu embarcación. Xochimilco es abundancia, ejemplo de un sistema eficiente. Y esto es apenas un esbozo de este sitio; falta hablar de sus 14 pueblos, o del fascinante y endémico ajolote, anfibio prehistórico que encierra, bien lo sabe Bartra, pistas de nuestra identidad y metamorfosis.

Dice un refrán que traigo en la mochila: "Y al mirar hacia afuera los dos presos, uno vio lodo, pero el otro, estrellas". Xochimilco es Patrimonio Cultural de la Humanidad. Otra misión de los mexicanos es posicionarnos ante el mundo por nuestras muchas estrellas. Entonces podremos decir "Misión cumplida".