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domingo, 3 de abril de 2016

Circulo, luego existo

Somos esclavos de uno de los más notables inventos humanos. Sustituyó a las carretas, en México prácticamente extinguió al tren de pasajeros, eliminó las molestias de atender a los caballos, hizo los viajes más cómodos y rápidos, llegó para implantar su reino en las ciudades. La lógica del desarrollo urbano desde el siglo XX tiene nombre, también cilindros, frenos, volante y, últimamente, convertidor catalítico sin el cual su tiranía sería letal.

Implantar el No Circula de forma generalizada en la Ciudad de México y zonas conurbadas ha sido polémico. La lógica de la política es la más ilógica de las lógicas, sólo así se explica que los gobernantes apoyen una medida que ha demostrado no funcionar para los fines que se pretende. El hecho exhibe la (in)capacidad de los involucrados para tomar decisiones y sin duda tendrá un costo en sus carreras, para varios será otra forma de no-circula en sus aspiraciones políticas.

Nos duele quedarnos sin auto un día a la semana, más nos debería doler que el automóvil sea un elemento indispensable para la vida moderna y no tener transporte público eficiente. Vivir alrededor del motor se ha hecho imprescindible; desde su inserción en la sociedad generó la posibilidad de aumentar la distancia de desplazamiento y disminuir el tiempo de traslado. Se entiende el deseo natural de crecer las metrópolis horizontalmente. La lógica de las ciudades coloniales se centraba alrededor del peatón y del caballo, fue un modelo que promovió la concentración, la compactación urbana, base del esquema de lo que hoy se conoce como el nuevo urbanismo, un rescate de las formas de antes donde la vida transcurría a velocidad del caminante, no del motor.

En la medida que su uso se democratizó, tener automóvil se convirtió en una de las aspiraciones de la clase media. Quino, en Mafalda, ilustró bien este sueño. En sus tiras consta la aspiración y el drama de poseer un auto. El tener carro y/o querer tener uno modificó la conducta humana. Nuestras ciudades coloniales, como los centros históricos de Europa, son una pesadilla para quien lleva automóvil. Las casas de antaño no tenían garaje y si acaso había un auto por familia. Nuestra vida contemporánea tan dispersa territorialmente, más las malas decisiones del gobierno (como el Hoy No Circula) han llevado a tener más carros en casa.

En Sally (1953), Isaac Asimov escribe de una granja poblada por automóviles con motor positrónico donde su dueño les da pródigos cuidados como si fueran seres vivos; en reciprocidad las máquinas le son fieles. Luego de un incidente donde tiene que ver la ambición humana, los autos entran en contacto con otros vehículos que están fuera de la granja y se dan cuenta que los hombres han esclavizado a los carros. El protagonista visualiza una potencial y peligrosa sublevación de los motores. En este cuento Asimov retrata a un personaje que vive para cuidar sus carros. Si pudiera vernos, sabría que el esclavo ha terminado por ser el tirano que exige tenencia, verificaciones, mantenimiento, seguros, cuota de estacionamiento, gasolina y más.

Otro grande de la ciencia ficción, Ray Bradbury, describe en El Peatón (1951), la imposición dictatorial de un gobierno que castiga a un tipo que, en una urbe atestada de autos en el día, decide caminar por las calles durante la noche y no tener televisión (es escritor), lo encuentra sospechoso de no ser parte de las prácticas de la mayoría. El genio de Crónicas marcianas se reiría hoy de saber que el gobierno de la CDMX castiga al ciudadano del automóvil. En la medida dictatorial sí le atinó.

Ambos escritores predijeron un futuro (alrededor del 2050) donde masivamente hay autos sin chofer. Todo indica que esto sucederá antes. Lo que no predijeron fue el error de centrar la vida en torno al automóvil.

Hoy, deberíamos virar hacia políticas que favorezcan tener un transporte público moderno y eficiente. Después de todo, el automóvil requiere dos cosas para triunfar: velocidad y espacio, ambos elementos en peligro de extinción en nuestras urbes.

Catorce

El de 1974 fue el primer campeonato mundial de futbol que esperé con ansia. El épico de México 70 me tomó a una edad demasiado temprana aunque suficiente para recordar que el verde-amarillo era una combinación letal y se suministraba a ritmo de samba. Entonces ser el número diez era la mayor aspiración dentro de la cancha, hasta que en Alemania la tradición de los once números fijos cambió para siempre y se supo que había algo llamado Naranja Mecánica, una rotación de los jugadores de la selección holandesa donde las posiciones fijas sólo servían para dar la alineación. En ese mundial se alteraron las matemáticas del juego, el catorce se convirtió en el nuevo diez.

Ha muerto Johan Cruyff, quizá el hombre más influyente en la historia del balompié. Mientras otras leyendas, como Pelé y Maradona, se desvanecieron fuera del campo, el caso del holandés es singular, si fue grande en la cancha, fue más grande fuera de ésta.

Presagiando quizá la muerte del artífice del Barcelona triunfador de los últimos años, un artículo de David Winner fechado el 8 de marzo pasado da pistas para entender su trascendencia: "La Iglesia de Cruyff, difundiendo por siempre el evangelio del futbol", y lo ilustra con una fotocomposición usando como base la icónica pintura de otro genio holandés. En vez de aparecer los rostros originales de La lección de anatomía del Dr. Tulp, la cara de éste es Cruyff y los discípulos son Guardiola, Sacchi, Ancelotti, Xavi, Bergkamp, Stoichkov, Wenger; en medio un balón de gajos pentagonales con el que se ilustra la cátedra.

Hay un leve paralelismo entre Rembrandt y Cruyff. Ambos holandeses, hijos de familias modestas, desde niños se entregaron a su pasión y mostraron un talento especial. En sus años veintes, ya eran maestros con discípulos, uno en su taller, otro desde la cancha. Rembrandt y Vermeer forman parte de una generación de artistas holandeses que en el siglo XVII abrieron para el mundo una nueva perspectiva de la pintura, algo que nadie esperaba. La Naranja Mecánica hizo lo propio al revolucionar un juego que hasta entonces carecía de innovaciones destacadas, sobre todo en lo colectivo.

Cruyff es el equivalente a un filósofo del juego. Tuvo el tino de los iluminados. Su lema bien pudo ser "pienso, luego juego". En una actividad que privilegia el talento de las piernas, ser cerebral fue su mayor virtud. Aunque nunca fue campeón del mundo, esa nostalgia no demerita su carrera, lo suyo fue más sobre la belleza del juego que sobre los trofeos, fue un artista del balón y de la estrategia. Su pensamiento trasciende la grama: "Calidad sin resultados no sirve. Resultados sin calidad, aburre". En repetidas ocasiones consiguió las dos cosas.

Uno de los grandes entrenadores contemporáneos, Pep Guardiola, es hechura del holandés. Parte de aquel dream team que formó Cruyff en los noventas, Guardiola, por su entendimiento del juego, estaba llamado a ser el discípulo que eventualmente sustituiría al maestro, una relación de mutuo reconocimiento donde el culé ha confirmado su religión: "Cruyff construyó la catedral, nosotros sólo la hemos cuidado". El afamado Tiki-taka con el que eventualmente la selección española conquistaría la Copa del Mundo en Sudáfrica 2010 es en gran medida obra intelectual de Cruyff. Nadie como él entendió mejor la geometría del juego; de haber sido contemporáneo, Pitágoras hubiese sido hincha del Barça y admirador de Cruyff.

En otro de sus lances filosóficos, el estratega dijo algo digno de un estadista: "Escoge al mejor jugador para cada posición y terminarás no con un fuerte 11, sino con 11 números uno". Detrás de su visión de futbol total estaba un profundo entendimiento del juego como asociación, el interés en el equipo por encima del individuo.

El día de la final de Alemania 1974, la CFE tuvo el tino de cortar la luz en mi colonia. Muchos años después aprendí que la emoción es el pegamento de la memoria, quizá por ello no he perdonado a la CFE y quizá por ello Cruyff está en lo correcto cuando dijo: "en cierto modo soy probablemente inmortal".

Cruzar el muro

Mi vida transfronteriza revivió esta semana en forma de una enorme burbuja. Durante varios años crucé incontables veces de Tijuana a San Diego y de regreso, una etapa marcada por una franja que separa y une dos mundos, universo contenido en la palabra frontera, límite físico y simbólico en cuyo epicentro está "la línea".

El lenguaje de la frontera es muy espacial, uno cruza, va al otro lado, se imagina allende la frontera, está acá o allá; es un transitar nunca exento de tensión, la línea es ese espacio de catarsis donde un país trata de contener a otro, una puerta de escrutinio donde las más de las veces hay que hacer largas esperas para no siempre ser recibido con cortesía. En cierta ocasión mi amigo y colega norteamericano Gary Whitlock cruzó conmigo y, ante los rudos modales del oficial gringo, me dijo: "me disculpo por mi país".

Ahora que en Estados Unidos se han despertado sentimientos racistas y antiinmigrantes, especialmente contra musulmanes y mexicanos, vale recordar que la grandeza del vecino se debe a su multiculturalidad y que los antepasados de las actuales voces intolerantes llegaron, en gran medida, huyendo de donde los hostigaban por motivos raciales. La condición humana es de memoria flaca y ante el miedo y la amenaza que ve en lo otro, construye muros, de la misma forma que muchos de nosotros vivimos amurallados en fraccionamientos residenciales con accesos controlados.

En la frontera norte conocí a José Manuel Valenzuela. De él aprendí la concepción de frontera como ruptura. A partir de la pérdida de los territorios del norte se habla de mutilación territorial, la frontera se vuelve una herida abierta, una fractura que no sana. Ruptura y pérdida, argumenta Valenzuela, son elementos constituyentes del concepto de frontera y dan pie a múltiples estereotipos fronterizos. Por eso el muro al que alude Trump genera tanta efervescencia. Las prácticas divisionistas deben combatirse con información y sensibilizando a los actores sobre las consecuencias adversas (para ellos) de su voto, información que cambie la percepción (y por ende la realidad) de lo que muchos piensan sobre México (por cierto, ¿qué espera el gobierno mexicano para lanzar una campaña mediática en EU?).

Conocí también a Norma Iglesias, profesora del Departamento de Estudios Chicanos de la Universidad Estatal de San Diego, quien de muchas formas me abrió los ojos para entender la frontera. En 2008 coordinó un proyecto entre México, Estados Unidos y Francia, para conocer la forma en que niños norteamericanos y mexicanos, cada quien en su país, percibían la frontera y lo que había más allá de ella. Parte de los hallazgos puede verse en dos cortometrajes animados que los niños crearon, Wacha el Border y Beyond the Border, donde se retrata la percepción del otro en función de las creencias y los discursos sociales, que no siempre coinciden con la realidad, pero que para quienes la interpretan, es la realidad.

Hace unos días aterricé en Tijuana y 10 minutos después de bajar del avión estaba en territorio norteamericano, como si el aeropuerto estuviera del otro lado. Usé el nuevo puente de cruce transfronterizo CBX. Fue mágico. Caminé por la soledad de un largo pasillo iluminado, como un espacio de ciencia ficción donde oficiales norteamericanos me recibieron con inusitada amabilidad (hasta llegué a pensar que seguía en México, pero el retrato de Obama en la pared fue más que elocuente). Gary, te hubieras sentido muy orgulloso de tu país. Fue como si la frontera se borrara. La dinámica binacional Tijuana-San Diego genera grandes beneficios a los dos países, su narrativa debe inspirar el que deje de verse al otro como amenaza para verlo como recurso.

En Wacha el Border, unos niños mexicanos van de San Diego a Tijuana en una enorme burbuja que flota sobre la frontera, en la línea hay una placa que dice: "Aquí estaba el muro fronterizo México-E.U.A. El muro fue demolido el 19 de Diciembre del 2019".

Muchas veces he cruzado la frontera, nunca antes había cruzado un muro.

domingo, 13 de marzo de 2016

El lado oscuro de un poeta

Los japoneses llaman Wabi Sabi a la característica de aquellas cosas que al desgastarse van adquiriendo belleza sublime a los ojos del observador, un proceso natural en el que la materia va develando nuevos rostros, caprichosas formas nacidas del tiempo y del contexto, como páginas gastadas que al releerse son bellas, no necesariamente por lo que dicen, pues tal vez no puedan ser recorridas por el ojo en virtud de su desmoronamiento, sino bellas en función de que se han convertido en otros objetos más allá de sus historias. El día que conocí este término oriental, conocí al escritor mexicano, poeta y editor Alberto Ruy Sánchez.

Por azares del destino, que en este caso tiene el nombre de Horacio Fernández, fuimos convocados junto a otros buenos amigos a conocer la naciente Escuela Nacional de Cerámica, en Tapalpa, sierra de Jalisco, donde se está gestando algo más que una arcilla mejorada. Artesanos mexicanos tienen la oportunidad de aprender cómo enriquecer su técnica y sus materiales gracias a la participación de maestros nacionales y extranjeros. Nunca antes vi tan cerca al istmo mexicano con Fukushima. Ahí estaban Dorotea, artesana oaxaqueña de unos 60 años, aprendiendo de la composición química de la arcillas con el maestro Yusuke Suzuki. Llevaba mi cámara fotográfica con la que intenté captar texturas de diferentes barros, lacas de brillos encriptados para expertos, manos calzadas de arcilla seca, ojos dedicados a entender las claves de la tierra, y al fotógrafo Alberto Ruy Sánchez que como yo, parecía encantado de capturar imágenes.

De la Escuela nos llevaron a un caserío aledaño a Tapalpa, Rosa de Castilla, un lugar de polvo y adobe de esos en los que un viajero precavido nunca se detendría. Entramos a uno de los sitios más rústicos que he visto en mi vida. Flanqueado por algunas paredes de adobe, escasas oquedades que hacen veces de tragaluces entre las tejas, piso informe de tierra, un cuarto oscuro, polvoso y lleno de triques, abundante en piezas de barro y en sombras, sobre todo en sombras, el lugar era un antiguo pero vigente taller de alfarería donde en hornos tradicionales se cuecen las arcillas para crear la loza de cocina, mosaicos y tablillas para pisos y techos, entre otras mil formas más.

Embelesado por el juego de claroscuros, me olvidé del tema central, la alfarería, pues todo me gritaba ¡toma la foto! Por lo que pude ver, lo mismo le sucedió a Alberto. Parecíamos niños en una inagotable juguetería, poetas perdidos entre rimas inéditas, donde cientos de objetos rotos, viejos, cansados de tanto tiempo, cargando un polvo que no pidieron, formaban una mexicanísima versión del Wabi Sabi. ¿Qué complicidades depara el futuro que apenas conociendo el concepto ya tenía la oportunidad de vivirlo junto a un renombrado poeta? Alberto me mostraba la diagonal de un hermoso rayo de luz y yo le pedía que viniera a ver la rudeza de una cadena oxidada sobre la calidez del adobe.

Esta semana la Associated Press retiró el premio que en el anual World Press Photo le había concedido a Daniel Ochoa, quien capturó las fotos que los familiares de las víctimas de los ataques terroristas en París habían dejado en la calle como tributo a sus seres queridos. Las imágenes de Ochoa muestran objetos (otra foto) erosionados por la intemperie, fotografías a las que les escurren gotas de lluvia sobre rostros que ya no lloran, colores corroídos por el sol, una narrativa que da testimonio de la vida y del dolor. La AP, me parece que injustamente, argumentó que Ochoa no tenía el consentimiento de los fotógrafos originales. La serie de imágenes me recordó la de Agustín Garza, una colección de fotos de libros en estado de descomposición, seres que han perdido su encuadernación y echado palabras al polvo, pero que son sutilmente bellos.

En Elogio de la sombra, Junichiro Tanizaki desmenuza el Wabi Sabi, nos previene de lo que brilla, nos mete al silencio y la penumbra, ese espacio rústico y melancólico donde los poetas inventan la luz, son también fotógrafos

domingo, 6 de marzo de 2016

Los lugares vivos

¿Cuál es la diferencia entre huevos a la mexicana y huevos rancheros? La pregunta, que entre mexicanos sería ociosa, sonó natural en la mesa, después de todo la hizo mi interlocutor con la libertad que da ser un argentino desayunando en México. Luego de escuchar una breve explicación optó por los rancheros y su cara reflejó esa emoción de quien va al encuentro de un sabor inesperado, pero bañado en salsa roja. A sus casi noventa años, el célebre arquitecto César Pelli me daba una lección sin anunciarla, de la vida siempre hay que saber más.

Empezar la charla con un hombre que ha dejado huella en el mundo, que ha ganado múltiples reconocimientos, requiere de olfato para romper el hielo. Decidí iniciar la partida imaginaria con una apertura poco convencional: César, le dije (tuteándolo con la seguridad de estar ante un hombre que trasciende formalidades y protocolos), debes saber que los huevos rancheros son siempre un capítulo inédito, aunque sepas cómo son, nunca puedes anticipar el sabor... y le expliqué brevemente la maravilla de las salsas mexicanas, la magia del sazón, el chile, etcétera. Su respuesta confirmó que la curiosidad infantil es clave de su éxito: "¡qué divertido!" y soltó una sonora carcajada.

Mi encuentro con el creador de las torres Petronas en Kuala Lumpur (los edificios más altos del mundo hasta hace poco), artífice de íconos urbanísticos como el Pacific Design Center en Los Ángeles, el World Financial Center y Winter Garden en New York, se da en el marco de una serie de testimoniales que estoy recogiendo con motivo de un proyecto mexicano donde Pelli, junto a talento local como el arquitecto Mauricio de Font-Réaulx, gestaron el plan maestro de lo que poco a poco se consolida en una notable realidad, el Centro Cultural Universitario (CCU) de la Universidad de Guadalajara, en Zapopan, un complejo urbanístico con vocación cultural del cual no hay un referente en México, un proyecto que apunta tan alto que el mismo Pelli me confesó: "al principio pensé que esto no lo iban a realizar, me pareció muy ambicioso".

Y Pelli tiene razón, el CCU apunta muy alto, poco a poco ha marcado la vida cultural de la capital tapatía siguiendo con la línea del Festival Internacional de Cine en Guadalajara y la Feria Internacional del Libro, eventos que, por su calidad y convocatoria, han puesto a Guadalajara y a México en las mejores ligas del orbe. Aunque nunca faltan motivos para renegar de nuestro país, vale la pena voltear a ver estas propuestas donde en cada edificio, en cada espacio, han concurrido grandes talentos mexicanos y del mundo, circunstancia posible en buena medida por la participación de un Medici contemporáneo, Raúl Padilla.

Pelli no cree en los creadores solitarios sino en la colaboración. Emigró joven a Estados Unidos donde desarrolló su carrera. Al pensar en su historia no puedo dejar de evocar a otros genios como Messi, como Piazzolla, que también salieron de su Argentina para conquistar el mundo, genios que aparentemente no necesitaban a los otros. Nada más alejado de la verdad, el jugador del Barça no brillaría sin otros 10 que le ayudan en la cancha, y el prodigioso del bandoneón no sonaría igual sin sus compañeros en la orquesta. Pelli hace que los edificios y las plazas convoquen la vida, Messi la suspende en un estadio, Piazzolla la eterniza en un tango.

Inspirado en Picasso, Matisse y sobre todo en Mondrian, Pelli encontró una verdad que le cambió la vida: la arquitectura puede ser arte y además tener una función social, "desde entonces quise ser arquitecto, y todavía lo siento". Me despido de abrazo del hombre para quien el CCU es y será un espacio donde los jóvenes encontrarán una verdad que les cambiará la vida.

Antenoche estuve en la Plaza Bicentenario del CCU con motivo de la inauguración del 31 Festival Internacional de Cine. Mientras veía tanta gente, el bullicio, la música, los juegos pirotécnicos en el cielo, pensé, qué maravillosos son los lugares vivos, como ése que recién descubrió los huevos rancheros y se llama César Pelli.

lunes, 29 de febrero de 2016

Xóchitlscope

En un medio donde los políticos son tibios a la hora de defender el interés de los ciudadanos y hacer cumplir el Estado de derecho, destaca el carácter de Xóchitl Gálvez, con quien me une el deseo de poner orden y una terca afición azul, tanto que he llegado a pensar que si la jefa delegacional de Miguel Hidalgo fuera futbolista, sería una mezcla entre Alberto Quintano, Kalimán Guzmán y El Confesor Cornero, todos de firmeza cementera, cualidad con la que la funcionaria y su equipo se plantan frente a la ciudadanía a través de Periscope.

Arne aus den Ruthen, city manager de esa delegación, exhibió por Periscope transgresiones a la ley por parte de escoltas, los de la familia Libién y los del jefe de la Oficina de la Presidencia, Francisco Guzmán. En el primer caso le propinaron una golpiza y le robaron el celular y ya hay un consignado; en el segundo ya hubo una disculpa pública vía Twitter. Hasta aquí nada nuevo bajo el sol, la prepotencia de los poderosos siendo mode- los negativos y contribuyendo a la impunidad.

Al considerar que no están claros los límites de la autoridad, la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal ha intervenido y su accionar se ha interpretado como una defensa de los prepotentes. Una de las mentes preclaras en esta polémica es la del doctor Macedonio Tamez, diputado federal por Movimiento Ciudadano, quien afirma que si el Estado hiciera bien su labor como primer defensor de los derechos humanos, las comisiones al respecto no deberían existir, pues además ahora se creen dueñas del monopolio de la defensa de esos derechos, sin considerar que éstos no son absolutos pues los derechos de unos terminan donde empiezan los derechos de otros.

¿Conviene a la sociedad exhibir a los infractores? Mi respuesta es un contundente ¡sí! He sostenido desde hace tiempo que son las pequeñas y en apariencia banales transgresiones cotidianas las que provocan conductas delictivas mayores y un clima creciente de ilegalidad e impunidad. A raíz de esto conocí de los trabajos científicos del doctor José Guillermo Zúñiga quien amablemente me buscó para exponerme lo que él llama "hazañas bribonas" y que empata con mi teoría. Aunque el doctor Zúñiga hace una disertación semántica para llamarle "bribón" al transgresor, yo prefiero una etiqueta más fuerte: transa, infractor, gandalla.

El doctor Zúñiga identifica 4 componentes de la formación bribona (que por cierto, comienza a edad temprana): la oportunidad, el sigilo, la oposición y la emoción. En otras palabras, "soy escolta, tengo la oportunidad de estacionarme donde quiera, nadie sabe quién soy, sé que está contra la ley, pero con mi patrón no se meten, así que se chingan". Ahí están los 4 ingredientes. El que la autoridad puede interferir directamente es el sigilo, de ahí que exhibir al infractor es efectivo para combatir y prevenir conductas delictivas.

Aunque esta visión orwelliana de la vida no es la ideal, representa un camino para revertir el grave clima de ilegalidad e impunidad. Francisco Guzmán es ejemplo de lo que no se debe hacer y de lo que sí se debe hacer en México. El jefe de la Oficina de la Presidencia no se hubiera disculpado públicamente con los vecinos ni hubiera solicitado las multas para pagarlas, si no hubiera sido exhibido. De hecho, su primera reacción fue típicamente bribona: negar que los escoltas eran de él. La exhibición de conductas transgresoras no debería limitarse a la autoridad, cada ciudadano es en potencia un reportero (y un bribón). Que se preocupen o tengan miedo quienes obtienen beneficios en contra de la ley.

La exhibición per se no es suficiente para revertir el desprecio generalizado por la ley. Como dice el doctor Zúñiga, hacer consciente a la sociedad de los 4 componentes de la hazaña bribona es clave para disminuir y eliminar este comportamiento que no respeta edad ni condición socioeconómica. La SEP debería incluir esto en sus libros.

Periscope y la voluntad política pueden cambiar uno de los mantras mexicanos. Algún día diremos "el que es transa no avanza".

domingo, 28 de febrero de 2016

El ligue y la ciencia

Un espacio público esconde lecciones para quien quiere verlas. Caminaba con mi esposa por el parque Lincoln, en la Ciudad de México, cuando nos encontramos a un amigo con su pequeña hija en la zona de los columpios. Mi esposa me dijo "mira, qué buen papá". Charlamos brevemente con ellos y nos despedimos. Luego entramos al aviario que está enseguida. Como sorpresivo y excepcional anfitrión, un pavorreal nos abordó de frente. Me aproximé despacio para tomarle una foto; al sentir invadido su espacio vital, abrió su plumaje, penacho natural de un realismo psicodélico notable.

Un par de días después entendí por qué me había sucedido el episodio del parque. Una de las materias más fascinantes con las que me he topado es la psicología evolutiva, vertiente que considera que nuestra conducta ha sido moldeada a través del tiempo mediante transformaciones que mujeres y hombres han realizado para poder adaptarse a las exigencias de su tiempo. Los fundamentos de la psicología evolutiva definen gran parte de lo que nos motiva en la vida e incluso explican por qué mujeres y hombres somos diferentes, y claro, cómo ser complementarios.

Recordé que en algunas de mis charlas y conferencias tengo la foto de un papá con su hijo en un columpio y también expongo a un pavorreal con plumaje desplegado. Ambas imágenes las muestro casi una después de la otra; no puedo dejar de sorprenderme porque el aviario del parque está justo después de la zona de juegos infantiles. En fin, el punto es que acostumbro argumentar que para una mujer, la escena de un papá cuidando a su pequeño hijo en el parque hace atractivo al hombre (más allá del estereotipo de galán perfumado y lente oscuro) pues biológicamente hablando, la mujer se hace 3 preguntas (que no necesariamente son conscientes) sobre el hombre: ¿tiene buenos genes?, ¿será un buen compañero?, ¿será un buen papá? Es decir, hay ciertas virtudes biológicas que, al tenerlas o desarrollarlas, hacen que un hombre se vuelva atractivo para las mujeres.

Geoffrey Miller, psicólogo evolutivo, tiene varios libros sobre el tema, su más reciente trabajo, Mate: become the man women want, debería ser lectura obligada para los jóvenes y los no tanto, que quieran entender a las mujeres (y viceversa). Hay motivos científicos para explicar por qué un hombre con pareja es más atractivo para una mujer (del mismo modo que es más fácil conseguir un nuevo trabajo, teniendo uno, o por qué se antoja más entrar al restaurante donde hay espera), también para entender que la supuesta complejidad femenina es una arma contra los abusos físicos y psicológicos del hombre. Miller propone relaciones honestas de ganar-ganar, donde conseguir pareja es encontrar a alguien que quiere lo mismo que tú.

Cuando hablo de "ligue", me refiero al vínculo ético entre un hombre y una mujer, ese elemento aparentemente inmaterial que constituye la materia prima de la atracción y la conquista. Entender la teoría de género implica entender los aspectos primitivos de nuestra conducta; psicológicamente seguimos siendo cavernícolas. La expresión "hacer química" con alguien, no es sólo figurativa, en toda relación afectiva hay un diálogo oculto de los genes que buscan su sobrevivencia, de ahí que la mujer seleccione al proveedor que le dé más seguridad para que sus genes (sus hijos) tengan mejores condiciones para sobrevivir (léase sobresalir socialmente, cubrir necesidades básicas y otras no tanto). Ver las cosas desde la perspectiva de la psicología evolutiva hace que entendamos por qué para la mujer la frase "no te preocupes, yo me encargo" es más romántica y poderosa que "te amo". La primera lo dice y lo hace, la segunda nada más lo dice.

El pavorreal macho seduce a la hembra con su plumaje, despliegue de atributos reproductivos que transmiten "tengo buenos genes, si unes los tuyos con los míos, habrá buen resultado". Pero no es suficiente. Y aquí el reino animal nos da una gran lección a los hombres. El pavorreal además debe bailar y bailar bien para consumar la conquista.