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martes, 3 de enero de 2017

Meritocracia, ¿de ficción?

El día en que el cardenal Jorge Bergoglio fue electo como Papa de la Iglesia Católica, varias fotos de la multitud que atestiguaba el acto desde la Plaza de San Pedro fueron motivo de análisis. Miles de pantallas brillaban en aquella oscura y a la vez luminosa noche del 13 de marzo de 2013. Los fieles eran también fotógrafos que guardaban para la posteridad ese momento. Las imágenes se contrastaron con otras de apenas 8 años antes donde una idéntica fe, pero diferente concurrencia, atestiguaba otro evento de corte papal. En esta ocasión no aparecen teléfonos inteligentes grabando, por una sencilla razón, el iPhone apareció en el año 2007.

Antes veíamos los sucesos en directo, hoy, aunque estemos ahí, los vemos a través de una pantalla. La comparación me gusta para argumentar que, independientemente de que la tecnología nos está cambiando la forma en cómo vemos al mundo y nos relacionamos, hay aspectos básicos de la conducta humana que no han cambiado desde que nuestros sapiens antepasados habitaban en cuevas remotas. Quizá por esto encuentro fascinante la serie Black Mirror, donde se exploran vertientes tecnológicas, y también filosóficas, sobre el impacto que tendrán en un futuro inminente los adelantos científicos en la vida cotidiana.

Quienes me han escuchado saben que el tema me apasiona como al cronista deportivo que le toca narrar el gol de su equipo favorito. Como aquí el espacio es limitado, me concentraré en un capítulo intitulado "Caída libre". Es el futuro, no sabemos el año pero es un tiempo muy cercano. Las personas llevan un aparato (como un teléfono inteligente) en la mano todo el tiempo (¿suena familiar?), lo usan para comunicarse vía voz e imagen, pero también pueden ver quién es otra persona a la que apuntan. Se trata de una sociedad donde todos están etiquetados y ostentan un puntaje social, una calificación que depende de los demás y que no sólo indica el estatus de cada quien sino que condiciona el tipo de vida que llevan y el círculo social al que pertenecen.

Visto con rigor, el hombre siempre ha vivido etiquetando a los demás, es una función de la sobrevivencia saber quién es tu vecino del mismo modo que el hombre cavernario debía asegurarse que no dejaba a su familia a merced de un caníbal en la cueva contigua. Ayer dependíamos nada más de los sentidos y el instinto, hoy en día, la evolución del conocimiento ha hecho que cada vez más contemos con herramientas muy poderosas para socializar.

La protagonista de nuestro capítulo lucha por mejorar su puntaje social, trata de aparentar en las fotos que sube a las redes sociales que lleva una vida extraordinaria, pero también trata de agradar a las personas en su día a día, pues en cada interacción humana, en cada encuentro en un elevador, en cada trámite en una ventanilla, las personas se califican mutuamente. Un exabrupto con alguien te puede restar puntos; bajar de determinado puntaje te excluye de poder entrar a un restaurante (que en su exterior anuncia el puntaje social mínimo para ingresar) o aspirar a vivir en cierta colonia. Se trata de un sistema vulnerable porque el "voto" de todos vale por igual (así funciona nuestra democracia). Cualquier parecido con lo que ya vivimos no es pura coincidencia. La diferencia es que en ese futuro de aparente ficción todos sabemos todo de todos. Hay una meritocracia brutal que depende de los demás para definir tu vida y si eres feliz. La dependencia de los "me gusta" y los seguidores sociales de hoy llevada a un nivel exponencial. ¿Para allá vamos?

De pronto imaginé una historia derivada. Imagina tener un Poder Legislativo que tenga mínimo x puntos de calificación. Esto implica que como sabemos todo de su pasado, en automático los corruptos e ineptos no podrían aspirar a ser diputados o senadores. Imagina que para llegar a ser presidente de la República se requiera x+1 puntaje mínimo. Estaríamos con la certeza de que quienes pueden ser elegidos forman parte de una aristocracia (el gobierno de los mejores), tendrían los méritos correctos para determinada labor. Imagina que así pudiéramos contratar a todos los profesionales y otros proveedores. Habría personas correctas en los lugares correctos haciendo lo correcto.

Espanta, sí. También ilusiona.

domingo, 11 de diciembre de 2016

¿Existe la fórmula Rubí?

En un video que circula por ahí, una señora de condición humilde apela a la potencial comunidad de espectadores para que la apoyen para un trasplante de riñón que necesita su hijo. La petición no es inusual en un país donde hay tanta desigualdad social, salvo por un detalle, doña Marciana Galván Flores, como dice llamarse, menciona repetidamente que "así como andan apoyando a Rubí con tanto alboroto, yo quisiera que me apoyaran, somos del mismo ejido". Detrás de ese "alboroto" hay una intrincada estructura de redes sociales cuyo efecto "viral" es ampliamente anhelado por directores de marketing, publicistas, políticos, artistas y demás personajes que idealizan una difusión masiva a bajo costo.

Me interesa el caso de los "XV años de Rubí" no como parte de la exacerbada difusión donde el morbo y la burla han sido el motor, sino como un caso de estudio que ejemplifica una condición que siempre ha estado presente en las sociedades humanas: tenemos un valor latente a partir de la posición que ocupamos en determinada red, pero hoy, a diferencia del pasado, ese valor es más visible, más tangible en buena medida gracias a la tecnología. De alguna forma hemos pasado, de los seis grados de separación (teoría que dice que tú y cualquier otra persona del planeta están conectados por un máximo de 6 enlaces), a un botón que articula nuestra red de relaciones de forma inédita.

Conocedores de lo que hoy se conoce como "ciencias de redes", como Duncan Watts y Alejandro Servín, coinciden en que los fenómenos sociales donde algo se vuelve propagable (que no "viral" o "epidémico", pues estos términos no necesariamente expresan la voluntad de un receptor en difundir un mensaje) no tienen una receta, es decir, no se sabe cuál es la forma intencional de hacer que un mensaje se propague por las redes, si bien todo lo propagable tiene una lógica en la que informa, educa o entretiene.

El sueño guajiro de los gestores de marca cuando compran una "estrategia viral" gracias a una secuencia de botones donde se transmite contenido pegajoso está lejos de ser posible. Es necesario saber cómo se articulan las redes, cuál es su estructura, quiénes son los nodos o actores y cómo son los vínculos o relaciones entre personas, y esperar un factor "x" circunstancial que detona un mensaje. Así como en algún momento de la historia el telescopio permitió observar fenómenos astronómicos con mayor profundidad, y luego los rayos X hicieron posible analizar las estructuras óseas del cuerpo, hoy los sociogramas (mapas de relaciones) son la "radiografía" de una red social, ya sea de una persona o de una marca. Es a través del análisis de los sociogramas como actualmente se gestan las estrategias de comunicación en las redes sociales.

Sin embargo, inducir la propagación masiva de un mensaje es algo fuera de control y nadie sabe a ciencia cierta cómo hacerlo. Watts ha sido un crítico del afamado autor Malcolm Gladwell quien desde el año 2000 con la publicación de The Tipping Point, cómo algo pequeño puede hacer la gran diferencia, intentó explicar los cambios sociológicos "misteriosos" que producen fenómenos "virales" de trascendencia social. Para Watts, la teoría de Gladwell cautiva y seduce porque nos atrae la idea de algo pequeño que evoluciona y se transforma en algo mayúsculo, de la misma forma que sabemos de historias donde un don nadie se convirtió en alguien importante. Y para Watts, pretender hacer una ingeniería social que propague algo masivamente es una fantasía. Esto es lo que sucedió con los "XV años de Rubí".

Es apasionante que a pesar de la tecnología y tanta pretensión de predictibilidad algorítmica, existan factores impredecibles, espontáneos para los que no hay una fórmula. Esto hace nuestra vida más humana porque nos permite dudar. Quizá sea más gratificante una vida de dudas que una de certezas. Lo que es indudable es que las redes que hoy vivimos son la posibilidad de materializar algo como nunca antes lo habíamos experimentado; somos potencialmente el siguiente fenómeno de propagación masiva. Y alegra saber que en la conexión con los otros volvemos a rescatar nuestra esencia primitiva, por ello me gusta lo que dice Alex Servín: "nada existe hasta que se conecta con algo".

Antropología para el mundo

El pasado 29 de noviembre Ann Dunham hubiera cumplido 74 años. Antropóloga de formación, fue la figura formativa dominante para uno de sus hijos, un niño que, por el trabajo de investigación de la madre, vivió en diferentes países y se acostumbró a convivir con diferentes culturas. Para decirlo de otra forma, la otredad, lo distinto, fue parte de su educación, tanto así que el niño comió carne de perro, culebra, chapulines y aprendió a expresarse y a entender otra lengua.

Este niño creció con tanta carga de lo extranjero que muchos años después fue acusado de no haber nacido en el país donde se convertiría en el Presidente número 44 de su historia. Aunque Trump terminó por aceptar que sus señalamientos contra Barack Obama, el hijo de nuestra antropóloga, eran infundados, su ofensiva representa mucho de quienes no tienen una visión antropológica, al contrario, ven amenazas en lugar de recursos, detonan los puentes y favorecen la creación de islas.

La antropología estudia la realidad humana, pretende interpretar al individuo integral, social, biológica, culturalmente. He tenido la fortuna de convivir durante los últimos 15 años con varios antropólogos y otros estudiosos de la condición humana, de ellos he abrevado una visión antropológica del mundo, una carrera empírica que ha llenado mi frustrada vocación de excavar para encontrar pirámides sepultadas e interpretar glifos en las piedras. El antropólogo es un pontífice, tiende caminos en vez de construir muros, trata de entender desde afuera, es el observador que analiza, interpreta y acepta, y en esta aceptación sostiene sus puentes y allana diferencias.

En un interesante artículo del Financial Times, que Simon Kuper intitula "Barack Obama: antropólogo en jefe", destaca que mucho de la forma de ser del presidente norteamericano está influenciado por su formación materno-antropológica. Ésta, dice Kuper, es una de las claves para entender a un Presidente que, aunque querido por muchos, ha sido muy criticado por otros. Contrario a la visión de supremacía de quien está por sucederlo, Obama, narra Kuper, "nunca compró la idea de que (EU) es un país excepcional con una cultura superior y el deber divino de salvar al mundo. Cuando le preguntaron en su primer viaje intercontinental si creía en la excepcionalidad de EU, dijo: 'Creo en la excepcionalidad de EU tanto como sospecho que los británicos creen en la excepcionalidad británica, y los griegos creen en la excepcionalidad griega'".

Desafortunadamente, esta sensibilidad antropológica, este ver a su propio país desde afuera, no le alcanzó para crear beneficios suficientes y leer el descontento social que posteriormente fue explotado por Trump. Esta inclinación a ver a los otros y ser parte de los otros (en su caso pertenecer a un grupo étnico que por primera vez llegó a la Presidencia) no le impidió el legítimo uso de la ley para deportar a más de dos y medio millones de indocumentados, lo cual lo convierte también en el "Deportador en Jefe". Aunque no guste este dato, Obama aplicó la ley (igual que lo hará Trump).

No creo que un antropólogo sea mejor Presidente que un empresario o viceversa. Es la visión complementaria la que puede construir un liderazgo efectivo. Lo mismo sucede en el mundo de los negocios. Aunque en todos los campus universitarios que conozco, los edificios de las escuelas de negocios están separados de los edificios de las ciencias sociales, existe un gran puente que conecta los intereses de ambos mundos.

Nissan acaba de publicar una nota donde reconoce el gran papel que tienen los antropólogos en sus procesos de innovación y diseño, particularmente en sus vehículos de conducción autónoma, donde es fundamental entender el comportamiento del hombre junto con la tecnología, más allá de un algoritmo. Pronto los automóviles serán un ejemplo de buen ciudadano en las calles.

La antropología puede ser la gran aliada de muchas otras disciplinas para enfrentar los retos contemporáneos. Su efectividad, me parece, radica en que nos fuerza a ver personas donde otros ven números, "small data" en vez de sólo "big data", tribus, no sólo mercados; nos lleva de regreso a la cueva, ese lugar prehistórico donde toda innovación comienza.

Caminito de la escuela

In memoriam, Jorgito Sánchez C.

 

A sus 11 años habla como el adulto que será, seguramente un brillante ingeniero. Cursa el sexto de primaria en una escuela de Matamoros y aunque se ve un alumno muy aplicado, el invento que ha desarrollado debería preocuparnos a todos. Juan David es el creador de la llamada "mochila de seguridad", una mochila aparentemente normal, como las que cargan los niños en la espalda, nada más que está equipada con una placa de fibra de vidrio a prueba de balas, un geolocalizador conectado al teléfono de sus padres, una alarma sónica y una linterna.

Muy lejos se sienten los ingenuos tiempos en que la canción de Gabilondo Soler, Cri-Cri, Caminito de la escuela nos hacía sentido y nos emocionaba al imaginar las diferentes criaturas del reino animal llegando a clases. Detrás del invento de Juan David hay un profundo instinto de sobrevivencia ante las amenazas del entorno, no hay un perro con la goma de borrar en el hocico, ni un ratón con espejuelos, ni una tortuga procurando ser puntual, mucho menos el camello con mochila o la jirafa con su chal. De la boca de este niño de 11 años salieron estas palabras: delincuencia, balaceras, Protección Civil, bala perdida, impactar, robo, alarma, agresor, secuestro. No necesitamos a un especialista en comportamiento humano para saber qué pasa por su mente durante su camino a la escuela o de regreso a casa.

La normalización de la violencia implica una adaptación de las condiciones de vida ante un entorno que se ve imposible o poco probable de modificar. La naturaleza tiene muchos ejemplos donde las especies vivas toman acciones encaminadas a su sobrevivencia, una respuesta instintiva ante los peligros amenazantes. Hay varios tipos de adaptaciones en los animales, muchas de ellas copiadas por el ser humano, como el camuflaje y el mimetismo, que son adaptaciones morfológicas. En la primera uno se confunde con el contexto de modo que no es detectable, el ejemplo clásico es el camaleón, en la segunda uno simula ser de otra especie, como la falsa avispa. Hay adaptaciones fisiológicas, como la hibernación y la estivación, y adaptaciones conductuales, las que como humanos más practicamos, modificaciones de nuestro comportamiento para asegurar las funciones básicas como reproducción, búsqueda de alimento y defensa ante depredadores. Aquí la migración y el cortejo son ejemplos del esfuerzo de los organismos vivos por sobrevivir.

Un niño de Matamoros, donde "las balaceras son muy frecuentes", hace una adaptación conductual y desarrolla ciertas herramientas de sobrevivencia. El hombre de la prehistoria elaboró percutores, utensilios para la talla y la obtención de lascas con objeto de producir otras herramientas. El invento de la "mochila de seguridad" fue merecedor de una distinción en un certamen de innovación tecnológica. He sostenido que para innovar hay que voltear a la cueva, entender las necesidades primarias del hombre y la mujer de la prehistoria, los mejores inventos vuelven ahí, donde el instinto y la simplicidad cumplen la función. ¿No acaso el dedo es una innovación respecto del lápiz digital?

En el fondo de este invento infantil hay también un abandono y una ruptura del niño con el mundo adulto. Ha llegado a la tremenda convicción de que nadie puede defenderlo. Una madurez adelantada que nuestra infancia no merece, pero necesita si ha de salir adelante ante las amenazas de un entorno violento, inseguro y hostil. Cuando el ser humano reconoce su fragilidad, apela a elementos de protección, desde las armas hasta los amuletos y los talismanes. En cierta ocasión que cruzaba una calle muy transitada, una anciana que iba delante de mí caminaba pausadamente mientras, estirando el brazo, mostraba la señal de la cruz a los automovilistas.

Muchas formas de consumo (material pero fundamentalmente simbólico) tienen detrás la motivación de equilibrar las condiciones del entorno, balancear las probabilidades de sobrevivencia, controlar los daños. De ahí que los productos siempre en demanda son la confianza, la fe, la certidumbre, la seguridad. Independientemente del objeto material o ritual que esto represente, siempre serán anhelados.

El pequeño Juan David nos confirma una realidad de nuestra especie, también un doloroso rostro de México.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Lecciones de primaria

Durante su intervención en la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil, el secretario de Educación Pública, Aurelio Nuño, fue corregido por una pequeña. "No se dice 'ler', se dice 'leer'", apuntó con tino y educación Andrea, ahora famosa en las redes sociales, ávidas del morbo y los resbalones ajenos. Aunque no le quedaba de otra, bien por el secretario Nuño al agradecer la corrección. Me parece que la anécdota per se es lo menos destacable. El episodio encierra otras lecturas.

Pronunciar mal la palabra "leer" no es tan grave como no saber leer. Y no me refiero al índice de analfabetismo sino al acto racional de entender un texto. Yo me di cuenta que no sabía leer. Durante mi paso por la Sogem, escuela de escritores, me topé con una realidad: "para escribir bien, primero leer bien". Tuve que contener mis ansias de escritor y dedicarle tiempo a la clase de análisis literario. En aquel entonces ya había "leído" Pedro Páramo, la primera obra que desmenuzamos en clase. Al releerla, la obra era otra muy distinta. Como una nueva presencia en Comala, se me aparecieron mis fantasmas de la ignorancia para decirme "¿te das cuenta?, no sabes leer". Ese momento fue una revelación, un parteaguas que marcó mi vida como lector.

Gran parte de mi educación transcurrió en escuelas públicas y no recuerdo que nos hayan enseñado a leer. Por lo que intuyo, tampoco en las escuelas privadas se enseña a leer. Cuando asisto a la FIL y veo los pasillos abarrotados de personas, es frecuente que escuche comentarios como "los mexicanos sí leemos, aquí está la prueba", cuando la evidencia es que los mexicanos abarrotamos los pasillos de una feria del libro. ¿Cuántos de los que asisten compran libros?, ¿cuántos de los libros comprados son leídos?, ¿cuántos de los "leídos" son leídos? Parece más importante el evento que el acto de leer, asistir a la presentación pública de un nuevo libro que al acto solitario y privado de hacer propia una obra.

Segunda reflexión, el error del secretario Nuño no quedó impune. Si México fuera un paciente en terapia intensiva y hubiera que curarlo de su mayor mal, diría que es la impunidad. Escandaliza enterarse de notas como la de ayer en este diario: "Dejan a plagiarios libres por minucia". Nuestro sistema de justicia (es un decir), por las razones técnicas y de debido proceso que ustedes quieran, promueve la impunidad, alienta la criminalidad, es el verdadero cáncer de México. Sólo así es explicable que haya asesinos, violadores, secuestradores que han sido capturados varias veces y luego son dejados en libertad por detalles administrativos. Peter Drucker, uno de los pensadores en materia de negocios y administración más influyentes del siglo pasado, estableció una diferencia sustancial entre ser eficiente y ser efectivo. Lo primero es hacer algo correctamente, lo segundo es hacer lo correcto. Nuestro aparato de justicia está orientado a ser eficiente, necesitamos uno que sea efectivo. Así como hablar de un libro no es lo mismo que haberlo leído, cumplir con los requisitos de justicia no es lo mismo que hacer justicia.

Tercera reflexión. Andrea no se quedó callada, actuó. Ya existe un índice mundial de impunidad en el que por supuesto no tenemos un lugar decoroso. De existir un índice mundial de participación ciudadana, seguramente la sociedad mexicana también saldría mal calificada. Uno de los rasgos de nuestro código cultural es que somos muy pacientes, muy aguantadores. Generalmente nos cuesta involucrarnos en asuntos públicos porque no nos gusta el enfrentamiento. No nos gusta señalar o denunciar las faltas de otros para no meternos en problemas, pero ¿no será que por eso estamos metidos en problemas? ¿Quién de nosotros hubiera corregido al secretario Nuño? Esta tibieza para corregir lo que está mal tiene su contraparte: nuestra ley no obliga, pide las cosas por favor. De nueva cuenta nuestro código cultural no nos ayuda, está lleno de expresiones de cortesía donde se privilegia la forma sobre el fondo. "Favor de no estacionarse en la zona destinada a los bomberos". Cuando el ordenamiento es una sugerencia, deja de ser ordenamiento, así se trate de un semáforo en rojo, hasta el desvío de recursos por parte de un gobernador.

Gracias, Andrea, por tu lección.


domingo, 13 de noviembre de 2016

Caprichos del hipotálamo

Por alguna condición personal, digna de un compendio de sabiduría inútil, me siento muy a gusto en temperaturas frescas, digamos entre 15 y 22 grados Celsius, lo que me hace prescindir de abrigos, cobijas y bufandas, mientras muchos al derredor experimentan frío. En un avión, entro en batalla térmica con algún pasajero, usualmente una dama, que se defiende detrás de una cobija y pide al sobrecargo que "quite el frío", mientras yo, en mangas de camisa, le insinúo que no lo haga. Zoológicamente hablando, me siento más cerca de los pingüinos que de las iguanas. Amo el otoño y el invierno, gozo los días nublados y lluviosos de la misma forma que alguien se alegra con el sol en la playa. Encender una chimenea me inspira (me recuerda que afuera hay frío), ponerme bloqueador solar en la piel es un control de daños.

Esta circunstancia no me impide disfrutar ciudades como Mérida, donde no deja de azorarme que con sólo 17 grados la gente use chamarras y hable del "frío". Sin duda nuestra especie se "aclimata", desarrolla una escala singular de lo que llama calor o frío, en función de la ciudad que habita, pero también en función de ciertas condiciones del hipotálamo, la parte del cerebro encargada de regular la temperatura corporal, nuestro termostato, para decirlo llanamente.

Luego de recorrer varias ciudades y poblados del norte de España, de pasar de climas templados en la costa del Cantábrico a otros más fríos hacia dentro de la península, compruebo que sentir frío o calor es en buena medida un factor cultural. De haber sido sociólogo y no físico, Anders Celsius hubiera dicho algo como "por su forma de sentir el frío o el calor, los conoceréis". En Madrid la gente viste como salida de un aparador ¡de tienda departamental de México!, y es que dentro de las muchas cosas que importamos, la moda (particularmente la europea) es, por supuesto, un elemento que nos autoimponemos, en mi caso a modo de flagelo. ¿Cómo usar un saco de lana si nuestro invierno citadino apenas tiene una semana de bajas temperaturas? ¿No debería un diseñador mexicano reivindicar al algodón y al lino en pleno enero?

Buena parte de la moda que seguimos en México es una ficción, está hecha para otras latitudes. Nuestra añoranza por un clima que no tenemos llega al extremo de regodearnos con ver caer nieve artificial en un centro comercial o ponernos ropa térmica en una pista de hielo, en el Zócalo.

Al menos en tres ciudades españolas recordé las palabras de Carlos Fuentes en El espejo enterrado: "España... es una proposición doblemente genitiva, madre y padre fundidos en uno solo, dándonos su calor a veces opresivo, sofocantemente familiar...", pues en la habitación de los hoteles sentía un calor incómodo. Luego de luchar inútilmente con el control del clima, llamé para pedir que me asistieran. "Señor, no puede hacer nada, es noviembre", la respuesta me desconcertó, ¿tenía la culpa el zodiaco? "Ya todas las habitaciones están a 24 grados, por el frío; la temperatura está controlada por un ordenador central que no podemos mover". ¡¿El frío de quién?!, si a 24 grados empiezo a sudar y me revuelvo en la cama como patata en sartén. "Bueno, puede abrir la ventana". Me quedó claro que hay sitios donde el frío se decreta, no se siente, por eso la definición de suéter es "prenda que el hijo debe usar cuando la madre tiene frío".

Pero así como yo me quejo del calor, hay quienes se quejan del frío. Se dice que los norteamericanos viven una sociedad altamente frigorizada, que usan en exceso el aire acondicionado. Richard de Dear, estudioso de la Universidad de Sydney, tiene una forma especial de explicar esto, dice que "ser capaz que la gente sienta frío durante el verano es un signo de poder" y que por ello muchos establecimientos de prestigio tienen la temperatura baja. ¿Los gringos son fríos y los españoles cálidos?

La sensibilidad térmica es una prueba para la convivencia. En materia de temperatura me declaro liberal: "Entre los individuos como entre las cobijas, el respeto por el hipotálamo ajeno es la paz". En un matrimonio suele haber una negociación de alcoba que usualmente se resuelve con un par de frazadas, pero no siempre.

Cada cultura tiene su antídoto. A diferencia de los hoteles gringos, en España sí abren las ventanas.

Nos-otros

Mientras evoco sitios medievales, no deja de ser contradictorio que la condición que hoy les da cierta aura para atraer prosperidad y visitantes es su muralla o los vestigios de ésta. Qué paradójico resulta ver que aquello que se erigió para separar, hoy sea una fuente de magnetismo y generación de valor. Vemos con asombro la belleza de la mayoría de los lugares fortificados, espacios que conservan elevados muros almenados, rodeados de obstáculos hechos por el hombre o infranqueables barreras naturales. De las fosas perimetrales a los linderos escarpados, la intención humana ha sido defenderse contra potenciales agresores. Así nació París.

De Kotor, en Montenegro, encanta cruzar la ciudad amurallada e imaginar la vida medieval cuando salir del resguardo era exponerse a peligros inminentes; afuera están los otros, siempre los otros, los diferentes, los que anhelan vivir como nosotros, construir prosperidad para ellos (en el mejor de los casos) si no es que quieren entrar a destruirnos. A tan sólo unos kilómetros de Lisboa está Óbidos, un villorrio de casas entejadas, muros blancos con buganvilias y callejuelas de piedra; se parece a tantos pueblitos mexicanos, la diferencia es que está dentro de un polígono amurallado en lo alto de un cerro y conserva un castillo, su contexto medieval es la fuente de su subsistencia, miles de turistas cruzan su muralla y toman licor de ginja.

Estos sitios fueron un nos-otros y ahora son un nosotros. Nos era "yo y los que conmigo se asocian, nosotros". El temor a los otros escindió la raíz de palabra. Las murallas y las barreras son parte de la historia del ser humano, responden a uno de los motivadores más grandes, el miedo. Estos días he escuchado muchas manifestaciones sobre el negro futuro que nos espera luego de una nueva edición por venir de murallas y barreras por parte de nuestro vecino del norte. Pero también he escuchado voces de optimismo que invitan a sacar lo mejor de nosotros y a adaptarnos a las nuevas reglas del juego, o al nuevo juego. Ningún muro evita ver el cielo estrellado.

Ciertamente la buena vibra y la energía que proyectemos son componentes necesarios para enfrentar el futuro, pero habrá que recordarle al presidente Peña aquello de "las cosas no se dicen, se hacen, porque al hacerlas se dicen solas". Es difícil arengar a la buena vibra y a una mejor patria cuando en tus narices se te escapa el priista veracruzano Duarte, en su momento, modelo de una nueva clase política para nuestro mandatario. Es complicado proyectar buena energía cuando, en un acto de cinismo extremo, los diputados recortan el gasto en sectores prioritarios y se lo aumentan ellos. Sin hechos contundentes, el esotérico talismán al que parece aludir el Presidente no será sino otro eslabón más en la pesada cadena que lo sumirá en el juicio de la historia.

Un muro fronterizo es una mala respuesta a una buena pregunta. Nadie le construye muros a su fuente de beneficios (varias de las promesas de Trump son un disparo en el pie). No hay lealtad a las marcas sino a los beneficios que éstas representan. Cuando los demás te ven caro, lo que tienes que hacer es elevar tu valor. El próximo gobierno de la República (a éste me parece iluso pedírselo) deberá contemplar una estrategia de Estado para elevar el valor de México y de los mexicanos en Estados Unidos pero también en el mundo. A mayor valor percibido, mayor respeto. En la generación de resiliencia debemos encontrar las claves para pasar del dicho al hecho.

El único temor que debe preocuparnos es a nada más tener temor.

Las murallas son necesarias porque hay enemigos, los enemigos son necesarios porque somos humanos. En Construir al enemigo, Umberto Eco escribió: "Tener un enemigo es importante no sólo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo". Aquí radica una de las claves del triunfo de Trump, y del impulso de líderes mesiánicos, pero también de la oportunidad que nos aguarda.

Viene a mi mente el Dale Carnegie que tanto marcó mi juventud: "Y al mirar hacia afuera los dos presos, uno vio lodo, pero el otro estrellas". Escojo esa lejanía.