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martes, 31 de enero de 2017

Hechos alternativos

En su primera intervención ante los medios de comunicación, el nuevo secretario de Prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, causó polémica al declarar que la toma de protesta del nuevo Presidente había sido "la más grande audiencia que jamás atestiguó una inauguración, punto. Tanto en persona como alrededor del mundo". Como el pez, que por la boca muere, Spicer se pintó solo y de paso refrendó el perfil autoritario de la nueva administración, con una palabra: "punto", esa forma, ese tonito para decirnos "esto es incuestionable". El personaje está cortado a imagen y semejanza de su jefe.

Lo que más polémica causó no fue la forma de hacer una declaración sino el fondo. Spicer fue tachado de mentiroso. La gran mayoría de los medios norteamericanos dieron cuenta de lo contrario a su dicho: mostraron imágenes de otras inauguraciones, particularmente la de Obama en 2009, donde se aprecia una audiencia mucho más grande que la del 20 de enero pasado.

Cuestionada no sólo la Secretaría de Prensa sino la nueva administración en general, la asesora de la Presidencia, Kellyanne Conway, defendió (es un decir) a su colega Spicer y dijo que no había mentido, sino que había dado "hechos alternativos". Los medios, que ciertamente no traen el mejor ánimo con su nuevo mandatario, calificaron la declaración de "orwelliana". Luego el propio Spicer se hundiría más cuando, en una entrevista a modo, por la cadena Fox, comparó los "hechos alternativos" con los pronósticos del clima, en los que, dijo, varias fuentes pueden tener diferentes versiones, sin necesariamente mentir.

Esto de los "hechos alternativos" tendría feliz a George Orwell, su obra 1984 se convirtió, estos días, en el libro más vendido en Amazon. La célebre novela distópica recrea una sociedad tecnológicamente avanzada en el futuro (fue publicada en 1949) en la que los individuos y la comunidad son controlados con el miedo que infunde un Estado totalitario. La intención del autor fue prevenir a las generaciones siguientes sobre los peligros de una situación como la que el mundo había sufrido con la Segunda Guerra Mundial, tiranías, exterminio, odio. Como corresponsal de guerra para la BBC, Orwell se dio cuenta de la manipulación mediática para controlar a las masas. No es casual que Winston Smith, personaje central en 1984, trabaje en el Ministerio de la Verdad, agencia gubernamental encargada de reescribir la historia a conveniencia del Estado, bajo la premisa de que quien controla el pasado, controla el futuro.

La memoria y la historia son temas centrales en 1984, también la corrupción del lenguaje. El Ministerio de la Verdad fabrica mentiras, el Ministerio de la Paz genera guerras, en tanto que el Ministerio del Amor está encargado de esparcir miedo. Cuando el lenguaje se corrompe, le sucede el pensamiento. Una de las misiones de Newspeak, herramienta de acondicionamiento y control social, es destruir palabras clave para reducir el rango de razonamiento de la gente y así evitar los "crímenes de pensamiento" que derivan en acciones indeseables para el Estado autoritario.

Para muchos, la evocación de esta superpotencia orwelliana, Oceanía, es la referencia más cercana al nuevo estilo de gobernar en Estados Unidos. Día tras día quienes hacen el nuevo Estado se encargan de recordar ese tremendo mundo donde la libertad de expresión no existe y las percepciones se fabrican. Steve Bannon, jefe de estrategas del mandamás gringo, acaba de decir "los medios deberían tener la boca cerrada y nada más escuchar por un rato". El mismo presidente número 45 de EU, tachado de mentiroso, parece vivir en una realidad alternativa.

El legado de Orwell es que no debemos olvidar. El periodista Mike Dice entrevistó a unos 20 norteamericanos, principalmente jóvenes, y les pregunta: ¿qué pasó en 1984?, ¿qué piensas de George Orwell?, ¿qué significa orwelliano?, las respuestas contundentemente muestran que (salvo una persona) la gente no sabe nada. ¿Cómo repudiar algo, antes de que suceda, que no se vivió pero tampoco se conoce o se recuerda? Recordar el pasado es la forma de construir futuro.

Ante el panorama orwelliano actual estamos llamados a recordar el pasado para las nuevas generaciones y, como Winston Smith, dar la gran batalla: permanecer humanos ante lo inhumano.

lunes, 23 de enero de 2017

Incredulidad suspendida

El poeta y novelista belga Georges Rodenbach afirmó: "Toda ciudad es un estado de ánimo". Escribió Brujas la muerta, donde el deceso de la esposa del personaje central se convierte en el duelo por una ciudad: "Brujas era su esposa muerta. Y su esposa muerta era Brujas. Las dos unidas en un destino. Era Brujas la muerta, la ciudad sepultada en sus diques de piedra, con las arterias de sus canales helados una vez que el gran pulso del mar había dejado de latir en ellos".

Con ese sentimiento hundido evoco el dolor en Monterrey, luego de la tristísima, terrible tragedia en uno de sus colegios. Escribo con profundo respeto por todos los involucrados, las víctimas directas e indirectas, que son todos, los conmovidos y no, por un hecho que nos debe llevar a varias reflexiones.

El dolor es en, no de Monterrey. Este evento es la manifestación de un sistema enfermo, cuya sanación va mucho más lejos de revisar mochilas. En toda sociedad hay comportamientos que se cultivan, son el conjunto de acciones previas que conducen a que algo suceda. Los humanos aprendemos por imitación, luego entonces podemos hablar de imitación cultivada, los patrones a seguir. Los altos niveles de violencia en México se manifiestan de diferente forma, ahora fue en Monterrey, un fractal (un subsistema que replica la misma estructura, a diferente escala) de otro modelo (el país). La corrupción y extorsión que se da en una calle con los franeleros es un fractal de la corrupción y la extorsión en otras esferas de la vida pública. El saqueo a una tienda de autoservicio es un fractal del saqueo al erario.

Independientemente de los factores individuales, que influyen por supuesto, la tragedia en Monterrey es un asunto sistémico de México, caracterizado por una creciente normalización a la exposición de la violencia; cada vez vemos más actos violentos y cada vez nos sorprendemos menos. Vivimos la era de la incredulidad suspendida. Los patrones que explican la biología evolutiva dictan que eventualmente se llegará a un grado tal que nuevamente recuperaremos la capacidad de sorprendernos. Y lo haremos porque necesitamos sobrevivir. Gran parte de la extinción de especies animales y diferentes homos que alguna vez habitaron la Tierra se dio por su limitado sistema de alarma a potenciales peligros o depredadores. Aunque siento a un sector de la sociedad indignado por los hechos en Monterrey, otra parte es indolente, especialmente los jóvenes, quizá las víctimas más afectadas por la exposición a la violencia.

Diferentes estudios de neurociencia han dado resultados similares para afirmar que la exposición a la violencia afecta las estructuras y la operación del cerebro. Fuentes de exposición a la violencia como ciertas noticias, algunas letras de canciones, gran cantidad de videojuegos (una industria multimillonaria en el mundo), la difusión masiva y sin control de actos de violencia en las redes sociales, producen, comprobado por los estudios científicos, alteraciones cerebrales, conductas agresivas y mala toma de decisiones, especialmente durante la adolescencia, etapa en la que el cerebro no ha terminado de madurar para un funcionamiento óptimo.

Vivimos un contexto donde se privilegia ser combativo a ser colaborativo (ver el pobrísimo discurso del nuevo presidente de Estados Unidos) y donde esa incredulidad en pausa es una tragedia que se suma a cualquier hecho violento que ya vemos como parte del panorama cotidiano. Neguémonos a aceptar esa condición humana. Diría Galeano, "somos lo que hacemos para cambiar lo que somos".

Revisar mochilas en las escuelas es una medida mediática e inútil si no viene acompañada de una estrategia pensada en influenciar al sistema. Estas medidas no deben venir nada más del gobierno, deben ser impulsadas por nosotros, la sociedad en general, conjuntamente con las autoridades, deben ser vividas en las empresas y en el seno de los hogares: restricción a la exposición y difusión del contenido violento de cualquier índole y la apología de conductas delictivas, enseñanza de la ética y los valores fundamentales del ser humano, formación de personas más dispuestas a colaborar que a combatir.

Porque, parafraseando a Roden-bach: "Monterrey es nuestros hijos muertos. Nuestros hijos muertos son Monterrey".

domingo, 15 de enero de 2017

Río revuelto

La agitación social que estamos viviendo en el país no sólo deja en evidencia la impericia gubernamental para conducir la nave, también pavimenta el camino a la postura mesiánica del líder absoluto de Morena, que promete "rebelión pacífica en la granja" y bienestar para todos, pues a decir de él, acabará con la corrupción y la violencia. A río revuelto, ganancia de López Obrador.

Toda crisis es también momento de oportunidades y, ante la pregunta presidencial de "¿qué hubieran hecho ustedes?" hay muchas respuestas; expongo una que me compartió el ex secretario de Economía, Sergio García de Alba, y que apunta a implementar una miscelánea fiscal con fuertes incentivos a la inversión productiva y generación de empleos, incluyendo de manera preferencial a las PYMES y, muy importante, a la inversión de paisanos deseosos de regresar a México ante un inminente clima hostil en Estados Unidos (alimentado por las amenazas y agresiones de Trump y sus seguidores), y también incentivos a la repatriación de capitales. Nada de esto se avizora como medidas paliativas a la tormenta económica y social que amenaza este agitado 2017.

Se entiende que la liberalización de los precios implica la eliminación de subsidios, lo que en teoría es sano para las finanzas nacionales. También entendemos que los precios de las gasolinas tengan que subir si suben las materias primas. Pero el creciente descontento social no se acaba con entender esto. El malestar acumulado de la sociedad mexicana se debe también a que sabemos que nuestros gobiernos han sido tremendamente despilfarradores de nuestra supuesta riqueza petrolera, patrimonio que ha servido para hacer multimillonarios a muchos políticos y líderes sindicales, y ha permitido cubrir ineficiencias gubernamentales a todos los niveles. El enojo de la sociedad es porque sabe que la clase política no se ha apretado el cinturón y se percibe que, aunque haya habido recortes al gasto, no ha puesto lo suficiente de su parte.

¿Qué hubiéramos hecho? Pues además de una reforma fiscal que promoviera la inversión, la generación de empleos y nuevas empresas (en lugar de una recesiva como la que impulsó el aprendiz de canciller Videgaray), hubiéramos recortado más el gasto de la clase política que sigue gozando de privilegios inmorales para la situación del país, también por supuesto hubiéramos impedido que líderes de dudosa condición moral llegaran a ser gobernadores en lugar de presumirlos como modelo de los nuevos priistas; y ya, ante las múltiples evidencias de sus raterías, hubiéramos actuado antes de que se escaparan dejando en ridículo al gobierno. Y si le seguimos, no hubiéramos hecho tratos dudosos con constructoras que dieran casas blancas y tampoco hubiéramos nombrado como fiscal para investigar si hubo o no corrupción por parte del Presidente, a uno de sus títeres, sino que hubiéramos nombrado a un fiscal con verdadera independencia.

Y volviendo al tema del gran beneficiado por la "rebelión en la granja", recientemente declaró en televisión varias cosas que lo convierten en un oxímoron de la política. Dijo AMLO que no es parte del sistema político, ¿cómo? si recibe dinero público y tiene un partido político inscrito bajo las normas del sistema político mexicano. Dijo también "vamos a hacer valer el Estado de Derecho", ¿cómo? si ya anunció que está a favor de la impunidad, pues habrá "perdón, pero no olvido" a los corruptos, ¿será que ya pactó con ellos? Habrá que recordarle a AMLO las palabras de Ayn Rand: "Piedad por el culpable es traición al inocente". Y también dijo que "soy un demócrata, no creo en el pensamiento único, no soy autoritario", ¿cómo? si todos sabemos que donde milita nada más su voz manda, si cuando alguien difiere de él es acusado de orquestar un complot. Y qué tal esta joya del mesianismo más encarnado: "Se puede ser feliz buscando la felicidad del prójimo y ése es mi trabajo", ¿cómo? si ha demostrado que no le ha importado afectar a terceros en su trayectoria política.

Hago votos porque en este año los líderes del gobierno y sus aprendices pregunten primero a los que saben antes de soltar un "¿qué hubieran hecho ustedes?", y porque con sus pifias no sigan allanando el camino al populismo mesiánico. Lo que está mal siempre puede ir peor.

La gallina de los huevos de oro

El hallazgo fue afortunado y aleccionador. Me llamó la atención una pequeña mesita de madera y la fotografía en blanco y negro, de un viejo de barba blanca con un veguero en la boca, sus manos torcían hojas de tabaco. Debajo de la imagen, un letrero, tan rústico como el empedrado del sitio, anunciaba la venta de puros. Al fin se me hacía conocer San Sebastián del Oeste, Pueblo Mágico, en la sierra de Jalisco, un lugar más cercano al siglo XIX que a la toma de posesión de un fascista moderno.

Don Raúl Bernal, el del retrato, ya murió. Su hijo, también torcedor, nos cuenta a mi esposa y a mis hijos que piensa hacer un museo para honrar a su padre quien no sólo confeccionaba puros, también hacía esculturas, navajas, forjas, herrajes y cajas de combinación. ¿Cajas de combinación? Sacó de un cuarto oscuro un objeto de madera (semejante a una caja de zapatos, pero más grande); me dio una llave y me dijo: "ábrela". Sin saber en dónde insertar la llave, miré desconcertado a mi interlocutor quien puso cara de "ahí está el detalle". El chiste era encontrar la cerradura oculta. Procedió entonces a deslizar la caja (mientras la base permanecía inmóvil) con una secuencia codificada: adelante, a un lado, adelante; luego, con la uña bajó una pieza frontal que parecía fija, y con el hueco que quedó pudo mover otra parte hasta que descubrió la cerradura. Nos sentimos parte de esas historias donde hay cajones ocultos en un escritorio, pasadizos detrás de un librero. Lo demás fue ver cómo es el proceso de fabricar puros y de ahí a una finca cafetalera donde compré el grano orgánico con el que estoy saboreando un café expreso mientras escribo.

Hace unos días se presentó el Estudio de la Política Turística de México, realizado por la OECD, en donde se recalcó la importancia de la industria turística para el país. Ante un panorama de incertidumbre con nuestro principal socio comercial y ante la predecible realidad donde el petróleo ya no es el motor de desarrollo y crecimiento, el turismo es una real alternativa para México. De acuerdo al documento, el turismo representó en 2014 el 8.5% del PIB, el 5.8% del empleo remunerado de tiempo completo y el 77.2% de las exportaciones de servicios. Varios actores coinciden que el potencial de México para consolidarse como uno de los destinos turísticos más importantes del mundo, es enorme, pero hay grandes retos.

El fortalecimiento del sector turismo implica que existan renovadas políticas públicas que aumenten la importancia (que ya se le da) a esta industria y el desarrollo de nuevos productos turísticos, el mejoramiento de la infraestructura. Implica también entender la naturaleza, las motivaciones primarias, de esta actividad nómada de los humanos. El turismo es poderoso porque está indisolublemente ligado a la cultura, a la construcción de experiencias que reflejan aspectos de nuestra biología: la emoción es el pegamento de la memoria. Por eso México es memorable.

Somos descubridores en potencia, permanentes consumidores de historias, las que nos cuentan y las que nosotros mismos nos contamos a través de las vivencias, los olores, los sonidos, las leyendas, los sabores, las tradiciones antiguas y las actuales; México está lleno de eso, ahí nuestras reservas, a diferencia del oro negro, no se agotan, se multiplican cada vez que un extranjero o un compatriota abre la boca cuando ve girando en el cielo a un volador de Papantla, cuando camina por los 7 colores del agua de Bacalar, cuando asiste a una boda en Teotihuacán en la que se quema copal y luego un "torito", cuando llega en bicicleta por las veredas selváticas hasta las ruinas de Kohunlich, cuando es atendido con la amabilidad mexicana, cuando paladea nuestras variedades de mole o de mezcal, cuando descubre a Sor Juana o visita el Museo Internacional del Barroco, en Puebla, y así, en interminables estampas donde México manifiesta su riqueza.

El potencial de este país para contar historias es enorme. No necesitamos de la ficción, las raíces mexicanas son genuinas y de interés universal. La forma como vivimos la familia, sin saberlo, es producto de exportación.

Ojalá no se nos hubiera secado la gallina de los huevos de oro. El hubiera no existe. La riqueza turística de México, sí.

martes, 3 de enero de 2017

Corrupción, ¿qué hacer?

El relevo de un año siempre es motivo de buenos deseos y transformaciones. ¿Si pudieras, como por arte de magia, erradicar un rasgo negativo de los mexicanos, cuál sería? Yo, sin duda, me iría en contra de la mancuerna impunidad-corrupción, por los efectos tan nocivos que tiene como desencadenador de muchos otros males nacionales. Pero como la magia no funciona en estos casos, es necesario comprender la naturaleza de un problema para poder plantear alternativas de solución.

Es cierto que estamos llenos de diagnósticos sobre el tema, la pregunta es ¿qué hacer? Como en las enfermedades complejas, no hay una cura fácil y se requiere que el paciente quiera curarse. Es muy usual que un enfermo se convierta en buen conocedor de su enfermedad, conocerla es una forma de combatirla. Sobre corrupción hay que difundir sus causas, manifestaciones y efectos, de manera que paulatinamente se geste un cambio de conciencia colectiva y un cambio de actitud. Algo similar con lo que ha sucedido con lo ecológico y de responsabilidad social. Es indudable que las actuales generaciones "ya vienen con un nuevo chip", esto es, arrastran cambios de conducta generacional que fueron sembrados antes.

Muchos se ofenden cuando escuchan que la corrupción es cultural. Los entiendo. Asocian la definición de cultura (concepto no fácil de definir) con los rasgos étnicos o con nuestro patrimonio histórico, con el ser mexicano. La prueba de que la corrupción no es cultural, dicen, es que un mexicano que cruza la frontera, se comporta correctamente. Bueno, pues con este mismo ejemplo yo argumento que la corrupción sí es cultural, es parte de un sistema, de una forma de ser y de operar y resolver la cotidianidad. La corrupción es sistémica, es parte de un entramado de acuerdos que conocen los locales. En esos acuerdos existe un conocimiento compartido sobre las consecuencias que hay, o que no hay, por hacer determinada acción. Dentro del sistema cultural gringo se sabe (y se difunde) que el que la hace, la paga, que la ley no es negociable. Esta norma cultural se transmite a quienes se integran a esa sociedad. No es de asombrar el mexicano que al cruzar la frontera se comporte de otra forma, sabe que ha cambiado de sistema cultural. Lo he dicho antes, los sistemas cambian las conductas.

Crear conciencia sobre el daño que implica la corrupción es similar a lo que se ha hecho para sensibilizar y cambiar de conducta ante la contaminación y el cuidado del planeta. Recomiendo leer el dossier sobre corrupción en el reciente número de la revista Nexos. Los mexicanos deberíamos saber ad nauseam que la corrupción es un disparo en el pie, que nos cuesta, como cita María Amparo Casar en diferentes fuentes, como un 10% del PIB, que limita la inversión productiva y las oportunidades de desarrollo de las nuevas generaciones. Desde la primaria debería educarse una nueva generación de mexicanos con un "ADN anticorrupción".

La tesis de Mark L. Wolf de que México debería pertenecer a una Corte Internacional Anticorrupción me parece magnífica. Los mexicanos (por razones culturales) asociamos lo extranjero con autoridad, es la cuña que necesitamos para apalancar nuestro movimiento anticorrupción. Como cita el autor: "Si México se sumara al establecimiento de una Corte Internacional Anticorrupción y delegara a ella la autoridad para hacer cumplir las leyes mexicanas en caso necesario, la persecución de sus políticos en dicha Corte no sería una invasión a la soberanía nacional mexicana, sino una reivindicación de la voluntad de su pueblo". ¿No es esto lo que quiere una sociedad harta?

Y finalmente, parte de la educación social, a todos los niveles, debería ser la difusión de la obra del doctor Guillermo Zúñiga, Las Hazañas Bribonas, que es el tratado más completo y sencillo que he leído sobre la corrupción cultural mexicana. El "bribón" es el transgresor, potencial corruptor. El doctor Zúñiga identifica 4 componentes de la formación (cultural) bribona: la oportunidad, el sigilo, la oposición y la emoción. Una renovación moral de la sociedad requiere el contagio de actitudes positivas, esto es posible si empezamos a detonar cambios en cadena dentro de nuestro sistema.

La corrupción es cultural y es muy combatible. ¿Hay voluntad?

Un Vate queretano

La tarde de ayer, hurgando en algunos archivos familiares, hice un descubrimiento arqueológico, que seguramente no emocionará a nadie, salvo a uno que otro miembro de mi familia, y eso si deciden leer el periódico esta semana, la última del año, días cortos y noches largas según la astronomía, circunstancia avalada por nuestras fiestas decembrinas, que nos llevan de las posadas al recalentado navideño y de ahí a la celebración del año nuevo. Como sea, son días de guanga actividad y mucha reflexión, o sea de reflejo, y yo me vi reflejado en unos papeles color sepia donde se hace alusión a la vida y obra de José María Carrillo que (aquí el nimio descubrimiento) firmó muchas de sus creaciones con un anagrama de su nombre: Carlos M. Lijero.

A Pepe Carrillo le decían "el Vate", ese apelativo que cargan los poetas, hacedores de rimas, trovadores de cualquier motivo, soñadores de palabras y artífices de uno que otro suspiro. El casi pergamino de 14 páginas que encontré se intitula "Unas cuantas palabras a guisa de prólogo de las poesías de 'Carrillito'" y tiene al final la rúbrica original de "Su discípulo. J. C. A. Monarca", sin fecha. El autor describe a quien fuera su maestro: "Para el corazón no hay ausentes...no hay muertos; y cuando leo algunas de las poesías o refiero alguno de los chispeantes y recreativos cuentos de Carrillito, siento el recuerdo de épocas pasadas, de ilusiones perdidas; me lo imagino sentado gravemente siempre, pero siempre sonriente al dar sus concurridas clases orales de historia, idiomas o teneduría de libros en que era autoridad competente, con el raro don pedagógico de saber transmitir los conocimientos de la materia que trataba. Clases hermosas e inolvidables, siempre interesantes y amenas, que eran interrumpidas casi diariamente por improvisados versos o punzantes cuentos recreativos, que entrañaban un fondo de enseñanza, recitados a petición de sus discípulos, con la agradable circunstancia de que tan oportunas y festivas pláticas, iban impregnadas constantemente de sabrosa salsa y exquisita sal de bien decir".

Recordé la película La Sociedad de los Poetas Muertos, donde un profesor tiene un poder casi magnético entre sus alumnos. Me hubiera gustado conocer a mi bisabuelo materno y asistir a alguna de sus cátedras, escuchar sus discursos públicos o asistir a sus tertulias. Lo he ido conociendo poco a poco, como se va desenterrando una ofrenda prehispánica. Hace unos pocos años supe que la calle del primer cuadro de Querétaro, Vate Carrillo, lleva ese nombre en recuerdo de quien la crónica de la época considera no sólo un decano del periodismo de esa bella ciudad sino también uno de sus más queridos poetas.

En cada hallazgo, en cada pedazo de papel añejado por los años, puedo ver el alma buena de un hombre que le cantó al amor, a la justicia y a la bondad, que no siempre encontró en el mundo. De esos hombres necesitamos más.

Carrillito vivía en verso. En una estrofa el poeta pide a su amigo Prof. Silverio L. Martínez la libertad del músico Jacinto Olvera, miembro de la Banda de Rurales del Estado: "Maestro: Al chaparrito Jacinto, Que es alto de mí bemol, Hoy lo has privado del sol, Del cuartel en el recinto; sus tristezas no te pinto, Pues la imaginas completa; Mas si faltó a la escoleta, ¿Lo darás libre por mí? Dame, Profesor, el sí, Y échalo antes de retreta. De generoso es tu fama, Y si esta solicitud obsequias, mi gratitud no cabrá en el pentagrama. Por vida, pues, de la gama, No te muestres sostenido; Escucha el claro sonido, De tu noble corazón, Y saca del diapasón, El sí bemol contenido".

De una crónica que publicó en El Heraldo de Navidad (1959) mi abuelo J. Lauro Carrillo, rescato un fragmento de un verso titulado "Ultimo día del año" que esboza el espíritu de un hombre que trascendió por sus nobles ideales, palabras que expresan mi sentir para ustedes de cara al año nuevo. Fueron escritas a principios del siglo pasado, muy lejos del México dolido por la corrupción rampante, palabras de un idealista y de un patriota que, a diferencia de muchos políticos y exgobernadores de hoy, supo ser un hijo destacado de su terruño: "Mañana, nuestro hogar atribulado/inunde el sol que alumbra y que conforta./Mientras mi pobre hogar se llame honrado,/la dorada fortuna no me importa".


Meritocracia, ¿de ficción?

El día en que el cardenal Jorge Bergoglio fue electo como Papa de la Iglesia Católica, varias fotos de la multitud que atestiguaba el acto desde la Plaza de San Pedro fueron motivo de análisis. Miles de pantallas brillaban en aquella oscura y a la vez luminosa noche del 13 de marzo de 2013. Los fieles eran también fotógrafos que guardaban para la posteridad ese momento. Las imágenes se contrastaron con otras de apenas 8 años antes donde una idéntica fe, pero diferente concurrencia, atestiguaba otro evento de corte papal. En esta ocasión no aparecen teléfonos inteligentes grabando, por una sencilla razón, el iPhone apareció en el año 2007.

Antes veíamos los sucesos en directo, hoy, aunque estemos ahí, los vemos a través de una pantalla. La comparación me gusta para argumentar que, independientemente de que la tecnología nos está cambiando la forma en cómo vemos al mundo y nos relacionamos, hay aspectos básicos de la conducta humana que no han cambiado desde que nuestros sapiens antepasados habitaban en cuevas remotas. Quizá por esto encuentro fascinante la serie Black Mirror, donde se exploran vertientes tecnológicas, y también filosóficas, sobre el impacto que tendrán en un futuro inminente los adelantos científicos en la vida cotidiana.

Quienes me han escuchado saben que el tema me apasiona como al cronista deportivo que le toca narrar el gol de su equipo favorito. Como aquí el espacio es limitado, me concentraré en un capítulo intitulado "Caída libre". Es el futuro, no sabemos el año pero es un tiempo muy cercano. Las personas llevan un aparato (como un teléfono inteligente) en la mano todo el tiempo (¿suena familiar?), lo usan para comunicarse vía voz e imagen, pero también pueden ver quién es otra persona a la que apuntan. Se trata de una sociedad donde todos están etiquetados y ostentan un puntaje social, una calificación que depende de los demás y que no sólo indica el estatus de cada quien sino que condiciona el tipo de vida que llevan y el círculo social al que pertenecen.

Visto con rigor, el hombre siempre ha vivido etiquetando a los demás, es una función de la sobrevivencia saber quién es tu vecino del mismo modo que el hombre cavernario debía asegurarse que no dejaba a su familia a merced de un caníbal en la cueva contigua. Ayer dependíamos nada más de los sentidos y el instinto, hoy en día, la evolución del conocimiento ha hecho que cada vez más contemos con herramientas muy poderosas para socializar.

La protagonista de nuestro capítulo lucha por mejorar su puntaje social, trata de aparentar en las fotos que sube a las redes sociales que lleva una vida extraordinaria, pero también trata de agradar a las personas en su día a día, pues en cada interacción humana, en cada encuentro en un elevador, en cada trámite en una ventanilla, las personas se califican mutuamente. Un exabrupto con alguien te puede restar puntos; bajar de determinado puntaje te excluye de poder entrar a un restaurante (que en su exterior anuncia el puntaje social mínimo para ingresar) o aspirar a vivir en cierta colonia. Se trata de un sistema vulnerable porque el "voto" de todos vale por igual (así funciona nuestra democracia). Cualquier parecido con lo que ya vivimos no es pura coincidencia. La diferencia es que en ese futuro de aparente ficción todos sabemos todo de todos. Hay una meritocracia brutal que depende de los demás para definir tu vida y si eres feliz. La dependencia de los "me gusta" y los seguidores sociales de hoy llevada a un nivel exponencial. ¿Para allá vamos?

De pronto imaginé una historia derivada. Imagina tener un Poder Legislativo que tenga mínimo x puntos de calificación. Esto implica que como sabemos todo de su pasado, en automático los corruptos e ineptos no podrían aspirar a ser diputados o senadores. Imagina que para llegar a ser presidente de la República se requiera x+1 puntaje mínimo. Estaríamos con la certeza de que quienes pueden ser elegidos forman parte de una aristocracia (el gobierno de los mejores), tendrían los méritos correctos para determinada labor. Imagina que así pudiéramos contratar a todos los profesionales y otros proveedores. Habría personas correctas en los lugares correctos haciendo lo correcto.

Espanta, sí. También ilusiona.