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lunes, 25 de mayo de 2015

Territorios abandonados

Algo debe tener el trapo que limpia la mesa o ver cómo se llevan los platos con restos de comida, el caso es que la sobremesa se volvió profunda. Mi interlocutor, afamado casanova, desdoblaba la técnica de sus conquistas. Como suele sucederme, algunas palabras se quedaron resonando en mi cabeza, covacha neuronal a la que entro cada semana en busca de convertir algún trasto en algo útil.

Volviendo a este don Juan moderno, su técnica de seducción, aunque envuelta en la seda lustrosa de las palabras que acarician, era más bien marcial, antropológicamente ligada a la naturaleza humana y a uno de sus ejes vitales: el territorio. Este cazador de amores era una invasor de territorios, pero no de cualquier territorio. Había desarrollado una gran habilidad para olfatear el flanco vulnerable; fue entonces que me dijo con énfasis: "¡territorios abandonados!". Si el territorio era la autoestima, las elogiaba hasta recuperar su ego, si era asunto de carencias materiales, nada como una bolsa de marca francesa, y así.

En la guerra y otros desdoblamientos metafóricos de combate, el dominio territorial es parte esencial de la estrategia. El centro del tablero en el ajedrez es el objetivo en la primera fase de una partida, un peón bien puesto inclina el resultado. En el futbol americano gana quien avanza en "territorio enemigo", liderado por un "mariscal".

El tema viene a cuento si pensamos en la Patria. Los ciudadanos, particularmente los capaces (afortunadamente hay muchos), han cedido el territorio. La naturaleza no gusta del vacío, todo tiende a ser llenado. Si dejas tu casa por unos días, aunque bajo cerrojo, el polvo encontrará camino para cubrirlo todo. Si te vas por años, encontrarás flora y fauna. En México cedimos el territorio de la política a una especie que con los años se ha sofisticado y pertrechado en un territorio que antes nos pertenecía. La partidocracia y la parasitocracia ocupan México, se han aprovechado del repliegue, salvo honrosas excepciones de políticos y funcionarios con méritos, cobran derecho de piso al país.

Hace poco, al recibir el premio José Emilio Pacheco, el gran Fernando del Paso dijo en Mérida un discurso que debería ser la extensión contemporánea de los Sentimientos de la Nación. Dirigiéndose al vate fallecido, Del Paso se lamenta y atiza: "¡Ay, José Emilio!: ¿Qué hemos hecho de nuestra patria impecable y diamantina? (...) conozco el olor de la corrupción; dime, José Emilio: ¿A qué horas, cuándo, permitimos que México se corrompiera hasta los huesos? ¿A qué hora nuestro país se deshizo en nuestras manos para ser víctima del crimen organizado, el narcotráfico y la violencia?".

Y luego, sin usar la palabra "territorio", la dibuja: "... me pregunto qué hicimos, José Emilio, de nuestra patria, a qué horas y cuándo se nos escapó de las manos esa patria dulce que tanto trabajo les costó a otros construir y sostener. ¡Ay, José Emilio! Sí, dime cuándo empezamos a olvidar que la patria no es una posesión de unos cuantos, que la patria pertenece a todos sus hijos por igual". El autor de Palinuro de México se refiere al ciudadano. Y su remate es tan agudo como certero: "...espero que nos encontremos una vez más cuando nuestro país sea de nuevo nuestro".

Recuperar la Patria es recuperar el territorio cedido, implica fortalecer el camino de la participación ciudadana que a su vez regenere las instituciones y la autoconfianza. Necesitamos un nuevo ser político, uno que se prenda de pasión al leer el discurso de Del Paso: "¿Qué se hizo del México post-68? Qué proyecto de país tenemos ahora... ¿Qué proyecto tienen quienes dicen gobernarlo? Me permito citarte una vez más, 'conozco tu país -decía el gringo- pasé una noche en Tijuana / éstas son las palabras que me sé de tu idioma: / puta, ladrón, auxilio, me robaron'. ¿En qué se diferencian estas palabras de 'político, autoridad, socorro, me extorsionaron'?".

"Algo se está quebrando en todas partes". Del Paso evocó a Pacheco, y sin proponérselo quizá, nos recuerda que el cambio, al avanzar, cruje.


lunes, 18 de mayo de 2015

Los muros caen

¿Podría un candidato independiente romper el paradigma y terminar con la hegemonía de los partidos políticos? Lo preguntaré de otra forma: ¿pueden los lobos cambiar la trayectoria de un río?

Luego de décadas de extinción, en 1995 un grupo de lobos fue reintroducido en el Parque Nacional Yellowstone y provocó una sorprendente reacción en cadena. Los venados y los alces ya no pudieron salir a comer como de costumbre, emigraron a zonas más remotas para evitar a los lobos, esto permitió que los pastos se regeneraran y surgieran árboles donde había zonas erosionadas. Los álamos atrajeron a las aves y castores, éstos, ingenieros del ecosistema, crearon nichos para otras especies, patos, peces, reptiles y anfibios. Los lobos también corrieron a los coyotes, lo que provocó un crecimiento en la población de conejos y ratones, que como consecuencia atrajo a los halcones, zorros, tejones y águilas. Florecieron las zarzamoras y otras frutas, su pulpa carnosa sedujo a los osos. Pero uno de los más espectaculares cambios se dio con el cauce de los ríos. Al haber menos erosión, se formaron pozas, aumentaron los rápidos y las cascadas, los ríos ganaron cauce y nuevas trayectorias. La manada obró el milagro.

En Global Mind Change, Willis Harman dice: "A través de la historia, los cambios fundamentales en las sociedades han venido no de los dictados de gobierno o como resultado de luchas, sino de un número de personas que cambian su forma de pensar, a veces sólo un poquito".

Futurismo: hartos del abuso del poder por la partidocracia, convertida en patrón de la polis, cuando debería ser al revés, ciudadanos independientes y capaces, comprometidos con el bien común, se reintrodujeron en la política y ganaron elecciones. La llegada de los ciudadanos sin partido ahuyentó a los parásitos, muchos de los cuales nunca habían trabajado. El espacio dejado por estos depredadores sociales provocó que se fueran también los compadres, los cómplices y los amigos favorecidos con contratos y posiciones de alta responsabilidad. Entonces se acercaron los jóvenes preparados, para cubrir puestos operativos en función de sus méritos, lo que a su vez trajo una baja drástica en la población de inspectores y sanguijuelas gremiales. Claro, el ambulantaje quedó sin protección y las banquetas limpias. En este clima de regeneración, una nueva política fiscal hizo más atractivo pagar impuestos que evadirlos, el IVA generalizado trajo protestas, sí, pero estas fueron terminando cuando los empresarios, otrora especie amenazada y esquilmada, tuvieron grandes incentivos para florecer. Pronto vinieron los resultados en materia de creación de nuevos empleos y aumento de exportaciones, el gobierno captó más impuestos y los ingresos sirvieron para crear infraestructura y fortalecer el desarrollo social, no con subsidios y dádivas electoreras, sino en función de una verdadera generación de riqueza. Las instituciones cobraron un alto valor, dirigidas, al fin, por una meritocracia, líderes capaces que como consecuencia atrajeron confianza y aplausos. La corrupción cultural, de ser regla, empezó a ser excepción (porque cambió la cultura). El mundo constató el milagro mexicano.

Así como el contexto influye en la conducta social e individual, el tipo de gobierno moldea la conducta ciudadana. Es poco probable que las reformas cambien al país si no hay un cambio en el sistema político que detone un cambio cultural. Muchos sociólogos atribuyen condiciones cíclicas al cambio, oscilación pendular que requiere tocar un extremo para volver.

El filósofo e historiador inglés Arnold Toynbee apuntó: "Las instituciones sociales dominantes se resistirán a las nuevas fuerzas culturales, pero inevitablemente declinarán y se desintegrarán, y las minorías creativas podrán transformar algunos de los viejos elementos. El proceso de evolución cultural continuará entonces, pero bajo nuevas circunstancias y con nuevos protagonistas".

Los lobos cambian a los ríos y los hombres rompen paradigmas. La historia siempre aguarda un muro por caer.


lunes, 11 de mayo de 2015

"Uberizar" la política

La mejor tecnología es la que sirve al cavernícola. Del filo primitivo en las piedras talladas, al rudo metal medieval, al sofisticado mundo de los teléfonos inteligentes, las herramientas han sido punta de lanza (no es casual que evoque esta metáfora) para generar innovaciones. A la par del avance tecnológico, el progreso del hombre se ve amenazado por estructuras parasitarias.

Pensemos lo que vivimos con la economía compartida donde Uber, el servicio de contratación de automóvil con chofer, accesible desde un teléfono inteligente, aparenta ser una gran innovación, pero si observamos bien, se trata de volver a las bases de la economía: conecta oferentes con demandantes sin la mediación de intermediarios, la parasitocracia.

Lo que sucede con Uber y los taxis es un fractal de lo que pasa en el gobierno, lo que detiene a México. Un estupendo reportaje de Mural ha puesto en evidencia la estructura parasitaria alrededor del servicio de taxis en Guadalajara (en otras ciudades debe ser similar), un sistema perverso que lucra con permisos, evade impuestos y explota a los choferes; no es casual que la capital de Jalisco tenga los taxis más caros de México.

En cualquier sistema las estructuras parasitarias atentan contra el consumidor final. En la política, si hubiera una "uberización" sería benéfico a los ciudadanos, pero atentaría contra los parásitos. Uno de los mitos del mercado es creer que existe la lealtad a las marcas. Por investigaciones en varios países, sobre distintas industrias, he constatado que la lealtad es al beneficio, no a la marca. Ciudadanos o consumidores están motivados para obtener y frecuentar, en consumo o afecto, aquello que les dé ventajas. La lealtad es el pegamento de contacto entre dos elementos que solos no tendrían adherencia. La marca tendrá lealtad en la medida que adueñe al beneficio.

Imaginemos al "uberpolítico": no tendría fuero, podrías sustituirlo cuando no dé resultados, costaría x veces menos, no robaría ni tendría conflicto de intereses con proveedores del gobierno, no mentiría, te daría información transparente y procuraría mejorar tu economía y tu seguridad (parece ficción, ¿no?). En el fondo es la lucha entre la parasitocracia y la meritocracia. La primera añade volumen, engrosa costos, busca los beneficios de su clan (es el caso de las uniones de taxistas, la reventa, los partidos políticos y los sindicatos magisteriales que temen a la evaluación, temen al mérito), la segunda añade valor al consumidor final. Una complica, otra simplifica. Una añade lucros, otra valores. Una es como el colesterol en la sangre, detiene, otra un puente (bypass) que hace fluir.

Innovar no es simplemente tener una idea nueva o hacer reformas novedosas, innovar son ideas ejecutadas que agregan valor. Y hay una prueba de fuego para saber si la nueva idea añadirá valor: pregúntate si la idea ejecutada añadiría valor al hombre de la época de las cavernas. A pesar de la modernidad y la tecnología, compruebo que la satisfacción de beneficios primarios es la mira de cualquier innovación. Nuevas propuestas de valor como Airbnb (renta de propiedades inmobiliarias por lapsos cortos a través de internet, que compite con la industria hotelera tradicional, donde no tienes que pagar una serie de impuestos que sirven, dicho sea de paso, para sostener la estructura parasitaria del gobierno) y Uber son atractivos y generan lealtad porque otorgan beneficios atractivos.

La política en México no genera lealtad porque no da beneficios al ciudadano, al contrario, lucra con su posición (corrupción, más impuestos, más regulaciones) y establece sistemas de salvaguarda (impunidad, concertacesiones) y sucesorios basados en derechos adquiridos dentro del clan, no en méritos relevantes para los ciudadanos, de ahí que los candidatos a puestos de elección popular y funcionarios de gobierno son en su mayoría parásitos sin méritos para los ciudadanos.

De la yesca al láser, la economía compartida muestra el poder de la tribu, una esperanzadora verdad: mérito mata parásito.

lunes, 4 de mayo de 2015

Entre llamas, llamados

Usaron el fuego para destruir. Bajas de soldados y civiles. Ya luego se supo algo peor: "gente enterrada viva en montones de estiércol, arrojada a pozos y zanjas, donde los dejaban morir, aullando como perros, los metían en cajas clavadas sin aire; los emparedaban en torres sin comida alguna, y los engarrotaban en los árboles en lo más hondo de montañas y bosques; los descuartizaban ante un fuego, asaban sus pies en grasa, sus mujeres eran violadas (...) sus hijos eran raptados y pedían rescate por ellos, o incluso los asaban vivos ante los padres". Es el testimonio de Jean La Rouvière sobre las guerras religiosas en Francia durante la década de 1570, donde el fanatismo dogmático enfrentó a católicos contra hugonotes (protestantes), y en nombre de sus dogmas se realizó la Masacre de San Bartolomé, que desde París ardió los ánimos de otras ciudades vecinas.

Usaron el fuego para destruir. Bajas de soldados y civiles. El enemigo entró para quemar y sembrar muerte y destrucción. Es la síntesis de una crónica azteca sobre el ataque sufrido en Tenochtitlan en 1521.

El fuego como común denominador en los rituales de destrucción (y purificación) del hombre. De las guerras religiosas en Francia a la conquista de México a Jalisco y estados vecinos que fueron motivo de incendios provocados por grupos delictivos, el hombre conserva esta condición tribal de quemar para destruir y sumar a su causa.

Llamas y llamados. Ciertamente las llamas del 1o. de mayo son preocupantes, pero yo prefiero haber estado en Guadalajara el 1o. de Mayo de 2015 que en París en 1572, o en Tenochtitlan en 1521. La latente condición salvaje del hombre hoy está más acotada que ayer. Como fuere, propongo un llamado a un 911 alternativo: Michel de Montaigne, que vivió para ver las matanzas en Francia, fue un eje para no perder la calma, no sentirse derrotados ante una situación adversa y ver el mundo desde otros ángulos y significados. Estamos llamados, diría el filósofo francés, a restablecer la cordura y mantener la normalidad aun en situaciones extremas.

Las ideas de este gran pensador del siglo XVI nos deberían llegar con su impactante vigencia, por ejemplo, el saber que se pueda pasar por una guerra inhumana y seguir siendo humano, o recordarnos que la normalidad tarde o temprano regresa.

Agobiado y en el exilio forzado por la Segunda Guerra Mundial, Stefan Zweig encontró consuelo releyendo los Ensayos de Montaigne, obra que impactó tanto al escritor austriaco que le escribió a un amigo: "La similitud de su época y situación con la nuestra es asombrosa", y en el ensayo que escribió sobre el filósofo francés dice: "Es en esta hermandad de destino cuando Montaigne se convierte en mi hermano indispensable, en mi amigo, mi amparo y mi consuelo".

Entre llamas, estamos llamados a leer a Montaigne, para que a pesar de los actos de intimidación criminal como los del 1o. de mayo en varios estados del país, no sólo busquemos cómo sobrevivir sino como planteó Zweig "¿cómo seguir siendo plenamente humanos?". Entre llamas, estamos llamados a no perder lo humano, o como escribió Sabato: "...nos salvaremos por los afectos", estamos llamados a defendernos a partir de alzar la voz y protestar, sí, pero también a partir de valorar los pequeños actos cotidianos, el café de la mañana, caminar de la mano con la pareja en los Colomos, la mítica torta ahogada o un buen plato de birria, un vaso del olvidado tejuino para el calor de medio día, la puesta de sol en Puerto Vallarta, releer a Arreola o a Yáñez o a Rulfo, escuchar las letras de Tito Guízar en cualquier mariachi, los chacales de Casimiro Castillo, los chilaquiles serranos en Mazamitla o el ponche de granada en Tapalpa, el brindis con tequila entre amigos y equipales, pues al fin, como sentenció el autor de La Resistencia: "El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria".

De París a Tenochtitlan a Guadalajara y otras poblaciones, ardió el mismo fuego de la violencia. El mismo hombre, atemporal de naturaleza al fin, sabrá encontrar camino para ser humano.

lunes, 27 de abril de 2015

La dimensión oculta

A veces lo que leemos se nos manifiesta. En los jardines de Xcanatún, hacienda henequenera del siglo XVIII, en Mérida, tuve razones para creer en una frase del libro La dimensión oculta, de Edward Hall: "el territorio es una extensión del organismo". Entre enormes ceibas, palmas, croar de ranas, estanques con lirios y exuberantes trinos de aves, el camino empedrado conduce a una bifurcación donde nada pasa para el ojo común. Uno tiene que decidir si avanza por la derecha o por la izquierda; en medio, un árbol chaká y la vegetación impiden seguir de frente.

A la diestra, el camino se prolonga sin cambios, pero a la izquierda hay una puerta imaginaria, una oquedad rectangular, vestigio de un muro, que uno puede atravesar caminando. Ambas rutas conducen al mismo sitio, la vereda vuelve a unirse metros adelante, ¿cuál camino tomarías? Saqué una fotografía de la disyuntiva y decidí caminar por la izquierda. Luego, mostrando la imagen, pregunté a varias personas; contundentemente decidían atravesar la puerta imaginaria.

Como lo demostró Hall en sus estudios antropológicos del uso del territorio, el espacio y el hombre se moldean mutuamente, se influyen. Esto es un tema mayúsculo en términos de calidad de vida, hoy las grandes ciudades son espacios de grandes dolores y penurias. El hombre se ha preocupado muy poco por normar científicamente las características de su espacio, dejando que sea el crecimiento caótico lo que dicte el tipo de ciudad que habita. En otras palabras, al crear un espacio caótico, el hombre determina qué tipo de organismo será, qué tipo de convivencia tendrá.

Ahora que estamos en medio del bombardeo mediático de cientos de campañas políticas, veo que los mensajes apuntan a la administración de los problemas y, si acaso, a la búsqueda de sus soluciones. Pero en esta vorágine donde el tema es ganar elecciones para consolidar intereses de partido, no veo intención alguna de crear mejores ciudades para vivir. Los periodos de gobierno son tan cortos (eg. el de presidente municipal) que impiden planificar espacios públicos o dar continuidad a los planes de desarrollo. Si a eso sumamos que la mayoría de los políticos no ven esa dimensión oculta, el panorama no es alentador para la vida urbana.

Una notable excepción es lo que está sucediendo en Procdmx, la Agencia de Promoción, Inversión y Desarrollo para la Ciudad de México (aclaro conflicto de interés, soy parte de su Consejo Consultivo Ciudadano), donde se ha logrado conjuntar una visión de múltiples especialistas para regenerar ciertas zonas urbanas, aprovechando su vocación natural, tomando en cuenta los intereses del ciudadano y logrando la participación de la academia y el sector privado. Me parece notable que haya obra urbana que no sólo traerá beneficios científicamente probados a los habitantes, sino que será a través de procesos de licitación transparentes (¡sin contratistas favoritos!) y sin que le cueste a la ciudad.

Particularmente me entusiasma el Corredor Cultural Chapultepec que transformará la avenida que llega hasta este icónico bosque. No me cabe la menor duda que una vez concretado lo que se proyecta, será un punto de interés nacional e internacional, de la misma forma que hoy sucede con el High Line en Nueva York, que pasó de ser una zona deprimida, abandonada a la malvivencia, a ser un espacio vital que revalorizó la propiedad y el sentido de pertenencia. El ordenamiento del espacio (del organismo, diría Hall) genera mejores condiciones de vida, potencializa la capacidad de la zona e invita a vivir y trabajar ahí, crea una densificación inteligente, habitable, disfrutable, y no zonas de tránsito que por las noches se abandonan como ciudades fantasma.

Nuestras ciudades caóticas tienden a ser masculinas, agresivas, con poco espacio verde y mucho concreto. Xcanatún es un espacio femenino. Ahí, la naturaleza es como un gran útero que abraza y cobija, un sitio para comprobar lo que saben los urbanistas y quienes estudian la proxémica, el espacio moldea la conducta.

lunes, 20 de abril de 2015

Fuera de lugar

Fauna nociva para el Estado de derecho y la incipiente democracia mexicana, el caso del partido del tucán es una oportunidad para enderezar un poco el país. Difiero con quienes sostienen que debe ser el voto ciudadano lo que ratifique o rectifique el registro de ese emblema contemporáneo de las mañas políticas llamado Partido Verde. Difiero de voces calificadas que argumentan que no debe prosperar la petición de sanción que miles de firmas solicitan a la autoridad en función de legislación correspondiente que, ateniéndonos a su letra, debería costarle el registro al partido que es todo menos ecologista (la Ley General de Partidos Políticos cita como una causal de pérdida de registro "Incumplir de manera grave y sistemática ... obligaciones que le señala la normatividad electoral").

Buena parte de la opinión pública coincide: el Partido Verde ha burlado flagrantemente la ley, entre otras cosas por tener indebidamente una campaña mediática que le ha redituado reconocimiento de marca y ha aumentado la intención del voto a su favor. Dejar que el Verde participe en la contienda es avalar una ventaja ganada tramposamente. Quienes esperan que sea el sufragio lo que defina la suerte del Verde no toman en cuenta que será en una contienda alterada por una acción ilegal.

En la física cuántica existe el efecto del observador: la sola contemplación del objeto observado lo modifica, un sistema al ser medido es afectado en su estado final. Dejar con registro al Partido Verde implica no aceptar que su estado actual ha sido modificado por sus acciones anteriores (de las cuales ahora saca provecho) y que sus acciones han influido en el estado del elector. Efectivamente los ciudadanos tenemos en nuestras manos el registro del Verde, pero esa decisión está alterada por una acción donde se ha transgredido la ley de forma grave y sistemática.

Esta paradoja de las cosas que afectan o no afectan podemos observarla, para entender mejor el fenómeno, en el futbol. Hace tiempo la FIFA modificó el reglamento relativo al fuera de lugar o posición adelantada (cuando un jugador saca provecho indebido, por estar en una posición ilegal; mismo caso del Partido Verde), incorporando el concepto de "posición pasiva" o jugador que "no interviene" en la jugada. Esto es una falacia pues todo jugador afecta lo que pasa en el campo (independientemente que toque el balón o no), su mera presencia ha influido en la colocación de los rivales, en la vista y la atención del portero contrario, en lo que el juez de línea debe o no debe ver. Nada más falso en el juego más popular del planeta como creer que un jugador no interviene. Quienes esperan que sólo el voto decida si el Partido Verde conserva su registro seguramente apoyan que hay que dejar que el jugador en fuera de lugar termine la jugada, finalmente, el portero podrá detener el disparo.

Muchos electores tendrán un juicio respecto del partido del tucán en función de los mensajes que recibieron con anterioridad a la elección. No considerar como falta grave y sistemática la campaña adelantada del Verde equivale a no aplicar la ley, circunstancia que lanza una señal gravísima en un país donde lo que hace falta, a gritos, es tan sencillo como aplicar la ley.

En el hipotético experimento concebido por el físico austriaco Schrödinger, un gato está dentro de una caja en la que hay veneno que puede ser activado o no por una partícula atómica. El animal tiene iguales posibilidades de morir o vivir. La acción del observador al abrir la caja influirá en el resultado. Bajo argumentos de la física cuántica, la física de las posibilidades, el gato está vivo y muerto al mismo tiempo, hasta que la caja se abra. Parecería que el tucán está así, hasta el día de la votación. El INE debería ser ese observador que abra la caja y detone la consecuencia de la ley.

Se dice que los gatos tienen siete vidas. La tibieza de la autoridad electoral y la complicidad del PRI (que ratifica su interés a favor de su interés y no del país) apuntalan la misma mortalidad para el tucán.

domingo, 12 de abril de 2015

Las malas noticias


El presidente de México comprobó una tesis de la psicología evolutiva: nos atraen más las malas noticias. Al anunciar lo que sin duda es una buena nota, la inversión de un grupo empresarial con gran éxito en el sector turismo, el presidente Peña pone el prieto en el arroz, que se convierte en la (mala) noticia. En su legítimo derecho de solicitar el aplauso (otra vez), el titular del Ejecutivo dice: "Y a veces pareciera que no quisiéramos o nos negáramos a reconocer los avances y a registrar las buenas noticias. Estamos en búsqueda de ellas y cuando las tenemos frente a nosotros, pareciera que no las vemos".

Tal vez le sirva de consuelo al Presidente saber que estudios científicos han mostrado una marcada tendencia en el hombre a captar lo negativo con más fuerza que lo positivo. No se trata que nos guste sufrir, al contrario, buscamos vivir y vivir bien, desde los tiempos de la caverna hasta nuestros días, y es precisamente en esa época prehistórica donde están las pistas para entender que heredamos un comportamiento primario que nos hace más sensibles a captar las amenazas del entorno. Si sales de tu casa y ves el mismo paisaje de siempre, digamos árboles en un camellón, probablemente no notes nada; pero si uno de esos árboles se ha caído (aunque no te impida el paso), ese árbol captará tu atención.

Nuestro mecanismo de defensa (programación biológica) automáticamente fija la atención en la amenaza para saber cómo lidiar con ella. Volvamos al discurso presidencial. Al hacer el reclamo de que no vemos las noticias buenas, tumba el árbol del camellón, como resultado la gran mayoría de los medios ponen su punto focal ahí. Al reclamar la buena noticia, se convirtió en la mala.

En 1987 yo era asesor financiero en una casa de Bolsa. El día fatídico del "crack" bursátil de ese año, varios compañeros veíamos en un monitor el desplome del índice de precios y cotizaciones de la Bolsa, la sensación desoladora era comparable a ver a nuestra selección de fútbol en serie de penaltis contra Alemania, todos sabíamos la gravedad de aquello, todos menos uno, un optimista que empezó a gritar "¡Está dando la vuelta!", cuando el índice regresó apenas una micro-centésima su estrepitosa caída. Nadie secundó su infundado optimismo. Una buena noticia no será tomada como tal si no se le cree (al mensaje o al mensajero) o si no es lo suficientemente buena como para compensar lo negativo.

Si el Presidente quería fortalecer la buena noticia, tendría que haber alabado el accionar del grupo inversionista (como lo hizo), pero reconociendo que esa inversión es más valiosa por darse a pesar de las señales adversas que su gobierno ha construido en materia de confianza, lucha contra la corrupción, impunidad, seguridad, y fomento a la inversión pública y la creación de empleos, producto, entre otras cosas, de una política fiscal que tiene a disgusto a la gran mayoría de los habitantes de este país, y a la economía nacional con tristes números. Hemos llegado a un punto donde el Presidente parece que sólo será buena noticia si asume una postura autocrítica.

Paul Solmon acuñó el término "desesperanza aprendida" para explicar el estado depresivo del consumidor estadounidense durante una recesión. El Presidente tiene en sus manos la narrativa del país, el relato que nos anime o nos deprima. Mientras él no sea buena noticia, no dará buenas noticias.

México es como un organismo estresado, tiene miedo, se siente amenazado, está molesto (sólo describo el clima social). Cualquier criatura bajo estas condiciones de ansiedad y peligro activa su instinto de supervivencia para lidiar con la amenaza. Le haría bien al Presidente saber si hoy los mexicanos ven en su gobierno un territorio de oportunidades (como él ha expresado que quiere para todos los ciudadanos) o uno de amenazas. De no entenderse este principio básico de la conducta humana, cualquier buena noticia será como vaciar una lata de refresco en el océano, o como gritar en medio del derrumbe bursátil "¡Está dando la vuelta!".