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domingo, 7 de septiembre de 2014

Por mexicano, ¿corrupto?

Buena polémica causó la declaración del Presidente sobre que la corrupción es cultural. En mi opinión sí tiene un componente cultural, pero no categórico; no somos corruptos por ser mexicanos (interpretación extrema al dicho presidencial. El problema no es que Peña Nieto tenga razón, sino que lo diga el presidente de México, pues se puede tomar como resignación étnica: así nos tocó ser).

La corrupción no sólo tiene componentes culturales, también biológicos. Imaginemos una pirámide dividida en tres secciones, en la base están los factores biológicos, en medio los culturales, y en la cúspide los individuales. Nuestro programa vital, lo que traemos "de fábrica" por ser seres humanos, nos impulsa a una búsqueda constante para maximizar los beneficios y consumar dos tareas: la sobrevivencia y la reproducción (territorios afines a cualquier organismo vivo).

Una persona que se corrompe en aras de tener dinero y poder, sin duda es motivada por conseguir los frutos que esto implica, con dinero y poder tendrá (presumiblemente) más atractivo reproductivo: será "mejor partido", atraerá pareja igualmente atractiva, influirá en su tribu, podrá proyectar más de sus genes hacia el futuro (tener más hijos, educarlos y protegerlos) o facilitará la reproducción de sus pares. Biológicamente el fin justifica los medios. Pero no todo es comportamiento instintivo, el sistema cultural regula las decisiones, de modo que aunque instintivamente yo quiera algo, la sociedad me limita.

Un sistema cultural como el mexicano, promueve y alienta la corrupción, no quiere decir que no tengamos remedio, tristemente nuestro contexto da muchas veces más incentivos para ser corrupto que para no serlo (las verdades profundas de una sociedad afloran en su voz popular: "el que no es transa, no avanza"). Pero el individuo tiene la última palabra (aquí entran la ética y la moral).

El Presidente está obligado a ser ejemplo en materia de lucha contra la corrupción. Hoy nos habla del México que viene pero no pone énfasis en combatir lo que sigue siendo lubricante y engrudo del sistema (Alan Riding dixit).

He leído opiniones que sugieren incrementar el castigo para combatir la corrupción. Esta postura si bien es lógica, es limitada, según muestran los experimentos sociales. En apariencia, decidir entre cometer o no un acto de corrupción implica el análisis racional de calcular el potencial beneficio y restarle la potencial consecuencia. En apariencia, aumentar el costo de la consecuencia, disminuye el beneficio. El problema es que no es lo mismo ser acusado de corrupción, que ser castigado por corrupción (¿Montiel, Moreira, Gutiérrez de la Torre?). Un sistema con muchas puertas traseras (impunidad) es inmune a que se aumenten las penas.

Si concedemos que el estereotipo del mexicano responde al arquetipo humano, habrá que aceptar que lidiamos con tres grupos: un porcentaje que siempre será corrupto, otro que no es corrupto pero puede, bajo ciertas circunstancias, serlo, y un grupo incorruptible. La mayoría de las personas en una sociedad estamos en el grupo de en medio.

Requerimos una reforma anticorrupción que vaya más lejos de la transparencia, que impulse la meritocracia (un sistema que no premia por méritos es más vulnerable a la corrupción), que elimine la autojustificación (hay evidencia de que las personas serán corruptas mientras puedan justificar su conducta y su reputación. Por eso duelen las palabras presidenciales, suenan a autojustificación), que elimine los símbolos de corrupción: robarse la luz con un diablito, sobornar, copiar un examen, pedir moches, estacionarse mal, entre otros.

Mientras el Presidente hablaba el 2 de septiembre de ese México que "ya se atrevió a cambiar", el Zócalo lo contradecía. Decenas de carros estacionados sin ser multados. Si preguntáramos a los dueños de esos vehículos si sienten o no culpabilidad, seguramente se justificarían. Después de todo, esa es la cultura, el instructivo con lo que justificamos lo que hacemos, como la corrupción.

domingo, 31 de agosto de 2014

Lecciones de la calle

La historia de Thierry Guetta ilustra que seguir la pasión equivocada lleva al fracaso, pero encontrar uno su esencia, al éxito. Francés radicado en Los Ángeles, comerciante de ropa alternativa en un barrio bohemio, cayó en una actividad compulsiva que luego de varios giros, le daría fama mundial.

Guetta grababa todo y a todos, sin más fin que el placer por capturar imágenes. En unas vacaciones en Francia descubre que un primo es un artista del llamado arte callejero, un afamado personaje del mundo de la contracultura subterránea que se hace llamar "Space Invader". El cineasta amateur acompaña al primo durante algunas jornadas nocturnas para grabar el grafiti y así descubre el universo del arte subversivo. En ese momento queda atrapado en un tema que lo eclipsa, el de los artistas de la calle, territorio de sombras, sprays, plantillas, ingenio, adrenalina y lances furtivos.

Con el tiempo se relaciona con los principales exponentes del arte callejero del mundo, pero le falta la presa mayor, un misterioso hombre que desde Inglaterra causa sensación por su talento, también por su osadía y sus mensajes, un activista genial cuya identidad se desconoce y que bajo el pseudónimo de Banksy se ha convertido en un mito urbano y en un artista imprescindible en las mejores colecciones de arte del mundo, un transgresor que no sólo encanta por lo que hace sino cómo lo hace; el mismo que colgó, sin que nadie lo viera, una de sus obras en el Tate de Londres, el mismo que intervino una parte del muro entre Gaza e Israel, dejando su sátira política y social para el asombro y reflexión de todos, el tipo que montó en Disneylandia un inflable semejando un prisionero de traje naranja de Guantánamo.

A pesar de sus contactos, Guetta es incapaz de dar con el hombre de la identidad desconocida. Como el destino tiene formas de enderezar los caminos de algunas personas, es Banksy quien, al visitar Los Ángeles, da con Guetta. Nace entre ellos una amistad donde cada quien hace lo suyo, uno interviene las ciudades, el otro graba. Incapaz de detenerse, Guetta sigue filmando y acumula caóticamente cientos de cintas, hasta que Banksy lo convence de hacer un documental, pieza fílmica que termina siendo un bodrio para el inglés que se da cuenta que su amigo no tiene forma de estructurar una historia coherente.

Es el caso de alguien que sigue con pasión la pista donde no está su talento. El pésimo cineasta está por reconvertirse en otra cosa; como un Astor Piazzolla aferrado al piano, pronto encontrará su bandoneón.

Banksy propone a Guetta que mejor se convierta en artista, y, como quien recibe un mandato divino, deja la cámara y empieza a crear obras bajo el pseudónimo de Mr. Brainwash. El día de la apertura de su galería, reúne más de 4000 personas que de súbito se vuelven fanáticos de un personaje del pop que ha nacido como por generación espontánea. Toda esta historia se narra en el original e interesante documental realizado por Banksy, nominado al Óscar en 2011, Exit through the gift shop.

Las obras de Banksy y de Mr. Brainwash (hay quienes piensan que es la misma persona y que se trata de otra jugada maestra del misterioso inglés) mueven multitudes y se cotizan en miles de dólares alrededor del mundo.

Es en el valor simbólico donde los artistas, pero también los productos, incluso las ciudades y los países, encuentran la posibilidad de ser apreciados más allá de toda lógica. De ahí la importancia de una marca, entidad contenedora del simbolismo, un renglón no cuantificado en un estado financiero, pero a todas luces uno de los grandes motivadores sociales, de consumo, y por lo tanto, parte vital de un negocio, de una actividad cultural, o hasta de un partido político.

Guetta, el cineasta, pensó en Banksy para hacer un documental. En un giro sólo apto para un escapista, Guetta terminó siendo el artista grabado, el personaje en el documental de Banksy. Juego de espejos donde triunfa no quien sigue ciegamente una pasión, sino quien descubre su genética, su propia naturaleza.

domingo, 24 de agosto de 2014

¿Quién gana en México?

¿Qué le dirías a Lorena Olvera si fueras su mamá o su papá? Según refiere Reforma, el pasado 20 de agosto Lorena ganó un concurso por una plaza magisterial en una escuela pública. A pesar de haber tenido el puntaje más alto, no fue seleccionada por no ser normalista. Los responsables de la decisión tienen razones legítimas para haberla rechazado: la Ley General del Servicio Profesional Docente contempla dar preferencia a los normalistas durante los primeros dos años de la reforma educativa.

Este hecho pone de manifiesto varias cosas. México es visto en el mundo como un país en desarrollo, un país que no acaba de cuajar, incapaz de crecer económicamente, donde, entre otras calamidades, corrupción e inseguridad asfixian. Nuestra calificación mundial es de media tabla (en el mejor de los casos), es decir, mediocre. Un país paradójico: de gris desempeño, pero con gente brillante, capaz, inteligente, un país que selecciona a sus hombres y mujeres no por méritos, sino por otros criterios. Somos, en este sentido, el país del autogol. Un país que le teme al mérito es un país incapaz de progresar.

Imagínate que eres entrenador de un equipo de futbol, el mejor portero que tienes está en la tribuna, junto al mejor delantero. La ley o el sistema establecen que tienes que escoger no a los mejores, sino a otros que, a pesar de no tener las calificaciones, deben de ser elegidos. Tu selección es mediocre.

Nuestra democracia incipiente nos da la libertad de elegir a quién queremos que gobierne, dentro de una selección en la que no están los mejores (eterna caballada flaca). Todos conocemos personas que idealizamos como gobernantes, mexicanos con credenciales potencialmente benéficas para el país. Sé bien que un buen profesionista o empresario no sería necesariamente un buen político, también sé que la mayoría estamos convencidos de que no llegan al poder las personas con más capacidad.

Estoy convencido de que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos, pero también creo que hay contextos sociales (población con baja educación) donde el ejercicio democrático debe ser fortalecido. Tengo más preguntas que respuestas. ¿Sería nuestra democracia más fuerte si pudiésemos precalificar a quienes aspiran a ser candidatos de elección popular? ¿Sería más fuerte si así como se selecciona un candidato para un puesto directivo en una empresa, pudiéramos rechazar candidatos que hoy llegan a través de partidos políticos (que no ven los méritos que puede tener su candidato para cumplir con el Demos, sino con el propio grupo político)?

Los cuentos alrededor del mundo empiezan con "Había una vez...", en México con "...que la Nación me lo demande". Nuestra democracia no nos da la fuerza de sancionar el desempeño de los elegidos. ¿Y si tuvieran los políticos y buena parte de los burócratas un sistema de sueldo por resultados?, si no cumplen, no ganan. Imagino que muchos, como en la selección natural de las especies, se harían a un lado para dejar paso a los más aptos.

México debe aspirar a una democracia sustentable. Aunque el concepto se idealiza sin adjetivos, no deja de ser susceptible de matices para fortalecerse. Ninguna mujer está medio embarazada, pero sí hay embarazos de riesgo. ¿Es nuestra democracia de alto riesgo?, me parece que, si no se fortalece, sí. Cuando menos es limitativa para los retos actuales.

El México inconforme que hoy clama por mejores salarios, trabajo, seguridad, oportunidades, equivale a la afición que le exige resultados a un equipo donde no están los mejores porque el sistema impide que lleguen. El asunto no es nada más cómo hacer para que llegue al poder el más apto, sino cómo hacer para que el más apto sea el más votado. La democracia debería servir a muchos, en nuestro sistema sirve a pocos, y éstos se sirven de los muchos.

Lorena Olvera es maestra de Formación Cívica y Ética. Como ella, muchos están en la banca o en la tribuna. Si fuera su papá, no sabría qué decirle. Si fuera yo un político (con algo de vergüenza), le pediría perdón.

domingo, 17 de agosto de 2014

MéxicOz

Se cumplen 75 años de la película El mago de Oz. Como sucede con muchas obras que en la superficie son para niños, la historia de Oz ha tenido diversas interpretaciones y profundidades, como esos icebergs que asoman una breve porción de masa, simbología disponible a los ojos curiosos.

El mago de Oz ha sido vista como una parábola sobre populismo y política económica, se le han argumentado tres tipos de alegoría: religiosa, ateísta y feminista, hay quien le ha encontrado reminiscencias junguianas, otros ven la teoría de la conspiración, y no ha faltado quien señale, como Salman Rushdie, la incompetencia adulta que propicia el crecimiento del niño. En este tobogán de interpretaciones añado mi visión.

El titular del Ejecutivo ha tomado con vigor y en mayúsculas la palabra Acción, vocablo (otrora activo) constitutivo del PAN que hoy sirve para construir un discurso de país en movimiento, impulsado, a decir del Presidente, por las reformas estructurales, cambios que durante la semana fueron objeto de festín y crítica. ¿Hacia dónde se mueve México en la visión de Peña Nieto? A juzgar por las palabras presidenciales parece que vamos por el camino de ladrillo amarillo, hacia la tierra fantástica de Oz.

Sin quitarle mérito al esfuerzo y al ímpetu reformador del discurso presidencial, me parece que se subestima y simplifica en exceso el camino que ha de conducirnos a esa tierra prometida de esmeraldas. "Se han derribado las barreras que impedían a México crecer", escribe el Presidente en Twitter, y también habla de "poner las reformas en Acción". Está bien que un líder muestre su optimismo, pero las declaraciones esbozan que compramos una máquina milagrosa que nada más basta echar a andar y que camine; además, ya no hay obstáculos. La barrera es también no ver la barrera.

El andamiaje del sistema político y cultural en México está infestado de corrupción, preocupa que no se vea esta gran barrera que potencialmente puede sabotear los anhelos metasexenales de un Presidente que ha dicho que su gobierno no sólo llegó a administrar, sino a transformar. El titular del Ejecutivo pecaría de optimismo o ingenuidad si, cuando dice "ciclo transformador que acabamos de concluir", no ve que el ciclo apenas comienza. La implementación de los cambios es el verdadero proceso transformador.

Ahora requerimos más que un Presidente transformador, un estadista que pueda iniciar un fortalecimiento de las instituciones del país como una forma de combatir la corrupción (y la impunidad) endémica. Ante la fragilidad del individuo para ser corrompido, las instituciones deben ser el baluarte para contrarrestar y sancionar este nebuloso rostro del hombre, que en el caso de México, es el eslabón más débil. Recordemos que una cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones.

Vamos alegremente cantando hacia esa modernidad que asoma sobre el arcoíris, impulsados por la fuerza de tornado de las reformas que prometen pasarnos del sepia al technicolor. Nos acompaña un espantapájaros sin cerebro (la estrategia contra la corrupción, el Poder Legislativo que, salvo honrosos casos, tiene paja en la cabeza), un hombre de lata entumecido (la productividad nacional carente de estímulos poderosos y con crecimiento raquítico que espera el aceite liberador de las reformas) y un león cobarde (los partidos políticos que, al velar por sus intereses mezquinos, se empeñan en demostrar que la democracia no funciona en México, la ley que pretende asustar, pero no espanta a los delincuentes).

Por supuesto, están también todas las brujas del Este y el Oeste (poderes fácticos, intereses gremiales, pactos inconfesables, inseguridad rampante, impunidad), y Dorothy (la ciudadanía inocente que espera el milagro de las zapatillas de rubíes).

Los mexicanos no éramos ariscos, nos hicieron. Para mejorar nuestra realidad está la ficción: avanzamos por el camino amarillo, al final cada quien obtiene lo que le faltaba, cerebro, corazón y valor. Experiencia es la posibilidad de dudar en medio del optimismo.

domingo, 10 de agosto de 2014

Arqueología del futuro

No hay mejor forma de ver el futuro que mirando al pasado. Emanuel, guía panameño, me conduce a través de Albrook, zona de inconfundible sello norteamericano en la capital panameña. Al aproximarnos a las Esclusas de Miraflores, uno de los hitos del Canal de Panamá, Emanuel añade emoción a su voz, habla con el orgullo de quien destapa el tesoro nacional al visitante, obra colosal que el día 15 de agosto cumplirá 100 años de operación, y menos de tres lustros de ser soberanía panameña.

"La vida de este país es otra luego del año 2000", dice el panameño (refiriéndose al momento en que Panamá tomó posesión del canal), que sigue asombrado con la cantidad de edificios nuevos, carreteras, con la ampliación del canal que estará lista en 2015. No pude dejar de pensar que los mexicanos no hablamos así de Pemex, más que motor nacional, fuente de riqueza para una camarilla, epítome de la corrupción nacional.

Al ver el tránsito de los enormes buques cargueros por las estrechas esclusas, uno queda pasmado ante las posibilidades creadoras del hombre. Hurgar en la historia del canal y saber todas las adversidades superadas es como llegar a un templo donde la fe y la tecnología predican el triunfo de lo posible sobre lo inaudito.

Como si fuera entomólogo en jauja, levanto un pequeño espécimen de esta historia que unió al Atlántico con el Pacífico. El canal estuvo a punto de construirse en otro país. La segunda Comisión Walter, la Comisión del Canal Ístmico de los Estados Unidos de 1899-1902 ordenada por el presidente McKinley, favorecía la ruta por Nicaragua. Un ingeniero francés, Philippe Bunau-Varilla, convenció al Congreso norteamericano y al sucesor del asesinado McKinley, Roosevelt, para construir el canal en Panamá, ¿cómo?, con una táctica que hoy es una gran lección de persuasión.

Bunau-Varilla envió a cada congresista una carta con un sello postal de 1 centavo. El timbre ilustra una parte del territorio nicaragüense donde se aprecia muy activo al volcán Momotombo (nombre de por sí, telúrico), la imagen sembró el temor por la latente actividad sísmica y la mayoría se inclinó por una zona sin ese riesgo.

Muchos años antes, en 1854, Elisha Graves Otis hizo una demostración de ventas para la posteridad. Durante una convención se hizo elevar sobre una plataforma en el lobby de un famoso hotel en Nueva York. Cuando estaba a unos tres pisos de altura y había gente abajo de él observando la maniobra, cortó con un hacha la soga que lo sostenía. Ante la mirada aterrada de los presentes, la plataforma empezó a caer sobre la multitud, pero de pronto se detuvo sin causar daño. Otis patentó el freno de seguridad para los elevadores, y de paso gestó lo que se conoce en el argot de negocios como "Elevator pitch", narrativa de ventas que pretende seducir e impactar en segundos. Con esto despegó su fama y éxito comercial.

Estuve en Cartagena de Indias, hablé ante unas mil personas, grupo élite de una empresa global de multinivel. Mi reto era motivarlos a no bajar la guardia, entrar en un estado de confianza y soberbia, a pesar de sus triunfos. Estaba yo buscando en mi baúl las palabras indicadas para el mensaje cuando me di cuenta de que en mi muñeca izquierda tenía lo necesario. Cerré mi intervención mostrando mi reloj (reciente obsequio de mi esposa luego de que yo buscaba un reloj vintage); el artefacto no es valioso ni de marca conocida (Germán Dehesa diría que es como un perro café), su rudimentaria gracia es ser de 1950, mecanismo manual: hay que encordarlo todos los días. Dije entonces que así deben ser el hombre y sus motivos, debemos darnos cuerda todos los días, renovar la intención del movimiento. La metáfora provocó más allá de lo que esperaba.

Convertir ideas en objetos demostrativos, seduce. Un sello postal de 1902, un freno de seguridad de 1854, un reloj manual de 1950. Hay objetos que falsamente pertenecen al pasado, nada más están suspendidos para ser activados, convertirse en presente e inspirar personas. Entre más pasado escarbo, más futuro encuentro.

domingo, 3 de agosto de 2014

Prometeo encadenado

Por alguna razón que aún no descifro, me atraen las catedrales y las ruinas arqueológicas. También disfruto el poder de la arquitectura para crear espacios provocadores. En uno de esos lugares di mi conferencia “Se busca una pregunta”, que es lo menos importante de lo que narraré.

Nunca había entrado al Poliforum Cultural Siquerios, catedral del muralismo mexicano. En el marco de TEDx Del Valle, me sentí disminuido ante la imponente “Marcha de la humanidad en la tierra y hacia el cosmos”, el mural más grande del mundo, útero donde el hombre lucha por su liberación. Me sentí, proporción guardada, un Fulcanelli contemporáneo descifrando el alquímico misterio de las catedrales. El autor de Moradas Filosofales hubiera disfrutado el mensaje convertido en edificio.

De pronto bajé de la bóveda y sus metáforas, a la nublada realidad del mundo. En el escenario hablaba una mujer apasionada de su causa, valiente, pródiga en gestos y motivos. En su historia, los 18 minutos que por protocolo duran las conferencias, se hicieron un soplo, como esa sensación que tienes cuando va perdiendo tu equipo en tiempo de compensación. Rosi Orozco dio un elocuente y conmovedor testimonio del tremendo fenómeno que es la trata de personas en el mundo, pero particularmente en México.

Entre seres dolientes y rostros anónimos de un mural que cobraba súbita vigencia, la presidenta de Comisión Unidos Contra la Trata A.C. nos llevó por un árbol maldito. Bajo la tierra las raíces, la terrible radiografía social de un México profundo: deficiente nivel educativo, pobreza, desintegración familiar, impunidad, corrupción, adicciones, violencia, desempleo, inseguridad, raíces desde donde brota robusto el tronco de la trata, y luego, como jinetes del apocalipsis, sus ramificaciones: prostitución, enganchadores, extorsión, delincuencia organizada, secuestro, narcotráfico, narcomenudeo, zonas de tolerancia.

Puedo imaginar los frutos podridos de este árbol: madres solteras, esclavitud, padrotes, ministerios públicos comprados, jueces tolerantes, policías cómplices, matones a sueldo, zares de la droga, y más carroña, lastre social tan real como el eco de las palabras de Rosy en la bóveda donde Siqueiros maridó lucha y esperanza.

Me impactó el “¡muévete compadre!”, arenga cifrada que usan los padrotes cuando van de “cacería” a poblaciones marginadas en busca de carne para vender, mujeres vulnerables que desde muy jovencitas son sacadas de sus casas bajo el beneplácito de sus padres. Estos enganchadores, rufianes sin escrúpulos, simulan ser el príncipe azul que promete el firmamento a la doncella, y de paso a la familia. Llegan al cinismo, dice Rosi, de negarse a tomar una copa con el papá de la muchacha; detrás de la máscara del “no bebo”, hay una lacra de la peor calaña. Encima, se ufanan de lo fácil de la maniobra.

“¡Muévete compadre!” es el lenguaje codificado de quienes saben que México es territorio fértil, de quienes no temen al músculo social porque simplemente no lo ven. De ahí que el llamado de Rosi a unirnos contra este fenómeno adquiera una gran relevancia. El drama que plasmó Siqueiros entre pintura, arquitectura y escultura, de pronto se encarnó en la lucha de una mujer y las miles de víctimas de la trata, batalla que también debe ser nuestra.

Entre trazos violentos, figuras retorcidas, rostros de angustiosas muecas, bocas que gritan aunque no escuchemos, el artista pintó una marcha desde la desesperanza hasta un nuevo porvenir de progreso, paz y unión. Los 18 minutos de Rosi Orozco fueron de pronto esa voz doliente y angustiosa que sale desde miles de gargantas oscuras. Ella fue la voz de muchas, y juntas fueron esas manos enormes con las que el muralista mexicano remató los extremos del salón.


En el exterior del edificio, Siqueiros se retrató en forma de un Prometeo encadenado, tan prisionero como las víctimas de la trata y la conciencia de este país que aún espera el fuego liberador. Por primera vez me vi dentro de un mural. Mientras exista la trata, todos estamos encadenados.

domingo, 27 de julio de 2014

Postales fronterizas

Algo peor que ver llorar a un niño cuando lo echan de Estados Unidos es que se trate de tu hijo. Así le sucedió a Emilio, mi hijo menor, y yo estaba con él cuando el oficial norteamericano nos cerró la puerta trasera de su país mientras caminábamos ya en suelo mexicano.

Ya he contado que durante varios años vivimos legalmente en el país vecino, pero ustedes no tienen por qué acordarse. San Diego es noble: la patria está a unas millas al sur, de modo que nuestra incursión a Tijuana era frecuente. Un vez nos dispusimos a llevar al aeropuerto tijuanense a un visitante que habíamos tenido en casa. Al cargar con los pasaportes me di cuenta que el de Emilio estaba vencido; advertí a mi esposa que tendríamos que cambiar de planes. Ella, que tiene dos cosas, la última palabra y una amiga que sabe más que uno, consultó con Verónica (quien efectivamente sabe mucho), y fue contundente al decirme que no habría problema para que el vástago reingresara a tierra del tío Sam ("la visa basta").

A veces las amigas se equivocan. Al regresar, el oficial norteamericano objetó (por objete) el pasaporte vencido, y una hora después de estar retenidos en el auto, tres oficiales, que vi llegar como SWAT, nos dijeron amablemente y con firmeza: "el niño no pasa". Me preparé para un duelo de superpotencias, mi esposa vs. EU. Imperó la cordura, y ella, con nuestros otros dos hijos, siguió camino a casa. Emilio, entonces de 8 años, y yo, fuimos escoltados a la puerta que une los dos países, por un oficial que cumplía su deber y no tenía por qué conmoverse con las lágrimas de un niño que se sentía culpable.

Este episodio es una caricatura comparado con el drama de los menores de edad que cruzan ilegalmente, crisis humanitaria en la que no veo que los países involucrados estén aportando soluciones efectivas. Los políticos se hacen guajes.

La frontera es una zona de gran tensión, incluso para los miles que día a día cruzan legalmente, a pie o en auto. He transitado cientos de veces por San Ysidro y Otay, y la tensión siempre está ahí, siempre está latente un imprevisto. La frontera modifica la conducta de las personas. Los que están por cruzar se vuelven rudos celadores de su espacio en la fila, no hay forma de que alguien ceda el paso o te permita cambiar de carril si estabas formado en el que conducía a una puerta cerrada. La agresividad y la duda son bilingües.

Los oficiales norteamericanos están entrenados para lidiar con mentirosos y delincuentes, cada día capturan varios. No es casual que todos seamos sospechosos y nos traten como tales. He visto oficiales muy amables y de buen humor, otros rudos y groseros. En cierta ocasión crucé en compañía de Gary, colega gringo, quien, en cuanto subí la ventana del auto, dijo "me disculpo a nombre de mi país por cómo nos recibió ese tipo". El comportamiento de los oficiales que están al acecho de indocumentados, en campo abierto, es también muy distinto; si el cruce legal llega a ser rudo, el ilegal es una jungla. Condeno el uso desmedido de la fuerza, también reconozco que están en su legítimo derecho de custodiar su territorio.

La paranoia y la desconfianza son habitantes de "la línea". También las botanas. Una vez, mi esposa optó por el último antojo nacional (último porque estábamos a cinco autos de cruzar la frontera), unos "tostilocos"; ecléctica, bizarra, folclórica mezcla de frituras de maíz, cacahuates japoneses, jícama, varias salsas, limón y hasta cueritos. Estos últimos fueron los únicos no invitados al banquete; no le gustan, y además está prohibido cruzar carne de cerdo cruda. La oficial en turno, de origen mexicano, nos hizo la espera infinita, nos miró con molestia evidente, se retiró sin decir nada y regresó mucho tiempo después para tirarnos un sermón de que cruzar con carne de cerdo cruda era ilegal. ¡Había confundido la jícama con los cueritos!

Así es la frontera más transitada del mundo, paranoica, psicótica, a veces inhumana; más que el punto que nos une, la herida que supura entre dos vecinos y un sueño.

@eduardo_caccia