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lunes, 6 de octubre de 2014

La mano del otro

Cuando niño, acompañé a mi madre a múltiples trámites, la mayoría ante instancias gubernamentales. A la distancia veo aquellas interminables horas como una especie de maestría en paciencia (no me explico cómo sobreviví sin un teléfono inteligente o una tableta digital con 300 juegos, hoy artículo de primerísima necesidad, un "estatequieto").

Mi pedestal de la tramitología sufrible se lo disputan varias memorias. Recuerdo una enorme oficina central del Registro Civil en la Ciudad de México, en la que mi mamá pasaba de ventanilla en ventanilla abriéndose paso ante una multitud obstinada en hacer el mismo trámite a la misma hora, o peor, tener la misma inicial de tu apellido. Conseguir un original del acta de nacimiento era comprobar que se puede sentir felicidad a pesar de un número de expediente.

Con esta impronta enfrenté un nuevo reto. Para renovar el pasaporte, la SRE no te cree que seas mexicano si tu pasaporte anterior fue expedido por ellos en el extranjero. De paso no le cree a su consulado. Todos los caminos me llevaron al mismo oscuro callejón: un acta de nacimiento original y reciente. Cuando hacía previsiones para ausentarme del mundo tres días, se me ocurrió ver si podía hacerlo por internet. Me llevé una grata sorpresa. Luego de varios botones y un depósito bancario, tres originales de mi acta llegaron por mensajería a mi casa. El Registro Civil del Distrito Federal me cuestionó: ¿al fin la efectividad y la modernidad eran parte de México?

Es automático: a todo optimismo le llega su realidad. La reforma laboral se propuso crear nuevos empleos, pero ¿cuántos orientados a la productividad y no a un exceso de mano de obra? Cuando piensas que todo se va automatizando, la mano de un mexicano te contradice. En ciertos restaurantes, hay un puesto de trabajo en el baño encargado de darte un papel para secarte las manos. En muchos estacionamientos (el del aeropuerto de Guadalajara se lleva las palmas) hay personal apostado junto a las máquinas automáticas (es un decir), individuos que toman tu boleto, lo introducen y presionan los botones necesarios. Aquí está la magia: el boleto sólo obedece al empleado, cuando tú lo introduces, la máquina te lo escupe (requiere de una previa e imperceptible curvatura). Las supersticiones lubrican al sistema.

En los filtros de seguridad de los principales aeropuertos del país hay una pantalla para distribuir el flujo de pasajeros hacia los distintos escáneres (entiendo que la aleatoriedad es parte de la seguridad), pero junto a esa pantalla donde aparece un número grande, hay una o dos personas que repiten el dígito visible, y a veces, cuando sale el "3", te dicen: "fila uno". Kafka aplaudiría.

Aquí la máquina es siempre sospechosa y nuestra automatización toma tintes surrealistas. Hay una venganza manifiesta, el triunfo del malinchismo: no importa que la tecnología haya sido diseñada en Alemania, en México no funciona. Munich 0, San Martín Yotelohago 2. Acceder al segundo piso del Periférico de la capital es atestiguar que para nosotros el mejor sistema automático es el manual. Un equipo de tres o cinco individuos fosforescentes manipulan con destreza admirable los conos y las barreras "automáticas"; en esos 10 metros cuadrados dirigen el flujo del universo, al menos el de ellos. Resulta inexplicable la extinción de los elevadoristas.

Sistemas que funcionan en otro país aquí nomás no jalan. Esta pequeña muestra de labores inútiles-necesarias es un fractal de la realidad: en otra escala hay muchos políticos haciendo cosas que no deberían hacer, pagando ayudantes en exceso, complicando procesos para vender su solución. En México, subsistencia aniquila ingeniería, sobreempleo mata proceso.

Peter Drucker decía que es muy distinto hacer la cosa correctamente, que hacer la cosa correcta. Como deporte nacional, hacemos lo primero, convertimos lo automático en manual. Salvo excepciones, la automatización es un territorio utópico, el sistema te lo recuerda: siempre necesitarás la mano del otro, aunque no agregue valor.


domingo, 28 de septiembre de 2014

Por la libre

Me hubiera encantado ver Cantinflas en compañía de Joseph Campbell, el erudito, mitólogo, profesor de época, escritor, estudioso de símbolos universales y de religión comparada; un hombre que vio la vida como aventura, el tipo que -según refiere Bill Moyers- dijo "al diablo con todo eso" a su tutor universitario cuando le aconsejó seguir un programa académico. Campbell renunció así a su doctorado y prefirió retirarse a leer de antropología, biología, filosofía, arte, historia y religión.

En una escena memorable de la película, Cantinflas responde a Shilinsky, luego de que éste reventara en el ensayo por la locuacidad de aquél: "Tú memorizas los textos, y yo no, yo improviso y tú no..."; la capacidad de Mario Moreno de "mandar todo al diablo" para seguir su intuición, me recordó a Steve Jobs que abandona la universidad y sin embargo sigue una preparación paralela, asiste a la cátedra de tipografía, formación estilística que años después germinaría en el diseño que pudo imprimir en Apple.

Ni Cantinflas, ni Campbell, ni Jobs son los únicos que se han ido "por la libre", ese camino de formación alternativa. Hablé con Óscar Jaenada, el catalán que personifica magistralmente a Cantinflas y a Mario Moreno, un trabajo que refleja aquellas palabras del segundo: "ahí les dejo a Cantinflas para que lo interprete el mejor actor". La profecía se cumplió. Dato curioso: Jaenada también dejó los estudios (más no dejó de aprender) para formarse actoralmente en el terreno de la vida.

Carente de preparación técnica, recurre a una enorme capacidad histriónica donde tuvo que ponerse dos personajes encima, el encriptado (¿cuál era su relación con Cantinflas?) Mario Moreno, y el personaje célebre. El actor asimiló perceptibles brincos pugilísticos, sutiles cabeceos, sonidos guturales, frases icónicas, pero sobre todo el acento. Sin saberlo, Jaenada se preparó desde hace muchos años para este papel; de joven llegó a Madrid y le decían "eres catalán", se propuso borrar ese acento y tomar el madrileño, se hizo de una asombrosa capacidad de meterse en otra cultura.

En la música, particularmente en el Jazz, la improvisación viene de forma natural. La posibilidad de la creación espontánea, ese chispazo de genialidad, estuvo presente en Bach, Mozart, Beethoven, Mendelssohn, Chopin. Ése es el dilema, la lucha entre ceñirse a una partitura o tocar una nota inexistente en el papel, pero que nace para el oído. Las universidades deberían tener una cátedra de improvisación.

En Ahí está el detalle, Monsiváis dice que Cantinflas es el representante mágico del relajo. ¿No acaso la improvisación es la esencia del relajo?, el triunfo de Cantinflas es el triunfo de la improvisación sobre el guión. El filósofo mexicano Jorge Portilla, tratando de definir el carácter del mexicano, llega a la conclusión que "la significación o sentido del relajo es suspender la seriedad" y que no se puede entender la cultura en México sin entender el relajo. De ahí que Cantinflas tenga mucho de mexicano y los mexicanos mucho de Cantinflas.

Volviendo a Campbell, disfrutaba La Guerra de las Galaxias, particularmente la escena donde Luke Skywalker, usa la "fuerza", deja a un lado la tecnología, conecta con su intuición e improvisa, decía que era un nuevo impulso al mito del héroe. Cuando le preguntaron a qué se refería, dijo "A lo que ya Goethe dijo en el Fausto, y que (George) Lucas ha plasmado en un lenguaje moderno: la advertencia de que la tecnología no nos salvará. Nuestras computadoras, nuestras herramientas, nuestras máquinas no son suficientes. Hemos de apoyarnos en nuestra intuición, en nuestro ser más genuino".

Improvisar no es la respuesta espontánea ante la falta de preparación, es (parafraseando a Carlos Fuentes sobre el desembarco de Colón en América) el triunfo de la hipótesis sobre los hechos, el improvisador ve un camino paralelo, dudoso y subversivo para muchos, en el que conecta con su intuición y va solo, por la libre, esa senda donde termina el loco y nace el genio.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Odile, Eladio y Foucault

Supongamos que se llama Eladio. Supongamos que pasó una noche en una pequeña bodega con su familia, resguardado de vientos que, a más de 200 kph, arrancaron postes de la red eléctrica, voltearon autos, destrozaron ventanas, muebles, plafones; ahogaron caminos, torcieron metales, sembrando la destrucción y astillando el alma de un lugar llamado Los Cabos.

Al día siguiente Eladio empuja con dificultad un carrito de supermercado atiborrado de mercancía por una calle que parece un río, el cauce del agua, a las rodillas, amenaza con hacerle perder el equilibrio y, lo peor, llevarse la pantalla de televisión que corona la rapiña y eleva aquel rectángulo de plasma por encima del agua potable y medicinas; total, diría Eladio, Odile se llevó todo, pero nos trajo tele nueva.

Como Eladio, miles de personas pasaron de la sorpresa al miedo y luego a los saqueos, demostrando que la fragilidad humana, al menos en esta zona de Baja California, no aguanta un huracán categoría 3, pero tampoco la pobrísima cultura de prevención y la lentitud de las autoridades para actuar.

Michel Foucault diría “se los dije”. El filósofo francés argumentó que la ciudad moderna, incluso el Estado actual, son meras ilusiones, espejismo que se sostiene de una delicada red de alfileres, mecanismos de control que operan cotidianamente: la policía, los semáforos, la disciplina en la fila de la escuela, las cámaras de vigilancia, el orden peatonal en un crucero, el intercambio recíproco del mercado, la previsible rutina del trabajo, en fin, de todo aquello que compacta lo que llamamos orden normal de las cosas, la vida homogénea.

Cuando se fractura este orden y se alteran o interrumpen los mecanismos de control y la ciudad ya no funciona como ciudad, y el Estado no es Estado y no cumple su función esencial: proteger a sus habitantes, la realidad se desvanece y emerge un territorio salvaje donde impera una lucha por la sobrevivencia en el que las personas tratan de establecer su propio orden (desde saquear una tienda hasta poner barricadas de protección vecinal). La voz de la manada impera sobre el individuo, los actos colectivos moldean la percepción (y ésta, la realidad), generando caos y conductas que se autojustifican.

Una vez derrumbado el orden social, ciudad y selva son lo mismo, a menos que haya señales de contrapeso que normen el flujo de la tribu, que detengan la estampida, que provoquen nuevas percepciones. Es aquí donde me parece que las autoridades, incluso empresas y población civil, fallaron. La tecnología hace de la predicción de huracanes casi una ciencia exacta, la tarea de las autoridades es estar preparadas para lo peor, no para lo mejor.

Tengo amigos que el mismo domingo que pegó Odile, horas antes abordaron un avión hacia Los Cabos. El personal de la aerolínea dijo que no había riesgo. Ahora la empresa dice que nunca tuvo un aviso, de autoridad competente, que detuviera la llegada de cientos de pasajeros al desastre (mis amigos tuvieron dos intentos de aterrizaje por los fuertes vientos).

Ni el gobierno local ni el federal previeron para lo peor, fueron reaccionarios cuando tenían que haber sido previsores, con campañas que orientan el comportamiento (como simulacros de sismo), con información previa que tranquilice (ante el miedo de la escasez de agua y alimentos, surge la agresividad primal): “tenemos abasto de agua y víveres, eviten tal cosa”. Odile rebasó la naturaleza humana y puso en evidencia la frágil estructura de protección gubernamental que tenemos.

Cuando se restablezca la energía eléctrica, Eladio colgará su nueva pantalla de plasma. Quizá no tenga su mismo trabajo, quizá su calle siga en ruinas y la economía cuesta arriba, pero cuando encienda su televisión, en ese momento, sentirá que las cosas han vuelto a la normalidad. Él no sabrá nunca de Foucault ni de prevención, pero en su realidad será feliz de ser un hijo más del sistema (cultura) que, en vez de llevarlo a una universidad y enseñarle ética, lo lleva a la ilusión del Canal de las Estrellas.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Genoma del político mexicano

De mi compendio de preguntas ociosas: ¿qué motiva a una persona para convertirse en político? Supongo que les gusta serlo. Quienes se dedican a un trabajo que les gusta sienten una pasión desbordante. Bach hipotecó su vista escribiendo música en la penumbra cadenciosa de una vela; Picasso pintaba en tablas de desecho de los embarcaderos.

La pasión es un motivador fuera de borda. El escritor no puede vivir sin escribir, el pintor sin pintar. Marie Curie pasó horas en su laboratorio, trabajó gratuitamente, amaba profundamente su labor, fue la primera persona en recibir dos Premios Nobel en distintas categorías, difícilmente pudo haber logrado esto sin la tremenda pasión por lo que hacía.

Saco otra pregunta: ¿dónde está la pasión de un político?, ¿en lograr qué?

En su génesis, el candidato amolda su discurso al interés del votante, argumenta frases rimbombantes y repite, ad nauseam, que desea servir, adereza su arenga con frases torneadas en un manipulómetro, hace diagnósticos donde hay culpables sin nombre y apellido (mucho menos castigo), profetiza cambios, vende esperanzas. La ideología es una capa camaleónica, escalera multicolor. Ya en el poder, el individuo se descubre, aflora un ser con intereses distintos, se sabe que su pasión no fue servir, entregarse; sobreviene la desilusión, y la nación se lo demanda y luego no pasa nada. Así, las campañas políticas son una fiesta de disfraces, una mascarada, juego de simulaciones, pero ¿en aras de qué?

La oruga se hace mariposa. El político se hace rico. Ha sido notorio que ser político conduce a tener riqueza y poder. No quiero ser malpensado, pero ¿sería posible que la verdadera motivación de muchos políticos sea hacerse ricos? Si esta descabellada idea fuera cierta, explicaría por qué dentro de esa aristocracia hay venta de candidaturas y otras prebendas, como los moches; después de todo, un puesto político sería visto como un centro de utilidades, no de servicio; sería lógico pensar que, para hacerlo rentable, el político deba pagar una hipoteca envenenada, el entramado pacto que hizo posible su encumbramiento.

"Que el poder sirva a la gente", otrora lema de campaña presidencial labastidista, diagnostica con brillante precisión una necesidad tan grande como el sarcasmo que encierra. Generalmente, la pasión del político no es servir sino servirse, y para ello ha de simular, entrar en un juego de espejos donde, por un lado, da poco y, por otro, toma mucho.

El político no parece sentir la hipoteca social. Según este concepto, todos quienes tenemos algún privilegio y somos dueños de algo (inmueble, estudios, servicios de salud, viajes, visión, etcétera), estamos obligados a trabajar por aquellos que no lo tienen, o tienen menos, con objeto de hacer una mejor sociedad, donde la riqueza sea mejor repartida. Me pregunto: ¿a cuántos políticos les motiva la hipoteca social? Tal parece que el trabajo del político no es cerrar la brecha sino mantenerla, administrarla, esquilmarla.

La niñez y la juventud en México tienen incentivos torcidos para enrolarse en las filas del crimen. Los modelos a seguir consiguen fama, dinero, poder; rara vez son castigados. Esa misma estructura de motivadores opera bajo otra escenografía: el teatro político. Llegar para tomar (no para dar) es una instrucción dentro del genoma del ser político mexicano. Las excepciones se vuelven enemigos del sistema, nada es más peligroso que un virus de honestidad, una vacuna contra la impunidad o poner primero al ciudadano.

Si un político acepta que su pasión es servir a la gente, debería ser capaz de trabajar sin sueldo. Hacer realidad su pasión sería su mejor remuneración. Como difícilmente se come y se mantiene una familia con aplausos, está bien que cobren un salario. Sin embargo, parece que la nómina es meramente la constancia oficial de pertenencia a la ubre presupuestal, el ejercicio del poder guarda otras fuentes de ingresos, y pensando mal, sólo pensando mal, me temo que ahí reside la gran motivación del estereotipo de un político mexicano.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Por mexicano, ¿corrupto?

Buena polémica causó la declaración del Presidente sobre que la corrupción es cultural. En mi opinión sí tiene un componente cultural, pero no categórico; no somos corruptos por ser mexicanos (interpretación extrema al dicho presidencial. El problema no es que Peña Nieto tenga razón, sino que lo diga el presidente de México, pues se puede tomar como resignación étnica: así nos tocó ser).

La corrupción no sólo tiene componentes culturales, también biológicos. Imaginemos una pirámide dividida en tres secciones, en la base están los factores biológicos, en medio los culturales, y en la cúspide los individuales. Nuestro programa vital, lo que traemos "de fábrica" por ser seres humanos, nos impulsa a una búsqueda constante para maximizar los beneficios y consumar dos tareas: la sobrevivencia y la reproducción (territorios afines a cualquier organismo vivo).

Una persona que se corrompe en aras de tener dinero y poder, sin duda es motivada por conseguir los frutos que esto implica, con dinero y poder tendrá (presumiblemente) más atractivo reproductivo: será "mejor partido", atraerá pareja igualmente atractiva, influirá en su tribu, podrá proyectar más de sus genes hacia el futuro (tener más hijos, educarlos y protegerlos) o facilitará la reproducción de sus pares. Biológicamente el fin justifica los medios. Pero no todo es comportamiento instintivo, el sistema cultural regula las decisiones, de modo que aunque instintivamente yo quiera algo, la sociedad me limita.

Un sistema cultural como el mexicano, promueve y alienta la corrupción, no quiere decir que no tengamos remedio, tristemente nuestro contexto da muchas veces más incentivos para ser corrupto que para no serlo (las verdades profundas de una sociedad afloran en su voz popular: "el que no es transa, no avanza"). Pero el individuo tiene la última palabra (aquí entran la ética y la moral).

El Presidente está obligado a ser ejemplo en materia de lucha contra la corrupción. Hoy nos habla del México que viene pero no pone énfasis en combatir lo que sigue siendo lubricante y engrudo del sistema (Alan Riding dixit).

He leído opiniones que sugieren incrementar el castigo para combatir la corrupción. Esta postura si bien es lógica, es limitada, según muestran los experimentos sociales. En apariencia, decidir entre cometer o no un acto de corrupción implica el análisis racional de calcular el potencial beneficio y restarle la potencial consecuencia. En apariencia, aumentar el costo de la consecuencia, disminuye el beneficio. El problema es que no es lo mismo ser acusado de corrupción, que ser castigado por corrupción (¿Montiel, Moreira, Gutiérrez de la Torre?). Un sistema con muchas puertas traseras (impunidad) es inmune a que se aumenten las penas.

Si concedemos que el estereotipo del mexicano responde al arquetipo humano, habrá que aceptar que lidiamos con tres grupos: un porcentaje que siempre será corrupto, otro que no es corrupto pero puede, bajo ciertas circunstancias, serlo, y un grupo incorruptible. La mayoría de las personas en una sociedad estamos en el grupo de en medio.

Requerimos una reforma anticorrupción que vaya más lejos de la transparencia, que impulse la meritocracia (un sistema que no premia por méritos es más vulnerable a la corrupción), que elimine la autojustificación (hay evidencia de que las personas serán corruptas mientras puedan justificar su conducta y su reputación. Por eso duelen las palabras presidenciales, suenan a autojustificación), que elimine los símbolos de corrupción: robarse la luz con un diablito, sobornar, copiar un examen, pedir moches, estacionarse mal, entre otros.

Mientras el Presidente hablaba el 2 de septiembre de ese México que "ya se atrevió a cambiar", el Zócalo lo contradecía. Decenas de carros estacionados sin ser multados. Si preguntáramos a los dueños de esos vehículos si sienten o no culpabilidad, seguramente se justificarían. Después de todo, esa es la cultura, el instructivo con lo que justificamos lo que hacemos, como la corrupción.

domingo, 31 de agosto de 2014

Lecciones de la calle

La historia de Thierry Guetta ilustra que seguir la pasión equivocada lleva al fracaso, pero encontrar uno su esencia, al éxito. Francés radicado en Los Ángeles, comerciante de ropa alternativa en un barrio bohemio, cayó en una actividad compulsiva que luego de varios giros, le daría fama mundial.

Guetta grababa todo y a todos, sin más fin que el placer por capturar imágenes. En unas vacaciones en Francia descubre que un primo es un artista del llamado arte callejero, un afamado personaje del mundo de la contracultura subterránea que se hace llamar "Space Invader". El cineasta amateur acompaña al primo durante algunas jornadas nocturnas para grabar el grafiti y así descubre el universo del arte subversivo. En ese momento queda atrapado en un tema que lo eclipsa, el de los artistas de la calle, territorio de sombras, sprays, plantillas, ingenio, adrenalina y lances furtivos.

Con el tiempo se relaciona con los principales exponentes del arte callejero del mundo, pero le falta la presa mayor, un misterioso hombre que desde Inglaterra causa sensación por su talento, también por su osadía y sus mensajes, un activista genial cuya identidad se desconoce y que bajo el pseudónimo de Banksy se ha convertido en un mito urbano y en un artista imprescindible en las mejores colecciones de arte del mundo, un transgresor que no sólo encanta por lo que hace sino cómo lo hace; el mismo que colgó, sin que nadie lo viera, una de sus obras en el Tate de Londres, el mismo que intervino una parte del muro entre Gaza e Israel, dejando su sátira política y social para el asombro y reflexión de todos, el tipo que montó en Disneylandia un inflable semejando un prisionero de traje naranja de Guantánamo.

A pesar de sus contactos, Guetta es incapaz de dar con el hombre de la identidad desconocida. Como el destino tiene formas de enderezar los caminos de algunas personas, es Banksy quien, al visitar Los Ángeles, da con Guetta. Nace entre ellos una amistad donde cada quien hace lo suyo, uno interviene las ciudades, el otro graba. Incapaz de detenerse, Guetta sigue filmando y acumula caóticamente cientos de cintas, hasta que Banksy lo convence de hacer un documental, pieza fílmica que termina siendo un bodrio para el inglés que se da cuenta que su amigo no tiene forma de estructurar una historia coherente.

Es el caso de alguien que sigue con pasión la pista donde no está su talento. El pésimo cineasta está por reconvertirse en otra cosa; como un Astor Piazzolla aferrado al piano, pronto encontrará su bandoneón.

Banksy propone a Guetta que mejor se convierta en artista, y, como quien recibe un mandato divino, deja la cámara y empieza a crear obras bajo el pseudónimo de Mr. Brainwash. El día de la apertura de su galería, reúne más de 4000 personas que de súbito se vuelven fanáticos de un personaje del pop que ha nacido como por generación espontánea. Toda esta historia se narra en el original e interesante documental realizado por Banksy, nominado al Óscar en 2011, Exit through the gift shop.

Las obras de Banksy y de Mr. Brainwash (hay quienes piensan que es la misma persona y que se trata de otra jugada maestra del misterioso inglés) mueven multitudes y se cotizan en miles de dólares alrededor del mundo.

Es en el valor simbólico donde los artistas, pero también los productos, incluso las ciudades y los países, encuentran la posibilidad de ser apreciados más allá de toda lógica. De ahí la importancia de una marca, entidad contenedora del simbolismo, un renglón no cuantificado en un estado financiero, pero a todas luces uno de los grandes motivadores sociales, de consumo, y por lo tanto, parte vital de un negocio, de una actividad cultural, o hasta de un partido político.

Guetta, el cineasta, pensó en Banksy para hacer un documental. En un giro sólo apto para un escapista, Guetta terminó siendo el artista grabado, el personaje en el documental de Banksy. Juego de espejos donde triunfa no quien sigue ciegamente una pasión, sino quien descubre su genética, su propia naturaleza.

domingo, 24 de agosto de 2014

¿Quién gana en México?

¿Qué le dirías a Lorena Olvera si fueras su mamá o su papá? Según refiere Reforma, el pasado 20 de agosto Lorena ganó un concurso por una plaza magisterial en una escuela pública. A pesar de haber tenido el puntaje más alto, no fue seleccionada por no ser normalista. Los responsables de la decisión tienen razones legítimas para haberla rechazado: la Ley General del Servicio Profesional Docente contempla dar preferencia a los normalistas durante los primeros dos años de la reforma educativa.

Este hecho pone de manifiesto varias cosas. México es visto en el mundo como un país en desarrollo, un país que no acaba de cuajar, incapaz de crecer económicamente, donde, entre otras calamidades, corrupción e inseguridad asfixian. Nuestra calificación mundial es de media tabla (en el mejor de los casos), es decir, mediocre. Un país paradójico: de gris desempeño, pero con gente brillante, capaz, inteligente, un país que selecciona a sus hombres y mujeres no por méritos, sino por otros criterios. Somos, en este sentido, el país del autogol. Un país que le teme al mérito es un país incapaz de progresar.

Imagínate que eres entrenador de un equipo de futbol, el mejor portero que tienes está en la tribuna, junto al mejor delantero. La ley o el sistema establecen que tienes que escoger no a los mejores, sino a otros que, a pesar de no tener las calificaciones, deben de ser elegidos. Tu selección es mediocre.

Nuestra democracia incipiente nos da la libertad de elegir a quién queremos que gobierne, dentro de una selección en la que no están los mejores (eterna caballada flaca). Todos conocemos personas que idealizamos como gobernantes, mexicanos con credenciales potencialmente benéficas para el país. Sé bien que un buen profesionista o empresario no sería necesariamente un buen político, también sé que la mayoría estamos convencidos de que no llegan al poder las personas con más capacidad.

Estoy convencido de que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos, pero también creo que hay contextos sociales (población con baja educación) donde el ejercicio democrático debe ser fortalecido. Tengo más preguntas que respuestas. ¿Sería nuestra democracia más fuerte si pudiésemos precalificar a quienes aspiran a ser candidatos de elección popular? ¿Sería más fuerte si así como se selecciona un candidato para un puesto directivo en una empresa, pudiéramos rechazar candidatos que hoy llegan a través de partidos políticos (que no ven los méritos que puede tener su candidato para cumplir con el Demos, sino con el propio grupo político)?

Los cuentos alrededor del mundo empiezan con "Había una vez...", en México con "...que la Nación me lo demande". Nuestra democracia no nos da la fuerza de sancionar el desempeño de los elegidos. ¿Y si tuvieran los políticos y buena parte de los burócratas un sistema de sueldo por resultados?, si no cumplen, no ganan. Imagino que muchos, como en la selección natural de las especies, se harían a un lado para dejar paso a los más aptos.

México debe aspirar a una democracia sustentable. Aunque el concepto se idealiza sin adjetivos, no deja de ser susceptible de matices para fortalecerse. Ninguna mujer está medio embarazada, pero sí hay embarazos de riesgo. ¿Es nuestra democracia de alto riesgo?, me parece que, si no se fortalece, sí. Cuando menos es limitativa para los retos actuales.

El México inconforme que hoy clama por mejores salarios, trabajo, seguridad, oportunidades, equivale a la afición que le exige resultados a un equipo donde no están los mejores porque el sistema impide que lleguen. El asunto no es nada más cómo hacer para que llegue al poder el más apto, sino cómo hacer para que el más apto sea el más votado. La democracia debería servir a muchos, en nuestro sistema sirve a pocos, y éstos se sirven de los muchos.

Lorena Olvera es maestra de Formación Cívica y Ética. Como ella, muchos están en la banca o en la tribuna. Si fuera su papá, no sabría qué decirle. Si fuera yo un político (con algo de vergüenza), le pediría perdón.