¿Cuántas mentiras aguanta un país?, no tengo la respuesta. Los mexicanos aguantamos muchas, es más, no solamente las aguantamos, también las creamos; mentir llega a ser una forma de navegar en nuestro sistema cultural, a veces como fórmula de cordialidad, donde un "nos hablamos" es el limbo donde no hay culpables; a veces para conseguir una ventaja en segunda fila: "permítame estacionarme aquí, no tardo nadita" (en México todo diminutivo es sospechoso).
¿Qué tal si sustituimos la palabra mentira, por la palabra corrupción? Las mentiras y la corrupción acortan camino, son atajos que favorecen al abusivo en perjuicio de los demás y en beneficio de un tercero. En el fondo, una mentira corrompe el sistema. El hijo que reiteradamente miente en la familia, el empleado que roba "un poquito", son actos corrosivos. El vendedor de una empresa que da una "gratificación" para quedarse con un contrato, el comprador que la recibe, simulan, engañan, son mentirosos, son corruptos.
En México, al menos en discurso, estamos hartos de la corrupción, deberíamos entonces estar hartos de la mentira, de la transa y del fraude, que son lo mismo. Tenemos estadísticas sobre la edad en la que se inicia el consumo del alcohol, drogas, vida sexual, pero no he visto datos sobre la edad en la que se comienza a mentir.
"Robi dijo la primera mentira a los 7 años", inicia así Mentiralandia, de Etgar Keret, donde narra la historia de un niño que creció diciendo incontables mentiras. En la primera, fingió haber sido asaltado para quedarse con el dinero que su madre le había dado para comprar cigarrillos, se compró un helado y escondió el cambio debajo de una piedra en el traspatio. Siendo ya un adulto, por azares de la ficción, su madre muerta le pide un chicle y le dice que lo compre con el dinero que está debajo de la piedra. Robi Elgrabli inicia una travesía donde se le van apareciendo personajes de las mentiras que ha dicho en su vida.
"Soy tu primera mentira", le dice el chico pelirrojo que supuestamente lo había asaltado. Está el perro que había atropellado en otra mentira, un anciano manco que era mentira de otra persona, todos estaban ahí, mentiras que regresaban a su vida, como la piedra lanzada al aire que avanza sin obstáculo, hasta llegar a un punto decisivo donde ha perdido aceleración y comienza el descenso. Cada personaje espetaba a Robi: "soy tu mentira".
Una sociedad donde mentir es fácil (por la altísima impunidad) alienta la corrupción. La única forma de hacer que alguien no sea corrupto es que no quiera serlo. De ahí la importancia de recuperar la ética en la educación y practicarla en todo ámbito.
Siguiendo la analogía del escritor israelí, un comprador de vías de tren ligero será encarado por huérfanos: "Compraste material no apto, pero te dieron moche, y nuestros padres se voltearon en la curva. Somos tu corrupción". Una cabeza sin ojos encarará al jefe de inteligencia y a un gobernador: "Sabías y no hiciste nada, soy tu corrupción". Una mujer paralítica le dirá lo mismo al policía que solapó al auto en segunda fila. Un grupo de cadáveres y quemados le dirán al inspector que dio permiso para una gasolinera que nunca debió estar ahí: "somos tu corrupción". El juez que recibió dinero para liberar al tratante de blancas, escuchará a mujeres en pena: "somos tu corrupción". El maestro mal preparado que ocupó la plaza del que sí era capaz, será atormentado por adultos mediocres: "somos tu corrupción", el presidente de un partido político que dio el espaldarazo a su compañero criminal, escuchará de osamentas anónimas: "somos tu corrupción".
La mentira tiene memoria y cuenta regresiva. Hasta que no veamos la interconexión de hechos y sembremos conciencia para cosechar nuevas actitudes, viviremos persiguiendo (como el caballo a la zanahoria) la corrupción.
Soñé con una versión de Mentiralandia mexicana. Ahí, los indolentes que no se afectan por las consecuencias a terceros, escuchan a sus hijos, tristemente en desgracia, susurrar al oído, "papi, soy tu corrupción".
Nací arqueólogo sin saberlo. Una cueva remota y oscura confirmó mi vocación: lo mío sería desenterrar significados. Veo cosas y escribo y escarbo. Leo para darme cuenta lo poco que sé de todo. Fundador de Mindcode, ayudo a innovar y entender la conducta del consumidor. Hago preguntas para encontrar respuestas y después tengo más preguntas. Lo mío es caminar en la cueva, encontrar la luz y volver adentro. Al final espero un epitafio corto: Signifiqué.
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domingo, 26 de octubre de 2014
lunes, 20 de octubre de 2014
Recuperarnos
¿Tenía ante mí a un degollador en potencia? La pregunta me inquietó como un intruso en la noche. Me sentí paranoico en la sala de espera médica viendo al niño de 5 años, larga espada de plástico en mano, tumbar de la mesa, una y otra vez, a su pequeño Buzz Lightyear. En la televisión se daba cuenta de la crónica de sangre, el resumen noticioso de México. Y ahí, el pequeño gladiador llenando sus oídos y sus ojos de fosas clandestinas, desaparecidos, nuevas ejecuciones, de políticos coludidos. Si además un virus mortal nos amenaza, yo también hubiera salido de casa con un sable.
Me temo que nos estamos perdiendo. Peor aún, estamos perdiendo a las generaciones del futuro inundando el espacio con notas trágicas que cada vez más saben a normalidad y menos a excepción. Urge una profunda reflexión para crear un balance, no para esconder la realidad sino para difundir las buenas acciones, los actos heroicos de hoy, decisiones que parecen no tener cabida ante la barbarie, pero que son un soplo de esperanza para volvernos a encontrar con el México de paz.
Hace poco caminé por el centro histórico de Querétaro, ciudad que me sabe a jamoncillo de leche y a árbol genealógico. Mis antepasados maternos caminaron las mismas calles cuyos nombres antiguos aún pueden leerse. Era domingo en la noche y yo esperaba escuchar el grito que necesita el país: "¡Las siete, y todo sereno!". Y en cierta forma lo escuché en el Jardín Zenea. Al compás de una orquesta que desde el quiosco sonaba estupendamente, decenas de parejas bailaban danzón mientras una gran concurrencia miraba, embelesada, apaciguada, siguiendo la cadencia imposible de pisar mil veces una misma loseta.
Éste es el México que necesitamos, pensé. Y me acordé de mi amigo Agustín y de su iniciativa "Hoy di algo bueno de México", en la que propone que nos rescatemos a través de cambiar el lenguaje de todos los días, reconocer nuestros valores en expresiones sencillas y positivas, frases que aluden a la cotidianidad y a esos momentos mágicos que van tejiendo lo que hace que valga la pena vivir. "Hoy di algo bueno de México: las piñatas" o "el pan dulce en la mesa" o "la SCJN frena los abusos de SKY" o "bailar danzón en una plaza" o "el policía que recuperó mi cartera". Necesitamos voltear a ver al otro lado, saber que no todo es fango.
Esa misma noche, en la ciudad que se volvió noticia porque un narcotraficante se infiltró en la sociedad queretana, ya con el quiosco vacío y sin las notas de Canela en Rama, en el Jardín Zenea se veían andadores limpios, como si nada hubiere sucedido hace unas horas. Un ejército de mujeres afanadoras hacía nueva música con el arrastrar de sus escobas. Al comentar el tema con Raúl, mi amable anfitrión, me contó una historia de ésas que necesita nuestro ánimo.
Resulta que la ciudad de Querétaro ganó un premio mundial de ciudades limpias, "La escoba de platino" (nada mal para un país que es noticia mundial en "barbarie de platino"), presea que se entregó en Madrid hace unos meses. ¿Quién creen que viajó con gastos pagados y fue a recoger el premio? Para quienes pensaron "el presidente municipal o algún diputado", lamento decepcionarlos. Viajaron, por orden de Roberto Loyola, presidente municipal de Querétaro, Martha Hernández y Ma. de Lourdes Rivas, barrenderas de la ciudad.
¿No podríamos decirle al pequeño gladiador que en este país no sólo hay escoria como el prófugo munícipe de Iguala, sino que también hay ejemplos como el del edil queretano y sus barrenderas? ¿No podríamos decirle que el "¡tan, ta, ta, tan!" no sólo es de metralletas de uso exclusivo del Ejército, sino de un rítmico analgésico llamado danzón? ¿No podríamos decirle que además de políticos que mandan matar, también hay de los que mandan recoger un premio a quienes realmente lo ganaron?
Estamos llamados a desenterrar la esperanza. Recuperarnos equivale a reencontrarnos, reconocer un nuevo heroísmo, difundir y exaltar lo positivo, avivar la resistencia que nos dará futuro. Si no, la espada de plástico será de metal un día.
Me temo que nos estamos perdiendo. Peor aún, estamos perdiendo a las generaciones del futuro inundando el espacio con notas trágicas que cada vez más saben a normalidad y menos a excepción. Urge una profunda reflexión para crear un balance, no para esconder la realidad sino para difundir las buenas acciones, los actos heroicos de hoy, decisiones que parecen no tener cabida ante la barbarie, pero que son un soplo de esperanza para volvernos a encontrar con el México de paz.
Hace poco caminé por el centro histórico de Querétaro, ciudad que me sabe a jamoncillo de leche y a árbol genealógico. Mis antepasados maternos caminaron las mismas calles cuyos nombres antiguos aún pueden leerse. Era domingo en la noche y yo esperaba escuchar el grito que necesita el país: "¡Las siete, y todo sereno!". Y en cierta forma lo escuché en el Jardín Zenea. Al compás de una orquesta que desde el quiosco sonaba estupendamente, decenas de parejas bailaban danzón mientras una gran concurrencia miraba, embelesada, apaciguada, siguiendo la cadencia imposible de pisar mil veces una misma loseta.
Éste es el México que necesitamos, pensé. Y me acordé de mi amigo Agustín y de su iniciativa "Hoy di algo bueno de México", en la que propone que nos rescatemos a través de cambiar el lenguaje de todos los días, reconocer nuestros valores en expresiones sencillas y positivas, frases que aluden a la cotidianidad y a esos momentos mágicos que van tejiendo lo que hace que valga la pena vivir. "Hoy di algo bueno de México: las piñatas" o "el pan dulce en la mesa" o "la SCJN frena los abusos de SKY" o "bailar danzón en una plaza" o "el policía que recuperó mi cartera". Necesitamos voltear a ver al otro lado, saber que no todo es fango.
Esa misma noche, en la ciudad que se volvió noticia porque un narcotraficante se infiltró en la sociedad queretana, ya con el quiosco vacío y sin las notas de Canela en Rama, en el Jardín Zenea se veían andadores limpios, como si nada hubiere sucedido hace unas horas. Un ejército de mujeres afanadoras hacía nueva música con el arrastrar de sus escobas. Al comentar el tema con Raúl, mi amable anfitrión, me contó una historia de ésas que necesita nuestro ánimo.
Resulta que la ciudad de Querétaro ganó un premio mundial de ciudades limpias, "La escoba de platino" (nada mal para un país que es noticia mundial en "barbarie de platino"), presea que se entregó en Madrid hace unos meses. ¿Quién creen que viajó con gastos pagados y fue a recoger el premio? Para quienes pensaron "el presidente municipal o algún diputado", lamento decepcionarlos. Viajaron, por orden de Roberto Loyola, presidente municipal de Querétaro, Martha Hernández y Ma. de Lourdes Rivas, barrenderas de la ciudad.
¿No podríamos decirle al pequeño gladiador que en este país no sólo hay escoria como el prófugo munícipe de Iguala, sino que también hay ejemplos como el del edil queretano y sus barrenderas? ¿No podríamos decirle que el "¡tan, ta, ta, tan!" no sólo es de metralletas de uso exclusivo del Ejército, sino de un rítmico analgésico llamado danzón? ¿No podríamos decirle que además de políticos que mandan matar, también hay de los que mandan recoger un premio a quienes realmente lo ganaron?
Estamos llamados a desenterrar la esperanza. Recuperarnos equivale a reencontrarnos, reconocer un nuevo heroísmo, difundir y exaltar lo positivo, avivar la resistencia que nos dará futuro. Si no, la espada de plástico será de metal un día.
domingo, 12 de octubre de 2014
Darwin en México
GALÁPAGOS.- Esta parte del mundo evoca el apellido de un inglés cuyas observaciones influyeron, como pocas, en el hombre contemporáneo. Escribo desde una ventana privilegiada en la cima de la Isla Santa Cruz, en medio de comodidades que el joven expedicionario Darwin no tuvo, pero tal vez ante un panorama similar, una mañana con sabor a café y neblina, entre cedrelas y scalesias, espesa vegetación endémica.
El 15 de septiembre de 1835, con tan sólo 26 años (a esta edad muchos jóvenes mexicanos rompen vidrios en manifestaciones y sólo les interesa el origen de la nada; ¡cómo hemos evolucionado!), Darwin desembarcó del HMS Beagle para encontrar un paisaje cautivador y excitante, un territorio de criaturas tan exóticas como las tortugas gigantes o los piqueros de patas azules, un bosque tropical de muchos verdes o la ceniza textura de las piedras volcánicas, en cuyas grietas resbalan iguanas negras y se esconden cangrejos rojos, mientras la lava pétrea, suspendida para siempre, guarda respuestas para quien sabe buscarlas.
Qué hubiera escrito Darwin en su diario de viaje si llegara hoy a una ficticia isla llamada México, para analizar las especies de su sistema político.
"La evidencia recabada en este territorio es sugerente de que no hace mucho tiempo hubo saurios de gran tamaño, depredadores naturales que evolucionaron en reptiles de menor talla, pero mayor peligrosidad, criaturas rastreras de colores y hábitos definidos (rojo dominante, amarillo contrarrestador, azul moralino y verde oportunista), que luego de un cataclismo, seguramente a causa del impacto de un enorme cuerpo celeste, provocaron una esperanza en los llamados demos (seres mansos, no-reptiles), gozo temporal hoy en peligro de extinción debido a que los reptiles sobrevivientes, a pesar de conservar su color nato, manifiestan malignidad homóloga, bajo un halo de impunidad rampante.
"Se trata de un sistema donde hay un pacto entre especies. Los más numerosos, los demos, deben ser protegidos y guiados por los reptiles, que para ello son elegidos en algo que llaman democracia, una curiosa selección donde escogen ¡no al más apto!, sino al que sobrevive dentro del grupo de reptiles, luego de una cruenta batalla entre varios de ellos. Esta selección, que deberíamos llamar reptilcracia, me parece muy limitada y deficiente pues los demos, en su gran mayoría ignorantes, son manipulados para decidirse por el lagarto que más beneficia a los reptiles, no a los demos.
"¿Qué pasaría si los demos perdieran su mansedumbre, se sublevaran y decidieran que solamente los reptiles aptos pudieran ser elegidos para gobernar? Habría una democracia calificada. No cualquier reptil sería escogido para liderar y no cualquier demo tendría derecho a escoger (a menos que tenga los méritos para ello: no antecedentes penales, nivel educativo y estar al corriente del pago de tributos). De ser esto posible, la isla salvaje tendría notables avances en la calidad de vida de los demos.
"Los episodios de días pasados son perturbadores. Un reptil de la peor calaña, evolucionado con pequeños cambios, numerosos y sucesivos, ordenó el aniquilamiento de demos. Sorprende que el reptil, ahora prófugo, sea arropado por su grupo de ofidios y que el Órgano de Control Reptílico no hubiese intervenido a pesar de que sabía de las mañas del lagarto.
"Por si fuera poco, ciertos reptiles han promovido una ley para que los demos no se enteren de actos delictivos. A través de una ley para la supuesta protección de jóvenes e infantes, se pretende censurar la acción informativa. Los reptil- delincuentes, especie cada vez más activa, frotan sus garras mientras reptan y agitan la lengua viperina. Ansío volver a Inglaterra y dejar este mundo salvaje".
A 179 años de la visita de Charles Darwin a Galápagos, México, el país real, aspira evolucionar, ser liderado por los mejores y tener, al fin, un Estado de Derecho donde la mayoría, gente de bien, se imponga a la político-delincuencia.
Dedicado a la memoria de los asesinados en Iguala, Guerrero.
El 15 de septiembre de 1835, con tan sólo 26 años (a esta edad muchos jóvenes mexicanos rompen vidrios en manifestaciones y sólo les interesa el origen de la nada; ¡cómo hemos evolucionado!), Darwin desembarcó del HMS Beagle para encontrar un paisaje cautivador y excitante, un territorio de criaturas tan exóticas como las tortugas gigantes o los piqueros de patas azules, un bosque tropical de muchos verdes o la ceniza textura de las piedras volcánicas, en cuyas grietas resbalan iguanas negras y se esconden cangrejos rojos, mientras la lava pétrea, suspendida para siempre, guarda respuestas para quien sabe buscarlas.
Qué hubiera escrito Darwin en su diario de viaje si llegara hoy a una ficticia isla llamada México, para analizar las especies de su sistema político.
"La evidencia recabada en este territorio es sugerente de que no hace mucho tiempo hubo saurios de gran tamaño, depredadores naturales que evolucionaron en reptiles de menor talla, pero mayor peligrosidad, criaturas rastreras de colores y hábitos definidos (rojo dominante, amarillo contrarrestador, azul moralino y verde oportunista), que luego de un cataclismo, seguramente a causa del impacto de un enorme cuerpo celeste, provocaron una esperanza en los llamados demos (seres mansos, no-reptiles), gozo temporal hoy en peligro de extinción debido a que los reptiles sobrevivientes, a pesar de conservar su color nato, manifiestan malignidad homóloga, bajo un halo de impunidad rampante.
"Se trata de un sistema donde hay un pacto entre especies. Los más numerosos, los demos, deben ser protegidos y guiados por los reptiles, que para ello son elegidos en algo que llaman democracia, una curiosa selección donde escogen ¡no al más apto!, sino al que sobrevive dentro del grupo de reptiles, luego de una cruenta batalla entre varios de ellos. Esta selección, que deberíamos llamar reptilcracia, me parece muy limitada y deficiente pues los demos, en su gran mayoría ignorantes, son manipulados para decidirse por el lagarto que más beneficia a los reptiles, no a los demos.
"¿Qué pasaría si los demos perdieran su mansedumbre, se sublevaran y decidieran que solamente los reptiles aptos pudieran ser elegidos para gobernar? Habría una democracia calificada. No cualquier reptil sería escogido para liderar y no cualquier demo tendría derecho a escoger (a menos que tenga los méritos para ello: no antecedentes penales, nivel educativo y estar al corriente del pago de tributos). De ser esto posible, la isla salvaje tendría notables avances en la calidad de vida de los demos.
"Los episodios de días pasados son perturbadores. Un reptil de la peor calaña, evolucionado con pequeños cambios, numerosos y sucesivos, ordenó el aniquilamiento de demos. Sorprende que el reptil, ahora prófugo, sea arropado por su grupo de ofidios y que el Órgano de Control Reptílico no hubiese intervenido a pesar de que sabía de las mañas del lagarto.
"Por si fuera poco, ciertos reptiles han promovido una ley para que los demos no se enteren de actos delictivos. A través de una ley para la supuesta protección de jóvenes e infantes, se pretende censurar la acción informativa. Los reptil- delincuentes, especie cada vez más activa, frotan sus garras mientras reptan y agitan la lengua viperina. Ansío volver a Inglaterra y dejar este mundo salvaje".
A 179 años de la visita de Charles Darwin a Galápagos, México, el país real, aspira evolucionar, ser liderado por los mejores y tener, al fin, un Estado de Derecho donde la mayoría, gente de bien, se imponga a la político-delincuencia.
Dedicado a la memoria de los asesinados en Iguala, Guerrero.
lunes, 6 de octubre de 2014
La mano del otro
Cuando niño, acompañé a mi madre a múltiples trámites, la mayoría ante instancias gubernamentales. A la distancia veo aquellas interminables horas como una especie de maestría en paciencia (no me explico cómo sobreviví sin un teléfono inteligente o una tableta digital con 300 juegos, hoy artículo de primerísima necesidad, un "estatequieto").
Mi pedestal de la tramitología sufrible se lo disputan varias memorias. Recuerdo una enorme oficina central del Registro Civil en la Ciudad de México, en la que mi mamá pasaba de ventanilla en ventanilla abriéndose paso ante una multitud obstinada en hacer el mismo trámite a la misma hora, o peor, tener la misma inicial de tu apellido. Conseguir un original del acta de nacimiento era comprobar que se puede sentir felicidad a pesar de un número de expediente.
Con esta impronta enfrenté un nuevo reto. Para renovar el pasaporte, la SRE no te cree que seas mexicano si tu pasaporte anterior fue expedido por ellos en el extranjero. De paso no le cree a su consulado. Todos los caminos me llevaron al mismo oscuro callejón: un acta de nacimiento original y reciente. Cuando hacía previsiones para ausentarme del mundo tres días, se me ocurrió ver si podía hacerlo por internet. Me llevé una grata sorpresa. Luego de varios botones y un depósito bancario, tres originales de mi acta llegaron por mensajería a mi casa. El Registro Civil del Distrito Federal me cuestionó: ¿al fin la efectividad y la modernidad eran parte de México?
Es automático: a todo optimismo le llega su realidad. La reforma laboral se propuso crear nuevos empleos, pero ¿cuántos orientados a la productividad y no a un exceso de mano de obra? Cuando piensas que todo se va automatizando, la mano de un mexicano te contradice. En ciertos restaurantes, hay un puesto de trabajo en el baño encargado de darte un papel para secarte las manos. En muchos estacionamientos (el del aeropuerto de Guadalajara se lleva las palmas) hay personal apostado junto a las máquinas automáticas (es un decir), individuos que toman tu boleto, lo introducen y presionan los botones necesarios. Aquí está la magia: el boleto sólo obedece al empleado, cuando tú lo introduces, la máquina te lo escupe (requiere de una previa e imperceptible curvatura). Las supersticiones lubrican al sistema.
En los filtros de seguridad de los principales aeropuertos del país hay una pantalla para distribuir el flujo de pasajeros hacia los distintos escáneres (entiendo que la aleatoriedad es parte de la seguridad), pero junto a esa pantalla donde aparece un número grande, hay una o dos personas que repiten el dígito visible, y a veces, cuando sale el "3", te dicen: "fila uno". Kafka aplaudiría.
Aquí la máquina es siempre sospechosa y nuestra automatización toma tintes surrealistas. Hay una venganza manifiesta, el triunfo del malinchismo: no importa que la tecnología haya sido diseñada en Alemania, en México no funciona. Munich 0, San Martín Yotelohago 2. Acceder al segundo piso del Periférico de la capital es atestiguar que para nosotros el mejor sistema automático es el manual. Un equipo de tres o cinco individuos fosforescentes manipulan con destreza admirable los conos y las barreras "automáticas"; en esos 10 metros cuadrados dirigen el flujo del universo, al menos el de ellos. Resulta inexplicable la extinción de los elevadoristas.
Sistemas que funcionan en otro país aquí nomás no jalan. Esta pequeña muestra de labores inútiles-necesarias es un fractal de la realidad: en otra escala hay muchos políticos haciendo cosas que no deberían hacer, pagando ayudantes en exceso, complicando procesos para vender su solución. En México, subsistencia aniquila ingeniería, sobreempleo mata proceso.
Peter Drucker decía que es muy distinto hacer la cosa correctamente, que hacer la cosa correcta. Como deporte nacional, hacemos lo primero, convertimos lo automático en manual. Salvo excepciones, la automatización es un territorio utópico, el sistema te lo recuerda: siempre necesitarás la mano del otro, aunque no agregue valor.
Mi pedestal de la tramitología sufrible se lo disputan varias memorias. Recuerdo una enorme oficina central del Registro Civil en la Ciudad de México, en la que mi mamá pasaba de ventanilla en ventanilla abriéndose paso ante una multitud obstinada en hacer el mismo trámite a la misma hora, o peor, tener la misma inicial de tu apellido. Conseguir un original del acta de nacimiento era comprobar que se puede sentir felicidad a pesar de un número de expediente.
Con esta impronta enfrenté un nuevo reto. Para renovar el pasaporte, la SRE no te cree que seas mexicano si tu pasaporte anterior fue expedido por ellos en el extranjero. De paso no le cree a su consulado. Todos los caminos me llevaron al mismo oscuro callejón: un acta de nacimiento original y reciente. Cuando hacía previsiones para ausentarme del mundo tres días, se me ocurrió ver si podía hacerlo por internet. Me llevé una grata sorpresa. Luego de varios botones y un depósito bancario, tres originales de mi acta llegaron por mensajería a mi casa. El Registro Civil del Distrito Federal me cuestionó: ¿al fin la efectividad y la modernidad eran parte de México?
Es automático: a todo optimismo le llega su realidad. La reforma laboral se propuso crear nuevos empleos, pero ¿cuántos orientados a la productividad y no a un exceso de mano de obra? Cuando piensas que todo se va automatizando, la mano de un mexicano te contradice. En ciertos restaurantes, hay un puesto de trabajo en el baño encargado de darte un papel para secarte las manos. En muchos estacionamientos (el del aeropuerto de Guadalajara se lleva las palmas) hay personal apostado junto a las máquinas automáticas (es un decir), individuos que toman tu boleto, lo introducen y presionan los botones necesarios. Aquí está la magia: el boleto sólo obedece al empleado, cuando tú lo introduces, la máquina te lo escupe (requiere de una previa e imperceptible curvatura). Las supersticiones lubrican al sistema.
En los filtros de seguridad de los principales aeropuertos del país hay una pantalla para distribuir el flujo de pasajeros hacia los distintos escáneres (entiendo que la aleatoriedad es parte de la seguridad), pero junto a esa pantalla donde aparece un número grande, hay una o dos personas que repiten el dígito visible, y a veces, cuando sale el "3", te dicen: "fila uno". Kafka aplaudiría.
Aquí la máquina es siempre sospechosa y nuestra automatización toma tintes surrealistas. Hay una venganza manifiesta, el triunfo del malinchismo: no importa que la tecnología haya sido diseñada en Alemania, en México no funciona. Munich 0, San Martín Yotelohago 2. Acceder al segundo piso del Periférico de la capital es atestiguar que para nosotros el mejor sistema automático es el manual. Un equipo de tres o cinco individuos fosforescentes manipulan con destreza admirable los conos y las barreras "automáticas"; en esos 10 metros cuadrados dirigen el flujo del universo, al menos el de ellos. Resulta inexplicable la extinción de los elevadoristas.
Sistemas que funcionan en otro país aquí nomás no jalan. Esta pequeña muestra de labores inútiles-necesarias es un fractal de la realidad: en otra escala hay muchos políticos haciendo cosas que no deberían hacer, pagando ayudantes en exceso, complicando procesos para vender su solución. En México, subsistencia aniquila ingeniería, sobreempleo mata proceso.
Peter Drucker decía que es muy distinto hacer la cosa correctamente, que hacer la cosa correcta. Como deporte nacional, hacemos lo primero, convertimos lo automático en manual. Salvo excepciones, la automatización es un territorio utópico, el sistema te lo recuerda: siempre necesitarás la mano del otro, aunque no agregue valor.
domingo, 28 de septiembre de 2014
Por la libre
Me hubiera encantado ver Cantinflas en compañía de Joseph Campbell, el erudito, mitólogo, profesor de época, escritor, estudioso de símbolos universales y de religión comparada; un hombre que vio la vida como aventura, el tipo que -según refiere Bill Moyers- dijo "al diablo con todo eso" a su tutor universitario cuando le aconsejó seguir un programa académico. Campbell renunció así a su doctorado y prefirió retirarse a leer de antropología, biología, filosofía, arte, historia y religión.
En una escena memorable de la película, Cantinflas responde a Shilinsky, luego de que éste reventara en el ensayo por la locuacidad de aquél: "Tú memorizas los textos, y yo no, yo improviso y tú no..."; la capacidad de Mario Moreno de "mandar todo al diablo" para seguir su intuición, me recordó a Steve Jobs que abandona la universidad y sin embargo sigue una preparación paralela, asiste a la cátedra de tipografía, formación estilística que años después germinaría en el diseño que pudo imprimir en Apple.
Ni Cantinflas, ni Campbell, ni Jobs son los únicos que se han ido "por la libre", ese camino de formación alternativa. Hablé con Óscar Jaenada, el catalán que personifica magistralmente a Cantinflas y a Mario Moreno, un trabajo que refleja aquellas palabras del segundo: "ahí les dejo a Cantinflas para que lo interprete el mejor actor". La profecía se cumplió. Dato curioso: Jaenada también dejó los estudios (más no dejó de aprender) para formarse actoralmente en el terreno de la vida.
Carente de preparación técnica, recurre a una enorme capacidad histriónica donde tuvo que ponerse dos personajes encima, el encriptado (¿cuál era su relación con Cantinflas?) Mario Moreno, y el personaje célebre. El actor asimiló perceptibles brincos pugilísticos, sutiles cabeceos, sonidos guturales, frases icónicas, pero sobre todo el acento. Sin saberlo, Jaenada se preparó desde hace muchos años para este papel; de joven llegó a Madrid y le decían "eres catalán", se propuso borrar ese acento y tomar el madrileño, se hizo de una asombrosa capacidad de meterse en otra cultura.
En la música, particularmente en el Jazz, la improvisación viene de forma natural. La posibilidad de la creación espontánea, ese chispazo de genialidad, estuvo presente en Bach, Mozart, Beethoven, Mendelssohn, Chopin. Ése es el dilema, la lucha entre ceñirse a una partitura o tocar una nota inexistente en el papel, pero que nace para el oído. Las universidades deberían tener una cátedra de improvisación.
En Ahí está el detalle, Monsiváis dice que Cantinflas es el representante mágico del relajo. ¿No acaso la improvisación es la esencia del relajo?, el triunfo de Cantinflas es el triunfo de la improvisación sobre el guión. El filósofo mexicano Jorge Portilla, tratando de definir el carácter del mexicano, llega a la conclusión que "la significación o sentido del relajo es suspender la seriedad" y que no se puede entender la cultura en México sin entender el relajo. De ahí que Cantinflas tenga mucho de mexicano y los mexicanos mucho de Cantinflas.
Volviendo a Campbell, disfrutaba La Guerra de las Galaxias, particularmente la escena donde Luke Skywalker, usa la "fuerza", deja a un lado la tecnología, conecta con su intuición e improvisa, decía que era un nuevo impulso al mito del héroe. Cuando le preguntaron a qué se refería, dijo "A lo que ya Goethe dijo en el Fausto, y que (George) Lucas ha plasmado en un lenguaje moderno: la advertencia de que la tecnología no nos salvará. Nuestras computadoras, nuestras herramientas, nuestras máquinas no son suficientes. Hemos de apoyarnos en nuestra intuición, en nuestro ser más genuino".
Improvisar no es la respuesta espontánea ante la falta de preparación, es (parafraseando a Carlos Fuentes sobre el desembarco de Colón en América) el triunfo de la hipótesis sobre los hechos, el improvisador ve un camino paralelo, dudoso y subversivo para muchos, en el que conecta con su intuición y va solo, por la libre, esa senda donde termina el loco y nace el genio.
En una escena memorable de la película, Cantinflas responde a Shilinsky, luego de que éste reventara en el ensayo por la locuacidad de aquél: "Tú memorizas los textos, y yo no, yo improviso y tú no..."; la capacidad de Mario Moreno de "mandar todo al diablo" para seguir su intuición, me recordó a Steve Jobs que abandona la universidad y sin embargo sigue una preparación paralela, asiste a la cátedra de tipografía, formación estilística que años después germinaría en el diseño que pudo imprimir en Apple.
Ni Cantinflas, ni Campbell, ni Jobs son los únicos que se han ido "por la libre", ese camino de formación alternativa. Hablé con Óscar Jaenada, el catalán que personifica magistralmente a Cantinflas y a Mario Moreno, un trabajo que refleja aquellas palabras del segundo: "ahí les dejo a Cantinflas para que lo interprete el mejor actor". La profecía se cumplió. Dato curioso: Jaenada también dejó los estudios (más no dejó de aprender) para formarse actoralmente en el terreno de la vida.
Carente de preparación técnica, recurre a una enorme capacidad histriónica donde tuvo que ponerse dos personajes encima, el encriptado (¿cuál era su relación con Cantinflas?) Mario Moreno, y el personaje célebre. El actor asimiló perceptibles brincos pugilísticos, sutiles cabeceos, sonidos guturales, frases icónicas, pero sobre todo el acento. Sin saberlo, Jaenada se preparó desde hace muchos años para este papel; de joven llegó a Madrid y le decían "eres catalán", se propuso borrar ese acento y tomar el madrileño, se hizo de una asombrosa capacidad de meterse en otra cultura.
En la música, particularmente en el Jazz, la improvisación viene de forma natural. La posibilidad de la creación espontánea, ese chispazo de genialidad, estuvo presente en Bach, Mozart, Beethoven, Mendelssohn, Chopin. Ése es el dilema, la lucha entre ceñirse a una partitura o tocar una nota inexistente en el papel, pero que nace para el oído. Las universidades deberían tener una cátedra de improvisación.
En Ahí está el detalle, Monsiváis dice que Cantinflas es el representante mágico del relajo. ¿No acaso la improvisación es la esencia del relajo?, el triunfo de Cantinflas es el triunfo de la improvisación sobre el guión. El filósofo mexicano Jorge Portilla, tratando de definir el carácter del mexicano, llega a la conclusión que "la significación o sentido del relajo es suspender la seriedad" y que no se puede entender la cultura en México sin entender el relajo. De ahí que Cantinflas tenga mucho de mexicano y los mexicanos mucho de Cantinflas.
Volviendo a Campbell, disfrutaba La Guerra de las Galaxias, particularmente la escena donde Luke Skywalker, usa la "fuerza", deja a un lado la tecnología, conecta con su intuición e improvisa, decía que era un nuevo impulso al mito del héroe. Cuando le preguntaron a qué se refería, dijo "A lo que ya Goethe dijo en el Fausto, y que (George) Lucas ha plasmado en un lenguaje moderno: la advertencia de que la tecnología no nos salvará. Nuestras computadoras, nuestras herramientas, nuestras máquinas no son suficientes. Hemos de apoyarnos en nuestra intuición, en nuestro ser más genuino".
Improvisar no es la respuesta espontánea ante la falta de preparación, es (parafraseando a Carlos Fuentes sobre el desembarco de Colón en América) el triunfo de la hipótesis sobre los hechos, el improvisador ve un camino paralelo, dudoso y subversivo para muchos, en el que conecta con su intuición y va solo, por la libre, esa senda donde termina el loco y nace el genio.
domingo, 21 de septiembre de 2014
Odile, Eladio y Foucault
Supongamos que se llama Eladio. Supongamos que pasó una noche en una pequeña bodega con su familia, resguardado de vientos que, a más de 200 kph, arrancaron postes de la red eléctrica, voltearon autos, destrozaron ventanas, muebles, plafones; ahogaron caminos, torcieron metales, sembrando la destrucción y astillando el alma de un lugar llamado Los Cabos.
Al día siguiente Eladio empuja con dificultad un carrito de supermercado atiborrado de mercancía por una calle que parece un río, el cauce del agua, a las rodillas, amenaza con hacerle perder el equilibrio y, lo peor, llevarse la pantalla de televisión que corona la rapiña y eleva aquel rectángulo de plasma por encima del agua potable y medicinas; total, diría Eladio, Odile se llevó todo, pero nos trajo tele nueva.
Como Eladio, miles de personas pasaron de la sorpresa al miedo y luego a los saqueos, demostrando que la fragilidad humana, al menos en esta zona de Baja California, no aguanta un huracán categoría 3, pero tampoco la pobrísima cultura de prevención y la lentitud de las autoridades para actuar.
Michel Foucault diría “se los dije”. El filósofo francés argumentó que la ciudad moderna, incluso el Estado actual, son meras ilusiones, espejismo que se sostiene de una delicada red de alfileres, mecanismos de control que operan cotidianamente: la policía, los semáforos, la disciplina en la fila de la escuela, las cámaras de vigilancia, el orden peatonal en un crucero, el intercambio recíproco del mercado, la previsible rutina del trabajo, en fin, de todo aquello que compacta lo que llamamos orden normal de las cosas, la vida homogénea.
Cuando se fractura este orden y se alteran o interrumpen los mecanismos de control y la ciudad ya no funciona como ciudad, y el Estado no es Estado y no cumple su función esencial: proteger a sus habitantes, la realidad se desvanece y emerge un territorio salvaje donde impera una lucha por la sobrevivencia en el que las personas tratan de establecer su propio orden (desde saquear una tienda hasta poner barricadas de protección vecinal). La voz de la manada impera sobre el individuo, los actos colectivos moldean la percepción (y ésta, la realidad), generando caos y conductas que se autojustifican.
Una vez derrumbado el orden social, ciudad y selva son lo mismo, a menos que haya señales de contrapeso que normen el flujo de la tribu, que detengan la estampida, que provoquen nuevas percepciones. Es aquí donde me parece que las autoridades, incluso empresas y población civil, fallaron. La tecnología hace de la predicción de huracanes casi una ciencia exacta, la tarea de las autoridades es estar preparadas para lo peor, no para lo mejor.
Tengo amigos que el mismo domingo que pegó Odile, horas antes abordaron un avión hacia Los Cabos. El personal de la aerolínea dijo que no había riesgo. Ahora la empresa dice que nunca tuvo un aviso, de autoridad competente, que detuviera la llegada de cientos de pasajeros al desastre (mis amigos tuvieron dos intentos de aterrizaje por los fuertes vientos).
Ni el gobierno local ni el federal previeron para lo peor, fueron reaccionarios cuando tenían que haber sido previsores, con campañas que orientan el comportamiento (como simulacros de sismo), con información previa que tranquilice (ante el miedo de la escasez de agua y alimentos, surge la agresividad primal): “tenemos abasto de agua y víveres, eviten tal cosa”. Odile rebasó la naturaleza humana y puso en evidencia la frágil estructura de protección gubernamental que tenemos.
Cuando se restablezca la energía eléctrica, Eladio colgará su nueva pantalla de plasma. Quizá no tenga su mismo trabajo, quizá su calle siga en ruinas y la economía cuesta arriba, pero cuando encienda su televisión, en ese momento, sentirá que las cosas han vuelto a la normalidad. Él no sabrá nunca de Foucault ni de prevención, pero en su realidad será feliz de ser un hijo más del sistema (cultura) que, en vez de llevarlo a una universidad y enseñarle ética, lo lleva a la ilusión del Canal de las Estrellas.
Al día siguiente Eladio empuja con dificultad un carrito de supermercado atiborrado de mercancía por una calle que parece un río, el cauce del agua, a las rodillas, amenaza con hacerle perder el equilibrio y, lo peor, llevarse la pantalla de televisión que corona la rapiña y eleva aquel rectángulo de plasma por encima del agua potable y medicinas; total, diría Eladio, Odile se llevó todo, pero nos trajo tele nueva.
Como Eladio, miles de personas pasaron de la sorpresa al miedo y luego a los saqueos, demostrando que la fragilidad humana, al menos en esta zona de Baja California, no aguanta un huracán categoría 3, pero tampoco la pobrísima cultura de prevención y la lentitud de las autoridades para actuar.
Michel Foucault diría “se los dije”. El filósofo francés argumentó que la ciudad moderna, incluso el Estado actual, son meras ilusiones, espejismo que se sostiene de una delicada red de alfileres, mecanismos de control que operan cotidianamente: la policía, los semáforos, la disciplina en la fila de la escuela, las cámaras de vigilancia, el orden peatonal en un crucero, el intercambio recíproco del mercado, la previsible rutina del trabajo, en fin, de todo aquello que compacta lo que llamamos orden normal de las cosas, la vida homogénea.
Cuando se fractura este orden y se alteran o interrumpen los mecanismos de control y la ciudad ya no funciona como ciudad, y el Estado no es Estado y no cumple su función esencial: proteger a sus habitantes, la realidad se desvanece y emerge un territorio salvaje donde impera una lucha por la sobrevivencia en el que las personas tratan de establecer su propio orden (desde saquear una tienda hasta poner barricadas de protección vecinal). La voz de la manada impera sobre el individuo, los actos colectivos moldean la percepción (y ésta, la realidad), generando caos y conductas que se autojustifican.
Una vez derrumbado el orden social, ciudad y selva son lo mismo, a menos que haya señales de contrapeso que normen el flujo de la tribu, que detengan la estampida, que provoquen nuevas percepciones. Es aquí donde me parece que las autoridades, incluso empresas y población civil, fallaron. La tecnología hace de la predicción de huracanes casi una ciencia exacta, la tarea de las autoridades es estar preparadas para lo peor, no para lo mejor.
Tengo amigos que el mismo domingo que pegó Odile, horas antes abordaron un avión hacia Los Cabos. El personal de la aerolínea dijo que no había riesgo. Ahora la empresa dice que nunca tuvo un aviso, de autoridad competente, que detuviera la llegada de cientos de pasajeros al desastre (mis amigos tuvieron dos intentos de aterrizaje por los fuertes vientos).
Ni el gobierno local ni el federal previeron para lo peor, fueron reaccionarios cuando tenían que haber sido previsores, con campañas que orientan el comportamiento (como simulacros de sismo), con información previa que tranquilice (ante el miedo de la escasez de agua y alimentos, surge la agresividad primal): “tenemos abasto de agua y víveres, eviten tal cosa”. Odile rebasó la naturaleza humana y puso en evidencia la frágil estructura de protección gubernamental que tenemos.
Cuando se restablezca la energía eléctrica, Eladio colgará su nueva pantalla de plasma. Quizá no tenga su mismo trabajo, quizá su calle siga en ruinas y la economía cuesta arriba, pero cuando encienda su televisión, en ese momento, sentirá que las cosas han vuelto a la normalidad. Él no sabrá nunca de Foucault ni de prevención, pero en su realidad será feliz de ser un hijo más del sistema (cultura) que, en vez de llevarlo a una universidad y enseñarle ética, lo lleva a la ilusión del Canal de las Estrellas.
domingo, 14 de septiembre de 2014
Genoma del político mexicano
De mi compendio de preguntas ociosas: ¿qué motiva a una persona para convertirse en político? Supongo que les gusta serlo. Quienes se dedican a un trabajo que les gusta sienten una pasión desbordante. Bach hipotecó su vista escribiendo música en la penumbra cadenciosa de una vela; Picasso pintaba en tablas de desecho de los embarcaderos.
La pasión es un motivador fuera de borda. El escritor no puede vivir sin escribir, el pintor sin pintar. Marie Curie pasó horas en su laboratorio, trabajó gratuitamente, amaba profundamente su labor, fue la primera persona en recibir dos Premios Nobel en distintas categorías, difícilmente pudo haber logrado esto sin la tremenda pasión por lo que hacía.
La pasión es un motivador fuera de borda. El escritor no puede vivir sin escribir, el pintor sin pintar. Marie Curie pasó horas en su laboratorio, trabajó gratuitamente, amaba profundamente su labor, fue la primera persona en recibir dos Premios Nobel en distintas categorías, difícilmente pudo haber logrado esto sin la tremenda pasión por lo que hacía.
Saco otra pregunta: ¿dónde está la pasión de un político?, ¿en lograr qué?
En su génesis, el candidato amolda su discurso al interés del votante, argumenta frases rimbombantes y repite, ad nauseam, que desea servir, adereza su arenga con frases torneadas en un manipulómetro, hace diagnósticos donde hay culpables sin nombre y apellido (mucho menos castigo), profetiza cambios, vende esperanzas. La ideología es una capa camaleónica, escalera multicolor. Ya en el poder, el individuo se descubre, aflora un ser con intereses distintos, se sabe que su pasión no fue servir, entregarse; sobreviene la desilusión, y la nación se lo demanda y luego no pasa nada. Así, las campañas políticas son una fiesta de disfraces, una mascarada, juego de simulaciones, pero ¿en aras de qué?
En su génesis, el candidato amolda su discurso al interés del votante, argumenta frases rimbombantes y repite, ad nauseam, que desea servir, adereza su arenga con frases torneadas en un manipulómetro, hace diagnósticos donde hay culpables sin nombre y apellido (mucho menos castigo), profetiza cambios, vende esperanzas. La ideología es una capa camaleónica, escalera multicolor. Ya en el poder, el individuo se descubre, aflora un ser con intereses distintos, se sabe que su pasión no fue servir, entregarse; sobreviene la desilusión, y la nación se lo demanda y luego no pasa nada. Así, las campañas políticas son una fiesta de disfraces, una mascarada, juego de simulaciones, pero ¿en aras de qué?
La oruga se hace mariposa. El político se hace rico. Ha sido notorio que ser político conduce a tener riqueza y poder. No quiero ser malpensado, pero ¿sería posible que la verdadera motivación de muchos políticos sea hacerse ricos? Si esta descabellada idea fuera cierta, explicaría por qué dentro de esa aristocracia hay venta de candidaturas y otras prebendas, como los moches; después de todo, un puesto político sería visto como un centro de utilidades, no de servicio; sería lógico pensar que, para hacerlo rentable, el político deba pagar una hipoteca envenenada, el entramado pacto que hizo posible su encumbramiento.
"Que el poder sirva a la gente", otrora lema de campaña presidencial labastidista, diagnostica con brillante precisión una necesidad tan grande como el sarcasmo que encierra. Generalmente, la pasión del político no es servir sino servirse, y para ello ha de simular, entrar en un juego de espejos donde, por un lado, da poco y, por otro, toma mucho.
El político no parece sentir la hipoteca social. Según este concepto, todos quienes tenemos algún privilegio y somos dueños de algo (inmueble, estudios, servicios de salud, viajes, visión, etcétera), estamos obligados a trabajar por aquellos que no lo tienen, o tienen menos, con objeto de hacer una mejor sociedad, donde la riqueza sea mejor repartida. Me pregunto: ¿a cuántos políticos les motiva la hipoteca social? Tal parece que el trabajo del político no es cerrar la brecha sino mantenerla, administrarla, esquilmarla.
El político no parece sentir la hipoteca social. Según este concepto, todos quienes tenemos algún privilegio y somos dueños de algo (inmueble, estudios, servicios de salud, viajes, visión, etcétera), estamos obligados a trabajar por aquellos que no lo tienen, o tienen menos, con objeto de hacer una mejor sociedad, donde la riqueza sea mejor repartida. Me pregunto: ¿a cuántos políticos les motiva la hipoteca social? Tal parece que el trabajo del político no es cerrar la brecha sino mantenerla, administrarla, esquilmarla.
La niñez y la juventud en México tienen incentivos torcidos para enrolarse en las filas del crimen. Los modelos a seguir consiguen fama, dinero, poder; rara vez son castigados. Esa misma estructura de motivadores opera bajo otra escenografía: el teatro político. Llegar para tomar (no para dar) es una instrucción dentro del genoma del ser político mexicano. Las excepciones se vuelven enemigos del sistema, nada es más peligroso que un virus de honestidad, una vacuna contra la impunidad o poner primero al ciudadano.
Si un político acepta que su pasión es servir a la gente, debería ser capaz de trabajar sin sueldo. Hacer realidad su pasión sería su mejor remuneración. Como difícilmente se come y se mantiene una familia con aplausos, está bien que cobren un salario. Sin embargo, parece que la nómina es meramente la constancia oficial de pertenencia a la ubre presupuestal, el ejercicio del poder guarda otras fuentes de ingresos, y pensando mal, sólo pensando mal, me temo que ahí reside la gran motivación del estereotipo de un político mexicano.
Si un político acepta que su pasión es servir a la gente, debería ser capaz de trabajar sin sueldo. Hacer realidad su pasión sería su mejor remuneración. Como difícilmente se come y se mantiene una familia con aplausos, está bien que cobren un salario. Sin embargo, parece que la nómina es meramente la constancia oficial de pertenencia a la ubre presupuestal, el ejercicio del poder guarda otras fuentes de ingresos, y pensando mal, sólo pensando mal, me temo que ahí reside la gran motivación del estereotipo de un político mexicano.
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