Translate

lunes, 17 de noviembre de 2014

Columnas de arena

El presidente Peña gusta de repetir la expresión "el Estado mexicano", para dar cuerpo y fuerza a su mensaje. Su retórica evoca a una figura espectral. Al escucharlo, imagino a un niño orgulloso de su castillo de arena diciendo: "estas columnas sostienen todo" (más que ser motivo de escarnio, debería tenernos muy preocupados). Hace tiempo cuestioné: ¿tenemos realmente un Estado?, y cité al filósofo alemán Max Weber, para quien un Estado es aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio, reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima, y precisa que para existir requiere que se conserve este monopolio.

El único monopolio que le haría bien al país, no existe. El gobierno ha perdido el monopolio del uso legítimo de la fuerza, se ha replegado, cedido el territorio, ha dejado de aplicar la ley. Por omisión, ha vulnerado al Estado, esa fuerza que somete y regula a los integrantes de un sistema social en aras de un fin común. Actualmente esos actores están sueltos, obteniendo ganancias individuales contrarias al interés social. Desde lo más pequeño hasta lo más grande, se cumple la sentencia "A río revuelto...".

Entro en el baño público de una carretera y tengo que pagar 2 pesos a un "encargado" que se ha adueñado de un elemento estratégico: el papel de baño. Me quiero estacionar en una calle cualquiera y alguien ha bloqueado el espacio para que le pague (cerca de mi oficina un franelero acuchilló a otro, se disputaban el territorio).

El crimen (organizado o no) paga por ocupar plazas, se pelea a muerte con otras bandas para ver quién domina el territorio. En la misma tesitura, con otros actores, quedan las licitaciones dudosas, como la recién frustrada del tren Querétaro-Ciudad de México, donde el secretario Ruiz quedó en una posición tan vulnerable que su permanencia en la SCT no ayuda a la construcción de un Estado.

En la joya del barroco mexicano, templo de Santa María Tonantzintla, una familia cobra la entrada al baño, vende fotografías y vigila que no tomemos fotos, "por seguridad", dicen, ya que "sacar fotos anuncia los tesoros y luego hay robos". Entonces, ¿para qué venden las fotos? Me explica el encargado que el dinero es para mantener el templo. Le digo que quiero cooperar para el templo a cambio de que me deje usar mi cámara. Me pide que entremos a la iglesia (había una cámara en la puerta, no quería ser grabado) y debajo de un imponente sotacoro, donde angelitos regordetes rodean a la Virgen de Guadalupe, me dice sigiloso una elevada cuota. Le digo que no, pero que quiero un guía. Su hija es la guía. ¡Barroco negocio!

A diferentes niveles hay una guerra por la ocupación del bien público, lucha que mina al Estado. Son pequeñas y grandes batallas diarias que están sangrando, mordiendo al país. La "mordida" es quitarte, arrancarte un pedazo de lo tuyo. Hay un acecho a todo aquello susceptible de morderse. ¿Quieres que tu municipio reciba fondos federales? ¡Móchate!

La indignación alrededor de la "casa blanca" de los Peña Rivera tiene de fondo la misma estructura: la ocupación territorial con dudas de por medio, dudas que minan la figura presidencial (y por ende al Estado), dudas que parecen más grandes entre más explicaciones oficiales se dan. Aunque se demuestre que es legal que el mandatario viva en la "casa blanca", es otra la pregunta de fondo: ¿es correcto que el Presidente viva en la casa de un contratista muy activo en su gobierno? ¿Es bueno para su patrimonio que sea de su esposa?, sin duda. ¿Es bueno para el país?, no. Otra vez, la ganancia individual frente al interés común.

Que se dañen (ocupen) bienes públicos como Palacio Nacional, que se zangolotee y golpee a policías (símbolos públicos) y el delito quede impune, suma a la inexistencia de un Estado. El Presidente regresó de un viaje, no tarda en mencionar "el Estado mexicano". Nos conviene que reconstruya al Estado y que se dé cuenta que las columnas de arena sirven para sostener castillos de arena, pero no duran.


lunes, 10 de noviembre de 2014

"No soy mi padre"

PUEBLA.- No todos los días tengo la oportunidad de hablar con el hijo de un terrorista. La historia de Zak Ebrahim debería ser lectura obligada en las escuelas de México, desde primaria hasta universidad y, ¿por qué no?, debería ser repetida en las Cámaras de Senadores y Diputados, en las convenciones de los partidos políticos, en las oficinas de Gobierno, en las empresas, en los templos de las distintas religiones, en los juzgados y hasta en los clubes deportivos.

Zak es hijo de un fanático musulmán, El Sayyid Nosair, seguidor de Osama Bin Laden que nació en Egipto y luego se hizo ciudadano norteamericano. Dice Zak que cuando él tenía 7 años, su papá asesinó al rabino ultraortodoxo Meir Kahane. Tres años después, en 1993, desde la prisión, participó intelectualmente en un ataque con 680 kilos de explosivos al World Trade Center; mató a seis personas e hirió a mil. Otros ataques fueron desactivados por el FBI.

Fiel a sus convicciones extremas, El Sayyid Nosair inculcó en su hijo de 7 años las creencias radicales, el odio por los infieles (todos los que no vivieran como ellos), y lo inició en las armas, preámbulo a una potencial carrera de asesinatos y violencia. La insólita puntería del niño en los campos de tiro despertó alabanzas y orgullo entre los amigos del padre: "Ibn abuh" (de tal padre, tal hijo), la semilla de la destrucción estaba sembrada.

El alto nivel de descomposición social y brutal violencia que tenemos en México se evidencia en que cada vez más personas participan en actividades ilegales, vemos a familias enteras dedicadas al delito en toda su gama, narcotráfico, narcomenudeo, robos y asaltos, secuestros, piratería, y ahora, faltaba más, algunos desde la política y otras posiciones de autoridad que deberían ser bastiones para combatir la delincuencia. Es un problema social.

¿Existe la herencia del comportamiento? Así como hay historias de orgullo donde del eminente médico o abogado surge un vástago igual o más capaz que continúa la tradición, así en la delincuencia se hereda el negocio ilícito. Aunque no es una regla, hay indicios que de padre robacoches, hijo robacoches, de papá vendedor de piratería, hijo pirata. Heredar el negocio supone continuar un modus operandi para seguir obteniendo una ventaja.

A los 19 años la vida de Zak le pesaba demasiado. Estaba harto de cambiar de residencia frecuentemente para encubrir la realidad de la familia, cansado de esconder su identidad y de ser objeto de bullying por su obesidad y timidez, lleno de prejuicios sociales. Un día se dio cuenta que su mejor amigo era judío y tiempo después, trabajando en un parque de diversiones en Florida, trató a todo tipo de personas y terminó de convencerse que la realidad era muy distinta a los estereotipos raciales y religiosos que le habían inculcado. Al ser víctima de discriminación, se solidarizó con los ofendidos.

Hablé con Zak aprovechando su participación en La Ciudad de las Ideas. Su libro y ponencia El hijo del terrorista, una historia sobre elección, despertó conciencias y admiración. De voz serena que inspira una profunda calma, me repitió las palabras de su madre cuando le expuso que no quería ser como su padre, palabras que le calaron hondo: "Estoy harta de odiar a la gente". Hoy Zak es un pacifista cuyo testimonio es contundente, la violencia no se hereda, y termina su participación con una de las frases más fuertes que yo haya escuchado, palabras conmovedoras, lapidarias: "No soy mi padre".

Zak escogió no odiar, escogió ver por sí mismo, tener una posición autocrítica, entender a los otros y a lo otro, saber que sin distinción de credos y razas los fines ulteriores de la vida son los mismos. Zak escogió respetar la vida, liberarse, cambiar su historia y la de muchos más, retó su propio destino. Entendió que delinquir es una decisión personal y sepultó aquel "Ibn abuh", presagio de más sangre y dolor en el mundo.

Los hijos de delincuentes en México deberían tener el valor de elegir para alguna vez decir "No soy mi padre".

lunes, 3 de noviembre de 2014

Altar de vivos

En mi altar de vivos literarios he decidido poner a Ernesto Sabato. Como si hubiera visto el futuro de México o nos mandara un mensaje del más allá, el extinto escritor escribió un libro genial donde afirma “Estamos a tiempo de revertir el abandono y esta masacre”. Por supuesto que el argentino no se refiere a ninguna de las atrocidades que recientemente padecemos. La suya es una reflexión sobre la condición del hombre contemporáneo en donde lo llama a ofrecer una resistencia para contrarrestar la tragedia que supone que el hombre pierda el diálogo con los demás y el reconocimiento del mundo que lo rodea.

Editado en el año 2000, La Resistencia cobra vigencia de la misma forma que hoy descargamos una actualización de la red. Lejos de ver la invasión de celulares inteligentes y familias de tabletas digitales, que son parte inescapable de la vida moderna, Sabato dirigía sus baterías contra el ataque invasivo de la pantalla televisiva y su “efecto entre mágico y maléfico” producto, especula el creador de El Tunel, del exceso de luz que nos captura, de la misma forma que un farol nocturno convoca moscardones y sabandijas aladas.

Ajeno a las pantallas de alta definición (ahora de bolsillo), Sabato leyó el futuro: “Muchas veces me ha sorprendido cómo vemos mejor los paisajes en las películas que en la realidad”, y hace un llamado apremiante por reconocer los “espacios de encuentro”, ese contacto con la realidad, dado que “al ser humano se le están cerrando los sentidos”.

Me parece que la verdadera luminosidad no está en las pantallas sino en la reivindicación de la presencia de lo humano, “el pequeño lugar”, la charla de sobremesa, la felicitación de cumpleaños que se da de viva voz o, mejor aún, con la calidez de un abrazo, un paseo matinal, ver llover, en fin, más humanidad que nos devuelva una realidad desaparecida.

También he puesto a Juan Villoro en mi altar de vivos. Esta semana tuve el placer de escucharlo hablar sobre “la desaparición de la realidad”, una profunda reflexión donde, entre otros ángulos, nos dice que hay pocas cosas tan misteriosas como lo cotidiano, y hace una exhortación para recuperar lo común, la novedad de lo diario, de cara a una vida virtual, de presencias espectrales, que cada vez parece abarcarlo todo.  Me quedo con su pregunta: ¿Dónde queda la experiencia sensible?

Por alguna circunstancia me atraen los relojes antiguos. Sabiendo mi lado arqueológico, mi esposa (lo he contado ya) me regaló un viejo reloj de cuerda con el que cada noche disfruto girar la corona, escuchar su marcha y el recorrido de los engranes que no veo, pero siento en las yemas de mis dedos, un recordatorio de vivir ese “pequeño lugar” cargado de humanidad. Mi reloj, más que un instrumento para medir el tiempo, es un símbolo de mi propia resistencia, de mi afán por recuperar la realidad desaparecida ante el embate de correos electrónicos, tuits y otras invasiones de las pantallas digitales.

Aunque mecánico, mi reloj tiene mucho de humano. Obra de un ensamble profundamente manual y paciente, ajeno a cualquier batería de litio, pero eso sí, armado de puentes, tijas, barriletes, rochetes y trinquetes (palabras extintas de los modernos mecanismos de cuarzo), noté que cada día se retrasaba, acaso agotado por los años, un par de minutos. El relojero que lo destapó no pudo contener la emoción, como el mecánico que levanta el cofre ante un auto clásico que tal vez sólo había visto en algún catálogo. Mi reloj carece de marca y por dentro ostenta una realidad que sólo aprecian quienes saben de la minuciosidad con la que se mueven los detalles humanos de la vida. Luego de un milimétrico ajuste, el relojero lo cerró. Cuando me lo entregó, su recomendación fue terapéutica: “no le pida mucho”.


Así está mi altar de vivos, con dos grandes escritores, un llamado a resistir y rescatar la realidad perdida, y por supuesto, con mi viejo reloj (que ya no se retrasa). Entre Sabato y Villoro el tiempo adquiere una consigna manual: a la realidad hay que darle cuerda.

domingo, 26 de octubre de 2014

Soy tu primera corrupción

¿Cuántas mentiras aguanta un país?, no tengo la respuesta. Los mexicanos aguantamos muchas, es más, no solamente las aguantamos, también las creamos; mentir llega a ser una forma de navegar en nuestro sistema cultural, a veces como fórmula de cordialidad, donde un "nos hablamos" es el limbo donde no hay culpables; a veces para conseguir una ventaja en segunda fila: "permítame estacionarme aquí, no tardo nadita" (en México todo diminutivo es sospechoso).

¿Qué tal si sustituimos la palabra mentira, por la palabra corrupción? Las mentiras y la corrupción acortan camino, son atajos que favorecen al abusivo en perjuicio de los demás y en beneficio de un tercero. En el fondo, una mentira corrompe el sistema. El hijo que reiteradamente miente en la familia, el empleado que roba "un poquito", son actos corrosivos. El vendedor de una empresa que da una "gratificación" para quedarse con un contrato, el comprador que la recibe, simulan, engañan, son mentirosos, son corruptos.

En México, al menos en discurso, estamos hartos de la corrupción, deberíamos entonces estar hartos de la mentira, de la transa y del fraude, que son lo mismo. Tenemos estadísticas sobre la edad en la que se inicia el consumo del alcohol, drogas, vida sexual, pero no he visto datos sobre la edad en la que se comienza a mentir.

"Robi dijo la primera mentira a los 7 años", inicia así Mentiralandia, de Etgar Keret, donde narra la historia de un niño que creció diciendo incontables mentiras. En la primera, fingió haber sido asaltado para quedarse con el dinero que su madre le había dado para comprar cigarrillos, se compró un helado y escondió el cambio debajo de una piedra en el traspatio. Siendo ya un adulto, por azares de la ficción, su madre muerta le pide un chicle y le dice que lo compre con el dinero que está debajo de la piedra. Robi Elgrabli inicia una travesía donde se le van apareciendo personajes de las mentiras que ha dicho en su vida.

"Soy tu primera mentira", le dice el chico pelirrojo que supuestamente lo había asaltado. Está el perro que había atropellado en otra mentira, un anciano manco que era mentira de otra persona, todos estaban ahí, mentiras que regresaban a su vida, como la piedra lanzada al aire que avanza sin obstáculo, hasta llegar a un punto decisivo donde ha perdido aceleración y comienza el descenso. Cada personaje espetaba a Robi: "soy tu mentira".

Una sociedad donde mentir es fácil (por la altísima impunidad) alienta la corrupción. La única forma de hacer que alguien no sea corrupto es que no quiera serlo. De ahí la importancia de recuperar la ética en la educación y practicarla en todo ámbito.

Siguiendo la analogía del escritor israelí, un comprador de vías de tren ligero será encarado por huérfanos: "Compraste material no apto, pero te dieron moche, y nuestros padres se voltearon en la curva. Somos tu corrupción". Una cabeza sin ojos encarará al jefe de inteligencia y a un gobernador: "Sabías y no hiciste nada, soy tu corrupción". Una mujer paralítica le dirá lo mismo al policía que solapó al auto en segunda fila. Un grupo de cadáveres y quemados le dirán al inspector que dio permiso para una gasolinera que nunca debió estar ahí: "somos tu corrupción". El juez que recibió dinero para liberar al tratante de blancas, escuchará a mujeres en pena: "somos tu corrupción". El maestro mal preparado que ocupó la plaza del que sí era capaz, será atormentado por adultos mediocres: "somos tu corrupción", el presidente de un partido político que dio el espaldarazo a su compañero criminal, escuchará de osamentas anónimas: "somos tu corrupción".

La mentira tiene memoria y cuenta regresiva. Hasta que no veamos la interconexión de hechos y sembremos conciencia para cosechar nuevas actitudes, viviremos persiguiendo (como el caballo a la zanahoria) la corrupción.

Soñé con una versión de Mentiralandia mexicana. Ahí, los indolentes que no se afectan por las consecuencias a terceros, escuchan a sus hijos, tristemente en desgracia, susurrar al oído, "papi, soy tu corrupción".

lunes, 20 de octubre de 2014

Recuperarnos

¿Tenía ante mí a un degollador en potencia? La pregunta me inquietó como un intruso en la noche. Me sentí paranoico en la sala de espera médica viendo al niño de 5 años, larga espada de plástico en mano, tumbar de la mesa, una y otra vez, a su pequeño Buzz Lightyear. En la televisión se daba cuenta de la crónica de sangre, el resumen noticioso de México. Y ahí, el pequeño gladiador llenando sus oídos y sus ojos de fosas clandestinas, desaparecidos, nuevas ejecuciones, de políticos coludidos. Si además un virus mortal nos amenaza, yo también hubiera salido de casa con un sable.

Me temo que nos estamos perdiendo. Peor aún, estamos perdiendo a las generaciones del futuro inundando el espacio con notas trágicas que cada vez más saben a normalidad y menos a excepción. Urge una profunda reflexión para crear un balance, no para esconder la realidad sino para difundir las buenas acciones, los actos heroicos de hoy, decisiones que parecen no tener cabida ante la barbarie, pero que son un soplo de esperanza para volvernos a encontrar con el México de paz.

Hace poco caminé por el centro histórico de Querétaro, ciudad que me sabe a jamoncillo de leche y a árbol genealógico. Mis antepasados maternos caminaron las mismas calles cuyos nombres antiguos aún pueden leerse. Era domingo en la noche y yo esperaba escuchar el grito que necesita el país: "¡Las siete, y todo sereno!". Y en cierta forma lo escuché en el Jardín Zenea. Al compás de una orquesta que desde el quiosco sonaba estupendamente, decenas de parejas bailaban danzón mientras una gran concurrencia miraba, embelesada, apaciguada, siguiendo la cadencia imposible de pisar mil veces una misma loseta.

Éste es el México que necesitamos, pensé. Y me acordé de mi amigo Agustín y de su iniciativa "Hoy di algo bueno de México", en la que propone que nos rescatemos a través de cambiar el lenguaje de todos los días, reconocer nuestros valores en expresiones sencillas y positivas, frases que aluden a la cotidianidad y a esos momentos mágicos que van tejiendo lo que hace que valga la pena vivir. "Hoy di algo bueno de México: las piñatas" o "el pan dulce en la mesa" o "la SCJN frena los abusos de SKY" o "bailar danzón en una plaza" o "el policía que recuperó mi cartera". Necesitamos voltear a ver al otro lado, saber que no todo es fango.

Esa misma noche, en la ciudad que se volvió noticia porque un narcotraficante se infiltró en la sociedad queretana, ya con el quiosco vacío y sin las notas de Canela en Rama, en el Jardín Zenea se veían andadores limpios, como si nada hubiere sucedido hace unas horas. Un ejército de mujeres afanadoras hacía nueva música con el arrastrar de sus escobas. Al comentar el tema con Raúl, mi amable anfitrión, me contó una historia de ésas que necesita nuestro ánimo.

Resulta que la ciudad de Querétaro ganó un premio mundial de ciudades limpias, "La escoba de platino" (nada mal para un país que es noticia mundial en "barbarie de platino"), presea que se entregó en Madrid hace unos meses. ¿Quién creen que viajó con gastos pagados y fue a recoger el premio? Para quienes pensaron "el presidente municipal o algún diputado", lamento decepcionarlos. Viajaron, por orden de Roberto Loyola, presidente municipal de Querétaro, Martha Hernández y Ma. de Lourdes Rivas, barrenderas de la ciudad.

¿No podríamos decirle al pequeño gladiador que en este país no sólo hay escoria como el prófugo munícipe de Iguala, sino que también hay ejemplos como el del edil queretano y sus barrenderas? ¿No podríamos decirle que el "¡tan, ta, ta, tan!" no sólo es de metralletas de uso exclusivo del Ejército, sino de un rítmico analgésico llamado danzón? ¿No podríamos decirle que además de políticos que mandan matar, también hay de los que mandan recoger un premio a quienes realmente lo ganaron?

Estamos llamados a desenterrar la esperanza. Recuperarnos equivale a reencontrarnos, reconocer un nuevo heroísmo, difundir y exaltar lo positivo, avivar la resistencia que nos dará futuro. Si no, la espada de plástico será de metal un día.

domingo, 12 de octubre de 2014

Darwin en México

GALÁPAGOS.- Esta parte del mundo evoca el apellido de un inglés cuyas observaciones influyeron, como pocas, en el hombre contemporáneo. Escribo desde una ventana privilegiada en la cima de la Isla Santa Cruz, en medio de comodidades que el joven expedicionario Darwin no tuvo, pero tal vez ante un panorama similar, una mañana con sabor a café y neblina, entre cedrelas y scalesias, espesa vegetación endémica.

El 15 de septiembre de 1835, con tan sólo 26 años (a esta edad muchos jóvenes mexicanos rompen vidrios en manifestaciones y sólo les interesa el origen de la nada; ¡cómo hemos evolucionado!), Darwin desembarcó del HMS Beagle para encontrar un paisaje cautivador y excitante, un territorio de criaturas tan exóticas como las tortugas gigantes o los piqueros de patas azules, un bosque tropical de muchos verdes o la ceniza textura de las piedras volcánicas, en cuyas grietas resbalan iguanas negras y se esconden cangrejos rojos, mientras la lava pétrea, suspendida para siempre, guarda respuestas para quien sabe buscarlas.

Qué hubiera escrito Darwin en su diario de viaje si llegara hoy a una ficticia isla llamada México, para analizar las especies de su sistema político.

"La evidencia recabada en este territorio es sugerente de que no hace mucho tiempo hubo saurios de gran tamaño, depredadores naturales que evolucionaron en reptiles de menor talla, pero mayor peligrosidad, criaturas rastreras de colores y hábitos definidos (rojo dominante, amarillo contrarrestador, azul moralino y verde oportunista), que luego de un cataclismo, seguramente a causa del impacto de un enorme cuerpo celeste, provocaron una esperanza en los llamados demos (seres mansos, no-reptiles), gozo temporal hoy en peligro de extinción debido a que los reptiles sobrevivientes, a pesar de conservar su color nato, manifiestan malignidad homóloga, bajo un halo de impunidad rampante.

"Se trata de un sistema donde hay un pacto entre especies. Los más numerosos, los demos, deben ser protegidos y guiados por los reptiles, que para ello son elegidos en algo que llaman democracia, una curiosa selección donde escogen ¡no al más apto!, sino al que sobrevive dentro del grupo de reptiles, luego de una cruenta batalla entre varios de ellos. Esta selección, que deberíamos llamar reptilcracia, me parece muy limitada y deficiente pues los demos, en su gran mayoría ignorantes, son manipulados para decidirse por el lagarto que más beneficia a los reptiles, no a los demos.

"¿Qué pasaría si los demos perdieran su mansedumbre, se sublevaran y decidieran que solamente los reptiles aptos pudieran ser elegidos para gobernar? Habría una democracia calificada. No cualquier reptil sería escogido para liderar y no cualquier demo tendría derecho a escoger (a menos que tenga los méritos para ello: no antecedentes penales, nivel educativo y estar al corriente del pago de tributos). De ser esto posible, la isla salvaje tendría notables avances en la calidad de vida de los demos.

"Los episodios de días pasados son perturbadores. Un reptil de la peor calaña, evolucionado con pequeños cambios, numerosos y sucesivos, ordenó el aniquilamiento de demos. Sorprende que el reptil, ahora prófugo, sea arropado por su grupo de ofidios y que el Órgano de Control Reptílico no hubiese intervenido a pesar de que sabía de las mañas del lagarto.

"Por si fuera poco, ciertos reptiles han promovido una ley para que los demos no se enteren de actos delictivos. A través de una ley para la supuesta protección de jóvenes e infantes, se pretende censurar la acción informativa. Los reptil- delincuentes, especie cada vez más activa, frotan sus garras mientras reptan y agitan la lengua viperina. Ansío volver a Inglaterra y dejar este mundo salvaje".

A 179 años de la visita de Charles Darwin a Galápagos, México, el país real, aspira evolucionar, ser liderado por los mejores y tener, al fin, un Estado de Derecho donde la mayoría, gente de bien, se imponga a la político-delincuencia.


Dedicado a la memoria de los asesinados en Iguala, Guerrero.

lunes, 6 de octubre de 2014

La mano del otro

Cuando niño, acompañé a mi madre a múltiples trámites, la mayoría ante instancias gubernamentales. A la distancia veo aquellas interminables horas como una especie de maestría en paciencia (no me explico cómo sobreviví sin un teléfono inteligente o una tableta digital con 300 juegos, hoy artículo de primerísima necesidad, un "estatequieto").

Mi pedestal de la tramitología sufrible se lo disputan varias memorias. Recuerdo una enorme oficina central del Registro Civil en la Ciudad de México, en la que mi mamá pasaba de ventanilla en ventanilla abriéndose paso ante una multitud obstinada en hacer el mismo trámite a la misma hora, o peor, tener la misma inicial de tu apellido. Conseguir un original del acta de nacimiento era comprobar que se puede sentir felicidad a pesar de un número de expediente.

Con esta impronta enfrenté un nuevo reto. Para renovar el pasaporte, la SRE no te cree que seas mexicano si tu pasaporte anterior fue expedido por ellos en el extranjero. De paso no le cree a su consulado. Todos los caminos me llevaron al mismo oscuro callejón: un acta de nacimiento original y reciente. Cuando hacía previsiones para ausentarme del mundo tres días, se me ocurrió ver si podía hacerlo por internet. Me llevé una grata sorpresa. Luego de varios botones y un depósito bancario, tres originales de mi acta llegaron por mensajería a mi casa. El Registro Civil del Distrito Federal me cuestionó: ¿al fin la efectividad y la modernidad eran parte de México?

Es automático: a todo optimismo le llega su realidad. La reforma laboral se propuso crear nuevos empleos, pero ¿cuántos orientados a la productividad y no a un exceso de mano de obra? Cuando piensas que todo se va automatizando, la mano de un mexicano te contradice. En ciertos restaurantes, hay un puesto de trabajo en el baño encargado de darte un papel para secarte las manos. En muchos estacionamientos (el del aeropuerto de Guadalajara se lleva las palmas) hay personal apostado junto a las máquinas automáticas (es un decir), individuos que toman tu boleto, lo introducen y presionan los botones necesarios. Aquí está la magia: el boleto sólo obedece al empleado, cuando tú lo introduces, la máquina te lo escupe (requiere de una previa e imperceptible curvatura). Las supersticiones lubrican al sistema.

En los filtros de seguridad de los principales aeropuertos del país hay una pantalla para distribuir el flujo de pasajeros hacia los distintos escáneres (entiendo que la aleatoriedad es parte de la seguridad), pero junto a esa pantalla donde aparece un número grande, hay una o dos personas que repiten el dígito visible, y a veces, cuando sale el "3", te dicen: "fila uno". Kafka aplaudiría.

Aquí la máquina es siempre sospechosa y nuestra automatización toma tintes surrealistas. Hay una venganza manifiesta, el triunfo del malinchismo: no importa que la tecnología haya sido diseñada en Alemania, en México no funciona. Munich 0, San Martín Yotelohago 2. Acceder al segundo piso del Periférico de la capital es atestiguar que para nosotros el mejor sistema automático es el manual. Un equipo de tres o cinco individuos fosforescentes manipulan con destreza admirable los conos y las barreras "automáticas"; en esos 10 metros cuadrados dirigen el flujo del universo, al menos el de ellos. Resulta inexplicable la extinción de los elevadoristas.

Sistemas que funcionan en otro país aquí nomás no jalan. Esta pequeña muestra de labores inútiles-necesarias es un fractal de la realidad: en otra escala hay muchos políticos haciendo cosas que no deberían hacer, pagando ayudantes en exceso, complicando procesos para vender su solución. En México, subsistencia aniquila ingeniería, sobreempleo mata proceso.

Peter Drucker decía que es muy distinto hacer la cosa correctamente, que hacer la cosa correcta. Como deporte nacional, hacemos lo primero, convertimos lo automático en manual. Salvo excepciones, la automatización es un territorio utópico, el sistema te lo recuerda: siempre necesitarás la mano del otro, aunque no agregue valor.