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domingo, 6 de diciembre de 2015

Primera, segundón y volantazo

Mi abuelo solía decirme que le gustaba sentarse en una banca de la Avenida de los Insurgentes a contar vehículos. Quien veía carros como si fueran luciérnagas se ufanaba de nunca haber tenido un automóvil. Para ir a trabajar caminaba todos los días, de la Condesa al Castillo de Chapultepec, donde restauraba pinturas históricas y hacía retratos de héroes y caudillos. En el camino cultivaba la amistad de boleros y otros personajes urbanos, como un sastre español de nombre Elías, de quien recuerdo su olor a puro, en la esquina de Ámsterdam y Sonora (coordenadas de ficción para una ciudad de vibrante realidad).

La supuesta modernidad ha desplazado al peatón, colocando al automóvil en el centro de la metrópoli. Signo fatal de nuestro tiempo: caminamos poco y manejamos mucho. Tras el anonimato del volante los automovilistas agreden más que los peatones (es más fácil mentar la madre en cuatro llantas que en dos piernas) y, al ser dueños del camino, los automotores han propiciado ciudades agresivas. A pesar de sus ventajas, el motor deshumaniza; en el auto tienes placas, en la banqueta rostro.

En breve entrará en vigor un nuevo Reglamento de Tránsito del Distrito Federal, que en uno de sus principios rectores establece que "La circulación en la vía pública debe efectuarse con cortesía, por lo que los ciudadanos deben observar un trato respetuoso hacia el resto de los usuarios de la vía..." y en su artículo 7 habla de "...generar un ambiente de sana convivencia...". Me temo que un reglamento no cambiará la ferocidad vial acumulada por décadas, en sana convivencia. El cambio vendrá de sembrar gradualmente una educación cívica y ética, acompañada de un urbanismo humanitario, que induzcan comportamientos favorables. Eso sí, el nuevo reglamento engrosará el erario. Aumentarán las multas más que la civilidad vial.

Aunque tiene cosas positivas, como la acumulación de puntos negativos y la suspensión (por tres años) de la licencia a un conductor reincidente, el reglamento es ambiguo. Habla de mantener "distancias razonables" entre tu auto y el de enfrente. En otros lugares esa distancia no es subjetiva, si no puedes ver la placa posterior del automóvil frente a ti, estás demasiado cerca. O dice llanamente que hay que indicar una vuelta con luces direccionales y se debe cambiar de carril en forma escalonada; en California el reglamento ordena activar las direccionales 5 segundos antes de efectuar el cambio de carril. Esta subjetividad induce a interpretaciones variadas y no favorece prácticas que provoquen cambios concretos, pequeñas grandes victorias viales.

Una sociedad dice mucho de cómo es y de sus valores a partir de la forma en que los diferentes actores se conducen en la vialidad. La forma en como nos movemos es el fondo del ADN social. Ordenar asuntos de vialidad tiene una resonancia mayúscula para generar cambios, por imitación, en otros órdenes de la vida social. No lo ven así nuestros políticos. Mejorar la manera de relacionarnos en la calle es una reforma subterránea, que de raíz podría cambiar mucho del comportamiento negativo asociado al mexicano. Los cambios de conducta vial moldean nuestro sistema cultural.

Cuando eres peatón mexicano en algunas ciudades de EU, sientes el mundo al revés. Extrañamente los autos se detienen para darte el paso aunque no haya semáforo. Tú dudas un segundo y luego avanzas. Das las gracias a un automovilista desconcertado por tu señal. Y caminas entre incrédulo y soberbio.

En California los operativos viales en las escuelas son realizados por estudiantes de primaria, supervisados por padres de familia y maestros. Los pequeños están investidos con la autoridad y el peso de la ley, sus amonestaciones tienen efectos reales. Los niños aprenden a respetar, ven que hay un orden y que los transgresores pagan consecuencias. ¿Sería descabellado que la SEP incluyera en sus planes educativos una materia de vialidad?

En el embotellamiento que detiene al país, la avenida del cambio no es en realidad una avenida, se parece más a un salón de clases.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Selvas, lagunas y nomofobias

La velocidad es una trampa contemporánea, un juego en el que participamos al empuje de un oleaje tecnológico, una forma de vida que celebra la fugacidad de dos palabras: más rápido. La gratificación instantánea promete desde subir una bastilla, cambiar de color el pelo, tener, en pocas semanas, conversaciones fluidas con rusas, hasta que tu teléfono celular haga lo que quieres, más velozmente que el modelo anterior o la red G del mes pasado (ahora demasiado lenta para los nuevos estándares). Vivimos la era de lo ipso facto.

Cuando era niño, los televisores encendían a fuego lento. Había que esperar que los bulbos se calentaran para que surgiera la imagen desde un punto luminoso en el centro de la pantalla. También había que esperar siete largos días para ver las 24 fotografías de tus vacaciones. Había que esperar que abrieran la librería para conseguir un libro. ¡Había que esperar! Hoy ya no se espera por nada de eso. A medida que las descargas en la web son más rápidas, la paciencia está en peligro de extinción.

Viene bien bajarle el ritmo a la vida, escapar de la vorágine y buscar conexiones más allá del wifi o del celular, artilugio que nos libera y a la vez nos encadena, una especie de cuerda que nos engancha al mundo, sin ella estamos en el vacío más profundo y desolado. Se llama nomofobia al miedo de salir sin celular (no mobile phone phobia). Me confieso nomofóbico; sé lo terrible que es llegar a un restaurante y antes de pedir una bebida, pedir la clave del wifi.

Experimenté varios días sin señal de celular y muy esporádica de wifi. En la laguna de Bacalar, uno de los tesoros naturales de México, se rema lentamente, de la misma forma que durante el día, según cambia la luz, van apareciendo sus siete colores, del amarillo claro (donde el suelo es arcilloso y caminas como entre arenas movedizas), a diversos tonos de azul, el más oscuro en los profundos cenotes, parte de la laguna.

En vez de bajar correos electrónicos me puse a observar aves, tuve que esperar que apareciera una por aquí, otra por allá; no eran parte de una presentación en Power Point donde mi dedo sobre una tecla marca el ritmo.

Hacia el oeste de Bacalar, recorrí las zonas arqueológicas de Kohunlich, Becán y Chicanná, ciudades mayas de notable belleza, inmersas en la espesura de la vegetación. En la selva tropical todo es demasía, los tonos de verde y las texturas de las cortezas, la humedad y los mosquitos. Los rescates arqueológicos de estas zonas implican una enorme labor manual y detallada, el paciente acomodo de piedras y el minucioso registro de los hallazgos y las mediciones. El arqueólogo no cuenta los segundos, sino los meses o los años.

La vida de nuestros antepasados mayas no tenía internet, pero sí momentos de contemplación, otra forma de conexión con el mundo. Las ruinas mayas son habitadas por muchos árboles con raíces a flor de suelo, que al horadar entre las piedras, las abrazan. Una forma de reclamo patrimonial legítimo a cargo de ceibas, caobas, zapotes, el otrora codiciado palo de tinte, palmas de corozo, tzalames, chechenes y chakás. Estos dos últimos encierran parte de la cosmovisión maya, el balance entre lo positivo y lo negativo. El chechén es un árbol cuya savia produce severísimas quemaduras en la piel, que se mitigan al hervir hojas de chaká. A metros de un chechén, hay un chaká. ¿Cuánto tiempo tardaron los mayas en descubrir esta relación? Seguramente muchísimo más de lo que hoy Google tarda en responder una pregunta.

El trayecto nocturno en kayak en la laguna de Chakambakam, para avistar cocodrilos, murciélagos y otras especies, es un ejercicio de contemplación más allá de cualquier resolución en una pantalla. Ver el reflejo de la luna llena sobre el agua, mientras te detienes entre nenúfares y sientes la profunda calma de la noche, bien valdría un ritual de purificación donde todos aventáramos el celular al agua o, mejor aún, al Xibalbá.

He llegado a una certeza definitiva: así como los chakás neutralizan a los chechenes, las lagunas curan la nomofobia.

domingo, 22 de noviembre de 2015

El otro buen fin

Por alguna razón que no alcanzo a comprender, los mexicanos somos, en general, mejores para criticar que para hacer. El ejercicio de la crítica nos sienta bien, es algo tan cercano y común como el tequila y el mariachi en una fiesta patria. La crítica no es gratuita, se alimenta de la duda. Por razones históricas somos desconfiados, y en una nación de incrédulos, la duda es el pavimento por donde avanzan las explicaciones. En los mandamientos no escritos de nuestro código cultural se leería: Si algo existe, es sospechoso. Y también: Si algo es demasiado bueno, es más sospechoso.

Hace unos días recorrí un lugar donde se conjugan los motivos, un crisol donde cabe la fe, la ciencia, la esperanza, las muecas de dolor y las sonrisas, los pies inmóviles y los pequeños pasos, el aplauso por un leve movimiento y el silencio ante la postración definitiva; un lugar que oculta mensajes en su arquitectura, ese lenguaje de piedra que honramos tanto de nuestro pasado, salvo que aquí, no baja Quetzalcóatl, aquí, en este lugar, la arquitectura invita al movimiento, ese antagónico de la parálisis que todo lo anquilosa, detiene, agota, mata. Un lugar donde se apuesta por el color vibrante, esa forma tan mexicana de decirle al mundo que somos alegres y festivos.

Este lugar es un sitio de lucha diaria. Pude ver una madre empujando en una silla de ruedas a su pequeño hijo. Entraron a la capilla. La escena era conmovedora, escuché un diálogo silencioso. A unos metros de ahí, en una gran piscina cubierta, varios papás y mamás alentaban los primeros pasos de sus hijos en edad de escuela primaria. A un lado de la alberca, las instructoras o terapeutas dirigían el breve oleaje de una terapia al día.

Se abrió la puerta y me pareció estar en uno de esos espacios de rayos X. Durante mi infancia fui varias veces atendido en clínicas del ISSSTE. Hoy sé lo que es una atención médica en instituciones privadas, pero nadie me puede contar qué se siente ser paciente, o víctima, de los organismos públicos del sector salud. De pronto recordé unas lúgubres salas de espera donde el nombre "paciente" toma sentido fatal, de pronto recordé que alguna vez fui un número de expediente en un fólder descolorido con un escudo oficial donde unas supuestas manos protegen a una familia. Terminado este recuerdo ráfaga de mi pasado, pude ver que en este lugar tan especial, tienen tecnología de punta.

En una pantalla, una doctora me mostraba en tercera dimensión la imagen de la columna más deforme que yo haya visto, bueno, no es que haya visto muchas antes porque no me dedico a eso, pero ella, la doctora, sí, y me dijo que era el caso más grave de, de algo cuyo nombre médico no suena tan severo como la misma imagen, que además podía manipular retirando estructuras y tejidos para ver en profundidad el tipo de lesión. En otro gran salón, un pequeño de unos 10 años era asistido por un robot, una especie de androide o nodriza de movimiento, con la que el niño ejercitaba su cuerpo, simulando un avance real. Gracias a ese aparato, adelantará muchísimo su recuperación.

En el taller de prótesis observé la dedicación con la que varios técnicos elaboraban complejas piezas, cada una distinta de la otra, cada una con un destinatario, hecha a imagen y semejanza de una parte del cuerpo, pero también al de una esperanza.

Este lugar es un centro de rehabilitación infantil. En México hay 22 y debería ser parte del orgullo nacional. Es un modelo de colaboración entre empresas de los medios de comunicación, empresas privadas y la sociedad civil que hoy es referente mundial en su tipo. Atiende a más de 35,000 niños cada día. Tiene una universidad y un hospital de oncología, único en México. Ha recolectado 513 millones de dólares desde que nació en 1997 y necesita más ayuda de muchos mexicanos que hoy dudan y critican. Alabo la labor de Fernando "Chobi" Landeros al frente de Fundación Teletón. Ojalá puedan visitar un CRIT. La duda y la crítica borreguil es la mayor de las discapacidades sociales.

Mientras lees esto varios niños ya caminan.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Viaje al cetro del dogma

El autor de El fantasma de la ópera, Gaston Leroux, ha sido fatalmente desmentido. Refiriéndose a su ciudad natal, sentenció: "¡Se suele olvidar tan rápido en París!". Los bárbaros atentados terroristas del pasado viernes en la capital francesa no sólo golpean el ánimo parisino, el europeo, sino el de todos quienes aspiramos a vivir con paz y armonía.

Era una noche más, en un fin de semana más, en la Ciudad Luz. Quizá muchos de los que ahora son víctimas fatales departían en ese París cortazariano: "Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos", y lo que encontraron, tristemente, fue la brutalidad del dogma convertido en ráfagas, proyectiles de odio, intolerancia y autoritarismo, el rechazo a la música que da alegría, a la convivencia y al brindis entre amigos, a las risas entre copa y copa, al rostro descubierto de una mujer hermosa, a la admiración de unos músicos con talento, a la vida que por diferente a las creencias de unos, debe acabar en un batido de sangre.

Nunca más actuales las lúcidas palabras de David Konzevik, "por las ideas se discute, por los dogmas se mata", y ciertamente, la que debe ser la noche más triste de París confirma al argentino, los dogmas están ganando la batalla a las ideas. Aquí reside el verdadero peligro de esta guerra, el territorio no es sólo geográfico, es mental. La vulnerabilidad de Europa es la vulnerabilidad humana; seleccionar las armas de esta batalla es crucial. El enemigo es complejo y requiere una comprensión profunda, no tanto en su contenido ideológico sino en sus componentes estructurales: ¿de qué se hace un dogma?, ¿cuál es su patrón de regularidades?

Los gobiernos deberían encauzar esfuerzos para que expertos en procesos cognitivos entiendan la composición dogmática y luego preparen antídotos que inhiban el desarrollo de creencias que potencialmente se convierten en dogmas. Los trabajos de Milton Rokeach nos dan varias pistas. Define al dogma como dos sistemas perceptuales (uno de creencias, otro de incredulidades) sobre la realidad, organizados alrededor de una autoridad absoluta que provee un marco de referencia de conducta intolerante hacia otros.

¿Cómo percibimos la realidad? es una pregunta fundamental para entender al dogmático, por ello pienso que el dogma es una programación mental, como tal puede ser desprogramada. Hay dos sistemas de creencias en oposición, de ahí los antagonismos estereotipados, liberales contra conservadores, fascistas contra comunistas, fieles contra infieles, y así. La realidad objetiva es traducida en términos de verdadero o falso. Dos grandes componentes del dogma, para Rokeach, son el autoritarismo y la intolerancia. El primero implica tres elementos. La polarización respecto a los líderes, mientras los de uno son glorificados, los otros son odiados. Una causa, aquello que justifica cualquier acción, por ejemplo morir es mejor que ser derrotado (aquí reside una explicación de la frase de Konzevik). Y finalmente, la élite, aquellos a quienes se admira y que representan la causa.

Por supuesto, hay mucho mayor profundidad para entender la estructura cognitiva de un dogma, el punto es que fragmentando sus componentes podrían encontrarse respuestas efectivas para evitar que las creencias pierdan la batalla contra los dogmas. Sin duda en la educación temprana está mucho de la programación de las futuras generaciones, pero saber qué contenidos y forma usar debería responderse entendiendo, como se hace con los virus, la estructura de un dogma.

Decir que Cortázar habitó París es discutible. La ciudad de lugares inquietantes, la ciudad mítica, lo habitó a él. Para el autor de Rayuela, caminar de noche en París era entrar en un estado ambulatorio donde dejaba de pertenecer al mundo ordinario. Ese mundo, nuestro mundo, ha sido vulnerado. Y aunque Francia acumula más de 30 atentados desde el 2012, el de este viernes será el más recordado.

Si viviera Leroux diría que porque se suele olvidar tan rápido en París, lo del viernes pasado no será olvidado. Y tendría razón.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Post mortem

Si la muerte tuviera sede diplomática, seguramente sería México. Y aunque en los últimos años hablar de osamentas se ha convertido en sinónimo de hallazgo criminal (una forma de macabra producción industrial), las hay también de otro tipo, uno que nada tiene que ver con la violencia sino con un ritual post mortem, una sincrética tradición de raíces prehispánicas, particularmente mayas.

Agustín González Garza, entrañable y talentoso amigo, explorador de mundos en descomposición, me invitó a conocer su colección Ossuaria, imágenes capturadas en pequeñas poblaciones de la zona central de Yucatán, lugares de fonética endémica: Cuzamá, Huhí, Acanceh y Hoctún, donde visitó sus viejos cementerios y solicitó permiso para fotografiar osamentas. La tradición de estos sitios es depositar los restos fúnebres en pequeñas cajas de madera que luego rellenarán en nichos abiertos.

A diferencia de nuestras prácticas inhumatorias en las que presagiamos un último adiós y nunca un siguiente encuentro (hablamos de fosas, tumbas y criptas en donde la muerte queda sellada y fuera de nuestro alcance), los herederos de la cultura maya practican un acercamiento con el Xibalbá o inframundo. Los nichos son accesibles para los familiares que cada año visitan el sepulcro (si es que puede llamarse así), sacan con reverencia los huesos envueltos en paños de algodón (algunos tienen el nombre bordado del difunto), los limpian con agua y cal, les cambian "la ropa" con un nuevo mantel, y luego, amorosamente, los acomodan en un renovado pero idéntico envoltorio, para finalmente depositarlo en su cajita. Esta singular práctica se hace a partir del tercer año del fallecimiento, una vez que los 206 huesos quedan desmembrados al consumirse los tejidos que los mantenían unidos.

El enfoque de Agustín en Ossuaria no fue hacer un registro antropológico de la visita a las tumbas, sino concentrarse en el objeto mismo. Fotografió los envoltorios fuera de su contexto. El resultado me parece admirable, emerge para el observador un diálogo sutil entre las texturas de la tela, el calcio y el fósforo de la materia ósea, piezas que a veces dejan poco a la imaginación, mostrando claramente un cráneo, y a veces sólo sugieren formas dentro de la tela. Acaso sean éstas las más expresivas, a tal punto que cobran vida en la mente de quien es capaz de imaginar un movimiento sutil dentro de una especie de útero donde reposa alguien que fue y sigue siendo (la obra puede verse aquí www.agustingonzalezgarza.com).

Agustín tiene el don de convertir objetos en degradación para darles nuevos bríos. Ossuaria es un testimonio sobre la muerte pero también sobre la vida. Es una invitación a dejar de ver objetos inanimados para verlos vivos, mutantes, hermosos, como nubes de formas caprichosas. La colección se ha exhibido en la galería de arte contemporáneo Art Merge Lab y en la galería del Consulado de México, en Los Ángeles, y se encuentra entre los finalistas de la prestigiosa competencia internacional de fotografía Critical Mass.

¿Necesitamos un resto material para seguir amando? sin duda, no, pero el ritual yucateco va más allá de la tradicional visita a los panteones o de la veneración a los relicarios. Detrás de Ossuaria hay un rito mexicano que debe enorgullecernos, un rito donde se permite acariciar un fémur, platicar con un cráneo, formar con ellos un nuevo recuerdo; un acto de amor sin punto final, que al prodigar de cariño maternal la osamenta, revive de nuevo el ser contenido en un vientre que se modifica cada vez que alguien lo abre y lo cierra.

Y así pasará otro año y otro encuentro. La muerte tiene en México permiso para vivir. Conjuro a uno de mis muertos, y le doy voz imaginaria a esos restos que se despiden de los vivos, a través del vate queretano José María Carrillo (mi bisabuelo materno), que en 1885 escribió premonitoriamente sobre su propio funeral: "¡Adiós! por siempre ¡Me llegué a la estancia/ De la austera verdad, donde no hay dolo,/ Ya soy feliz; quedemos a distancia.../ Quiero muerto gozar... ¡Dejadme solo!"

domingo, 25 de octubre de 2015

El día inmenso

Pocas veces vi una tormenta similar. Salí de casa bajo un incipiente goteo, manejé durante un kilómetro y el viento arreció con fuerza inédita. Cuando me detuve en el primer semáforo, la lluvia era tan intensa que ni la velocidad alta de los limpiabrisas era suficiente para ver los siguientes 5 metros. La tromba mecía mi auto y a escasa distancia un enorme poste de metal que sostenía un anuncio vial en forma de "T" yacía en el suelo, torcido como si fuese de una materia tan maleable cual urna electoral en los setentas. Decidí regresar a casa, pero tuve que pasar por avenidas intransitables por el agua y árboles caídos. No era un escenario que no hubiera visto antes en Guadalajara, la ciudad donde no sólo las tortas son ahogadas, también sus calles al volverse ríos. Lo verdaderamente notable para mí fue la rapidez en que una tarde nublada se convirtió en una noche de pesadilla.

Cuando regresé finalmente a casa, un recorrido de 3 kilómetros en 30 minutos, el panoramaempeoró. Caía agua dentro de los baños de las recámaras como si alguien hubiera abierto varias mangueras desde el techo. Los bajantes se habían tapado en la azotea y se acumuló tanta agua que entró por los respiraderos. Cuando bajé corriendo por cubetas para contener el diluvio, la planta baja tenía un fuerte olor a gas y a pesar de los truenos, un amenazador siseo, señal inconfundible de una fuga de gas, hizo que me olvidara de las cascadas en la planta alta. Salí corriendo a la calle esperando una inminente explosión. La fuga, luego me di cuenta, era de la casa contigua, lo cual no disminuía el peligro. Los servicios de emergencia se saturaron. La gente reportaba árboles y postes caídos, automóviles bajo el agua, personas desaparecidas.

Con este recuerdo en mente, sucedido apenas hace unos 3 meses, me apertreché antier esperando lo peor por el huracán Patricia. Hice cosas que nunca antes había hecho. Cerré la llave del gas y fui a comprar baterías para una linterna. Patricia me hizo comprobar varias cosas, una de ellas es que el mejor vendedor de baterías es el miedo. Si una tormenta eléctrica de las varias al año que suele haber en tierras tapatías me había hecho sentir el apocalipsis, qué no haría un huracán que, con disminuida pero mortífera categoría 3, llegaría a la ciudad.

Contra todo pronóstico, el sábado amaneció en reposo. Fuimos advertidos de lo peor y parece que nos tocó lo menos malo. Celebro la atingencia con la que autoridades de todos los niveles de gobierno se aprestaron ante una amenaza nunca vista, pero ¿no podrían hacer lo mismo con decenas de grandes y repetidas tormentas que azotan las ciudades y provocan gran destrucción y hasta muertes? Particularmente Guadalajara es azotada con enorme furia por trombas de las cuales ninguna dependencia advierte. La previsión que se dio en varios estados del país por el huracán Patricia debería quedarse de la misma forma que adoptamos ya el gel desinfectante de manos. Los códigos culturales cambian en situaciones pico.

Otra lección de Patricia es que los pronósticos no son infalibles y el futuro es una ventana impredecible. Se dice que el prólogo de un pronóstico es el pasado. La ciencia, a pesar de los avances y los registros estadísticos, aún no puede predecir las combinaciones de lo improbable, esos inesperados eventos (el cisne negro, diría Nassim Taleb) que nadie ve venir, como la crisis hipotecaria hace unos años en EU. La película Volver al futuro nos hizo ver, en los ochentas, un 21 de octubre de 2015 como un día lejano en que las patinetas voladoras serían parte de la cotidianidad y la ropa haría de las tallas algo del pasado, sería autoajustable. Ni eso ni varias otras predicciones más sucedieron, al menos no para esa fecha.

Lo impredecible es hoy por hoy lo más predecible de la vida. Patricia se formó inesperadamente, de la misma forma perdonó a Puerto Vallarta y a la Perla de Occidente. Carlos Monsiváis dijo: "si nadie te garantiza el mañana, el hoy se vuelve inmenso". Y así fue el viernes pasado.

Nada nos humaniza como la duda.

domingo, 18 de octubre de 2015

Escenografía de la realidad

El potencial de magia y misterio de México para atraer turismo es incalculable, tanto que los mexicanos podemos hablar entre nosotros describiendo lugares, rituales y sabores, como si habláramos de un país desconocido, una materia incontenible, indefinible e inacabable, que siempre nos sorprende con un paisaje ante los ojos o un nombre inédito en el plato. Somos el país del hoyo en la regadera de una celda y el diálogo cómico entre el custodio de un penal de máxima seguridad (es un decir) y su superior, pero también la nación de una riqueza cultural digna de exportación.

Somos el país donde se nombra como subsecretario de Gobernación a un tipo de nefasto historial para respetar la ley, pero también el país que nombra como "Pueblo Mágico" a varias de sus poblaciones que reúnen un conjunto de atractivos para el turismo nacional y extranjero, sitios muy bien escogidos que forman parte de un programa creado en el año 2001 (quizá la única gran contribución del gobierno de Fox), para difundir el patrimonio tangible e intangible de México.

Entiendo que hay poco más de 80 Pueblos Mágicos en el país, tan sólo conozco 20 de ellos y mi esposa y yo hemos decidido conocerlos todos. Hace apenas tres días tocó el turno a Tlalpujahua, tan desconocido para muchos como para el corrector gramatical del programa donde escribo estos renglones. Con sólo desviarse 10 kilómetros de la magnífica autopista entre Atlacomulco y Morelia, la planicie de espigas doradas de maíz va quedando atrás mientras se interna uno entre montañas y curvas bien trazadas de una carretera con lejanías creíbles en libros de fotografía de países europeos. No tendremos la precisión suiza, pero tenemos Tlalpujahua.

Lo primero que un Pueblo Mágico hace por ti es bajarte el ritmo, esa intensidad urbana que a punta de acelerador quiere anticipar el paso de todos. Del asfalto al empedrado, desaparece el auto y emerge el peatón. Las calles toman dimensión humana, el paso que descubre detalles y rincones a menos de 10 kilómetros por hora, donde los comercios se anuncian sin el chillante neón y las fachadas son distintas pero comparten identidad, una forma de pasado recuperado en el que se hacen innovaciones con tradición, espacios que en un segundo y simbólico lenguaje hablan de respeto y armonía por la identidad local, en otras palabras, una civilización recuperada.

De raíces prehispánicas, coloniales y mineras, Tlalpujahua ha encontrado una vocación redonda: produce y exporta esferas de navidad, exquisito talento artesanal que tal vez, sin que lo sepas, ha colgado de tu árbol en las festividades decembrinas. México necesita menos políticos corruptos y más esferas navideñas que se hacen en la sierra michoacana. Hija del sincretismo y del tiempo, la catedral de Tlalpujahua es barroca por fuera, neoclásica y mudéjar por dentro. Su estado de conservación es notable, acaso por las reconstrucciones que ha tenido, producto de algunos desastres, como el célebre alud de residuos minerales que en 1937 arrasó con casas, animales y personas, dejando un sepulcro de 30 metros, pero también una historia por contar, en la que hoy se finca buena parte de su encanto y misterio.

Probar unas corundas con verdolagas y carne de cerdo, en el mirador de una terraza elevada, entre techumbres y tejabanes, rodeado de montañas y un cielo azulísimo y encaprichado de nubes, es otra forma de hacer patria, una que necesitamos recuperar para quitarnos de encima que solamente somos un país de corrupción y fugas inverosímiles.

Los Pueblos Mágicos son una muy efectiva forma de hacer marca, generar desarrollo económico e impulsar el turismo nacional y extranjero. Lo mismo podría suceder con los barrios temáticos en las ciudades. Los seres humanos somos consumidores de historias, y los sitios que saben contar su historia (no entendida nada más como la cronología de sucesos sino como el relato que encanta y seduce) atraen con poder magnético. Un Pueblo Mágico es una realidad mejorada.

De súbito, nuestra dura realidad es más frágil que una esfera de Tlalpujahua.