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lunes, 1 de agosto de 2016

Eclipse de marca

Uno de los pedidos frecuentes que escucho en las corporaciones (podría ser una iglesia o un partido político) es "¿cómo aumentamos la lealtad hacia la marca?", universo donde se idealizan seguidores incondicionales. En algún momento de mi viaje por las galaxias de la construcción de marca llegué a una conclusión: la lealtad hacia la marca es un mito, no existe, al menos no como se piensa. La lealtad no es a la marca, es al beneficio que ésta provee. Mientras exista el beneficio existirá la lealtad. El beneficio es como el pegamento de contacto entre dos superficies, las mantiene unidas.

Las marcas que han logrado conectar con sus seguidores han sido capaces de establecer beneficios (usualmente es más de uno) relevantes para su mercado. Esto es la propuesta de valor.

Hay entidades que separan las decisiones de negocio de las decisiones de marca. Me parece un profundo error, como la visión descartiana que alguna vez bifurcó cuerpo y mente (el científico Antonio Damasio se ocupa de ello en El error de Descartes). Si alma y cuerpo están separados, ¿por qué hay enfermedades del cuerpo que me producen ideas en la mente, y por qué hay pensamientos de ésta que se manifiestan en el cuerpo?

En términos de lealtad de marca deportiva no me queda claro cuál es el beneficio de un aficionado. Vamos, podría contestar cuál es el beneficio de un seguidor en una religión, pero en términos deportivos hay agujeros negros: el fervor no depende de ganar un campeonato. Hay una marca icónica y querida de México que sufre esta terrible separación. Las Chivas rayadas de Guadalajara es una marca en degradación. No me refiero a los resultados deportivos, conste.

Las decisiones que se toman en Chivas están desasociadas con la naturaleza de la marca, con su esencia, con aquello que la ha hecho trascendente y valiosa. Cuando la marca es operada como un activo comercial sin entender los significados que la han hecho exitosa, la marca pierde valor. Es un signo cuyos significados van desapareciendo hasta quedar un cascarón hueco.

Hace tiempo escribí cómo la estrategia de crear nuevas marcas de comida en el Estadio Omnilife quizá era una gran decisión de negocio, pero en términos de marca, un error. Uno no puede desarraigar a la afición de sus tradiciones, rituales, sabores, a través de una imposición corporativa. El tiempo me dio la razón, ir en contra de los códigos culturales es mortal. La cultura es como el flujo del agua en un arroyo seco, tarde o temprano tiene memoria. Afuera del Estadio Omnilife se vende y se consume todo lo que la gente extraña del Estadio Jalisco. Indudablemente el Estadio Omnilife es una belleza y un orgullo de inmueble, pero la dinámica de lo que ahí sucede está separada del alma del equipo. Los templos no sólo son el edificio, son la narrativa que sus elementos cuentan y la forma en como se integran con la historia que los seguidores creen y esperan cada semana. Esto no está en un estado de resultados, quienes toman las decisiones en Chivas no lo ven.

Dos significados son profundos en la marca Chivas: lo mexicano y lo popular. Aunque lo primero subsiste y futbolísticamente hablando jugar sólo con mexicanos es una desventaja en una liga como la nuestra, este concepto es el último bastión de la marca, eliminarlo tal vez daría campeonatos pero terminaría por destruir su esencia. ChivasTV puede que sea una buena decisión de negocio, pero es una mala decisión de marca. Atenta contra el sentido popular, una gran cantidad de seguidores no tiene acceso a tecnología adecuada para ver una transmisión por internet. Las decisiones de negocio deberían pasar por las decisiones de marca también: ¿lo que vamos a hacer fortalece la esencia y la misión de nuestra marca, o nada más nos hará ganar dinero?

Agustín, entrañable amigo, astrónomo aficionado, colega y habitante de los mundos de la filosofía y la marcas, es profundamente Chiva. En algún evento social se levanta de su mesa para saludar a Jorge Vergara y le dice con la convicción de quien cree encontrar una alma gemela: "crecí con un póster del Chololo Díaz en mi cabecera". El exitoso empresario tuvo una expresión como si le hubieran dicho "me gustan mucho los eclipses".

Por un instante Agustín entendió la profundidad de un hoyo negro.

domingo, 24 de julio de 2016

Autopsia de una disculpa

Supongo que una autopsia es un camino donde brotan las preguntas, no todas con respuesta. Es también un ejercicio de exploración para tratar de entender, conocer, comprobar, más allá del morbo. Es un viaje incisivo en busca de señales, un andar tras la pista sospechosa, si aparece, que permita construir un epílogo del epílogo de alguien, o de algo.

En la plancha tenemos las siguientes palabras: "En noviembre de 2014, la información difundida sobre la llamada Casa Blanca causó gran indignación. Este asunto me reafirmó que los servidores públicos, además de ser responsables de actuar conforme a derecho y con total integridad, también somos responsables de la percepción que generamos con lo que hacemos, y en esto, reconozco, que cometí un error. No obstante que me conduje conforme a la ley, este error afectó a mi familia, lastimó la investidura presidencial y dañó la confianza en el gobierno. En carne propia sentí la irritación de los mexicanos, la entiendo perfectamente, por eso, con toda humildad, les pido perdón, les reitero mi sincera y profunda disculpa por el agravio y la indignación que les causé".

Estas palabras no las dijo cualquier mexicano, son palabras de quien ostenta la investidura más importante en el país. Su potencial trascendencia no debe minimizarse si consideramos que los cambios culturales se gestan, entre otras circunstancias, cuando uno de los símbolos de esa cultura muestra un cambio de conducta, no solo un cambio de sentimiento. Me surge la pregunta: ¿habrá este cambio de conducta? Sólo así este gesto tendrá el reconocimiento que su autor reclama. Estamos ante la posibilidad de una revolución moral.

En The Honor Code, Kwame A. Appiah analiza cómo se han gestado algunas de las revoluciones morales de la historia, cambios de prácticas culturales que en su momento fueron vistas como la norma pero también criticadas (el duelo para resarcir el honor, la esclavitud, la deformación de pies femeninos en China), como sería el caso de la corrupción en México. Appiah encontró que hay una conexión directa entre el honor y una revolución moral, su libro apunta a desmembrar cómo el honor juega un papel central en los cambios culturales y señala: "Una persona honorable se preocupa primero no de ser respetada sino de ser merecedora de respeto", y establece que una cosa es administrar la reputación y otra es mantener el honor. ¿Hacia dónde apuntan las palabras presidenciales?

Nótese que el argumento presidencial considera que lo que causó indignación fue "la información difundida", no el objeto de esta información. El antropólogo Frank Henderson dice que para una persona honorable el honor per se es lo que importa, no sus beneficios, así, uno siente vergüenza o arrepentimiento cuando ha faltado a la norma de honor, aunque nadie sepa que uno falló. Cabe la pregunta: ¿el sentimiento presidencial es por un acción indebida de él o por el hecho de que la información se hizo pública?, ¿le importa más el acto de pedir perdón o el hecho de ser perdonado?, si fuese lo segundo, ¿cómo espera saber que los mexicanos lo perdonaron?, ¿de qué exactamente pide que se le perdone?, ¿cómo define el Presidente su error?

Aunque el ex titular de la Secretaría de la Función Pública nunca fue merecedor de respeto ni credibilidad por la opinión pública, ¿cómo queda su figura después de haber exonerado a su jefe y luego que éste pidiera perdón?, ¿no habría sido congruente que el acto de contrición hubiese surgido de una investigación seria sobre el caso?, ¿hasta dónde piensa el Presidente resarcir el agravio y la indignación?, ¿qué hay de los periodistas que fueron censurados luego de difundir la investigación de la Casa Blanca?

Appiah nos invita a cuestionarnos cuáles son los temas de honor y deshonor en nuestra cultura. Si hay sucesos que agravian pero no se castigan o no se busca resarcir el daño, esa cultura está fracturada en su código de honor. El Presidente tiene una oportunidad histórica si realmente quiere encabezar una revolución moral.

En El último encuentro, Sándor Márai pone en boca de uno de los personajes centrales de su estupenda novela: "Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes".

En México la realidad puede novelarse, hay autopsias que persiguen a los vivos.

¡Gatos fluorescentes!

La historia de las soluciones descabelladas es muy parecida a la de los inventos notables, ambas parecen tener un corolario definitivo: lo ridículo precede a lo genial. Entre estos dos adjetivos han muerto sin nacer grandes ideas, sepultadas bajo carcajadas de la crítica o aplastadas por la autocensura de su creador. Cuando se fracasa en la búsqueda de una respuesta a un problema con las herramientas de siempre, es como buscar obstinadamente un objeto perdido en el mismo lugar, nada más porque ahí hay más luz.

Solucionar problemas es un ejercicio de innovación. Un filósofo francés y un semiólogo italiano sugirieron una respuesta tan inédita como fantástica, digna del realismo mágico de Gabo o de la ciencia ficción de Asimov. En 1981 el Departamento de Energía de Estados Unidos buscaba resolver la forma en cómo debería alertarse a las futuras generaciones sobre presencia de material radioactivo, enterrado en desiertos a cientos de metros de profundidad. El tema era mucho más que pensar en señales de advertencia, ¿de qué material para que duren miles de años?, ¿en qué idioma para que lo entendieran en el futuro?

Françoise Bastide y Paolo Fabbri replantearon la pregunta: ¿qué símbolo puede perdurar y ser entendido por las generaciones del futuro?

Paréntesis para subrayar el uso estratégico de la semiótica. En los negocios es la marca la depositaria de los significados que el empresario quiere comunicar y trascender de modo que le produzcan determinados resultados, en buena medida una batalla comercial es "nuestros significados contra los significados de la competencia". En la política, el uso efectivo de símbolos provoca que los mensajes se entiendan y trasciendan (recordemos a Fox pateando un ataúd con las siglas del PRI, o el símbolo del programa social Solidaridad de Carlos Salinas que, hecho de piedra, subsiste en varias carreteras del país, sin duda un acierto simbólico).

Estos dos pensadores (no me refiero a los políticos aludidos) encontraron la forma de que el mensaje de alarma viaje en el tiempo. Sugirieron usar gatos genéticamente tratados para que, ante la presencia de material radiactivo, brillaran y su cambio de color alertara a los humanos del futuro. Algo similar a los canarios en las minas. El gato (¿y sus 9 vidas?) funcionaría como un símbolo biológico que al reproducirse garantiza la sobrevivencia del mensaje. Los egipcios ya lo usaban. Pero, ¿gatos fluorescentes? Suena irrisorio, como estas invenciones ridiculizadas por expertos antes de ser realidad: compras en internet, el foco, la computadora personal, el automóvil, el viaje a la luna, el teléfono, la televisión, el avión, los post-it, la transmisión de datos, y más.

Para sembrar el significado de que gato fluorescente significa peligro, recomendaron desarrollar una mitología (una narrativa) de modo que la cultura pudiera asimilarlo. Música, símbolos secundarios, arte, historias, objetos, rituales, mitos fundacionales, lugares de culto (advertencia: no se intente en casa, cualquier parecido con lo que se hace para forjar una religión es mera coincidencia).

La absurda idea no prosperó, bueno, no todavía. Un biólogo veinteañero de Canadá, Kevin Chen, cofundador de un laboratorio donde se hace investigación biomédica, tiene la consigna de hacerlo realidad. Está trabajando con bacterias y genes que cambian de color (como las de una medusa). No es remoto que nuestros descendientes salven la vida gracias a gatos fluorescentes.

La semiótica tiene respuestas para la vida, desde la cotidiana vialidad hasta las artes visuales, la arquitectura y claro, la literatura. Pensar en flores y mariposas amarillas evoca el universo simbólico de Cien años de soledad. Las primeras llovieron toda una noche y tapizaron las calles de Macondo cuando muere José Arcadio Buendía, las segundas anunciaban la presencia de Mauricio Babilonia. Cuando murió García Márquez hubo diversas manifestaciones con estos símbolos.

Replantear la pregunta a un problema encierra la posible solución. Pensar en símbolos y significados todavía no es materia de un consejo de administración ni de una junta cumbre de políticos. Pero no se olvide: la historia muestra que muchas veces lo ridículo precede a lo genial.

lunes, 11 de julio de 2016

Trampantojo mexicano

¿Es posible mirar algo y no verlo?, ¿es posible ver algo que en realidad es otra cosa? Tal vez un mago te haya sorprendido, ese momento en que mientras aplaudes no puedes dar crédito a lo que acabas de ver, ¿o debería decir, a lo que crees que acabas de ver? Es posible que hayas quedado impresionado con alguna pintura donde el artista manipuló la percepción.

Ser un buen mago requiere dominar el arte de captar la atención y la conciencia. Las ilusiones cognitivas van de la mano de las visuales; para la gran mayoría de las personas el mundo se percibe por los ojos. Pensemos en un bodegón (betriegerje, "pequeño engaño", en holandés) donde el artista ha moldeado la profundidad y la distancia: los higos parecen salir del cuadro y la naranja partida escurre una gota.

Los pintores renacentistas fueron maestros en engañar al ojo, dieron a un lienzo plano la posibilidad de ser más. Esta técnica se llama trampantojo (la trampa ante ojo). En la iglesia de San Ignacio (Roma) Andrea Pozzo pintó sobre el techo plano una cúpula con tal perspectiva que los visitantes que no son advertidos piensan que es real.

La manipulación de la realidad ha sido materia no sólo de magos y pintores, también de arquitectos. Francesco Borromini hizo, en el Palazzo Spada, que un salón de apenas 8 metros pareciera de 37. Hoy en día el trampantojo crea realidades en la calle, sobre los muros o fachadas de edificios, donde aparecen ventanas y personas que no existen, cielos que nacieron en un pincel, corredores profundos que sólo viven en la retina. Todo esto maravilla, son engaños gozosos.

He pensado que hay una corriente de trampantojo mexicano. La mayoría de nuestros políticos son maestros en sustituir la realidad, intensificarla o desaparecerla. Dominan a la perfección las bases del trampantojo. Tristemente también los ciudadanos somos así. Nuestra cultura (léase nuestra forma de ser) tiene una rica tradición en usar la simulación como canal de navegación. Nuestro uso de diminutivos es una muestra: "nomás tantito" puede ser lo más parecido a la eternidad. Simulamos intenciones, maquillamos cifras, ocultamos motivos. El trampantojo mexicano no es exclusivo de políticos, pero duele más cuando viene de ellos.

El trampantojo mexicano alimenta la corrupción. Por ello las iniciativas de transparencia, como la Ley 3 de 3, apuntan a terminar con el engaño. Los ciudadanos estamos llamados a luchar contra el trampantojo apoyando a políticos honestos con voluntad de ejercer la ley y acabar con la impunidad. Son de festejarse iniciativas como la del alcalde de Zapopan, Pablo Lemus, que ha presentado una denuncia de juicio político contra el magistrado del Tribunal de lo Administrativo del Estado de Jalisco Alberto Barba Gómez, quien arrastra un historial de controversiales decisiones en materia de permisos de construcción y similares, muchos de los cuales atentan contra la integridad física y patrimonial de las personas. Un magistrado que simula estar a favor de la ley atenta contra el Estado de Derecho. ¿Cuántos gobernadores, jueces, agentes del Ministerio Público y más dominan el trampantojo?

Y así más ejemplos, desde la "verdad histórica" hasta cotidianidades, fractales de un país. Me enteré de un empleado de una licorería que vende alcohol a menores de edad, ambas partes lo simulan. También supe de dos jóvenes en Guadalajara que fueron a sacar su licencia a la Secretaría de Movilidad, uno siguió la ruta "normal", el otro usó un "coyote". ¿Quién creen que no hizo examen de manejo y tuvo licencia de chofer?

El trampantojo, la simulación que jugamos en México, es una forma de autosabotaje. Es como arrojar una piedra al cielo, tarde o temprano cae. ¿Qué tal, magistrado Barba, que un miembro de su familia sea víctima de la negligencia de alguien que no debería tener licencia de manejar?, ¿qué tal que suceda un siniestro en una de las gasolineras que usted ha apoyado y que se encuentran cerca de escuelas o bajo condiciones que la ley prevé como impedimento?

La simulación y el engaño deben aplaudirse nada más en la magia y en el arte. Imponer una cultura de legalidad en México implica encarcelar a los corruptos y multiplicar ejemplos donde triunfa la ley, rebelarnos ante la pintura donde vemos que triunfa la ley.

domingo, 3 de julio de 2016

Populista vs. Populist

Cierto día, por azares del destino, me tocó sorprender a Kevin Roberts. El laureado publicista y CEO mundial de Saatchi & Saatchi llegó a México para impartir un taller sobre su exitoso libro Lovemarks. Éramos unas 500 personas en el foro donde Roberts pidió que hiciéramos un ejercicio, dar una idea de campaña publicitaria para algunas marcas mexicanas, pero estableció una condición, había que usar "sensuality". Como es natural, la traductora dijo "sensualidad".

Al cabo de unos minutos Roberts pidió las propuestas, anunció un receso y se puso a revisar las ideas surgidas de la audiencia. Fue ahí cuando me aproximé. "Kevin, me imagino que 9 de cada 10 propuestas que te dieron tienen que ver con erotismo y sexo", me miró por encima de sus gafas y me dijo: "¿cómo lo sabes?". Le expliqué que había usado la palabra "sensuality" que para los norteamericanos tiene, en el contexto de la publicidad y la teoría de Lovemarks, el significado de "sensorialidad", el uso de los sentidos, mientras que en México es simplemente "sensualidad", relativo al erotismo y al sexo. Si el traductor hubiese dicho "sensorialidad", el resultado habría sido el que Roberts esperaba.

Rematé diciendo que había una diferencia en los códigos culturales, algo que pasan de vista muchas agencias y corporativos que en su arrogancia pretenden traducir lingüísticamente sus mensajes sin considerar la cultura local. "¿Quién eres y a qué te dedicas?", me dijo Roberts y luego me presentó a su equipo internacional, los encargados de llevar las campañas a diferentes países.

La anécdota viene a cuento por el episodio de esta semana donde el presidente Peña, en el marco de la Cumbre de Líderes de América del Norte, en Canadá, critica a los demagogos y populistas, para luego escuchar (supongo que con sorpresa) del presidente Obama que él se considera populista. Se trata de la misma palabra (el mismo significante) con distinto significado. Mientras que para los mexicanos el populismo es un término peyorativo, para Obama es una cualidad de líder que trabaja por el pueblo.

La semiótica, disciplina que estudia los simbolismos culturales, debería ser parte de los asesores en política y en cualquier otra organización, es la pieza que falta en los planes de estudio de muchas carreras (especialmente negocios). La interpretación de símbolos es una tarea irrenunciable del cerebro. Las organizaciones de cualquier índole se comunican generando símbolos, en la medida que estos son entendidos (como lo espera el emisor) se tiene una comunicación exitosa.

Gringos y mexicanos tenemos códigos culturales que no sólo son distintos, muchas veces están encontrados. Por ejemplo, cuando el norteamericano quiere "discuss" algo, nosotros lo traducimos como "discutir" lo cual lleva un tono de disputa, pero no es así pues cuando el gringo quiere enfrentamiento usa la palabra "argue" que nosotros traducimos con el civilizado y calmado "argumentar". Nuestro discutir es su "argue" y su "discuss" es nuestro argumentar.

Edward Hall tiene un fascinante libro, La dimensión oculta, donde documenta el sistema "subterráneo" que opera en las relaciones humanas, para mí es el código cultural. Cuando habla de los árabes se refiere a su sistema olfativo como medio de relacionarse con los demás, por ello hablan de cerca y respirando en la cara del interlocutor. Oler el aliento es parte de conocer al otro y es señal de que el otro se acerca y no opone barreras. Para muchas otras culturas este acto no tiene ese significado, incluso puede tener el contrario.

Entender símbolos y (por lo tanto) significados es apasionante. Recientemente vi un anuncio comercial de una empresa de línea blanca y electrónica que decía: "Hoy, venta nocturna, todo el día", además de una carcajada, el aviso me provocó la reflexión, lo que no hace sentido denotativamente hablando, sí lo hace connotativamente pues el símbolo "venta nocturna" culturalmente no es la venta de la noche sino la oferta.

Lo que yo entiendo puede ser distinto para el otro, aunque hablemos del mismo símbolo. Ser sensible a esto nos hace humildes, y lo que nos hace humildes nos hace más humanos. La semiótica no arreglará los problemas del mundo, pero sin duda construye entendimiento.

viernes, 1 de julio de 2016

Atando cabos

Escribo estas líneas en medio del Mar Adriático, ligeramente al norte de Kotor, Montenegro. Una de las paredes del Schooner Bar donde estoy sentado viendo el horizonte azul tiene una colección de antiguos instrumentos de navegación, se trata de un pequeño homenaje a una actividad marítima que hoy se ve rudimentaria, un mundo de astrolabios, reglas paralelas, compás de puntas, sextantes, cartas de navegación y hasta un libro abierto con poemas de Lord Byron. Salvo este último objeto de culto para los poetas, los demás artilugios han sido superados por el GPS de mi celular.

Tengo un nato impulso por atar cabos, aunque la vida marítima dista mucho de ser mi cotidianidad. Hace unos minutos me llegó un correo electrónico cuyo asunto dice "Brexit y coro de ruidos". El remitente me comenta que no nos espera "business as usual" y me recuerda que hace mucho escribió "La inversión es hija del silencio". Concluye con su icónica expresión: "urge repensar lo pensado y pensar lo no pensado". Sí, es David Konzevik, nunca más oportuno leerlo ante la noticia de que la mayoría de los habitantes del Reino Unido quieren dejar la Unión Europea.

Como orquestado por la mano que escribe un destino inescapable, un hombre de barba blanca me pide permiso para sentarse en el sillón contiguo. Parece un marinero inglés. Al poco tiempo conversamos. Vive en Londres, se llama Alan, tiene 64 años, más de 40 trabajando para British Telecom. Tanto él como su esposa se muestran contentos con dejar la Unión Europea. "Será mejor para el futuro de nuestros nietos", me contesta con firmeza Alan y me expone también que la migración ha sido un fuerte motivador para decidir abandonar Europa. Sabe que al principio será difícil, pero en el largo plazo lo ve con optimismo. Me temo que Alan está equivocado.

Hay mucho de naturaleza humana en las razones que me expone Alan. Para él, los migrantes han mermado su calidad de vida porque han llegado a disfrutar de beneficios sociales. Los discursos que han incendiado el ánimo separatista están llenos de argumentos donde el otro no es recurso, es amenaza. Mucho del discurso de Trump mantiene esta misma lógica. Cuando hay gente que siente que ha perdido beneficios por la apertura económica y social, es humano esperar que cuando tiene la posibilidad de cerrar la puerta, lo haga.

En contraparte, Freddy, talentoso y joven pianista inglés del Schooner me dice: "me avergüenzo de ser inglés, deberíamos estar liderando Europa, no abandonando Europa", presagia que muchos perderán oportunidades de desarrollo, además comenta que para los jóvenes la inmigración no es amenaza. Lamenta que muchos jóvenes no votaron porque no les interesa la política.

En lo particular estoy a favor de las uniones y del libre comercio. La actividad florece en zonas donde el flujo no se interrumpe. Por flujo me refiero al tránsito de personas y mercancías, al intercambio cultural. En los últimos días caminé por zonas de extraordinario magnetismo para el ser humano, lugares florecientes gracias a que están abiertos al flujo. Plaka, en el barrio de Monastiraki, Atenas, al pie de la Acrópolis y justo al lado del ágora griega, es un sitio que convoca turismo y que invita a estar y descubrir. Sus calles laberínticas están llenas de sorpresas. Exactamente lo mismo sucede en Venecia y en la isla griega de Mykonos, donde, además de su excepcional arquitectura, sus espacios convocan, no expulsan, sus callejones siempre te llevan a alguna parte. En cierto sentido son el mejor de los centros comerciales jamás inventado, están hechos, como diría Jarde, para ciudadanos más que para consumidores. Es a partir de este flujo y conectividad que lo humano entra en contacto con lo humano.

En la histórica ciudad de Kotor, Montenegro, uno de los atractivos es visitar la ciudad medieval amurallada. Cuando el hombre tiene miedo construye murallas, se separa, busca aislarse, pero ello es contrario a la evidencia histórica que muestra que cuando hay conexiones, las sociedades florecen. La separación británica es volver a la mentalidad medieval donde los muros marcan fronteras.

Un último cabo: el poema de Byron en la vitrina clama "Hoist out the boat!". A los ingleses tal vez los lleve a donde no querían ir.

domingo, 12 de junio de 2016

Rara avis

Voy a decir algo que no es común escuchar en México: admiro a un político. Se dice que en el enamoramiento debe haber una buena dosis de admiración por la pareja, lo mismo debería suceder entre un pueblo y sus gobernantes. Suena utópico, lo sé. El reconocimiento a las capacidades del otro es el sustento del aprecio. Escuché a Sofía Niño de Rivera narrar su encuentro con el presidente Peña (un video que raya en los límites de una posible estrategia premeditada y muy inteligente para subir los bonos presidenciales), en el que la comediante termina diciendo que no le dio orgullo conocer al Presidente, que le dio pena, y remata: "yo no quiero vivir en un país donde no quiero ir a conocer a mi Presidente".

A mí me da orgullo decir que conozco y soy amigo de Macedonio Tamez. Asistí recientemente a una de las presentaciones que está haciendo para dar a conocer su libro Política y corrupción, la crisis de inseguridad en México, donde narra sus pasos por el intrincado mundo de la política mexicana, un viaje a través de "sus cloacas y chiqueros", un retrato que confirma el estado de putrefacción que invade a la clase política, la gran y verdadera delincuencia organizada que azota a México. Quienes hablaron durante el acto se debatieron entre posiciones antagónicas, de la misma forma que el autor confiesa: "Sostengo una lucha interna todos los días entre la esperanza y la desesperanza". Y es que por un lado es devastador saber el grado de corrupción y cinismo de quienes dicen trabajar por la patria cuando en realidad son pillos de la peor calaña orquestando negocios ilícitos, quebrantando ley tras ley, y por otro lado es reconfortante saber que hay políticos cultos, congruentes y con la estatura moral de Macedonio Tamez.

A estos políticos, que por desgracia no son muchos, hay que admirarlos (independientemente de su partido o de si tienen partido). El sistema no los deja crecer, trunca sus carreras, tal cual le sucedió a Macedonio que luego de 40 años de militancia, renunció al PAN. En aquel entonces no me sorprendió que se alejara de Acción Nacional en Jalisco, una selección de lo peor que ha dado ese partido a México, lo que me sorprendió fue que la dirigencia nacional no hiciera nada por impedir la fuga de un perfil como el del actual diputado federal por Movimiento Ciudadano. Me quedó claro que los partidos políticos no ponen a los mejores hombres y mujeres, apoyan a quienes suman a sus propios intereses.

Particularmente es interesante analizar el paso de Macedonio por las áreas de seguridad, ahí hay mucho de dónde aprender si es que queremos mejorar las deplorables condiciones actuales. Él considera fortuito su andar por esos lares, yo creo que es consecuencia de su formación como médico ginecólogo y licenciado en derecho. Su paso por el Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses, la presidencia municipal de Zapopan, la Policía de Guadalajara y el Cisen, confirma su tesis: la delincuencia y la violencia se combaten con inteligencia (sí, Felipe Calderón, te equivocaste) y con la debida formación de policías y mandos.

Da mucho coraje enterarse de que los primeros en quebrantar el Estado de Derecho son quienes deberían salvaguardarlo. Causa indignación saber los favores que muchos políticos le pedían a Macedonio para que liberara a delincuentes por ser amigos del amigo. Saber de procuradores de Justicia incompetentes, jueces y ministerios públicos corruptos, bueno, hasta un cardenal hablador. Todo esto es México; quien quiera entender mejor la realidad y lo que tenemos que cambiar para acabar con la impunidad, lea Política y corrupción.

Alguien le dijo al doctor Tamez que el título de su libro era un pleonasmo. Yo digo que no. Cuando conozco casos (rarísimos, lo sé) de políticos que verdaderamente ven por el interés de la nación, enciendo mi vela de esperanza para que este país mejore. En México hay mucho talento, ciudadanos brillantes a quienes tenemos que empujar y apoyar para que hagan el cambio, para que fracturen al sistema político actual y abran espacio a candidatos inteligentes y éticos.

Política y corrupción documenta mi pesimismo, su autor, rara avis, mi optimismo y mi utopía, esa trinchera de esperanza desde donde hay que dar la batalla.