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lunes, 24 de octubre de 2016

Caleidoscopio en París

Llegué a París y no todo es luz. Por acá está la sede de la Unesco donde hace unos días el gobierno mexicano votó en contra de que se reconozca el vínculo del pueblo judío con uno de sus lugares santos, el Monte del Templo, en Jerusalén. A la cuestionable posición de México hay que añadir la lamentable destitución del embajador mexicano ante la Unesco, Andrés Roemer, un hombre capaz que ha tenido que pagar injustamente los platos rotos por la torpeza de sus superiores. Por si fuera poco, se ha desatado un linchamiento social en contra del ex representante mexicano, que en poca medida atañe al asunto de la votación en la Unesco y es más bien la expresión de un preocupante sentimiento de odio (schadenfreude es el placer derivado del infortunio ajeno).

La naturaleza humana ha cambiado poco con el paso de los siglos. Es el mismo París del odio religioso que terminó en la masacre de San Bartolomé, asesinato en masa de protestantes durante las guerras de religión en el siglo XVl. Es esta la capital que hace unos meses experimentó el extremismo religioso musulmán en forma de terrorismo. La intolerancia es una materia latente en el ser humano, a veces basta el discurso explosivo de un fanático que a través de una inyección de miedo detona el lado oscuro de la gente.

Lo saben los parisinos, su secreto mejor guardado es su volátil clima. Contrario a Londres, del clima parisino no se habla. Por su lado luminoso, es fácil enamorarse de París. Escribo desde el Petit Palais, emblemático museo de la capital francesa. Si tengo suerte y tiempo, espero visitar la tumba de Carlos Fuentes en Montparnasse, también la de Porfirio Díaz y la de Julio Cortázar. Tres figuras de mi devoción. Mientras camino por estas calles centenarias es inevitable pensar en Rayuela, en los recorridos parisinos de Horacio Oliveira y sus encuentros con La Maga, especialmente al cruzar el Pont des Arts que, como viejo bonachón, tiene unos kilos de más, por culpa de los enamorados y de la literatura. El puente luce repleto de los "candados del amor". Miles de parejas "sellan" su compromiso atorando un candado en los puentes de París, luego arrojan la llave al Sena. Se cuenta que la costumbre inició por la novela Tengo ganas de ti, del italiano Federico Moccia, donde una pareja de enamorados coloca un candado en el puente Milvio, en Roma. De unos años para acá varias ciudades europeas han tenido que soportar la dualidad de esta superstición que se cura con un cerrajero.

Por un lado, estos rituales atraen gran cantidad de turismo, por el otro, comprometen la integridad del patrimonio. El ayuntamiento de París retira hasta 70 toneladas de candados cada seis meses, un sobrepeso que ya ha provocado desprendimientos en puentes históricos, y tal vez más de algún divorcio.

En uno de estos puentes varias parejas se tomaban fotos. Escuché a una mujer reclamar a su compañero que repitiera la foto porque había salido despeinada por el viento. "Observa que salga bien mi cabello", dijo ella. Le comenté a mi esposa que la foto tenía que ser natural, que el viento era parte del momento. No entiendes bien, me dijo, a las mujeres con cabello largo el tema del viento es importante, ustedes los hombres generalmente no sufren por ello.

En el Palacio de Versalles encontré otro paralelismo. En esta opulenta residencia campirana que Luis XIV mandó edificar en las afueras de París, cuando uno ve tal ostentación, es fácil entender el descontento popular que dio origen a la Revolución francesa. Fue inevitable recordar el escándalo de la llamada casa blanca presidencial en México, no cabe duda que la naturaleza humana sigue siendo la misma, por ello la historia se repite (guardadas las proporciones) en otros tiempos y con otros actores.

En los jardines del palacio caminamos hacia el estanque de Neptuno. Se nos atravesó una pareja de peruanos y lo que escuchamos nos arrancó una carcajada. Entendí siglos de historia en un instante, justo cuando la peruana posaba para una foto y le decía a su compañero: "no te olvides de cuidarme el cabello".

Soplaba el viento. Si mi esposa me pide una fotografía, no me temblará la mano. París bien vale una foto.


jueves, 6 de octubre de 2016

Vivir en la sospecha

Vibrante como las grandes metrópolis del mundo, la ciudad de Nueva York es un monumental laboratorio de observación para la conducta humana. Una ciudad donde la diversidad ha sido uno de sus motores para el progreso, donde la mezcla de razas y visiones ha producido individuos con gran resiliencia y tolerancia a lo otro que, generalmente, ha sido visto como recurso y no como amenaza. Pocas ciudades en el mundo han construido una identidad tan fuerte como Nueva York. La campaña icónica de "Yo amo NY" no sólo produjo un elevado sentido de pertenencia entre los neoyorkinos, también generó una moda para llamar a las ciudades a través de siglas (desafortunadamente esa tendencia nos alcanzó, el hermoso e histórico nombre de Ciudad de México ahora es acortado con el frío CDMX).

El sentido de pertenencia se forja cuando los intereses de una comunidad se practican cotidianamente y tienen relevancia en la vida de las personas. Hoy a los neoyorkinos no sólo los une el ser de Nueva York, también los une el miedo. Los efectos postraumáticos de los ataques terroristas del 9/11 modificaron la forma de ver el mundo de millones de personas. Ese miedo acaso tenga su epicentro en Nueva York.

Desde su cicatriz, Manhattan resurge. En las inmediaciones del abatido World Trade Center hubo una estación de transporte urbano que también fue destruida por los ataques terroristas. En ese sitio hoy se levanta una construcción monumental llamada Oculus, diseñada por el arquitecto español Santiago Calatrava. El interior, asombrosamente blanco, tiene una estructura que semeja el esqueleto de una ballena. Desde el exterior, la enorme cola del cetáceo se sumerge en el subsuelo. El juego de luces, las formas y las miles de personas hacen un verdadero festín para los fotógrafos. Reconforta saber que donde hubo tanta destrucción ahora exista tanta belleza.

La paranoia neoyorkina se contagia. Uno no puede ver un bulto abandonado sin pensar en la siguiente explosión. El sistema de transporte urbano de la ciudad lanzó desde hace varios años una campaña de vigilancia colectiva que hasta hoy persiste: "Si ves algo, di algo" con la que se invita a los neoyorkinos a reportar "actividad sospechosa", de modo que los enemigos públicos número uno ahora son: paquetes sin dueño o abandonados, personas en actitud rara o vestidas inapropiadamente (así de subjetivo), cables expuestos, personas que atenten contra las cámaras de vigilancia o estén en zonas restringidas. Si bien esto ha creado ciudadanos más conscientes, también los ha hecho paranoicos.

La versión actual de la campaña muestra rostros reales de ciudadanos que ya reportaron algo. Sin embargo cuando uno conoce los testimonios se encuentra que en la gran mayoría se trataba de falsas alarmas, pero donde el temor o incluso terror fueron reales. Es inevitable pensar en Orson Welles y su icónica dramatización de La guerra de los mundos, desde una estación de radio, cuando en 1938 provocó un terror colectivo entre miles de habitantes que sufrieron un shock al creer que los marcianos estaban atacando terrícolas con gas letal y pistolas desintegradoras en Grover's Mill, New Jersey.

Muchas ciudades en México sufren una creciente ola delictiva. No hemos experimentado actos terroristas pero vivimos con miedo. Una campaña al estilo "si ves algo, di algo" podría funcionar para elevar las denuncias anónimas que permitan una lucha efectiva contra el crimen. Total, paranoicos ya estamos. Entre nosotros ha vivido aquello de "piensa mal y acertarás", que otrora lo atribuíamos a sospechas más sanas. Cuando veías a tu vecino tirar un bulto a media noche pensabas en que estaba deshaciéndose de su basura, hoy te imaginas un posible cadáver.

Lo que no tenemos en México y sí lo tienen los neoyorkinos es un ingrediente fundamental para un sistema de vigilancia colectiva: confianza en la policía. Se ve remoto que un "si ves algo, di algo" pueda funcionar si al llamar uno le está avisando a los malos.

Dentro del Oculus se le ocurrió a mi esposa que alguien nos tomara una foto. Para no salir retratado con una bolsa en la mano, la dejé a unos 3 metros de distancia. Y súbitamente sentí el peso del bulto abandonado. En aquel enorme hormiguero humano fui potencialmente terrorista.

Quemar el futuro

Felices 60's, querido Villoro.

 

Los seres humanos somos contradictorios. Por generaciones hemos abandonado el campo en aras del progreso que idealizamos en las urbes de acero y concreto donde la habilidad de recoger aguacates se ha transformado en seleccionar especímenes maduros en el departamento de frutas y verduras. Vivimos horas en oficinas rodeados de tecnología y para compensar tanta dosis de civilización nuestro protector de pantalla es una secuencia de imágenes de la naturaleza. Anhelamos autos con comodidades que no tuvieron los emperadores de otras épocas y celebramos los lugares donde la bicicleta manda. En la escala de la felicidad paradójica, manubrio mata volante.

Hace pocos años conocí la isla de Holbox, Quintana Roo. Aquellos días entre iguanas que (como los pinzones de Darwin) no le temen al hombre, entre paisajes espectaculares y fósiles vivientes como el cangrejo herradura (un acorazado con forma de nave intergaláctica), nidos de águila crestada en los postes de luz, calles de arena clara sin más tráfico que el de las hormigas, encontré una civilización avanzada donde se ha dado una generosa mezcla entre habitantes mayas y ciudadanos europeos que han encontrado en la isla un paraíso en la tierra.

Este edén está amenazado por la voracidad del hombre. A las historias que hay contra el gobernador Borge y su familia, en las que se cuenta que se han apropiado de terrenos en zonas privilegiadas del estado, se suma el incendio (intencional según la Profepa) de 87 hectáreas en una reserva natural (supuestamente protegida), que según grupos ambientalistas y ejidatarios locales apuntan a los intereses de particulares para cambiar el uso de suelo y edificar un complejo turístico.

Holbox ha representado una isla del tesoro desde los primeros piratas que en otros siglos merodearon sus playas, también para una voraz faceta de la industria turística que, como en un juego de mesa donde se exalta el monopolio, discute la rentabilidad de comprar tierras vírgenes desde Londres, Nueva York o Ciudad de México. No es nueva la sucia maniobra de quemar la tierra para inducir el desarrollo de un supuesto futuro y bienestar local, junto con la corrupción de autoridades que ceden a los cañonazos millonarios. Celebro que la Profepa haya solicitado que la zona siniestrada quede bajo vigilancia especial durante los próximos 20 años para que se pueda regenerar la flora y la fauna.

En Arrecife, novela de Juan Villoro, el complejo turístico La Pirámide fue erigido en tierras arrebatadas a pescadores, habitantes de Kukulcán, cuya "reserva biológica se transformó en campos de golf... los monolitos de cristal y acero dominaron la costa", ahí, el empleado de un consorcio inglés, gerente del hotel que vende adrenalina a turistas sadomasoquistas, apunta cínicamente lo que hoy podemos decir sobre el ecocidio en Holbox: "La naturaleza le gusta a todo mundo y los cachorritos de todas las especies agitan el corazón, pero si no estropeas algo no comes".

No se trata de negar el progreso y menos el desarrollo, el punto es entender que uno de los valores turísticos y sociales de Holbox es su condición de aislamiento. Esta característica de su ADN debe ser preservada, es el verdadero tesoro pues, mientras otros desarrollos ceden al crecimiento desmedido que vuelve difusa (o destruye) su identidad (véase Cancún y Playa del Carmen), aquellos sitios que conservan su tradición y pueden innovar sin traicionar su identidad, elevan su valor; ahí está el caso del centro histórico de Puerto Vallarta y de los maravillosos pueblos mágicos que tenemos, sitios que han ganado la batalla al neón, al asfalto y al todo incluido. Holbox tiene una medalla más: no hay automóviles, no hay semáforos, no hay gasolineras, ¿qué tal eso como símbolos del verdadero progreso?

En Holbox es posible cenar comida italiana atendidos por una europea y mexicanos, tomar un café expreso sobre la arena, probar una pizza de langosta con un toque de chile habanero, nadar junto al tiburón ballena, ver caer el sol y alimentar a las iguanas, sentir la superioridad de la piedra caliza sobre el mármol y la cálida fuerza de la madera sobre el acero.

Algún día el futuro será como en Holbox. Y no habrá relojes. Bastará con ver las estrellas.

domingo, 18 de septiembre de 2016

El bien hacer mexicano

Su madre se suicidó con pastillas. Su padre lo abandonó y fue criado por su abuelo de quien sospecha afectó por siempre la vida de su madre por un episodio oscuro que nunca le contaron. Se llama Enrique. En la secundaria donde es profesor sustituto los alumnos lo insultan. La violencia es tan cotidiana como las hojas de un árbol en verano. Los padres de familia, sintiéndose ajenos al problema, son tan violentos como sus hijos y culpan de todo a la escuela. Otros profesores arrastran su propio infierno. Uno llega a su casa y la esposa ni le habla, en las mañanas se aferra a las rejas de la escuela para ver si alguien lo nota. Otro toma pastillas para aguantar el manicomio que implica trabajar entre la desesperanza. La directora está preocupada de que no la corran y el comisionado de distrito ya les avisó que dado el mal desempeño del colegio, las buenas familias se han mudado de vecindario y eso ha impactado negativamente el valor de las propiedades, incluyendo el terreno de la escuela, única minusvalía que le aflige. Un estudiante mata a golpes a un gato, otra alumna habla de suicidarse mientras interviene fotografías donde borra los rostros. Su padre desestima sus habilidades artísticas y le ruge que mejor baje de peso.

Es un caos, reflejo de un mundo disfuncional, una semblanza lúgubre y desesperanzadora, una espiral hacia la degradación. Es Detachment, una película distópica en la que el profesor Henry Barthes intenta hacer la diferencia con sus alumnos pero es incapaz de construir un apego emocional con ellos. Es también una gran metáfora, un fractal, algo más grande que los linderos de un colegio.

Me acordé de México, el país malhumorado donde existe abrumadora evidencia para documentar nuestro desánimo: un gobierno que, como apunta Luis Rubio, ha sido incapaz de mantener la expectativa que generó de saber cómo gobernar, un crecimiento económico que no termina de desilusionarlos, un sistema social corrompido hasta la médula, una inseguridad rampante y un mal que nos abate en cada metro cuadrado: impunidad.

En una de las escenas más memorables, el profesor Henry Barthes llama a sus alumnos a defenderse de un holocausto social que ha deformado particularmente a los jóvenes, con falsas creencias, y les dice que para defenderse deben aprender a leer, para estimular su propia imaginación, cultivar su conciencia y su propio sistema de creencias. "Necesitamos habilidades para defender y preservar nuestra mente". Y yo diría en México, preservar nuestra salud mental, detener lo que nos drena emocionalmente.

En La caída de la casa Usher, de Edgar Allan Poe (referida en la película), la ruina es progresiva e inevitable, pero en nuestra casa, México, no tiene por qué serlo. En cada sobremesa, en cada aula de clases donde se enumeren los males que nos aquejan, habrá que contrarrestar con una lista de activos e historias reales que nos llenen de energía. Todos conocemos el bien hacer de un mexicano, el policía que regresó una cartera, el burócrata que actuó diligentemente, el inspector que no pidió mordida, el funcionario público que genera superávit financiero, el médico que no operó innecesariamente, el constructor que cumplió con las especificaciones, la licitación que no era una simulación, la ciudad que ganó un premio mundial por su limpieza, la maestra que sí se presentó a dar clases, el marchante que despacha kilos completos, el alumno que decidió no copiar, el diputado que rechazó un moche, el adolescente que dijo "no" a tener una licencia de manejo falsa, el comensal que regresó una cuenta porque le estaban cobrando de menos, el federal que no aceptó un soborno, el empresario con labor social encomiable, el samaritano que ayudó a uno de nuestros hijos en la calle, la empleada de una farmacia que le prestó dinero a un cliente para comprar la medicina del hijo enfermo, el conductor de Uber originario de Huautla, Oaxaca, que hace 3 años llegó a la capital y no hablaba español, el comunicador que se arriesgó a denunciar. Todos estos mexicanos han existido para mí. ¿Cuáles son los tuyos?

Habrá que reconstruir el apego emocional con la patria. No podemos permitir que la casa se nos caiga encima. Nuestra reserva nacional de optimismo está en un sitio: nosotros.

domingo, 11 de septiembre de 2016

¿Dialogar o insultar?

Tras la visita de Trump, me sorprende que las declaraciones del primer mandatario y de su ex secretario de Hacienda borden en el maniqueísmo al decir que nada más había dos opciones, o dialogar o "... francamente la del enfrentamiento, la estridencia y contestar con insultos...", como dijo el presidente Peña a Carlos Marín.

Había otras opciones. Recordé un emblemático título de negocios de los ochenta, un clásico en materia de negociación: Getting to yes, Negotiating Agreement Without Giving In (Obtenga el sí, el arte de negociar sin ceder) de los profesores de Harvard Roger Fisher y William Ury.

No soy ingenuo para creer que todo lo que funciona en la academia funciona en política, pero hay varios puntos destacables. La obra sostiene que cualquier forma de negociación debería ser juzgada por criterios clave: debería producir un acuerdo inteligente (si el acuerdo es posible), debería ser eficiente y debería mejorar o al menos no dañar las relaciones. Fisher y Ury proponen 4 principios de negociación.

El primero tiene que ver con la gente y es contundente: separa a las personas del problema. Desde mi columna anterior tuve cuidado en señalar que Trump era enemigo de los intereses de México y de los mexicanos, no que él fuera el enemigo. Al personalizar el problema se tiende a ver al individuo como el problema. ¿Diálogo o estridencia? No era la pregunta, el punto era la forma de diálogo. La teoría de negociación de Harvard es "ser duro con el problema y suave con la persona". La posición presidencial no era insultar a Trump, en eso coincido con el Presidente, era mostrarse firme ante el problema: el insulto, las descalificaciones y los ataques a mexicanos y a los intereses del país. Uno no le menta la madre al visitante, como sugirió Marín, uno centra el diálogo en la falta cometida, "insultar y descalificar a quienes forman parte de la sociedad norteamericana es atacar los intereses de esa misma sociedad".

Hay que negociar por intereses, no por posiciones. Es común que las partes en una negociación tomen posiciones, generalmente encontradas con las del interlocutor. Hablar de posiciones lleva a una trampa, la salida es centrarse en intereses. La pregunta no es si quieres o no un muro, sino por qué quieres un muro. La respuesta lleva al interés. Si los indocumentados no cruzaran ilegalmente, ¿sería necesario un muro? El interés no es el muro per se, es la frontera segura y funcional, y la amenaza percibida por una de las partes de que los migrantes son un problema, no una solución. Centrarse en cómo tener una frontera segura y funcional y demostrar que los migrantes son parte de una solución y no un problema, debería ser el tópico que centrara el diálogo cada vez que la contraparte tercamente hablara de su posición. A "voy a construir un muro" una respuesta puede ser "el punto no es si tener un muro o no, el punto es cómo podemos tener una frontera segura".

Es fundamental generar opciones. Éstas deben buscar respuesta a un "¿Cómo podríamos...?" que responda al interés común de las partes. Reconocer que hay una preocupación legítima del vecino del norte por detener la migración ilegal, facilita el entendimiento. Si se desea que no crucen drogas de acá para allá, una alternativa es atacar el consumo local en EU para bajar la demanda. Si se desea que no crucen armas de allá para acá, una alternativa es terminar con la doble moral política y la corrupción que facilita el tráfico de armas. El muro es la posición que resulta del interés, pero no necesariamente es la mejor solución.

El cuarto principio tiene que ver con establecer criterios objetivos para salvar diferencias. A "los mexicanos nos quitan empleos" una salida puede ser "Hablemos de los beneficios que el TLCAN ha generado para Estados Unidos según sus propias cámaras de comercio".

JFK dijo "Nunca negociemos por miedo. Pero nunca tengamos miedo a negociar". Ser amigable y suave cuando el otro es el duro termina dañando al suave. La dureza presidencial tuvo que haberse dado en la enfática defensa de los intereses patrios, no en el insulto. Pudo haber sido suave con la persona y duro con el problema. Fue suave con ambos.

Si me preguntan cuáles son los tres libros que más me han influido, ya saben de uno.

domingo, 4 de septiembre de 2016

3 minutos en agosto

Corría el año de 1957 en la capital mexicana, al calor de una tertulia dos familias emparentadas conversan de cualquier tema. Los visitantes elogian la casa y los anfitriones responden que la venden y además a buen precio. Fue literalmente una venta nocturna. Los nuevos inquilinos nunca imaginaron que su vida cambiaría por culpa de un vecino bravucón apodado El Dandy que, en su afán frustrado de conquistar a una de las jóvenes hijas, respondió con violencia. Fueron frecuentes las pedradas que por la noche rompían los vidrios de las recámaras, los acosos en la calle, las amenazas de quemar la casa. El padre de esa familia, un artista del pincel y el óleo, decidió enfrentar al enemigo con una acción inaudita: lo invitó a cenar a su casa. Teniéndolo en su territorio, lo atacó sin piedad con su arma letal: el buen trato y la palabra. Fingiendo no saber quién era el causante de aquellas fechorías, le pidió consejo y ayuda al visitante. Cesaron para siempre las agresiones.


De no haber salido bien ese arriesgado episodio, tal vez yo no hubiera nacido. Aquella jovencita era mi madre. Mi abuelo materno tenía el don de la palabra y El Dandy resultó ser un tipo razonable. Eran tiempos en los que hasta los malosos tenían cierto honor. Con esto de ninguna manera avalo la decisión presidencial de haber invitado a un individuo que se ha posicionado como enemigo de los intereses de México y los mexicanos. Trump no es El Dandy y Peña Nieto no tiene la elocuencia de mi abuelo.

Acabo de ver la estupenda puesta en escena de 3 días en mayo (inspirada en las revelaciones del diario de Sir John Rupert "Jock" Colville, en su juventud secretario de Churchill), dirigida por Lorena Maza. El recién nombrado primer ministro enfrenta un duro dilema entre firmar la paz y someterse a Hitler o enfrentarlo. Era 1940. Sabemos lo que decidió y sabemos que su decisión cambió la historia del mundo. Lo que no conocíamos es la visión íntima de los debates del comité de guerra y la pasión y determinación con la que el carismático líder supo estar a la altura de las circunstancias, supo defender a su pueblo y llevarlo a la victoria.

Guardadas las proporciones, no estamos en guerra con ningún país y Trump no es Hitler (aunque el Presidente ha hecho alusiones a la "retórica estridente" de líderes fascistas y a las del candidato republicano), pero esperábamos una contundente defensa que no llegó y para colmo empeoró el panorama.

Y la defensa no llegó porque el Presidente carece de una arma diplomática fundamental: la elocuencia. Desprovisto de los renglones oficiales y acartonados que ya había leído, quedó a merced de una sorpresiva conferencia de prensa provocada por Trump al tomar una pregunta y luego cederle, con un gesto corporal, la palabra al Presidente, quien a la deriva fue incapaz de responder con contundencia y encima nos asestó el letal golpe al decir que los mexicanos hemos malinterpretado a quien durante un año nos ha ofendido. (Ver un imperdible análisis de lenguaje corporal https://www.youtube.com/watch?v=TuP5lu4jj60).

Como recrear un penalti fallado, en mi mente lo anoto: "Señor Trump, la historia demuestra que los muros nunca han sido la solución a los problemas del hombre. Sólo los puentes de la cooperación y el diálogo crearán las condiciones para un futuro próspero de nuestras naciones. Aunque reconozco el derecho legítimo de cualquier país para construir un muro en su frontera, estoy en contra de esa idea y sepa que los mexicanos no vamos a pagar por ello. Ante usted aquí, en esta residencia oficial, me acompañan mexicanos ilustres que han triunfado y viven en Estados Unidos. Aquí está uno de sus mejores médicos, el Dr. Quiñones, mexicano respetado y admirado en Estados Unidos. Junto a él hay empresarios, activistas, trabajadores, todos ellos han hecho que Estados Unidos sea mejor de lo que es, ninguno de ellos es violador, criminal ni traficante. Señor Trump, sus declaraciones han ofendido a millones de mexicanos, les debe usted una disculpa. Antes de irse tiene la oportunidad histórica frente a ellos y frente al mundo".

Enrique Peña Nieto tuvo 3 minutos en agosto para dar un giro a la historia. Ante los ojos de la nación y del mundo, los dejó pasar por obra, palabra y omisión.

lunes, 29 de agosto de 2016

No soy un robot, todavía

Es 1997, el tablero está puesto. El campeón mundial Garry Kasparov enfrenta a Deep Blue, la computadora de IBM que en 1996 fue derrotada por el ruso, en una demostración de que el humano es superior a las máquinas. Luego de un año tal vez Kasparov sea mejor jugador de ajedrez. Deep Blue es, sin duda, un mejor programa que su versión anterior. En el sexto y decisivo juego, después de 19 movimientos, Kasparov se rinde. Su derrota es un parte aguas en la historia de la inteligencia artificial. El mejor cerebro humano en ajedrez, falible al fin, sucumbió ante 256 procesadores, capaces de analizar sin fatiga 200 millones de movimientos por segundo.

Gracias a Alan Turing la Segunda Guerra Mundial terminó antes. Su trabajo como pionero en el desarrollo de algoritmos y programas computacionales permitió descifrar códigos nazis usando una máquina electromecánica. De la rueda a la máquina de vapor, del automóvil al algoritmo, las máquinas han extendido las capacidades del hombre. En el futuro la mayoría de los trabajos serán realizados por robots, artefactos inteligentes capaces de aprender y mejorarse.

En 1951 Turing escribió: "En algún momento habrá que esperar que las máquinas tomen el control". Nos guste o no, los robots están teniendo un mejor desempeño que los humanos para hacer predicciones, pronto harán tareas domésticas, lucharán contra la contaminación, cada vez más nos transportarán de forma autónoma y explorarán el espacio, lucharán contra el crimen, harán diagnósticos médicos, cirugías, cuidarán de los sistemas financieros. Las impresoras 3D harán tortillas "a mano".

Si tuvieras que apostar todo lo que tienes en un juego de ajedrez donde se te da la oportunidad de ir con el humano o con la computadora, ¿qué escogerías? La respuesta parece obvia. Ahora llevémosla a otro terreno. Hay cosas más importantes que una partida de ajedrez, digamos el futuro de una nación donde vivirán tus hijos y los hijos de tus hijos. Imagínate que la gran decisión sobre quién debe liderar un país pueda ser tomada por un grupo de humanos (dentro de los cuales lo que abunda es la falta de capacidad para tomar buenas decisiones) o por una máquina capaz de seleccionar a la mejor persona para ser Presidente. ¿En quién "apostarías" el futuro de tus hijos y de los hijos de tus hijos?

Si fuiste a favor de la colectividad, apostaste por un sistema democrático tal cual lo tenemos hoy. No sé si estás contento con los resultados que este sistema nos ha dado hasta hoy, yo no. Si te inclinaste por la inteligencia artificial, estás a favor de una democracia inteligente, un sistema alimentado con los errores del pasado y lo mejor de las capacidades humanas, en otras palabras, un algoritmo capaz de tomar la mejor decisión posible. Parece utópico ¿no?, también parece inteligente. Asimov tocó el tema en Sufragio Universal, desde 1955.

El otro día escuché decir, "Amazon conoce mis gustos mejor que mi esposa". Nuestra interacción con la inteligencia artificial cada vez será mayor. Reconozco que el avance científico es desafiante en muchos aspectos, el ético quizá sea uno de los más grandes. Quienes vimos en los setentas la ficción de organismos mejorados, como El hombre nuclear y La mujer biónica, nunca pensamos que esas hipercapacidades pudieran ser factibles. Hoy sabemos que sí lo son. Nuestros descendientes podrán retardar el envejecimiento, revertir discapacidades y ampliar su potencial cognitivo, como memoria, percepción, razonamiento.

Con frecuencia tengo que marcar una casilla de alguna página de internet para declarar que no soy un robot, luego, para probarlo, tengo que descifrar unos frustrantes caracteres deformados o seleccionar imágenes con determinado patrón. Supongo que pronto los robots aprenderán a hacer eso y tendremos que validar nuestra humanidad de otra forma. Los algoritmos ya editan videos, escriben música que hace llorar a los expertos, hacen poesía y guiones para telenovelas. Me perturba la idea pero también escribirán columnas en un periódico.

Mientas eso sucede les aseguro: no soy un robot, todavía.