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domingo, 11 de diciembre de 2016

Antropología para el mundo

El pasado 29 de noviembre Ann Dunham hubiera cumplido 74 años. Antropóloga de formación, fue la figura formativa dominante para uno de sus hijos, un niño que, por el trabajo de investigación de la madre, vivió en diferentes países y se acostumbró a convivir con diferentes culturas. Para decirlo de otra forma, la otredad, lo distinto, fue parte de su educación, tanto así que el niño comió carne de perro, culebra, chapulines y aprendió a expresarse y a entender otra lengua.

Este niño creció con tanta carga de lo extranjero que muchos años después fue acusado de no haber nacido en el país donde se convertiría en el Presidente número 44 de su historia. Aunque Trump terminó por aceptar que sus señalamientos contra Barack Obama, el hijo de nuestra antropóloga, eran infundados, su ofensiva representa mucho de quienes no tienen una visión antropológica, al contrario, ven amenazas en lugar de recursos, detonan los puentes y favorecen la creación de islas.

La antropología estudia la realidad humana, pretende interpretar al individuo integral, social, biológica, culturalmente. He tenido la fortuna de convivir durante los últimos 15 años con varios antropólogos y otros estudiosos de la condición humana, de ellos he abrevado una visión antropológica del mundo, una carrera empírica que ha llenado mi frustrada vocación de excavar para encontrar pirámides sepultadas e interpretar glifos en las piedras. El antropólogo es un pontífice, tiende caminos en vez de construir muros, trata de entender desde afuera, es el observador que analiza, interpreta y acepta, y en esta aceptación sostiene sus puentes y allana diferencias.

En un interesante artículo del Financial Times, que Simon Kuper intitula "Barack Obama: antropólogo en jefe", destaca que mucho de la forma de ser del presidente norteamericano está influenciado por su formación materno-antropológica. Ésta, dice Kuper, es una de las claves para entender a un Presidente que, aunque querido por muchos, ha sido muy criticado por otros. Contrario a la visión de supremacía de quien está por sucederlo, Obama, narra Kuper, "nunca compró la idea de que (EU) es un país excepcional con una cultura superior y el deber divino de salvar al mundo. Cuando le preguntaron en su primer viaje intercontinental si creía en la excepcionalidad de EU, dijo: 'Creo en la excepcionalidad de EU tanto como sospecho que los británicos creen en la excepcionalidad británica, y los griegos creen en la excepcionalidad griega'".

Desafortunadamente, esta sensibilidad antropológica, este ver a su propio país desde afuera, no le alcanzó para crear beneficios suficientes y leer el descontento social que posteriormente fue explotado por Trump. Esta inclinación a ver a los otros y ser parte de los otros (en su caso pertenecer a un grupo étnico que por primera vez llegó a la Presidencia) no le impidió el legítimo uso de la ley para deportar a más de dos y medio millones de indocumentados, lo cual lo convierte también en el "Deportador en Jefe". Aunque no guste este dato, Obama aplicó la ley (igual que lo hará Trump).

No creo que un antropólogo sea mejor Presidente que un empresario o viceversa. Es la visión complementaria la que puede construir un liderazgo efectivo. Lo mismo sucede en el mundo de los negocios. Aunque en todos los campus universitarios que conozco, los edificios de las escuelas de negocios están separados de los edificios de las ciencias sociales, existe un gran puente que conecta los intereses de ambos mundos.

Nissan acaba de publicar una nota donde reconoce el gran papel que tienen los antropólogos en sus procesos de innovación y diseño, particularmente en sus vehículos de conducción autónoma, donde es fundamental entender el comportamiento del hombre junto con la tecnología, más allá de un algoritmo. Pronto los automóviles serán un ejemplo de buen ciudadano en las calles.

La antropología puede ser la gran aliada de muchas otras disciplinas para enfrentar los retos contemporáneos. Su efectividad, me parece, radica en que nos fuerza a ver personas donde otros ven números, "small data" en vez de sólo "big data", tribus, no sólo mercados; nos lleva de regreso a la cueva, ese lugar prehistórico donde toda innovación comienza.

Caminito de la escuela

In memoriam, Jorgito Sánchez C.

 

A sus 11 años habla como el adulto que será, seguramente un brillante ingeniero. Cursa el sexto de primaria en una escuela de Matamoros y aunque se ve un alumno muy aplicado, el invento que ha desarrollado debería preocuparnos a todos. Juan David es el creador de la llamada "mochila de seguridad", una mochila aparentemente normal, como las que cargan los niños en la espalda, nada más que está equipada con una placa de fibra de vidrio a prueba de balas, un geolocalizador conectado al teléfono de sus padres, una alarma sónica y una linterna.

Muy lejos se sienten los ingenuos tiempos en que la canción de Gabilondo Soler, Cri-Cri, Caminito de la escuela nos hacía sentido y nos emocionaba al imaginar las diferentes criaturas del reino animal llegando a clases. Detrás del invento de Juan David hay un profundo instinto de sobrevivencia ante las amenazas del entorno, no hay un perro con la goma de borrar en el hocico, ni un ratón con espejuelos, ni una tortuga procurando ser puntual, mucho menos el camello con mochila o la jirafa con su chal. De la boca de este niño de 11 años salieron estas palabras: delincuencia, balaceras, Protección Civil, bala perdida, impactar, robo, alarma, agresor, secuestro. No necesitamos a un especialista en comportamiento humano para saber qué pasa por su mente durante su camino a la escuela o de regreso a casa.

La normalización de la violencia implica una adaptación de las condiciones de vida ante un entorno que se ve imposible o poco probable de modificar. La naturaleza tiene muchos ejemplos donde las especies vivas toman acciones encaminadas a su sobrevivencia, una respuesta instintiva ante los peligros amenazantes. Hay varios tipos de adaptaciones en los animales, muchas de ellas copiadas por el ser humano, como el camuflaje y el mimetismo, que son adaptaciones morfológicas. En la primera uno se confunde con el contexto de modo que no es detectable, el ejemplo clásico es el camaleón, en la segunda uno simula ser de otra especie, como la falsa avispa. Hay adaptaciones fisiológicas, como la hibernación y la estivación, y adaptaciones conductuales, las que como humanos más practicamos, modificaciones de nuestro comportamiento para asegurar las funciones básicas como reproducción, búsqueda de alimento y defensa ante depredadores. Aquí la migración y el cortejo son ejemplos del esfuerzo de los organismos vivos por sobrevivir.

Un niño de Matamoros, donde "las balaceras son muy frecuentes", hace una adaptación conductual y desarrolla ciertas herramientas de sobrevivencia. El hombre de la prehistoria elaboró percutores, utensilios para la talla y la obtención de lascas con objeto de producir otras herramientas. El invento de la "mochila de seguridad" fue merecedor de una distinción en un certamen de innovación tecnológica. He sostenido que para innovar hay que voltear a la cueva, entender las necesidades primarias del hombre y la mujer de la prehistoria, los mejores inventos vuelven ahí, donde el instinto y la simplicidad cumplen la función. ¿No acaso el dedo es una innovación respecto del lápiz digital?

En el fondo de este invento infantil hay también un abandono y una ruptura del niño con el mundo adulto. Ha llegado a la tremenda convicción de que nadie puede defenderlo. Una madurez adelantada que nuestra infancia no merece, pero necesita si ha de salir adelante ante las amenazas de un entorno violento, inseguro y hostil. Cuando el ser humano reconoce su fragilidad, apela a elementos de protección, desde las armas hasta los amuletos y los talismanes. En cierta ocasión que cruzaba una calle muy transitada, una anciana que iba delante de mí caminaba pausadamente mientras, estirando el brazo, mostraba la señal de la cruz a los automovilistas.

Muchas formas de consumo (material pero fundamentalmente simbólico) tienen detrás la motivación de equilibrar las condiciones del entorno, balancear las probabilidades de sobrevivencia, controlar los daños. De ahí que los productos siempre en demanda son la confianza, la fe, la certidumbre, la seguridad. Independientemente del objeto material o ritual que esto represente, siempre serán anhelados.

El pequeño Juan David nos confirma una realidad de nuestra especie, también un doloroso rostro de México.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Lecciones de primaria

Durante su intervención en la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil, el secretario de Educación Pública, Aurelio Nuño, fue corregido por una pequeña. "No se dice 'ler', se dice 'leer'", apuntó con tino y educación Andrea, ahora famosa en las redes sociales, ávidas del morbo y los resbalones ajenos. Aunque no le quedaba de otra, bien por el secretario Nuño al agradecer la corrección. Me parece que la anécdota per se es lo menos destacable. El episodio encierra otras lecturas.

Pronunciar mal la palabra "leer" no es tan grave como no saber leer. Y no me refiero al índice de analfabetismo sino al acto racional de entender un texto. Yo me di cuenta que no sabía leer. Durante mi paso por la Sogem, escuela de escritores, me topé con una realidad: "para escribir bien, primero leer bien". Tuve que contener mis ansias de escritor y dedicarle tiempo a la clase de análisis literario. En aquel entonces ya había "leído" Pedro Páramo, la primera obra que desmenuzamos en clase. Al releerla, la obra era otra muy distinta. Como una nueva presencia en Comala, se me aparecieron mis fantasmas de la ignorancia para decirme "¿te das cuenta?, no sabes leer". Ese momento fue una revelación, un parteaguas que marcó mi vida como lector.

Gran parte de mi educación transcurrió en escuelas públicas y no recuerdo que nos hayan enseñado a leer. Por lo que intuyo, tampoco en las escuelas privadas se enseña a leer. Cuando asisto a la FIL y veo los pasillos abarrotados de personas, es frecuente que escuche comentarios como "los mexicanos sí leemos, aquí está la prueba", cuando la evidencia es que los mexicanos abarrotamos los pasillos de una feria del libro. ¿Cuántos de los que asisten compran libros?, ¿cuántos de los libros comprados son leídos?, ¿cuántos de los "leídos" son leídos? Parece más importante el evento que el acto de leer, asistir a la presentación pública de un nuevo libro que al acto solitario y privado de hacer propia una obra.

Segunda reflexión, el error del secretario Nuño no quedó impune. Si México fuera un paciente en terapia intensiva y hubiera que curarlo de su mayor mal, diría que es la impunidad. Escandaliza enterarse de notas como la de ayer en este diario: "Dejan a plagiarios libres por minucia". Nuestro sistema de justicia (es un decir), por las razones técnicas y de debido proceso que ustedes quieran, promueve la impunidad, alienta la criminalidad, es el verdadero cáncer de México. Sólo así es explicable que haya asesinos, violadores, secuestradores que han sido capturados varias veces y luego son dejados en libertad por detalles administrativos. Peter Drucker, uno de los pensadores en materia de negocios y administración más influyentes del siglo pasado, estableció una diferencia sustancial entre ser eficiente y ser efectivo. Lo primero es hacer algo correctamente, lo segundo es hacer lo correcto. Nuestro aparato de justicia está orientado a ser eficiente, necesitamos uno que sea efectivo. Así como hablar de un libro no es lo mismo que haberlo leído, cumplir con los requisitos de justicia no es lo mismo que hacer justicia.

Tercera reflexión. Andrea no se quedó callada, actuó. Ya existe un índice mundial de impunidad en el que por supuesto no tenemos un lugar decoroso. De existir un índice mundial de participación ciudadana, seguramente la sociedad mexicana también saldría mal calificada. Uno de los rasgos de nuestro código cultural es que somos muy pacientes, muy aguantadores. Generalmente nos cuesta involucrarnos en asuntos públicos porque no nos gusta el enfrentamiento. No nos gusta señalar o denunciar las faltas de otros para no meternos en problemas, pero ¿no será que por eso estamos metidos en problemas? ¿Quién de nosotros hubiera corregido al secretario Nuño? Esta tibieza para corregir lo que está mal tiene su contraparte: nuestra ley no obliga, pide las cosas por favor. De nueva cuenta nuestro código cultural no nos ayuda, está lleno de expresiones de cortesía donde se privilegia la forma sobre el fondo. "Favor de no estacionarse en la zona destinada a los bomberos". Cuando el ordenamiento es una sugerencia, deja de ser ordenamiento, así se trate de un semáforo en rojo, hasta el desvío de recursos por parte de un gobernador.

Gracias, Andrea, por tu lección.


domingo, 13 de noviembre de 2016

Caprichos del hipotálamo

Por alguna condición personal, digna de un compendio de sabiduría inútil, me siento muy a gusto en temperaturas frescas, digamos entre 15 y 22 grados Celsius, lo que me hace prescindir de abrigos, cobijas y bufandas, mientras muchos al derredor experimentan frío. En un avión, entro en batalla térmica con algún pasajero, usualmente una dama, que se defiende detrás de una cobija y pide al sobrecargo que "quite el frío", mientras yo, en mangas de camisa, le insinúo que no lo haga. Zoológicamente hablando, me siento más cerca de los pingüinos que de las iguanas. Amo el otoño y el invierno, gozo los días nublados y lluviosos de la misma forma que alguien se alegra con el sol en la playa. Encender una chimenea me inspira (me recuerda que afuera hay frío), ponerme bloqueador solar en la piel es un control de daños.

Esta circunstancia no me impide disfrutar ciudades como Mérida, donde no deja de azorarme que con sólo 17 grados la gente use chamarras y hable del "frío". Sin duda nuestra especie se "aclimata", desarrolla una escala singular de lo que llama calor o frío, en función de la ciudad que habita, pero también en función de ciertas condiciones del hipotálamo, la parte del cerebro encargada de regular la temperatura corporal, nuestro termostato, para decirlo llanamente.

Luego de recorrer varias ciudades y poblados del norte de España, de pasar de climas templados en la costa del Cantábrico a otros más fríos hacia dentro de la península, compruebo que sentir frío o calor es en buena medida un factor cultural. De haber sido sociólogo y no físico, Anders Celsius hubiera dicho algo como "por su forma de sentir el frío o el calor, los conoceréis". En Madrid la gente viste como salida de un aparador ¡de tienda departamental de México!, y es que dentro de las muchas cosas que importamos, la moda (particularmente la europea) es, por supuesto, un elemento que nos autoimponemos, en mi caso a modo de flagelo. ¿Cómo usar un saco de lana si nuestro invierno citadino apenas tiene una semana de bajas temperaturas? ¿No debería un diseñador mexicano reivindicar al algodón y al lino en pleno enero?

Buena parte de la moda que seguimos en México es una ficción, está hecha para otras latitudes. Nuestra añoranza por un clima que no tenemos llega al extremo de regodearnos con ver caer nieve artificial en un centro comercial o ponernos ropa térmica en una pista de hielo, en el Zócalo.

Al menos en tres ciudades españolas recordé las palabras de Carlos Fuentes en El espejo enterrado: "España... es una proposición doblemente genitiva, madre y padre fundidos en uno solo, dándonos su calor a veces opresivo, sofocantemente familiar...", pues en la habitación de los hoteles sentía un calor incómodo. Luego de luchar inútilmente con el control del clima, llamé para pedir que me asistieran. "Señor, no puede hacer nada, es noviembre", la respuesta me desconcertó, ¿tenía la culpa el zodiaco? "Ya todas las habitaciones están a 24 grados, por el frío; la temperatura está controlada por un ordenador central que no podemos mover". ¡¿El frío de quién?!, si a 24 grados empiezo a sudar y me revuelvo en la cama como patata en sartén. "Bueno, puede abrir la ventana". Me quedó claro que hay sitios donde el frío se decreta, no se siente, por eso la definición de suéter es "prenda que el hijo debe usar cuando la madre tiene frío".

Pero así como yo me quejo del calor, hay quienes se quejan del frío. Se dice que los norteamericanos viven una sociedad altamente frigorizada, que usan en exceso el aire acondicionado. Richard de Dear, estudioso de la Universidad de Sydney, tiene una forma especial de explicar esto, dice que "ser capaz que la gente sienta frío durante el verano es un signo de poder" y que por ello muchos establecimientos de prestigio tienen la temperatura baja. ¿Los gringos son fríos y los españoles cálidos?

La sensibilidad térmica es una prueba para la convivencia. En materia de temperatura me declaro liberal: "Entre los individuos como entre las cobijas, el respeto por el hipotálamo ajeno es la paz". En un matrimonio suele haber una negociación de alcoba que usualmente se resuelve con un par de frazadas, pero no siempre.

Cada cultura tiene su antídoto. A diferencia de los hoteles gringos, en España sí abren las ventanas.

Nos-otros

Mientras evoco sitios medievales, no deja de ser contradictorio que la condición que hoy les da cierta aura para atraer prosperidad y visitantes es su muralla o los vestigios de ésta. Qué paradójico resulta ver que aquello que se erigió para separar, hoy sea una fuente de magnetismo y generación de valor. Vemos con asombro la belleza de la mayoría de los lugares fortificados, espacios que conservan elevados muros almenados, rodeados de obstáculos hechos por el hombre o infranqueables barreras naturales. De las fosas perimetrales a los linderos escarpados, la intención humana ha sido defenderse contra potenciales agresores. Así nació París.

De Kotor, en Montenegro, encanta cruzar la ciudad amurallada e imaginar la vida medieval cuando salir del resguardo era exponerse a peligros inminentes; afuera están los otros, siempre los otros, los diferentes, los que anhelan vivir como nosotros, construir prosperidad para ellos (en el mejor de los casos) si no es que quieren entrar a destruirnos. A tan sólo unos kilómetros de Lisboa está Óbidos, un villorrio de casas entejadas, muros blancos con buganvilias y callejuelas de piedra; se parece a tantos pueblitos mexicanos, la diferencia es que está dentro de un polígono amurallado en lo alto de un cerro y conserva un castillo, su contexto medieval es la fuente de su subsistencia, miles de turistas cruzan su muralla y toman licor de ginja.

Estos sitios fueron un nos-otros y ahora son un nosotros. Nos era "yo y los que conmigo se asocian, nosotros". El temor a los otros escindió la raíz de palabra. Las murallas y las barreras son parte de la historia del ser humano, responden a uno de los motivadores más grandes, el miedo. Estos días he escuchado muchas manifestaciones sobre el negro futuro que nos espera luego de una nueva edición por venir de murallas y barreras por parte de nuestro vecino del norte. Pero también he escuchado voces de optimismo que invitan a sacar lo mejor de nosotros y a adaptarnos a las nuevas reglas del juego, o al nuevo juego. Ningún muro evita ver el cielo estrellado.

Ciertamente la buena vibra y la energía que proyectemos son componentes necesarios para enfrentar el futuro, pero habrá que recordarle al presidente Peña aquello de "las cosas no se dicen, se hacen, porque al hacerlas se dicen solas". Es difícil arengar a la buena vibra y a una mejor patria cuando en tus narices se te escapa el priista veracruzano Duarte, en su momento, modelo de una nueva clase política para nuestro mandatario. Es complicado proyectar buena energía cuando, en un acto de cinismo extremo, los diputados recortan el gasto en sectores prioritarios y se lo aumentan ellos. Sin hechos contundentes, el esotérico talismán al que parece aludir el Presidente no será sino otro eslabón más en la pesada cadena que lo sumirá en el juicio de la historia.

Un muro fronterizo es una mala respuesta a una buena pregunta. Nadie le construye muros a su fuente de beneficios (varias de las promesas de Trump son un disparo en el pie). No hay lealtad a las marcas sino a los beneficios que éstas representan. Cuando los demás te ven caro, lo que tienes que hacer es elevar tu valor. El próximo gobierno de la República (a éste me parece iluso pedírselo) deberá contemplar una estrategia de Estado para elevar el valor de México y de los mexicanos en Estados Unidos pero también en el mundo. A mayor valor percibido, mayor respeto. En la generación de resiliencia debemos encontrar las claves para pasar del dicho al hecho.

El único temor que debe preocuparnos es a nada más tener temor.

Las murallas son necesarias porque hay enemigos, los enemigos son necesarios porque somos humanos. En Construir al enemigo, Umberto Eco escribió: "Tener un enemigo es importante no sólo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo". Aquí radica una de las claves del triunfo de Trump, y del impulso de líderes mesiánicos, pero también de la oportunidad que nos aguarda.

Viene a mi mente el Dale Carnegie que tanto marcó mi juventud: "Y al mirar hacia afuera los dos presos, uno vio lodo, pero el otro estrellas". Escojo esa lejanía.

domingo, 30 de octubre de 2016

Escalones de culto

Me interesa, algunos lo saben, el comportamiento humano, especialmente el colectivo, ése que forma un patrón, un molde al que se adhieren, nos adherimos los demás sin necesariamente razonarlo. Entender el mecanismo social de por qué la gente hace tal o cual cosa es entender, en cierta forma, la historia de la humanidad. Estoy convencido que la conducta social es manipulable, lo cual, aunque potencialmente peligroso, también guarda la posibilidad de cambios positivos. Por eso respondo "sí", cuando me preguntan si, como sociedad, tenemos remedio en México ante calamidades como la corrupción.

Los cambios de conducta grupal pueden tardar generaciones o días, todo depende del contexto. Hace unos cuantos años, por ejemplo, el gel desinfectante era un producto de bajísimo, si no es que nulo, uso masivo. Hoy lo vemos en infinidad de sitios públicos, ya es parte del panorama. La costumbre nos vino de golpe, fue un evento traumático ante la amenaza de un virus letal.

El cine tiene el poder de cambiar conductas y forjar tradiciones, su influencia como instrumento de adoctrinamiento debería estudiarse. Cuando estas letras se publiquen, ya habrá sucedido un insólito desfile en la Ciudad de México. Producto de icónicas escenas de la película Spectre, de la serie del agente 007, se espera la marcha de osamentas gigantes, catrinas y otros símbolos asociados a la tradición mexicana del Día de Muertos. Me parece un acierto que las autoridades capitalicen la inversión cinematográfica en la creación de una nueva conducta que será incorporada a la tradición existente. No se espanten los puritanos, las tradiciones evolucionan, están vivas, su formación es orgánica como las ramas de un árbol.

En la Rua das Carmelitas 144, en la ciudad de Oporto, sucede un comportamiento ritual digno de verse. El punto es el lugar de una centenaria librería. ¿Acaso leen tanto los portugueses? ¿Qué puede atraer a una multitud todos los días a un sitio donde nada más venden libros? La respuesta está en que las cosas valen más por lo que significan que por lo que son. La Librería Lello, considerada por muchos como la más bella del mundo, es un lugar mágico para quienes gustamos de la confortable compañía de las páginas, también para los amantes de la arquitectura y, claro, altar de culto para los fanáticos, y no tanto, de Harry Potter.

Se cuenta que la autora de la exitosa serie vivió un tiempo en Oporto mientras enseñaba inglés y que la librería en cuestión le sirvió de inspiración para crear un colegio de magia, nada menos que Hogwarts, cuya espectacular escalera, dice la leyenda urbana, emula la célebre escalera de la Librería Lello. En materia de comportamiento colectivo las cosas no tienen que ser verdad, basta que lo parezcan. Resulta que 4000 turistas por día visitan esta librería. Bastó con la propagación de cierta información para convertir una estantería en un santuario. Esto me provoca sentimientos encontrados. No dejo de pensar cómo sería una visita a la Librería Lello antes de ser asediada por la multitud que, por cierto, tiene que pagar 3 euros por persona para poder entrar. En la compra de un libro te reembolsan el costo del boleto. Claramente, la mayoría de las personas no entran a una librería sino a un lugar asociado a una historia (Harry Potter), se trata de un juego de símbolos. Así se crea la fama de los lugares, así aparecen los imperdibles en los itinerarios de viaje. El mecanismo que atrae a millones a una mezquita, a la Capilla Sixtina, al Louvre, al Muro de los Lamentos, al Santuario del Tepeyac y tantos más, es el mismo.

Dicen los que saben que una escalera le da personalidad al lugar. Sin menosprecio de sus magníficos estantes, su bella ebanistería, sus lámparas y vitrales y la espectacular fachada estilo neogótico, la Librería Lello es su escalera. Tiene el magnetismo de las lunas llenas, no puedes dejar de verla. Como una gran boca abierta, su lengua roja te invita a subir. En su primer descanso el camino se bifurca en dos espirales que habrán de encontrase nuevamente peldaños más arriba. A pesar de su solidez, tiene cadencia y holgura. Sobre sus escalones rojos esperé una fracción de segundo hasta quedar solo. Luego, como tantos miles, sin pensarlo, me tomé una foto.

lunes, 24 de octubre de 2016

Lo aprendí de una empanada

Me dijeron "es el mejor lugar para probar las empanadas argentinas". Estaba yo en Buenos Aires y sabía que la recomendación podría ser exagerada, es como si alguien en México te habla del mejor lugar para probar tacos. Con esa salvedad en mi cabeza y con mucha hambre en el resto del cuerpo, llegué a un modesto lugar en espera del santuario culinario anunciado por un amigo bonaerense. Efectivamente, las empanadas muy buenas, eran de horno, su costra dorada traía algo de fuego y de ladrillo. Pronto llegó la decepción.

Como es natural para un mexicano, pedí salsa chimichurri. El mesero hizo un gesto como si le hubiera preguntado por una empanada de huitlacoche, luego dijo que trataría de conseguirla. Fue entonces cuando vi a los demás comensales, en ninguna mesa había el tradicional aderezo argentino, muy usado en sus asados.

¿Por qué los mexicanos aderezamos las empanadas argentinas con chimichurri? Mi deducción es que como casi a todo le echamos salsa, como el picante es parte de la identidad cultural, seguramente en alguno de los restaurantes argentinos que tanto nos gustan en México, alguien pidió salsa picante, y lo más cercano a "picante" para un argentino es la chimichurri que, como sabemos, es totalmente inofensiva pero da sabor. A partir de ahí la costumbre de asociar empanadas con chimichurri forjó un estereotipo, un constructo social, también un mito. Hay extranjeros que se desencantan en México cuando ven que su cerveza no tiene una rebanada de limón atorada en el cuello de la botella. La publicidad ha construido una imagen que para muchos, en otros países, es una verdad.

El presidente Peña, al inaugurar la Semana Nacional de Transparencia 2016, dijo que en materia de corrupción nadie puede arrojar la primera piedra y que todos somos parte de un modelo "que hoy estamos desterrando y deseando cambiar". No estoy de acuerdo en la generalización y menos en equiparar todos los casos de corrupción como si fueran igualmente graves. La declaración fue considerada como una ofensa por muchos y como una confesión de parte, por otros. Lo rescatable para mí es que efectivamente todos somos parte de un modelo, es decir un sistema, que hace que las cosas funcionen cuando hay corrupción, y promueve frenos para que exista el incentivo de quitarlos. En Vecinos distantes, Alan Riding se refiere a la corrupción mexicana como lubricante y engrudo. Tiene razón.

El que seamos parte de ese sistema no quiere decir que todos seamos corruptos o que la corrupción sea incurable. Lo grave es que nosotros mismos construyamos, por acción u omisión, un estereotipo de que los mexicanos somos corruptos.

Yokoi Kenji es un joven nacido en Colombia donde creció sus primeros diez años, luego vivió en Japón. Físicamente parece nipón, culturalmente es latino con una mezcla de la cultura del sol naciente. Se ha dedicado a demostrar que vivimos con muchos mitos, que los japoneses son más inteligentes, por ejemplo. Durante sus primeros años en Japón vio que los niños japoneses eran muy similares a los colombianos, gritaban, molestaban igual. La diferencia que encontró fue la gran disciplina (el respeto por las normas) que se tiene en Japón. Llegó a la conclusión de que los japoneses valoran más la disciplina que la inteligencia. Su caso, al ser un individuo nutrido de dos culturas, demuestra que la corrupción es sistémica, es cultural, no está en los genes, no atenta contra el nacionalismo, está en los hábitos sociales promovidos por la mayoría de los ciudadanos.

La construcción de un nuevo estereotipo mexicano debería ensalzar conductas positivas, actos donde un mexicano actuó sin corrupción. Pero debemos empezar por nosotros, por casa y por acciones de vida cotidiana. Luego en las escuelas. No se trata de ganar el premio nacional anticorrupción, se trata de ganar la secreta e íntima satisfacción de dar un buen ejemplo desde aquello que pensamos que no importa.

Los estereotipos cambian creencias, las creencias cambian conductas. Esto es tan cierto como que la salsa chimichurri no pica.