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domingo, 9 de julio de 2017

Violencia: ¿reversible?

¿Somos cada vez más violentos? Aunque hay evidencia de que nuestras sociedades en el mundo son más civilizadas que antes, hay señales que apuntan, si no a un incremento de la violencia, sí a una notoriedad mayor. La tecnología y la capacidad de difusión juegan un papel importante. Recientemente nos enteramos de las agresiones, durante la fiesta de graduación, entre dos colegios de la Ciudad de México que pretenden ser emblemas de la enseñanza educativa con valores. También que Corea del Norte lanzó misiles intercontinentales o que el mismo presidente de Estados Unidos difundió una parodia donde apalea a la cadena CNN. Diferentes expresiones de una misma violencia.


El caso de Trump es preocupante por la posición de poder que ostenta. Le pregunté a "Lagos", colega de travesías en entender el comportamiento humano y psicólogo social, su opinión. Cita a Randall Collins: "La violencia no la generan individuos aislados, sino todo un espacio emocional de atención" (Violence. A micro-sociological perspective. Princeton University Press. 2008), y en este espacio se subraya el miedo hacia el otro y se refuerza la postura que el mandatario ha creado, una figura dura, altanera e imperante. Al difundir el video refuerza el vínculo con sus seguidores y ensancha los polos que dividen a la sociedad norteamericana.

¿Cuál es el mecanismo para multiplicar o disminuir la violencia? ¿Existe? Los métodos tradicionales de control, como el castigo, no parecen estar respondiendo. Ello por supuesto en sociedades donde no hay impunidad o es baja. En el caso mexicano, con tan alto nivel de impunidad, sería muy aventurado hablar de si el castigo está sirviendo para la readaptación social (aunque no se necesita un estudio para saber la respuesta).

El doctor Gary Slutkin, profesor de epidemiología en la Universidad de Illinois, pasó 10 años en África luchando contra epidemias de tuberculosis, cólera y sida. Su experiencia le ha permitido entender el mecanismo de las epidemias y, en forma por demás brillante, ha encontrado un puente entre el contagio de enfermedades y lo que él llama el contagio de la violencia, mal que ve como un tema de salud pública más que de seguridad. Siempre he creído que cuando alguien no encuentra las llaves del carro es porque no las ha buscado donde están. De la misma forma, la solución para muchos problemas sociales está en otro lado.

Preocupado por la ola de asesinatos y violencia en ciertas zonas de Chicago, Slutkin observó que los métodos de castigo no disminuían el problema, no funcionaban para cambiar la conducta ilegal. Al ver mapas de epidemia y de violencia, notó que tenían el mismo patrón. Determinó que lo que predice un caso de violencia es otro caso de violencia. Propuso aplicar las mismas medidas (cuya eficacia está probada) contra la epidemia, a la violencia: interrumpir la transmisión, prevenir futuros contagios, cambiar las normas. En las comunidades de Chicago donde se probó el modelo, la reducción de violencia fue de 67%. Donde se ha replicado la fórmula, la violencia ha disminuido.

Interrumpir el contagio implica no sólo trabajar con las fuentes de violencia sino cortar la exposición a la violencia (dejar de difundir noticias, prohibir la venta de videojuegos y programas de violencia, por ejemplo) al resto de la sociedad. En una época donde vivimos una amplia libertad de expresión y de información, esta censura podría tener opositores, pero ¿el fin lo justifica?, después de todo un acto de violencia es preludio del siguiente (igual que un contagio de lepra es presagio de otro). Nuestra actitud hacia ver normal y cotidiana a la violencia es otra forma de violencia. La apología del crimen en México genera más delito.

Quizá estamos diagnosticando mal la violencia. Si el problema no es nada más de seguridad sino de salud pública (como debe ser tratado el tema de la drogadicción), estamos ante un caso donde la ciencia ha probado un tratamiento efectivo. Lo peor que nos puede pasar frente a un problema tan serio como la violencia es querer resolverlo con la solución equivocada. No pensemos en individuos violentos sino en sociedades violentas. Ese espacio emocional de atención al que se refiere Collins es el caldo de cultivo que hoy debemos acotar. ¿Curas o contagias?
 
 
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lunes, 3 de julio de 2017

El factor H

Sucedió. Una mujer viaja de Portugal a Londres en una prestigiada línea aérea británica. Su boleto categoría negocios le da beneficios que no tienen los pasajeros viajando "en turista". Al menos eso cree ella. En pleno vuelo la sobrecargo le dice que no hay suficiente comida y que como ella tiene el menor número de puntos, no le tocará alimento. Lo que el sistema de la aerolínea no reportó es que la mujer tiene 6 meses de embarazo. Afortunadamente un pasajero le cede su plato, pero ya se ha causado un tremendo daño. El "Programa de Lealtad" acaba de naufragar en las aguas de esta mujer que no entiende cómo le pudieron hacer eso. Hay un culpable en esta historia: el algoritmo.

Nuestro mundo avanza vertiginosamente con tecnología que reta la capacidad de asombro incluso de los más jóvenes. Vivimos el embeleso por los datos, los reportes, el sistema que desde una pantalla toma control y ordena según determina la inteligencia artificial. Antes nos escudábamos en razones terrenales, hemos pasado de "me lo dijo el jefe" a "lo determinó el sistema". El episodio de la aerolínea refleja, por cierto, escenas cotidianas en estas empresas cuyos empleados, la mayoría, parecen poseídos por un algoritmo lejano.

En el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México la información (es un decir) al pasajero es materia para novelas de misterio, drama y terror. Alrededor de sus pantallas "informativas" se juntan los viajeros desconcertados, ven su reloj, no atinan a saber por qué su vuelo dice "a tiempo" y no anuncia la sala de abordaje a pesar de que ya es la hora de salida. En el mostrador de la aerolínea más pasajeros tratan de abrevar información fidedigna. Es mi caso. Le pregunto a la representante por mi vuelo y me dice una hora que no coincide con la pantalla que tiene detrás, una de la aerolínea, no del aeropuerto. Le pregunto que si la pantalla está mal y me dice: "las pantallas siempre están mal, no les haga caso, el aeropuerto es muy lento para actualizarlas, por eso la gente pierde sus vuelos". Le digo que me refiero a su propia pantalla, la que tiene detrás con el logotipo de su empresa. Me revira sin siquiera voltear a verla: "sí, está mal, yo nada más le hago caso a mi sistema".

En los últimos años ha habido un auge por lo que en inglés se conoce como STEM: science, technology, engineering, math, disciplinas muy valiosas, creadoras de algoritmos increíbles, pero que al faltarles la perspectiva del mundo real pueden propiciar malas decisiones. Escribe Christian Madsbjerg en Sensemaking: El poder de las humanidades en la era del algoritmo, "nuestra obsesión con STEM corroe nuestra sensibilidad a los cambios no lineales (yo añado: e impredecibles muchas veces) que ocurren en la conducta humana, y reduce nuestra habilidad natural de extraer significado de la información cualitativa (yo añado: y cuantitativa)". El autor nos previene de los peligros que encierra un mundo en el que la realidad la determina un algoritmo y cita al afamado físico Neil deGrasse: "En la ciencia, cuando la conducta humana entra en la ecuación, las cosas ya no son lineales. Por esto la física es fácil y la sociología es difícil".

Los Consejos de Administración que nada más revisan números sin tener sensibilidad hacia el contexto de lo humano (los empleados, los clientes) convierten a las empresas en frías máquinas de reportar utilidades. Las ciencias sociales y las artes se ven demasiado blandas para cohabitar entre directivos altamente ejecutivos, calculadores, incapaces de recitar un poema o reconocer públicamente que lloraron en una película o en una sala de conciertos. Los grandes hombres de negocios, como los estadistas son, como lo sugiere Madsbjerg, quienes "pueden entender una hoja de cálculo pero también una novela".

La actualidad demanda líderes de sofisticación intelectual, individuos con capacidad de pensamiento crítico, fundamental para interpretar al mundo, personas que pueden mezclar números y rimas, utilidades e historia, marketing y antropología, costos y escultura, políticas públicas y literatura, líderes capaces de entender a Buffett pero también a Jobs.

Sin la perspectiva de lo humano, la tecnología no será, el gobierno no será, los negocios no serán. Que un algoritmo no nos cancele el futuro.


lunes, 26 de junio de 2017

Abajo el Gran Hermano

Mucho se ha escrito sobre el espionaje de Estado que durante la semana cimbró a la opinión pública. Hace poco escribí ("Postprivacidad", Reforma, 21-05-17) que vivimos en una era donde estamos dejando un rastro digital, en la que nuestra vida privada está al alcance de los analistas de la gran información, el Big Data. No es que nos espíen sino que nuestra cotidianidad es reportable vía el teléfono inteligente, una invención que ha impactado la vida contemporánea y que será vista con el paso del tiempo como lo fue el fuego, la rueda y el automóvil.

La facilidad tecnológica tiene también su lado vulnerable, más cuando se es blanco de espionaje altamente sofisticado. Mi interés hoy es explorar qué motiva la conducta humana para espiar.

El miedo ha sido uno de los grandes motivadores del ser humano. Así como en el argot policiaco se dice "sigue el dinero", yo digo "sigue el miedo". Mi hipótesis es que el miedo es el motivador del gobierno. No está mal que un gobierno tenga miedo, pero de los naturales enemigos del Estado, terroristas, bandas del crimen organizado. Si se ha decidido espiar a activistas sociales que buscan un mejor país, periodistas promotores de la transparencia, investigadores que sacan a la luz información incómoda para el gobierno, la pregunta obligada es ¿por qué el gobierno mexicano le tiene miedo a un grupo de ciudadanos que no son enemigos del Estado? Lo voy a responder así: si yo fuera un ladrón y entro a una tienda de autoservicio para robar, estaría muy interesado en bloquear las cámaras de seguridad y las pantallas que me exponen ante los demás. La verdad y la transparencia pueden ser enemigos del gobierno, no deberían serlo del Estado.

"Estamos asustados por la fragilidad y la vacilación de nuestra situación social, vivimos en la incertidumbre y en la desconfianza en nuestros políticos e instituciones". Son palabras que parecen encajar en la realidad nacional. Las dijo el eminente Zygmunt Bauman, recientemente fallecido, quien a sus 86 años conservaba una lucidez envidiable para señalar que ante el cortoplacismo y el ataque de lo efímero "nuestra única certeza es la incertidumbre". Para el sociólogo polaco hay dos valores indispensables para el florecimiento de la vida humana: seguridad y libertad, pero apuntó la paradoja: a mayor libertad, menor seguridad, a menor libertad, mayor seguridad.

Los mexicanos hemos ampliado nuestro rango de libertad respecto del siglo pasado. El régimen autoritario, la "dictadura perfecta", fue cediendo espacios de control ante presiones cada vez más fuertes. Esta libertad no ha venido acompañada de un fortalecimiento institucional sino de una multiplicación de caudillos donde el gobierno tiene menos control que antes, lo que explica nuestra libertad y, diría Bauman, nuestra falta de seguridad. ¿Qué tanto de tu actual libertad sacrificarías en favor de tu seguridad y la de tu familia? La respuesta no es fácil, he ahí el conflicto que nos dejó el autor de Miedo líquido: La sociedad contemporánea y sus temores.

Es inevitable pensar en la Policía del Pensamiento de la multicitada novela de George Orwell, 1984, donde Winston Smith, el protagonista que persigue permanecer humano ante lo inhumano del control estatal, comete el peor de los crímenes: piensa contrario al Estado totalitario y lo manifiesta escribiendo repetidas veces en su diario: "Abajo el Gran Hermano". Los periodistas aludidos en el caso del espionaje con el sofisticado sistema israelí Pegasus nos recuerdan a Winston, su "crimen" ha sido el peor de todos, el del pensamiento, han denunciado, han sacado a la luz información que no le conviene al gobierno, han promovido iniciativas tan saludables para la transparencia y la rendición de cuentas como la Ley 3 de 3, son figuras incómodas para quienes quieren mantener en lo oscuro su paso por la política mexicana.

El hombre de la cueva necesitaba espiar a sus vecinos. Necesitaba la certeza de que al salir a cazar, los suyos quedarían a salvo, que el cavernícola de al lado no se comería a su esposa y a sus hijos. Tenía miedo a los depredadores y a los fenómenos naturales. Este miedo e incertidumbre siguen con nosotros y hacen las palabras de Bauman cada vez más sonoras: "el único largo plazo es uno mismo".

domingo, 18 de junio de 2017

Caudal


¿Quién puede oponerse al flujo del agua? Más allá de su fórmula química, el agua tiene la obstinación del tiempo. Como voluntad de mujer, rompe piedras y se abre paso en los espacios menos creíbles. Al regresar por donde alguna vez anduvo, tiene mejor memoria que el hombre. Monterrey lo sabe. El 30 de Junio de 2010 el huracán Alex devastó buena parte de la zona metropolitana, arrastró vidas, caminos y sueños. Al menos por un tiempo.

 

Florencia Infante viuda de Garza habla con la pasión de un caudal que ha encontrado su paso, mejor dicho, que ha abierto un cauce donde no lo había. Recorro con ella un tramo del borde del Rio la Silla, el único río vivo en la zona metropolitana de la sultana del norte, en el municipio de Guadalupe. El calor es intenso pero reconforta escuchar la algarabía de los pericos y algunas palomas entre enormes sabinos y ahuhuetes cuyos troncos espejean en el agua, milagrosamente cristalina, de un río que avanza a contrasol. Por mediode su fundación UNAC (Unidos por el arte contra el cancer infantil), Florencia, nacida en Bogotá y casada con un regiomontano, le había echado el ojo al Parque Pipo” como se le conoce coloquialmente al sitio, para poner un pabellón de la salud que sirviera para hacer conciencia entre la población infantil y sus padres sobre cuestiones preventivas. En eso se atravesó Alex.

 

La zona quedó destruida. Cuando las autoridades se preparaban para talar los troncos de los arboles mutilados, y seguramente enterrar esta pequeña pero significativa zona de biodiversidad, casi inimaginable en Monterrey, intervinó otra fuerza natural, la voluntad de una mujer para quien la palabra imposible tiene nueve letras y muchas fisuras. Florencia orquestó el concurso de varias entidades gubernamentales, iniciativa privada y diversos especialistas para rescatar el área. Hoy en día es uno de los orgullos para el municipio de Guadalupe, como lo pude sentir con la compañía  de la Secretaria de Desarrollo Social, Alejandra Lara, y el Secretario de Desarrollo Económico, Jorge Stahl.

 

Hay tragedias que inspiran. El borde del río tiene un original Corredor del Arte, en el que las obras surgen delos troncos secos de los arboles que destrozó Alex. Se trata de esculturas en madera, imaginadas por Florencia y cristalizadas por los escultores Juany Nicanor, Magdiel Martinez y Antonio Aguirre, más algunos alumnos de la UANL. La idea no sólo es original, es una ilustrativa metáfora de que existe la renovación después de un trance. Cada escultura representa un valor social. El camino evoca un momento de paz y contemplación que nunca imaginé para la industriosa y pujante ciudad del norte de México.

 

Las zonas aledañas a este parque son marginadas y con problemas sociales serios, inseguridad, frágil tejido social, gran vulnerabilidad ante problemas de salud. Al lado hay un cementerio donde, me dice Florencia, viven niños. Se pretende que a través de la convivencia con la naturaleza y mensajes preventivos, se pueda revertir el deterioro social y la degradación urbana.

 

En el Pabellón de Salud, una construcción al final del parque, un juego digital enseña a los niños cómo es la quimioterapia con objeto de que su actitud mental ante el proceso de combate a la enfermedad sea más positivo. Imaginé un juego similar pero contra la corrupción. Otras estaciones aleccionan para un estilo de vida saludable. Hace unos días el Pabellón fue recorrido por el Secretario de Salud, Dr. José Narro, quien ojalá apoye la réplica de este tipo de iniciativas en todo el país.

 

Para Florencia, la filantropía esta ligada a su etimología: amor a la humanidad,  Tenemos que aprender a ver el rostro del otro, dice con la convicción de quien sabe que su vocación va mas allá del costo-beneficio y del ganar-ganar, es amar-amar. No deja de llamarme la atención que habla de aridez humana y de cáncer social, y este parque que ha impulsado ha reverdecido la zona y está ayudando a curar niños. En la mente de esta mujer colombiana viene un laberinto para el parque, una encrucijada hecha con paisajismo que fomentará la resolución de problemas entre los niños. Lo suyo, me queda claro, es dejar un mundo mejor. Estoy seguro que lo logrará

 

Nada se interpone al brioso paso del agua.  

 

domingo, 11 de junio de 2017

El fin sobre el medio

Jorge Ibargüengoitia escribió con ironía ante el teatro electoral del sistema político mexicano en los setentas: "El domingo son las elecciones, ¡qué emocionante!, ¿quién ganará?". Ni duda hay que vivimos otros tiempos. La certeza electoral se ha diluido, pronosticar resultados resulta cada vez más complejo. El monopolio partidista se convirtió en oligarquía y nuestra incipiente democracia ha llegado al punto de requerir el aire renovador de la segunda vuelta que permita condiciones para un mejor gobierno.

Los mexicanos tenemos sentimientos encontrados con la capacidad de elegir gobernantes. La democracia es la elección de la mayoría; sería mucho mejor pensar en la buena elección de la mayoría, pues hasta ahora ha sido la mala elección de muchos. No todos los votantes tienen capacidad para tomar una buena decisión y no todos los votados son capaces. Estamos tan obsesionados con tener democracia que se nos olvida el fin: tener un buen gobierno. Si nos dieran a escoger entre tener un régimen democrático o tener un buen gobierno (y sólo puedes escoger uno), ¿qué escogerías?

Yo no tengo conflicto en preferir el fin sobre el medio. Entiendo que no todos piensan igual, que cuestionar la democracia equivaldría a decir en la Edad Media que la Tierra pudiera no ser plana o, en un alarde de sabiduría, afirmar que es redonda. El dilema es que el régimen democrático parece ser el menos malo de los sistemas políticos; no tenemos certeza sobre la eficacia de otro tipo de método para obtener un buen gobierno. Una variante democrática sería fortalecer el sistema de elección discriminando la elegibilidad de votar y ser votado. El mismo autor de Instrucciones para vivir en México apuntaba: "¿Quién está capacitado?... Para ser elector se necesita criterio... es necesario pasar un examen de civismo". Y días después añadía: "He llegado a la conclusión de que saber civismo no es criterio, por la sencilla razón de que el problema no es de conocimiento, sino de conducta".

El pasado (la conducta comprobable) de las personas, electores y candidatos debería alentar a tener una mejor elección, pero sobre todo un mejor gobierno.

Deberíamos no sólo cuestionarnos cómo tener un mejor sistema electoral sino cómo tener un buen gobierno. Una pista puede hallarse en una pintura de hace 678 años. En el Palazzo Pubblico de Siena, Ambrogio Lorenzetti plasmó en los muros de la Sala dei Nove la Alegoría del Buen y Mal Gobierno, justo donde el cuerpo colegiado de la entonces República de Siena tomaba las decisiones, con la intención de influir en los gobernantes.

En el muro alusivo al Buen Gobierno, Lorenzetti personificó las virtudes y objetivos que deberían regir las prioridades y la ética de los gobernantes. Arriba, la Sabiduría sostiene la báscula de la Justicia, desde cuyas balanzas descienden cuerdas (una forma de transmitir la misión) hacia Concordia y Armonía, y de ahí a 24 hombres, los gobernantes de la ciudad, que a su vez la llevan al Bien Común, coronado por Fe, Esperanza y Caridad, y flanqueado por Templanza, Justicia, Prudencia y Fortaleza. (Experimento: pregúntale a tus hijos, a tus amigos, la definición de estos conceptos. Una cultura que desconoce los significados en temas sustantivos ha perdido el rumbo).

En el fresco opuesto, que retrata al Mal Gobierno, destaca, entronado y bizco, el Tirano con cuernos. Arriba de él están Envidia, Orgullo y Vanagloria, y a sus pies vemos personajes como Crueldad, Engaño, Fraude, Furia, División y Guerra. Detrás de todos ellos la degradación, una ciudad en ruinas que no florece, los comercios cerrados, las calles que hablan de conflictos (cualquier parecido con el Gobierno de Venezuela, que alaba a Morena, es una coincidencia) y hasta abajo, sometida y derrotada, la Justicia.

No necesitamos a Lorenzetti para saber qué alegoría refleja la condición de México. El cambio hacia un Buen Gobierno difícilmente vendrá de un individuo, así haya sido elegido por la buena decisión de la mayoría. No se trata de un cambio de líder nada más sino un cambio de sistema social y político (es decir nuestro sistema cultural). Las pistas de ese cambio están en la formación de mejores ciudadanos. El plan de estudios se dibuja en los frescos de un palacio medieval.

Vientos de cambio

Parecía un noticia tan exótica que había que leerla de nuevo: "Bajarán hasta 69% recursos a partidos" (Mural, 2 de junio), "Recortan en Jalisco recursos a partidos" (Reforma, 2 de junio). Las buenas noticias originadas por la política mexicana retan nuestra reserva de optimismo: nada puede ser tan bueno como para ser cierto. Pero ahí estaba, una perla brillando en medio de la mezquindad, una proeza surgida desde la locuacidad de un diputado independiente que al grito de #SinVotoNoHayDinero germinó, por fin, en terreno fértil con el apoyo mayoritario del Congreso de Jalisco y que habrá de pasar a la historia como un día en que lo improbable sucedió: los muros sí pueden caer.

El financiamiento para los partidos políticos se reducirá entre 48 y 69 por ciento, según sea año electoral o no, y si bien no se cristalizó en su totalidad la iniciativa de Pedro Kumamoto, habrá, para años electorales, una indexación al número de votos válidos obtenidos en la elección a diputados (empezando en el 2018). Más allá de los cientos de millones de pesos que Jalisco se ahorrará y podrá destinar a áreas prioritarias como seguridad pública, salud, infraestructura, educación, desarrollo social, simbólicamente este logro representa, para la República, ver de nuevo el rostro de la esperanza, nos devuelve de golpe la capacidad de creer y crear.

Los cambios en México son posibles pero requieren el empuje de un evento inercial para provocar lo que he llamado metáforas de cambio posible, pequeñas o grandes acciones donde un mexicano ve y experimenta el cambio positivo, un acto de contagio social que empieza como algo aislado hasta convertirse en tendencia. Quizá la primera ley del cambio es creer que el cambio es posible. De ese tamaño es el muro que acaba de caer en Jalisco. Esa caída provoca vientos de cambio. Esperemos que más congresos estatales tengan la estatura que reclama el país.

Desde la tribuna del Congreso un rebosante Pedro Kumamoto habló de "esta enorme victoria" y con la humildad que le caracteriza confesó: "puedo jurar que me siento en algunos momentos que estoy soñando" y luego agradeció a todas las fracciones partidistas, al gobernador Aristóteles Sandoval y al presidente municipal de Guadalajara, Enrique Alfaro, sin cuyos apoyos no se habría conseguido lo alcanzado. También agradeció a los ciudadanos que empujaron la iniciativa; una alusión anclada en la forma de ver la política de este joven jalisciense quien desde su campaña le decía a la gente "quiero que tú también seas político", exhortación a ver que la participación ciudadana debe ir más allá del día de las elecciones.

"Nunca más palabras bonitas sin hechos congruentes, nunca más la política sin las personas", decía "Kuma", como le dicen sus amigos, y al escucharle con esa retórica plagada de amaneceres, me transporté al siglo XIX y me imaginé a Kumamoto vestido a la usanza de aquellos tiempos y retratado entre los grandes como Mariano Otero, por supuesto no porque piense que escuchaba conceptos pasados de moda sino porque la deuda de la clase política con los ciudadanos en México viene de siglos y porque los políticos generosos, de estatura moral, generadores de cambios positivos, no han sido la regla sino la excepción.

Me contó Pedro las incidencias de los últimos días, de los jaloneos entre las redes sociales y las juntas de coordinación política. Este espacio es insuficiente para narrar lo que debería contarse con una serie al estilo House of Cards.

Un comercial de las computadoras de la marca de la manzana viene a cuento, y dice: "Esto es para los locos. Los inadaptados. Los rebeldes. Los alborotadores. Las piezas redondas en los agujeros cuadrados. Los que ven las cosas de forma diferente. No les gustan las reglas y no respetan el status quo. Puedes citarlos, estar en desacuerdo con ellos, glorificarlos o vilipendiarlos. Pero lo único que no puedes hacer es ignorarlos; porque cambian las cosas, empujan a la raza humana hacia adelante. Y mientras algunos pueden verlos como los locos, nosotros vemos al genio. Porque las personas que están lo suficientemente locas como para pensar que pueden cambiar el mundo, son las que lo hacen".

El loco es lo suficientemente audaz como para creer en la esperanza. Necesitamos más de esa locura.

martes, 30 de mayo de 2017

¿Cuál es la misión?

Cuando las marcas y las empresas que las abanderan subordinan su accionar a un propósito superior por el cual sus clientes deciden comprarlas, buena parte de su ecosistema se ordena en función de una gran misión relevante. Cuando se pierde de vista este motivo de ser, las marcas abren un frente vulnerable a la competencia. Lo mismo sucede con la política. Los candidatos, los partidos, los gobernantes que pierden de vista la misión, caen en descrédito.

Definir la misión empresarial, de un gobierno o de una campaña política no es tan sencillo como parece. Siempre hay espacio para innovar desde la propia definición de la misión. Con frecuencia la tarea principal a cumplir dista mucho de ser la que el ciudadano (cliente en el mundo empresarial) valora.

Supongamos que en una ferretería pides un taladro, una broca y unos taquetes. El empleado, sensible a tu propósito, te sorprende: "¿no quiere mejor esta bolsa con agujeros?". O pensemos en una compañía de máquinas para podar pasto. Deciden innovar respondiendo a la pregunta ¿cuál es la misión? Si durante años han respondido "fabricar las mejores máquinas para podar pasto", han creado un dique mental que difícilmente les llevará a lograr una innovación contundente. Supongamos que alguien ajusta la misión: "lograr jardines bellos al menor esfuerzo". Luego uno de sus ingenieros desarrolla una semilla de césped que una vez que tiene determinada altura, ya no crece, no hay necesidad de podarlo. ¿Cuántos clientes decidirían por esta solución en vez de la tradicional máquina podadora? Una vez le dije a un amigo, tu misión no es llevar a tus hijos de vacaciones, es construirles buenos recuerdos para el futuro. El propósito inspira las acciones.

Entregar una solución relevante debería estar en la mira de empresas y gobiernos, especialmente de estos últimos que se pierden en un mar burocrático donde es más importante hacer las cosas correctamente que hacer la cosa correcta. El descrédito que vive la clase política se debe a que están muy ocupados haciendo cosas que no inciden en la misión de gobernar: proteger la integridad física y patrimonial de los ciudadanos, y de ahí las subsecuentes: promover el desarrollo económico y social, construir un Estado de Derecho, dar confianza y certidumbre de futuro a los diferentes agentes, etcétera.

Como en una empresa, cuando el director no atina a definir y dirigir el rumbo, debe ser relevado. Sus méritos no son suficientes o adecuados para la misión. Lo mismo debería ocurrir con el gobierno. Aquí es donde el país tiene un enorme reto. No es tanto entrar a un sistema meritocrático sino recalibrar los méritos en función de la misión. Hay muchos gobernantes y políticos que ostentan una posición por el mérito de ser compadre, socio o cómplice de aquel que los designó. El sistema político y social (cultural) mexicano sí es meritocrático, pero no por los méritos que nos convienen a futuro. Si impera desde niños el concepto cultural de "el que no es transa, no avanza", el mérito es cometer la transa para avanzar.

Un sistema meritocrático debería llevarnos a reflexionar qué es más importante, ¿el modelo de gobierno o el resultado esperado de ese gobierno? ¿Preferimos el pasto que no crece o la máquina de podar? La meritocracia tiene un enemigo natural, la improvisación. Nuestra democracia es vulnerable porque permite a los improvisados llegar al poder y porque idealizamos "el poder de todos" en vez de "el poder para todos", de modo que una democracia calificada debería permitir sólo a ciertos poseedores de los méritos adecuados llegar al poder. Esto tiene un nombre que asusta: aristocracia, el gobierno de los mejores. Yo prefiero una aristocracia que un sistema democrático donde llegan los peores.

Tener en mente cuál es la misión debe llevarnos a definir cuáles son los méritos. Mientras sigamos creyendo que los méritos para gobernar son los votos originados por una inmensa mayoría que, a su vez no tiene méritos para decidir qué es lo mejor, será difícil tener un renovado perfil político. El asunto es delicado porque toda meritocracia es discriminatoria (lo mismo sucede con la naturaleza). Ni caben todos, ni todos son aptos. Pero todos pueden beneficiarse.

A todo taladro le llega su bolsa de agujeros.