Translate

lunes, 15 de junio de 2015

Reflexiones de una pulga

Recibí un correo electrónico con falsa pinta de intrascendente, no hablaba de las elecciones recientes, del triunfo de los candidatos ciudadanos, tampoco de la evaluación a los maestros, mucho menos del precio récord del dólar, del futuro del país o la recomposición del Poder Legislativo. El mensaje anexaba un artículo del Daily News Egypt donde César Chelala expone lo que intitula: Los secretos de Messi. Como suele sucederle a las cosas leves, adquieren gravedad hasta convertirse en evidentes.

Chelala cita a varias personas explicando el talento de "La Pulga" y afirma que quizá la mejor teoría es la de Eduardo Galeano, aquí la sintetizo: Maradona llevaba el balón pegado al zapato, Messi lo lleva dentro del zapato. A pesar de mi enorme respeto por el escritor uruguayo, disiento de él y de Chelala con una explicación tan simple y a todas luces imposible. Eso sí, poética. Renglones antes, Chelala tuvo la respuesta sin verla.

Cuando uno tiene preguntas, llama a David Konzevik. Chelala cita al economista argentino, conocedor y apasionado del futbol, quien a su vez tiene el tino de citar a Johan Cruyff: "El secreto de Messi es la velocidad para cambiar el ritmo. Cambia de dirección cada medio metro. Cuando un defensa da un paso, Messi ya dio dos en diferentes direcciones. Su dominio de la relación velocidad-tiempo es magistral, siempre empieza primero y le permite escapar."

¡Es la velocidad, estúpido!, me dije, y recordé un documental sobre la velocidad de los insectos. Una mosca es más difícil de atrapar para el hombre, que una oruga. Sus velocidades motrices son abismalmente distintas. De hecho, si uno fuera una oruga, el mundo se movería tan rápido que veríamos líneas en fuga (como esas fotografías de larga exposición con automóviles circulando en la noche). Pero con la mosca sucede lo contrario, para este pequeño insecto, nosotros los humanos nos movemos en cámara lenta, no es casual que escapa a la mayoría de nuestros intentos de aplastamiento y no es casual que el matamoscas, extensión flexible de la mano, adquiere tal velocidad que llega a ser imperceptible a nuestro ojo, iguala la velocidad de la mosca y ésta muere.

¿Lo que hace Messi es mágico?, en esencia sí, porque uno de los principios que hacen que la magia funcione es la velocidad de la mano que vuelve invisible la treta para el común de los ojos. Hurgando en el tema, encontré que los científicos han logrado medir al ser más rápido sobre la tierra, un ácaro que en relación a su largo corporal hace palidecer al velocista de 100 metros, Usain Bolt, quien corre a 44.2 km/h. Con una estatura de 1.96 m, su ratio de velocidad y tamaño corporal es de 6 lc/s (donde lc es "largo corporal" y s "segundos"). El ácaro corre a 0.225 metros por segundo, pero como mide tan solo 0.7 mm, tiene un ratio de 322 lc/s, es decir, es proporcionalmente 53.6 veces más rápido que Bolt.

Aunque a Messi le apodan "La Pulga" por pequeño, queda claro que su tamaño corporal y su velocidad lo hacen imparable. Cuando un defensa estira el pie, Messi ya no está ahí, de la misma forma que para nosotros escapa un insecto alado. Otro apasionado del futbol, Juan Villoro, dice en "Dios es redondo": "El futbol es, entre otras maravillas, un gran disparate físico", hablando de la corta estatura de Maradona. La física tiene una respuesta para explicar los prodigios de dos chaparros. La velocidad llega a ser una arma letal y estratégica, ¿no acaso en los negocios se valora el ciclo de conversión de efectivo?

Hace poco tiempo le dijimos a una legendaria casa funeraria que una velación se experimentaba a diferente velocidad y los clientes eran capaces de notar ciertos estímulos del contexto cuando la velocidad era baja (de la misma forma que puedes notar las flores en una carretera cuando estás detenido, pero no podrías notarlas cuando vas rápido). La velocidad afecta la forma en que percibimos el mundo.

El cerebro de "La Pulga" procesa videoespacialmente más rápido que sus rivales. Lo que hace Messi sucede en el futuro, sus rivales juegan en presente; cuando llegan, él ya sucedió.

viernes, 12 de junio de 2015

Convergencia divergente

Del país de la obviedad: uno no encuentra lo que busca si lo busca en el lugar equivocado. Hace unos días murió trágicamente un excéntrico, ególatra, loco, misterioso, insoportable, obsesivo, raro, solitario, introvertido, enfermo mental y también genio matemático, Premio Nobel de Economía 1994; una mente brillante que inspiró la película del mismo nombre.

John Nash vio y vivió la vida a través de números, ecuaciones y pensamientos disruptivos. Llegó a la universidad con una breve recomendación: "Este hombre es un genio". Saberse superior no siempre le abrió las puertas de la convivencia. Llegó a despreciar las clases para encontrar sus propias soluciones, retó a sus profesores. En su adultez joven fue diagnosticado con esquizofrenia, sus alucinaciones (auditivas, no visuales como se proyectaron en el cine) lo hicieron sentirse perseguido por "criptocomunistas" de traje y corbata roja, también por alienígenas que le enviaban mensajes cifrados. Llegó a pasar más tiempo en los hospitales psiquiátricos que en las aulas.

Cuando le preguntaban cómo alguien tan racional y lógico podía creer en aquellas insólitas presencias, decía que de la misma forma le llegaban los pensamientos numéricos que le aplaudían. Su tesis de doctorado en Teoría de juegos (Nash tenía 21 años) fue la semilla que 45 años después lo catapultó al Nobel. El modelo es hoy usado para predecir resultados a partir de distintos comportamientos (consiguió soluciones matemáticas a problemas cotidianos).

La escena de A beautiful mind donde se dramatiza el momento luminoso de su teoría de juegos es por demás valiosa para los jóvenes: Nash está con 4 amigos en un bar. Llega un grupo de 5 mujeres, una rubia destaca. Aunque son 5 contra 5, presumiblemente todos los hombres querrán aproximarse a la más atractiva para sacarla a bailar. Nash visualiza lo que pasaría si eso sucede. Mientras su mente divaga, sus amigos repiten una frase del que consideran padre de la economía moderna, Adam Smith, en una competencia, "la ambición individual sirve al bien común" (cuando cada quien en un grupo hace lo que es mejor para él mismo). Nash les explica que si todos se lanzan por la rubia, se bloquearan mutuamente y nadie la conseguirá. Si luego van por las amigas, serán rechazados; ellas no querrán sentirse plato de segunda mesa. Si ninguno va por la rubia, 4 conseguirán bailar y no se habrán bloqueado.

El modelo de Nash, enfocado en entender la dinámica de la conducta y el conflicto entre humanos (analizando estrategias usadas en juegos, como el póquer), demostró que la mejor solución es aquella donde el resultado es mejor para el individuo y para el grupo. Actualmente es aplicado en diversas disciplinas: economía, biología evolutiva, estrategia militar y de negociación, en fin, en cualquier ámbito donde se analicen alternativas para dar con el mejor resultado posible. El mundo lo conoce como el Equilibrio de Nash.

Pocos políticos o empresarios buscarían soluciones en campos divergentes como las matemáticas. Cuando empecé mi búsqueda para entender la innovación y el comportamiento del consumidor, no toqué las puertas del marketing y de la investigación de mercados, toqué las puertas de la psicología, la antropología, la sociología, la neurociencia, la semiótica, la biología, fascinantes sitios a los que he añadido la psicología evolutiva, la arquitectura, el urbanismo, la filosofía y la economía del comportamiento. Es a través de una especie de convergencia divergente donde uno encuentra respuestas a problemas que durante mucho tiempo no han tenido solución, o han tenido la misma ineficiente respuesta. En la cabeza de un genio matemático hubo esta convergencia divergente, imagino que en mentes privilegiadas como Newton y Da Vinci pasó algo similar.

El próximo sábado Nash cumpliría 87 años. Sus últimos lustros fueron lúcidos y activos, extrañamente la esquizofrenia terminó cuando él decidió controlar sus alucinaciones. Su historia inspira la extraña obviedad: buscar soluciones en sitios descabellados.

lunes, 1 de junio de 2015

El mérito espanta

Si Eruviel Ávila o Emilio Chuayffet hubieran sido directores de la escuela donde estudié, esta historia no existiría. A varios de nosotros, estudiantes de tercero de prepa, nos unía la admiración por un grupo de rock de jóvenes que llegaban a la escuela cargando sus propios instrumentos y se hacían llamar Green Hat, y también nos unía el miedo, bueno, quizá me quedo corto, Borges lo dijo mejor en su lírica Buenos Aires: "No nos une el amor sino el espanto". Nos amalgamaba una fatalidad: el pavor al examen de matemáticas, no era una evaluación común, podía llegar a ser una masacre exponencial.

Hecho el pase de lista, Jáuregui (imposible olvidar el apellido) seleccionaba un compañero y lo pasaba al pizarrón. El examen de cálculo era individual y frente al grupo; para aspirar a la máxima nota uno no sólo tenía que alinear el signo de igual con la raya del quebrado, había que razonar en voz alta la integral o la derivada, explicando paso a paso la solución. Los demás sudábamos resultados posibles desde el pupitre. Luego de la respuesta o de un tiempo determinado cuando el compañero quedaba en rigor mortis, Jáuregui, de viva voz, daba el veredicto. Y eso sucedía toda la semana.

Si el gobernador del Estado de México o el secretario de Educación hubiesen sido el director de la prepa, los opositores a ser examinados en matemáticas (todos los alumnos) hubiésemos hecho una manifestación, tomado las instalaciones de la escuela, bloqueado las calles aledañas, para exigir que no hubiera la terrible tortura mental de un examen. Si esos funcionarios hubieran dirigido la escuela, muchos de mis compañeros de aquel entonces y yo seríamos hoy menos competitivos.

Aunque luego moderó sus declaraciones, Eruviel Ávila dijo que el servicio de transporte con chofer llamado Uber no podrá operar en su estado "porque representa una competencia desleal para más de 100 mil taxistas que operan legalmente". Sin menoscabo a que cualquier innovación de productos o servicios debe operar al amparo de la ley, la señal enviada por el priista no debe sorprendernos, él proviene de un sistema clientelar donde el mérito (capacidad de un individuo para dar resultados) consiste en no tener méritos para los ciudadanos sino para su propio sistema: proteger y privilegiar a unos, estorbar y bloquear a otros. En su enmienda, es encomiable que ahora pretenda ayudar a los taxistas a superarse, ¿le servirá su formación política?

Si en uno de esos brincos al estilo serpientes y escaleras que tiene la política, al secretario Chuayffet lo nombran director de Correos de México, ya saben los carteros lo que tienen que hacer, presionarlo para que desaparezca el correo electrónico, ¡competencia ultra desleal para los hombres que a punta de pedal y silbato entregan cartas y telegramas! Haber renunciado a la evaluación magisterial por presiones sindicales es lamentable.

El caso Uber como el recular de la SEP evidencian (entre otras lecturas político electorales) un temor a ser examinados, también un temor al cambio y al progreso, miedo al mérito. Si bien la meritocracia (sistema social que fundamenta el progreso en función de las capacidades del individuo y establece recompensas con base en los resultados) no es per se cura milagrosa (debe acompañarse de políticas públicas y privadas para que más gente tenga acceso a buena educación y entrenamiento), las decisiones de Ávila y Chuayffet significan un lastre para mover a México.

Voltaire avaló y admiró desde el siglo XVIII las ideas meritocráticas de Confucio. Platón y Aristóteles argumentaron a favor de un sistema de méritos. La naturaleza misma es meritocrática. Los políticos que hoy toman decisiones parecen no darse cuenta o, peor, no les importa (en el fondo desprecian al ciudadano).

Muchos ingenieros exitosos (ex compañeros de aquella prepa) recuerdan con veneración y gratitud al hombre que los forzó a pasar al pizarrón. ¡Ah!, y los jóvenes roqueros de Green Hat se convirtieron en Maná; hoy son ante el mundo, por méritos propios, un ejemplo del talento mexicano.

lunes, 25 de mayo de 2015

Territorios abandonados

Algo debe tener el trapo que limpia la mesa o ver cómo se llevan los platos con restos de comida, el caso es que la sobremesa se volvió profunda. Mi interlocutor, afamado casanova, desdoblaba la técnica de sus conquistas. Como suele sucederme, algunas palabras se quedaron resonando en mi cabeza, covacha neuronal a la que entro cada semana en busca de convertir algún trasto en algo útil.

Volviendo a este don Juan moderno, su técnica de seducción, aunque envuelta en la seda lustrosa de las palabras que acarician, era más bien marcial, antropológicamente ligada a la naturaleza humana y a uno de sus ejes vitales: el territorio. Este cazador de amores era una invasor de territorios, pero no de cualquier territorio. Había desarrollado una gran habilidad para olfatear el flanco vulnerable; fue entonces que me dijo con énfasis: "¡territorios abandonados!". Si el territorio era la autoestima, las elogiaba hasta recuperar su ego, si era asunto de carencias materiales, nada como una bolsa de marca francesa, y así.

En la guerra y otros desdoblamientos metafóricos de combate, el dominio territorial es parte esencial de la estrategia. El centro del tablero en el ajedrez es el objetivo en la primera fase de una partida, un peón bien puesto inclina el resultado. En el futbol americano gana quien avanza en "territorio enemigo", liderado por un "mariscal".

El tema viene a cuento si pensamos en la Patria. Los ciudadanos, particularmente los capaces (afortunadamente hay muchos), han cedido el territorio. La naturaleza no gusta del vacío, todo tiende a ser llenado. Si dejas tu casa por unos días, aunque bajo cerrojo, el polvo encontrará camino para cubrirlo todo. Si te vas por años, encontrarás flora y fauna. En México cedimos el territorio de la política a una especie que con los años se ha sofisticado y pertrechado en un territorio que antes nos pertenecía. La partidocracia y la parasitocracia ocupan México, se han aprovechado del repliegue, salvo honrosas excepciones de políticos y funcionarios con méritos, cobran derecho de piso al país.

Hace poco, al recibir el premio José Emilio Pacheco, el gran Fernando del Paso dijo en Mérida un discurso que debería ser la extensión contemporánea de los Sentimientos de la Nación. Dirigiéndose al vate fallecido, Del Paso se lamenta y atiza: "¡Ay, José Emilio!: ¿Qué hemos hecho de nuestra patria impecable y diamantina? (...) conozco el olor de la corrupción; dime, José Emilio: ¿A qué horas, cuándo, permitimos que México se corrompiera hasta los huesos? ¿A qué hora nuestro país se deshizo en nuestras manos para ser víctima del crimen organizado, el narcotráfico y la violencia?".

Y luego, sin usar la palabra "territorio", la dibuja: "... me pregunto qué hicimos, José Emilio, de nuestra patria, a qué horas y cuándo se nos escapó de las manos esa patria dulce que tanto trabajo les costó a otros construir y sostener. ¡Ay, José Emilio! Sí, dime cuándo empezamos a olvidar que la patria no es una posesión de unos cuantos, que la patria pertenece a todos sus hijos por igual". El autor de Palinuro de México se refiere al ciudadano. Y su remate es tan agudo como certero: "...espero que nos encontremos una vez más cuando nuestro país sea de nuevo nuestro".

Recuperar la Patria es recuperar el territorio cedido, implica fortalecer el camino de la participación ciudadana que a su vez regenere las instituciones y la autoconfianza. Necesitamos un nuevo ser político, uno que se prenda de pasión al leer el discurso de Del Paso: "¿Qué se hizo del México post-68? Qué proyecto de país tenemos ahora... ¿Qué proyecto tienen quienes dicen gobernarlo? Me permito citarte una vez más, 'conozco tu país -decía el gringo- pasé una noche en Tijuana / éstas son las palabras que me sé de tu idioma: / puta, ladrón, auxilio, me robaron'. ¿En qué se diferencian estas palabras de 'político, autoridad, socorro, me extorsionaron'?".

"Algo se está quebrando en todas partes". Del Paso evocó a Pacheco, y sin proponérselo quizá, nos recuerda que el cambio, al avanzar, cruje.


lunes, 18 de mayo de 2015

Los muros caen

¿Podría un candidato independiente romper el paradigma y terminar con la hegemonía de los partidos políticos? Lo preguntaré de otra forma: ¿pueden los lobos cambiar la trayectoria de un río?

Luego de décadas de extinción, en 1995 un grupo de lobos fue reintroducido en el Parque Nacional Yellowstone y provocó una sorprendente reacción en cadena. Los venados y los alces ya no pudieron salir a comer como de costumbre, emigraron a zonas más remotas para evitar a los lobos, esto permitió que los pastos se regeneraran y surgieran árboles donde había zonas erosionadas. Los álamos atrajeron a las aves y castores, éstos, ingenieros del ecosistema, crearon nichos para otras especies, patos, peces, reptiles y anfibios. Los lobos también corrieron a los coyotes, lo que provocó un crecimiento en la población de conejos y ratones, que como consecuencia atrajo a los halcones, zorros, tejones y águilas. Florecieron las zarzamoras y otras frutas, su pulpa carnosa sedujo a los osos. Pero uno de los más espectaculares cambios se dio con el cauce de los ríos. Al haber menos erosión, se formaron pozas, aumentaron los rápidos y las cascadas, los ríos ganaron cauce y nuevas trayectorias. La manada obró el milagro.

En Global Mind Change, Willis Harman dice: "A través de la historia, los cambios fundamentales en las sociedades han venido no de los dictados de gobierno o como resultado de luchas, sino de un número de personas que cambian su forma de pensar, a veces sólo un poquito".

Futurismo: hartos del abuso del poder por la partidocracia, convertida en patrón de la polis, cuando debería ser al revés, ciudadanos independientes y capaces, comprometidos con el bien común, se reintrodujeron en la política y ganaron elecciones. La llegada de los ciudadanos sin partido ahuyentó a los parásitos, muchos de los cuales nunca habían trabajado. El espacio dejado por estos depredadores sociales provocó que se fueran también los compadres, los cómplices y los amigos favorecidos con contratos y posiciones de alta responsabilidad. Entonces se acercaron los jóvenes preparados, para cubrir puestos operativos en función de sus méritos, lo que a su vez trajo una baja drástica en la población de inspectores y sanguijuelas gremiales. Claro, el ambulantaje quedó sin protección y las banquetas limpias. En este clima de regeneración, una nueva política fiscal hizo más atractivo pagar impuestos que evadirlos, el IVA generalizado trajo protestas, sí, pero estas fueron terminando cuando los empresarios, otrora especie amenazada y esquilmada, tuvieron grandes incentivos para florecer. Pronto vinieron los resultados en materia de creación de nuevos empleos y aumento de exportaciones, el gobierno captó más impuestos y los ingresos sirvieron para crear infraestructura y fortalecer el desarrollo social, no con subsidios y dádivas electoreras, sino en función de una verdadera generación de riqueza. Las instituciones cobraron un alto valor, dirigidas, al fin, por una meritocracia, líderes capaces que como consecuencia atrajeron confianza y aplausos. La corrupción cultural, de ser regla, empezó a ser excepción (porque cambió la cultura). El mundo constató el milagro mexicano.

Así como el contexto influye en la conducta social e individual, el tipo de gobierno moldea la conducta ciudadana. Es poco probable que las reformas cambien al país si no hay un cambio en el sistema político que detone un cambio cultural. Muchos sociólogos atribuyen condiciones cíclicas al cambio, oscilación pendular que requiere tocar un extremo para volver.

El filósofo e historiador inglés Arnold Toynbee apuntó: "Las instituciones sociales dominantes se resistirán a las nuevas fuerzas culturales, pero inevitablemente declinarán y se desintegrarán, y las minorías creativas podrán transformar algunos de los viejos elementos. El proceso de evolución cultural continuará entonces, pero bajo nuevas circunstancias y con nuevos protagonistas".

Los lobos cambian a los ríos y los hombres rompen paradigmas. La historia siempre aguarda un muro por caer.


lunes, 11 de mayo de 2015

"Uberizar" la política

La mejor tecnología es la que sirve al cavernícola. Del filo primitivo en las piedras talladas, al rudo metal medieval, al sofisticado mundo de los teléfonos inteligentes, las herramientas han sido punta de lanza (no es casual que evoque esta metáfora) para generar innovaciones. A la par del avance tecnológico, el progreso del hombre se ve amenazado por estructuras parasitarias.

Pensemos lo que vivimos con la economía compartida donde Uber, el servicio de contratación de automóvil con chofer, accesible desde un teléfono inteligente, aparenta ser una gran innovación, pero si observamos bien, se trata de volver a las bases de la economía: conecta oferentes con demandantes sin la mediación de intermediarios, la parasitocracia.

Lo que sucede con Uber y los taxis es un fractal de lo que pasa en el gobierno, lo que detiene a México. Un estupendo reportaje de Mural ha puesto en evidencia la estructura parasitaria alrededor del servicio de taxis en Guadalajara (en otras ciudades debe ser similar), un sistema perverso que lucra con permisos, evade impuestos y explota a los choferes; no es casual que la capital de Jalisco tenga los taxis más caros de México.

En cualquier sistema las estructuras parasitarias atentan contra el consumidor final. En la política, si hubiera una "uberización" sería benéfico a los ciudadanos, pero atentaría contra los parásitos. Uno de los mitos del mercado es creer que existe la lealtad a las marcas. Por investigaciones en varios países, sobre distintas industrias, he constatado que la lealtad es al beneficio, no a la marca. Ciudadanos o consumidores están motivados para obtener y frecuentar, en consumo o afecto, aquello que les dé ventajas. La lealtad es el pegamento de contacto entre dos elementos que solos no tendrían adherencia. La marca tendrá lealtad en la medida que adueñe al beneficio.

Imaginemos al "uberpolítico": no tendría fuero, podrías sustituirlo cuando no dé resultados, costaría x veces menos, no robaría ni tendría conflicto de intereses con proveedores del gobierno, no mentiría, te daría información transparente y procuraría mejorar tu economía y tu seguridad (parece ficción, ¿no?). En el fondo es la lucha entre la parasitocracia y la meritocracia. La primera añade volumen, engrosa costos, busca los beneficios de su clan (es el caso de las uniones de taxistas, la reventa, los partidos políticos y los sindicatos magisteriales que temen a la evaluación, temen al mérito), la segunda añade valor al consumidor final. Una complica, otra simplifica. Una añade lucros, otra valores. Una es como el colesterol en la sangre, detiene, otra un puente (bypass) que hace fluir.

Innovar no es simplemente tener una idea nueva o hacer reformas novedosas, innovar son ideas ejecutadas que agregan valor. Y hay una prueba de fuego para saber si la nueva idea añadirá valor: pregúntate si la idea ejecutada añadiría valor al hombre de la época de las cavernas. A pesar de la modernidad y la tecnología, compruebo que la satisfacción de beneficios primarios es la mira de cualquier innovación. Nuevas propuestas de valor como Airbnb (renta de propiedades inmobiliarias por lapsos cortos a través de internet, que compite con la industria hotelera tradicional, donde no tienes que pagar una serie de impuestos que sirven, dicho sea de paso, para sostener la estructura parasitaria del gobierno) y Uber son atractivos y generan lealtad porque otorgan beneficios atractivos.

La política en México no genera lealtad porque no da beneficios al ciudadano, al contrario, lucra con su posición (corrupción, más impuestos, más regulaciones) y establece sistemas de salvaguarda (impunidad, concertacesiones) y sucesorios basados en derechos adquiridos dentro del clan, no en méritos relevantes para los ciudadanos, de ahí que los candidatos a puestos de elección popular y funcionarios de gobierno son en su mayoría parásitos sin méritos para los ciudadanos.

De la yesca al láser, la economía compartida muestra el poder de la tribu, una esperanzadora verdad: mérito mata parásito.

lunes, 4 de mayo de 2015

Entre llamas, llamados

Usaron el fuego para destruir. Bajas de soldados y civiles. Ya luego se supo algo peor: "gente enterrada viva en montones de estiércol, arrojada a pozos y zanjas, donde los dejaban morir, aullando como perros, los metían en cajas clavadas sin aire; los emparedaban en torres sin comida alguna, y los engarrotaban en los árboles en lo más hondo de montañas y bosques; los descuartizaban ante un fuego, asaban sus pies en grasa, sus mujeres eran violadas (...) sus hijos eran raptados y pedían rescate por ellos, o incluso los asaban vivos ante los padres". Es el testimonio de Jean La Rouvière sobre las guerras religiosas en Francia durante la década de 1570, donde el fanatismo dogmático enfrentó a católicos contra hugonotes (protestantes), y en nombre de sus dogmas se realizó la Masacre de San Bartolomé, que desde París ardió los ánimos de otras ciudades vecinas.

Usaron el fuego para destruir. Bajas de soldados y civiles. El enemigo entró para quemar y sembrar muerte y destrucción. Es la síntesis de una crónica azteca sobre el ataque sufrido en Tenochtitlan en 1521.

El fuego como común denominador en los rituales de destrucción (y purificación) del hombre. De las guerras religiosas en Francia a la conquista de México a Jalisco y estados vecinos que fueron motivo de incendios provocados por grupos delictivos, el hombre conserva esta condición tribal de quemar para destruir y sumar a su causa.

Llamas y llamados. Ciertamente las llamas del 1o. de mayo son preocupantes, pero yo prefiero haber estado en Guadalajara el 1o. de Mayo de 2015 que en París en 1572, o en Tenochtitlan en 1521. La latente condición salvaje del hombre hoy está más acotada que ayer. Como fuere, propongo un llamado a un 911 alternativo: Michel de Montaigne, que vivió para ver las matanzas en Francia, fue un eje para no perder la calma, no sentirse derrotados ante una situación adversa y ver el mundo desde otros ángulos y significados. Estamos llamados, diría el filósofo francés, a restablecer la cordura y mantener la normalidad aun en situaciones extremas.

Las ideas de este gran pensador del siglo XVI nos deberían llegar con su impactante vigencia, por ejemplo, el saber que se pueda pasar por una guerra inhumana y seguir siendo humano, o recordarnos que la normalidad tarde o temprano regresa.

Agobiado y en el exilio forzado por la Segunda Guerra Mundial, Stefan Zweig encontró consuelo releyendo los Ensayos de Montaigne, obra que impactó tanto al escritor austriaco que le escribió a un amigo: "La similitud de su época y situación con la nuestra es asombrosa", y en el ensayo que escribió sobre el filósofo francés dice: "Es en esta hermandad de destino cuando Montaigne se convierte en mi hermano indispensable, en mi amigo, mi amparo y mi consuelo".

Entre llamas, estamos llamados a leer a Montaigne, para que a pesar de los actos de intimidación criminal como los del 1o. de mayo en varios estados del país, no sólo busquemos cómo sobrevivir sino como planteó Zweig "¿cómo seguir siendo plenamente humanos?". Entre llamas, estamos llamados a no perder lo humano, o como escribió Sabato: "...nos salvaremos por los afectos", estamos llamados a defendernos a partir de alzar la voz y protestar, sí, pero también a partir de valorar los pequeños actos cotidianos, el café de la mañana, caminar de la mano con la pareja en los Colomos, la mítica torta ahogada o un buen plato de birria, un vaso del olvidado tejuino para el calor de medio día, la puesta de sol en Puerto Vallarta, releer a Arreola o a Yáñez o a Rulfo, escuchar las letras de Tito Guízar en cualquier mariachi, los chacales de Casimiro Castillo, los chilaquiles serranos en Mazamitla o el ponche de granada en Tapalpa, el brindis con tequila entre amigos y equipales, pues al fin, como sentenció el autor de La Resistencia: "El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria".

De París a Tenochtitlan a Guadalajara y otras poblaciones, ardió el mismo fuego de la violencia. El mismo hombre, atemporal de naturaleza al fin, sabrá encontrar camino para ser humano.