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domingo, 20 de septiembre de 2015

Reciprocidad perversa

Colin Turnbull, antropólogo, atestiguó en 1957 un hecho notable entre los Mbuti, pigmeos que premiaban el esfuerzo colectivo cazando en grupo. Uno de sus líderes decidió subrepticiamente anteponer su propia red y capturó la presa. La tribu lo enjuició por un acto vil y contrario a sus valores. El delincuente se disculpó y entregó el animal al grupo; se le pidió abandonar la tribu y su nombre quedó deshonrado.


¿Nuestra especie está más orientada al individualismo o a la cooperación social? Aunque muchos científicos favorecen el argumento evolutivo de la selección natural a partir de la competencia y la crueldad, la especie humana no habría podido sobrevivir sin el instinto de cooperación, la reciprocidad social que consigue aliados y hermana objetivos.

Recompensa y castigo son elementos fundamentales en las tribus estables (uso el término para referirme a cualquier grupo humano que vive gregariamente). Para Herbert Gintis, las culturas que establecen mecanismos para recompensar la cooperación y castigar a quienes no cooperaran sobreviven más. Pero el mismo principio funciona para tribus delincuentes. La reciprocidad cohesiona.

En México tenemos un gran ejemplo de reciprocidad: la partidocracia, un sistema de recompensas y castigos. Lamentablemente para el país, la reciprocidad se da entre partidos políticos, no entre estos y la sociedad. Sólo así se explica una realidad que raya en lo kafkiano, aquí se premian los políticos y castigan al ciudadano.

El Partido Verde fue exonerado de sus graves pillerías electorales a pesar de que la ley contempla como castigo la pérdida del registro. Hubo reciprocidad entre quienes dieron el fallo (hoy por ti, mañana por mí). Como premio (reciprocidad) puede entenderse el polémico nombramiento de Arturo Escobar como subsecretario de Prevención y Participación Ciudadana, cuyo historial lo descalifica ante la sociedad, pero lo califica entre su clan. Ante "la Iglesia en manos de Lutero", hacen bien las agrupaciones civiles en romper el diálogo con un individuo que ha mostrado loable cooperación a su camarilla.

Gran reciprocidad muestran los partidos políticos para pretender recibir más de 10 millones de pesos al día durante el próximo año, cifra escandalosa para un país con tantas carencias. Si la partidocracia quisiera ser recíproca con la sociedad, de donde recibe el dinero, debería reducir considerablemente el monto del financiamiento público. Enorme altruismo tiene la Cámara de Senadores para sus integrantes cuando pretende erogar hasta 1 millón de pesos por el servicio de valet parking, por 6 meses. ¿Por qué no cada senador se paga su propio servicio?

Compárense estas cifras con los 6 rollos de papel de baño y 2 bolsas para basura que recibe al mes el Museo de Paleontología de Guadalajara, situación precaria en la que están tantas escuelas, hospitales, universidades y otras dependencias.

Si del interés de la Nación se trata, vivimos una reciprocidad perversa en la que un grupo se sirve con la cuchara grande y además dicta las reglas en la cocina. Una mayor participación ciudadana mostrando su descontento ante los flagrantes abusos de la partidocracia y los malos gobernantes, un fortalecimiento de las instituciones para operar mecanismos (meritocráticos) que premien la cooperación y castiguen las egolatrías, son ingredientes para evolucionar en un país donde la partidocracia premia y castiga según sus intereses. Así se explican casos como el de Virgilio Andrade y Arturo Escobar. La meritocracia mexicana carbura con impunidad y cinismo, funciona en contra de la mayoría.

La reciprocidad perversa tiene desaparecida a la Patria. Quizá por ello los nuevos diputados (con honrosas excepciones) destinaron buena parte del tiempo que les pagamos a debatir y decretar el "Día nacional de la desaparición forzada". Crear un símbolo de culto hacia un fenómeno lo hace más presente, mejor deberían legislar para castigar la reciprocidad perversa que fomenta las desapariciones.

Una selva en el Congo esconde buenas pistas, los Mbuti saben.
 
 
 
 

domingo, 13 de septiembre de 2015

Sebastião Salgado

¿Cuánto dolor cabe en un fotógrafo? Hay algo perturbador y bello en el mundo de Sebastião Salgado: es nuestro mundo. Desde hace varios años su capacidad para capturar instantes de personas me ha atraído, con La sal de la tierra, el documental de Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado (hijo del fotógrafo), compruebo que la sensibilidad fotográfica excede las funciones de una cámara, es más bien algo cercano al alma, un lente metafísico cuyo producto, la imagen fotografiada, amplía nuestra noción de lo otro, a veces con belleza sublime, a veces con crudeza, siempre con profundidad para el ojo reflexivo.

Amo y señor del blanco y negro, se adueña también de sus matices. Entre planos de luz y sombra la obra de Salgado prescinde del color, acaso para contrastar mejor la realidad, ese instante irrepetible que él congela para que nosotros nos adentremos tanto como la espesura del negro, de la misma forma que cientos de miles de obreros semejan un inmenso hormiguero en la mina de Sierra Pelada, oquedad en la que rítmicamente una marabunta sube y baja, hasta 50 veces diarias, en búsqueda de oro. Con brutal sensibilidad el fotógrafo apunta que, al ver aquella mina, le pareció ver en un segundo toda la historia de la humanidad. No sólo la explotación del hombre por el hombre, también la esclavitud que produce la ambición.

En Sobre la fotografía, Susan Sontag, sin mencionar a Salgado, descifra las claves del trabajo del brasileño: "Algo feo o grotesco puede ser conmovedor porque la atención del fotógrafo lo ha dignificado. Algo bello puede ser objeto de sentimientos tristes porque ha envejecido, o decaído o ya no existe". Recientemente hemos visto imágenes muy duras de la migración siria a Europa. Con la misma crudeza, las fotos de Salgado sobre migración falsamente congelan la acción. Hay algo que se mueve en ellas a pesar de que el sujeto, un esquelético hombre agonizante, esté ahí, inmóvil, con los ojos sumidos por el hambre, la sed y la desesperanza. Salgado es el testigo de nuestra especie, también de su crueldad. Mucho tiempo después de la muerte de ese hombre, sigue vivo en una imagen y en el recuerdo de aquellos que le observaron.

Fotógrafo de Saraguros, Mixes, Tarahumaras, Tutsis, Hutus, decenas de tribus amazónicas y más, viajero incansable por el planeta, Salgado hace más que presionar un obturador, cohabita la escena, se integra a la belleza de un rostro ajado o al drama donde hablan los machetes, da fe de aquello que no vemos en vivo pero existe, aquello que él pretende duplicar para llevarnos su representación a través de sus ojos, con una profundidad que a veces provoca una exclamación, a veces un silencio con el que comprendemos cientos de palabras sin pronunciarlas.

El documental es una semblanza de la vida de alguien que ha visitado el corazón de la oscuridad, sitio del que no ha salido ileso. Salgado ha llegado a decir que "somos un animal terrible". Después de cohabitar los infiernos de las migraciones, campamentos de refugiados, genocidios, llegó a perder la fe en la especie humana; varias veces dejó su cámara a un lado para poder llorar, y se enfermó, contagiado más allá del cólera y del odio que le acechaban, se enfermó del alma, como él confiesa. Por sanidad mental, especulo, se alejó del drama humano y se concentró en la tierra.

Desde su Instituto Terra ha renovado un ecosistema plantando millones de árboles donde la mano del hombre había erosionado las parcelas de su abuelo. En su magna obra Génesis, plasma ocho años de viajes alrededor de desiertos, montañas, océanos, parajes en los que ha capturado, siempre fiel al blanco y negro, el lado luminoso del mundo.

Verlo acariciar el tronco de un árbol joven, como si fuera su nieto, verlo caminar entre la selva, bordón en mano, semeja un Gandalf de la vida real, un viejo sabio y sensible para quien nosotros, la sal de la tierra, tenemos el deber de regenerar lo que echamos a perder.

¿Cuánto dolor cabe en un fotógrafo? En el caso de Sebastião Salgado, una cantidad muy menor a la esperanza.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Claroscuros

Escribo desde una ex hacienda. Su patio central reconcilia la naturaleza con la casa (¿cuándo, en aras de la modernidad, perdimos el rumbo del patio interior?). El concierto es espectacular, dentro del follaje de los ficus los cenzontles anuncian al sol, y una barranca imponente deja ver en lejanías planos de grises y azules entre montañas y nubes bajas. Un sabio amigo en la banca contigua del corredor evoca a Nezahualcóyotl: "Amo el canto del cenzontle,/ pájaro de cuatrocientas voces./ Amo el color del jade/ y el enervante perfume de las flores,/ pero más amo a mi hermano: el hombre". La inspiración prehispánica la tenemos muy cerca y a la vez distante. Toma un billete de cien pesos y descúbrelo.

La ciudad nos ha deshumanizado. Las avenidas y vías rápidas (es un decir) hechas para los automóviles dividen más que zonas, dividen la vida del ser humano. En lugar de aves suenan los motores, los trayectos agotan, entubamos los ríos, secamos los lagos, el tiempo nunca alcanza, las casas se blindan, hay bardas altas, alarmas y candados, las puertas permanentemente cerradas. Lejos estamos, además, de tener un gobernante poeta, un líder que convierta las notas de un pájaro en filosofía o en arte.

Guatemala brilla. Otto Pérez Molina, Presidente del país vecino, renunció luego de que un juez girara una orden de arresto en su contra, acusado de corrupción y asociación ilícita, "cohecho pasivo y caso especial de defraudación aduanera". Apalancados por la fuerza independiente de un organismo internacional y el empuje de la sociedad civil, los guatemaltecos son hoy ejemplo para México. Las palabras del ahora ex Presidente iluminan: "Pude haber salido del país, pude haber pedido asilo político pero elegí el camino de cualquier hombre que quiere hacer algo bueno por el país. Tuve miles de herramientas a la mano, entre ellas expulsar a la Cicig (Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala) y preferí enfrentar las cosas con valentía, con honor y con dignidad, como considero deberíamos hacer los guatemaltecos".

El día del informe ensombrece. Desde Palacio Nacional el presidente Peña da su tercer informe. Entre los invitados especiales están figuras controversiales, como el dueño de Grupo Higa, quien ha estado en medio de la polémica por los escándalos de las casas adquiridas, en condiciones preferenciales, por la esposa del Presidente y el secretario de Hacienda, asunto agravado ante la previsible exoneración (por conflicto de interés) a manos del subordinado presidencial, Virgilio Andrade. No deja de haber cierta justicia poética que el mismo día se anunciara el Premio Nacional de Periodismo a Carmen Aristegui, por los reportajes de las casas aludidas.

La playa, casi el paraíso. Millones de personas se acercan al mar todos los días. Caminar en la arena es un deleite mientras vemos nuestras huellas efímeras ser borradas por las olas, ese vaivén incansable y rítmico con el que el mar se nos aproxima, a veces con la sutileza de un murmullo, a veces con la furia desatada de la naturaleza que tanto se parece al ser humano cuando explota. No es casual que en la playa idealizamos las vacaciones, el retiro, el atardecer dorado y las bodas de ensueño.

La playa mediterránea, tumba y tragedia. Un niño sirio de tres años yace boca abajo en la arena, su cuerpo inerte conmueve al mundo. El viaje frustrado a Kos, el escape de una guerra absurda, los migrantes rogando por un asilo que no llega, la embarcación que zozobra ante el oleaje salvaje, el padre que ve a sus dos pequeños hijos escurrírsele de entre sus manos, su mujer también ahogada, él sobrevive para gritar un dolor que también debe ser nuestro, el drama de la migración con rostro universal, la humanidad que se ahoga en un mar insensible, la vida que se extingue porque ha de triunfar la xenofobia y el Producto Interno Bruto. El Rey Poeta lo predijo: "Como una pintura nos iremos borrando,/ como una flor/ hemos de secarnos/ sobre la tierra,/ cual ropaje de plumas/ del quetzal, del zacuán,/ del azulejo, iremos pereciendo".

lunes, 31 de agosto de 2015

Una casa y tres puertas

Primera puerta. Julio Cortázar hubiera cumplido 101 años esta semana. En Casa tomada, narra la repentina irrupción de una presencia invasora en la vida rutinaria de dos hermanos, que sienten amenazado su espacio cercano al ver que lo cotidiano se vuelve pesadilla y terminan abandonando la casa de sus recuerdos. Es inevitable llevar la narrativa fantástica del autor de Rayuela a otros niveles y vernos reflejados en la historia. México, nuestra casa, tomada por "masiosare" ese extraño enemigo con rostro de delincuencia, exoneraciones de escándalo, corrupción e impunidad que nos ha ido replegando en nuestra propia morada.

Segunda puerta. La casa es el espacio donde se manifiestan rasgos distintivos de nuestro código cultural. Cuando uno habita casas fuera de México, el contraste dibuja ausencias notables. Una casa californiana promedio, por ejemplo, carece de ese espacio vitalísimo en las casas mexicanas: el baño de visitas. La omisión se justifica plenamente, ¿por qué tener un baño de visitas si las visitas no son parte de la cultura norteamericana? Por las mismas razones que nosotros no tenemos un baño para osos, ellos no tienen baño de visitas. Nuestro carácter social ha hecho que planeemos los espacios en función de ese día en que recibimos invitados. Ellos, nuestros visitantes, toman la casa desde el momento de los planos y posteriormente en el día a día. El flujo interior y la forma de vivir la casa, incluso hasta las recámaras, se piensa para cuando haya visitas. El gringo apertrecha su casa, el mexicano la entrega.

En un estudio para la industria inmobiliaria, hubo hallazgos notables alrededor de la casa y la compra venta. Las propiedades vacías son más difíciles de vender que las (bien) amuebladas. Un cliente, ajeno a la posibilidad de visualizar espacios y transformaciones, requiere de una escenografía para proyectarse ahí. La especialidad tiene un nombre "home staging", un proceso donde una casa no se decora, se edita bajo ciertos principios que hacen deseable el espacio. Por ejemplo, el desorden y la mugre ahuyentan la venta. El subconsciente capta mensajes de peligro y potenciales enemigos, especialmente si hay niños de por medio. Usar elementos pares para mostrar simetría ayuda a transmitir armonía en el ambiente. Los olores desagradables o de mascotas harán muy poco en favor de la venta. Los clósets deberían estar abiertos para mostrar un orden como si se anunciara una empresa que los fabrica. La cocina es la nueva sala, debe congregar a familia y amigos.

El asesor inmobiliario usualmente muestra la casa como está, vacía o habitada, sin preocuparse por entender de qué manera el contexto afecta la decisión de compra de su cliente potencial. En Estados Unidos las casas en venta se muestran durante el "open house", un día planeado en que la casa abre sus puertas. Sus habitantes se van durante la jornada y el vendedor se encarga de mostrarla. Esto evita la molesta invasión en horas impropias y permite que el contexto y el arreglo de la casa favorezcan la venta. Nuestra falta de protocolo en México hace posible que los compradores potenciales lleguen cualquier día y casi en cualquier momento.

Tercera puerta. Si vemos a México como nuestra gran casa, extrapolemos los puntos del "home staging". Hoy nos duele el cochinero, por más blanca que sea la casa, la mancha de la corrupción y el conflicto de intereses ahuyentan a los visitantes: turistas e inversionistas, el hedor de la impunidad escapa por las ventanas. No vamos a recibir los turistas que queremos mientras la casa esté desordenada. Buen reto tiene el nuevo secretario de Turismo, Enrique de la Madrid, para atraer visitantes en estas condiciones, su designación, por su sensibilidad, es una buena noticia para el turismo mexicano.

Si la ficción existe para arreglar la realidad, algo habremos de hacer para no rendir la casa como en el cuento de Cortázar, para no terminar en la calle como Irene y su hermano. De no ser así, el último en salir arrojará la llave a la alcantarilla.

lunes, 17 de agosto de 2015

Verdades inconfesables

El mundo de los consumidores tiene un punto de paridad con el de los políticos, los verdaderos motivos que empujan la conducta son inconfesables. Para aquellos, las razones profundas están debajo del nivel de conciencia, para éstos generalmente son conscientes. Unos no pueden decir la verdad, no saben que la saben; otros no quieren decir la verdad, asumirla los vulnera. Los consumidores esgrimen razones que les suenan lógicas, muchos políticos traman argumentos con las hebras de la lógica parcial: el cinismo.

En una sesión grupal, los consumidores responden aquello que los dejará mejor parados frente al grupo; ante una tribuna donde se toma protesta, el político hace un juramento escrito en agua: "...y si no lo hiciere, que la Nación me lo demande". El consumidor difícilmente confesaría algo así: "en realidad no detesto lavar las manchas de mugre en el pantalón de mi hijo, significan que está sano"; a un político jamás le escucharemos un harakiri: "he llegado hasta aquí para que la revolución me haga justicia" (lo más cercano a esto ha sido el célebre "un político pobre es un pobre político").

Los consumidores operan bajo una simulación que los rebasa, dependen de su naturaleza biológico-instintiva, los políticos operan bajo una simulación pactada, esencia de su condición primigenia. Inmunes a la presión inquisitorial, los políticos resisten la confesión de lo evidente. El presidente de un partido político es incapaz de aceptar públicamente el nombre de quien será su sucesor, aunque haya un solo candidato, porque hay que esperar la convocatoria, escuchar el pronunciamiento de las bases, etcétera. El consumidor está tapado ante la verdad, solo nos describe la punta del iceberg; el político tapa la verdad con su retórica, dice sin decir. Es peligroso creerles a ambos, hay que interpretarlos.

Tengo dos fotografías ilustrativas. Un indigente norteamericano está pidiendo dinero en una calle, levanta una botella de cerveza vacía mientras sostiene una leyenda que, traducida, se lee: "¿Por qué mentir?, necesito una cerveza". Nada más falso que esta representación de un consumidor que confiesa sus verdaderos motivos. La otra imagen es de un letrero callejero, sobre una cartulina la letra de molde, ajena a la caligrafía educada, anuncia un producto maravilloso: "Crema para quitar lo feo".

Los productos de belleza usan imágenes de "antes" y "después" para demostrar su promesa. No dicen literalmente "quito lo feo", pero, ¿no acaso el "después" es prueba inequívoca de que se ha triunfado ante la fealdad? Nunca he escuchado a alguien en un mostrador de productos de belleza decir "quiero crema para quitar lo feo". La verdad profunda es enmascarada por otras razones: crema humectante, crema antiesto, antiaquello.

Mientras que en el consumidor la motivación profunda se aloja en lo oscuro de su conciencia, en el político se esconde en lo oscurito: un moche, una concertacesión o un pacto de bancada. Para conocer a profundidad a los consumidores se usan las ciencias sociales, con los políticos basta un reportero valiente. Dice el psicólogo Jim Taylor que los políticos mienten por varias razones: su gran narcisismo, saben que sus seguidores los apoyarán incondicionalmente, creen que la gente no quiere escuchar la verdad porque saberla haría más daño, tienen prejuicios cognitivos, han visto que una mentira repetida se convierte en verdad, y finalmente, saben que el costo de mentir es muy pequeño.

En el país donde las cosas no son lo que se dice sino lo que no se dijo, la especulación y la reserva son parte de la canasta básica. El mexicano ha desarrollado una habilidad para dudar, más si la noticia es positiva. Si el político anuncia que el peso se recuperará, la señal es clara, hay que comprar dólares. Revisamos a contraluz los billetes para no recibir uno falso. Dudar de la identidad del otro es de rigor, no extraña que la credencial de elector funcione como una constancia de honestidad. Al menos tenemos una certeza: el estado mexicano es el estado de sospecha.

lunes, 10 de agosto de 2015

El poder de los demás

El trillado "Jalisco nunca pierde, ¡y cuando pierde arrebata!" no sólo se hizo presente en la semana, es una expresión para ilustrar la ruptura del equilibrio de fuerzas que durante décadas permitió la armonía de los diferentes actores en la vida sistémica del país. Con inusitado ímpetu el gobierno de Jalisco instruyó en Guadalajara la persecución de automóviles que operan bajo la plataforma Uber, y con insólita violencia algunos taxistas atacaron a quienes consideran sus adversarios, llegando al extremo de golpear severamente a una mujer a quien confundieron con un Uber- enemigo, y "levantar" a otros 4 choferes a quienes atizaron y despojaron de sus vehículos.

Gramsci nos sacude con magnitud Richteriana: "La crisis consiste en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer". Como parte de las "conquistas revolucionarias", las agrupaciones sindicales con las que el PRI consolidó su apoyo popular ostentan el derecho de controlar el servicio de transporte público en Jalisco. Estas estructuras son un sistema monopólico que administra los permisos o concesiones de los 12,000 taxis en la zona metropolitana de Guadalajara, lo cual les ha generado un enorme poder y seguramente riqueza a unos cuantos. Estamos ante un fractal (estructura a escala) de la vida nacional donde se privatiza lo público; en Oaxaca la rectoría de la educación la tuvo hasta hace poco un grupo sindical. Entiendo el coraje de los agremiados que han esperado por años una plaza o un permiso de taxi. Pero el mundo ya los rebasó.

Los taxis tapatíos son carísimos. Su tarifa puede ser 4 veces la de Uber. Sus prácticas abusivas, como usar selectivamente el taxímetro, son parte de una cadena de abusos. El dueño del carro abusa del chofer, éste lo replica al pasajero. Era previsible que el rechazo a la amenaza de su negocio se diera con violencia.

Las autoridades y otros burócratas, que llegaron a sus puestos por el apoyo electoral de las centrales sindicales, declaran que no tolerarán competencia ilegal a los taxistas (ficción morbosa: ¿y si resulta que algunos políticos son dueños de autos Uber?). Así como Uber debe estar dentro de un marco regulatorio (no prohibitorio), sería justo que las autoridades declaren al comercio ambulante y a la piratería como comercio ilegal, y que con la misma fuerza liberen miles de kilómetros de banquetas secuestradas en el país.

El nuevo espacio que habitamos, el ciberespacio, está dando un gran poder a los demás, a una sociedad que antes requería de mediadores para expresarse. Con las plataformas de interrelación actuales, la sociedad es su propia intermediaria. El movimiento social que presionó para que el estudiante a quien le sembraron una maleta con cocaína fuera liberado, en otra época habría requerido de mucho más tiempo y esfuerzo. Este nuevo poder influyó para fracturar la hegemonía de la FIFA o para linchar al entrenador de la selección mexicana de fútbol. Estamos viviendo inéditos desplazamientos de poder y del poder. En La alquimia de las multitudes: cómo la web está cambiando al mundo, Pisani y Piotet dicen: "Las redes son la nueva geometría del mundo moderno", yo diría, la nueva geopolítica del mundo en la que personas, grupos y datos conforman una trilogía esperanzadora.

En la medida que los partidos políticos han dejado de ser mediadores de los intereses de la sociedad, los nuevos gestores del interés público pueden ser los candidatos independientes, no extraña que muchos hayan crecido al amparo de las redes sociales. Metáfora de este poder pendular: el día que los consumidores de un centro comercial que cobra el estacionamiento (¡por ir a comprar!) se organicen y decidan no ir durante un día, invertirán el poder. No digo que los estacionamientos sean gratis, digo que lo deberían pagar los comercios que se benefician de las compras de los clientes. Uber y plataformas afines han funcionado como catalizador de ese poder de los demás.

Muchas especies sobrevivieron adaptándose al cambio. Los dinosaurios no. Una revolución los creó, otra los está matando.


domingo, 2 de agosto de 2015

El efecto Rashomon

Si viviera Akira Kurosawa vería en México un reflejo de su icónica película Rashomon. Lugar de culto para cinéfilos alrededor del mundo, la historia narra un hecho que es contado por diferentes personas, dando como resultado versiones disímbolas y contradictorias. La diversidad de puntos de vista sobre un mismo incidente es sin duda parte de la condición humana, después de todo, interpretamos en función de nuestro código cultural e incluso de acuerdo a nuestros intereses y motivaciones. En un país como el nuestro, la naturaleza de la verdad es tan frágil como ser entrenador de la selección mexicana de fútbol.

A propósito del "juego del hombre", de lo más importante de lo menos importante, es indudable que para una enorme mayoría de este país lo que sucede alrededor del futbol, y particularmente en torno a la selección mexicana, es de enorme gravedad. Si te preguntan ¿cómo jugó México la pasada Copa de Oro?, seguramente dirás que mal o, incluso, muy mal. Hay una idea colectiva de que el equipo nacional no tuvo un buen desempeño a pesar de haber ganado el torneo. ¿Qué me dirías si te digo que México tuvo un gran desempeño y superó ampliamente a sus rivales?, como sucede con los personajes de la película del gran director japonés, lo más probable es que dirás que miento, que tú viste otra cosa.

Tuve acceso a datos oficiales donde se mide objetivamente el desempeño de un equipo de futbol, indicadores que los profesionales e interesados en la materia ponderan para determinar sus calificaciones y tomar decisiones, es decir, lo que en el mundo empresarial son los indicadores clave de desempeño. La estadística muestra que México tuvo un gran torneo, liderando, por mucho, en número de tiros a gol, centros, tiros de esquina, remates de cabeza, duelos ofensivos exitosos 1 a 1, y no sólo eso, fue la selección con mejor puntería, teniendo el mejor número de remates de cabeza, tiros a gol y centros, atinados. Por supuesto, el mayor número de goles fue también de México.

¿Qué dirías de un equipo que tiene en un partido 660 pases acertados mientras su rival contabilizó 187? Imagino que hablarías de un dominio casi abrumador y de una efectividad contundente, ¿cierto?, pues bien, estos son los datos oficiales del partido México contra Panamá, donde los nuestros son los de mejor calificación en pases acertados. Las críticas y lo que escuchamos sobre el desempeño del "equipo de todos" parece contradecir los números. Me queda claro que aunque las cifras muestren una tendencia, el desempeño del equipo tricolor no gustó, y ese juicio subjetivo es suficiente para desestimar una medición objetiva. A propósito, por esta misma razón considero que los estudios cuantitativos son buenos pero no suficientes, nunca el qué pasa llegará a entender el por qué pasa.

El secretario de Hacienda declara cada vez que tiene oportunidad que las reformas estructurales están funcionando en beneficio del bolsillo de los mexicanos. Sin menoscabo de aquellos rubros donde efectivamente se han logrado avances, no he escuchado a un solo empresario o comerciante formal o informal hablar bien de la reforma fiscal. Sin caer en el cliché de que a nadie le gusta pagar impuestos, los cambios fiscales implementados se consideran uno de los grandes lastres del país. El efecto Rashomon, cada quien cuenta una realidad distinta.

Estamos acostumbrados a tener muchas versiones del mismo hecho. Desde los magnicidios en décadas recientes, a los desaparecidos de Ayotzinapa, a los escándalos por presunto conflicto de interés de este sexenio, en México ya todo es sospechoso, empezando por la verdad. ¿De cuántas maneras distintas se puede mentir?, se pregunta Sara Sefchovich en País de mentiras, y establece como una de ellas el dar versiones distintas, "un recurso tan usado que ya ni nos llama la atención".

Todos al juzgar retratamos la realidad y, como dice Susan Sontag, "fotografiar es encuadrar y encuadrar es excluir". Rashomon es un templo en Kioto, un lugar que se multiplica cada vez que alguien da su versión de los hechos.