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lunes, 6 de junio de 2016

Diáspora mexicana

Nuestra incipiente democracia asoma estampas que hace unas cuantas décadas serían poco probables: el espacio para la especulación sobre quién ganará tales o cuáles comicios. No es un logro menor. Jorge Ibargüengoitia escribió con sarcasmo en los setentas: "El domingo son las elecciones, ¡qué emocionante!, ¿quién ganará?", cuando las votaciones eran un simulacro. Estimo que mal le irá a los candidatos independientes que no fueron capaces de unirse, sirviendo así a la hegemonía partidista (divide y vencerás). No puedo estar más de acuerdo con la tesis que en Sólo así plantea Jorge Castañeda: tiene que haber un sólo candidato independiente contra la partidocracia.

Un pueblo dividido es vulnerable. Somos 120 millones de mexicanos en México, más 30 millones que viven fuera del país, principalmente en Estados Unidos. Recientemente escuché una visión inédita de este fenómeno en voz del empresario tijuanense José Galicot cuando le llamó "la diáspora mexicana". Si bien el término está muy asociado a los judíos, aquí lo uso en su acepción genérica, es la dispersión forzada de un pueblo debido a diferentes causas, sociales, económicas, climáticas, persecución racial, violencia y más. Había escuchado de la diáspora judía, de la africana, asiática, palestina, pero no de la mexicana.

En gran medida el gobierno mexicano durante los últimos 100 años ha tenido un desempeño tal que ha provocado la diáspora mexicana, éxodo forzado en aras de mejores condiciones de vida, de oportunidades que México no les ha ofrecido, de supervivencia. Esta división del pueblo mexicano, irónicamente, es uno de los sustentos de la economía nacional. Sin las remesas que nuestros compatriotas mandan desde EU (más de 25 mil millones de dólares anuales, y creciendo) tendríamos un severo impacto económico en México. Se requiere, y aquí vuelvo a la tesis de Galicot, que el gobierno mexicano tenga una política de Estado para concentrar la fuerza de estos mexicanos expatriados. El judío ve en el Aliyah un deber moral para con Israel. El gobierno mexicano debería tener un deber moral con los mexicanos que no pudo retener. (Pregunto: ¿le conviene al gobierno mexicano un pueblo unido?).

Con Tijuana Innovadora Pepe Galicot ha rescatado el orgullo de ser mexicano, su iniciativa (hace unos años vista como poco viable) no sólo es una realidad sino que le ha dado a Tijuana la posibilidad de un nuevo rostro, el de una ciudad competitiva y pujante que sabe responder a los retos binacionales. La idea es simple: México debe hermanar a los mexicanos de ambos países. Pienso en estrategias vinculatorias que han funcionado con éxito; muchos jóvenes judíos viajan a Israel a impregnarse de sus raíces, de la cultura de sus antepasados, una práctica que desde el gobierno crea un lazo afectivo que rinde beneficios. Habrá unos 18 millones de judíos en el mundo, mucho menos que los 30 millones de mexicanos en EU, pero su voz tiene una envidiable resonancia mundial.

No puedo dejar de ver el brillo en los ojos de Pepe Galicot cuando imagina que México podría auspiciar que muchos mexicanos y méxico-norteamericanos viajaran a la tierra de sus antepasados, que conocieran las bellezas naturales, que vinieran a estudiar español una temporada, que invirtieran en México, que se maravillaran de sus fiestas tradicionales, que probaran la original receta de la abuela, que se enchilaran por primera vez, que entraran a los sitios arqueológicos y a las catedrales, que abrazaran a la tía que sólo conocen en una pantalla, que sintieran la calidez del que recibe a un hermano, que se les ensanchara el corazón de orgullo, tanto como el país que hoy nada más conocen por referencias y nostalgias. Y luego, si quieren, que regresen a su país adoptivo (claro, aquellos que puedan migrar legalmente).

Llamamos, con gratitud, alma máter a la universidad donde egresamos, lo mismo deberían sentir de su patria los connacionales exiliados. No es la religión lo que une a los pueblos, es su cultura. Los mexicanos unidos debemos ser el alma máter de México. La posibilidad de tener a Trump como Presidente vecino puede tener un lado positivo: unirnos ante la amenaza, juntar los fragmentos de espejo y vernos como lo que somos: más grandes de lo que creemos.

domingo, 29 de mayo de 2016

Imposición del sacrifico

En todas las sociedades hay una serie de acuerdos, explícitos o implícitos, que constituyen el entramado por donde transcurren las cosas. Todo a nuestro alrededor (en buena medida hasta las cuestiones ambientales) está influenciado por un sistema, instrucciones que determinan cómo nos relacionamos. Estos principios son maleables, se heredan de generación en generación, son los "usos y costumbres" y sirven como mecanismo de negociación social, son la forma de conseguir las cosas en determinada cultura. A este instructivo invisible le llamo código cultural.

Así como un cáncer es una respuesta donde el organismo se ataca a sí mismo, veo que una sociedad con cáncer tiene un sistema enfermo, acuerdos sociales, prácticas cotidianas que dañan a la mayoría. Los altos índices de impunidad, corrupción y delincuencia que tiene México son un ejemplo de ello. La buena noticia es que los sistemas se reprograman.

Alfonso Reyes dejó, entre su prolífica obra, un minúsculo volumen que debería servirnos para reconfigurar el mapa y el territorio de la sociedad mexicana, en Cartilla Moral, el regiomontano escribió: "Podemos figurarnos la moral como una Constitución no escrita...", sin duda refiriéndose al código cultural "...cuyos preceptos son de validez universal para todos los pueblos y para todos los hombres. Tales preceptos tienen por objeto asegurar el cumplimiento del bien, encaminando a este fin nuestra conducta".

La primera de sus lecciones es de una simplicidad lapidaria: "El hombre debe educarse para el bien", un concepto donde no estoy seguro que pasemos la prueba hoy en día, ¿entiende el mexicano promedio qué es el bien?, ¿está la educación en México orientada a formar personas de bien? Reyes define al bien como "un ideal de justicia y de virtud que puede imponernos el sacrificio de nuestros anhelos, y aun de nuestra felicidad o de nuestra vida". No hemos avanzado una página en la Cartilla Moral y ya se vislumbra qué le duele a México.

En la (auto) imposición del sacrificio tenemos un territorio de renovación. Ceder el asiento a una dama (me doy cuenta que la expresión suena arcaica, señal de que la práctica está extinguida) implica sacrificar mis intereses por los de otra persona, no estacionarme en lugar prohibido implica sacrificar mis intereses en aras de la vialidad de la zona, firmar la Ley 3 de 3 es sacrificar mis intereses personales por la sociedad, entrar a la economía formal y pagar impuestos es sacrificar mis intereses por los del país. El mexicano promedio no sólo tiene una baja intención de hacer estos sacrificios, se ha vuelto un ser que desaforadamente busca el beneficio personal, vive en un sistema que premia al ególatra. Ante esta degradada cantera se explica la naturaleza de nuestra clase política, una triste representación de nuestro código cultural.

Si queremos un mejor país, la búsqueda de ese bien cotidiano es una tarea de todos, pero la medicina no es agradable, implica la renuncia a beneficios, la imposición del sacrificio. La conciencia de este tema pasa por una educación moral del mexicano, un ser que hoy está contaminado de prácticas que no buscan el bien común, en otras palabras, el mexicano promedio debe aprender a ser bueno, es terrible decirlo, es peor no reconocerlo. Con agudeza Reyes recuerda que Aristóteles aconsejaba la "ejercitación en la virtud para hacer virtuosos".

Las espirales virtuosas o las degenerativas son como un péndulo, adquieren una inercia que las alimenta en la dirección que van. Ver hacer el bien contagia el bien, del mismo modo el mal (acaso esta sea una de las causas por las cuales cada día nos sorprenden nuevas y sofisticadas formas de delincuencia). Hasta donde mi limitado entendimiento me permite saber, los pensamientos se convierten en acciones, luego entonces para cambiar éstas hay que cambiar aquellos, de aquí la importancia de una educación ética fundamentada en obras como la Cartilla Moral.

Reyes previno la debacle: "Cuando pierden de vista la moral, civilización y cultura degeneran y se destruyen a sí mismas". La regeneración de la sociedad mexicana implica recuperar la capacidad de sancionar moralmente las transgresiones (especialmente las cotidianas que suceden en la calle).

La llave azul

No estoy seguro, supongo que es de esas corazonadas banales, pero a todos nos llega en algún momento de nuestra vida una revelación trascendente, conclusión que a modo de estalactita se va formando en la cavernosa profundidad de la conciencia. Un libro hoy puede tener una frase que recordarás en el futuro, una especie de instrucción cifrada para ser descubierta con el tiempo. Una experiencia del presente, de la cual tal vez reniegues y te preguntes ¿por qué a mí?, no tiene respuesta hoy, pero mañana seguramente la tendrá. Vivimos muchas cosas intrascendentes hasta que cierto día adquieren un significado profundo.

La reflexión viene a cuento porque cada vez que tengo la fortuna de hablar frente a jóvenes estudiantes les prevengo sobre el sinuoso y cifrado camino de la vida, especialmente en los inicios de la etapa profesional. Generalmente, al salir de la carrera, chocan las expectativas de la vida idealizada con la realidad (más si la carrera se llama "Dirección de Empresas", pero para estos fines, atañe a cualquier vocación).

Acumulamos momentos, recuerdos, experiencias de aquí y allá, todo va, como si fueran objetos, a la mochila de la vida. Eventualmente sucede algo que no quisimos vivir, una llave azul, esa pieza rara que en vez del relieve dentado es como un prisma triangular, una llave que no abre ninguna puerta conocida pero que a fin de cuentas se vuelve parte de la carga inútil del camino.

Yo recogí una llave azul. Antes de graduarme trabajé en un banco, mi puesto equivalía al primer eslabón evolutivo en la cadena financiera: informador de crédito. Subido de ínfulas por tener un empleo con prestaciones superiores al promedio, ansiaba saber cuál sería mi oficina, a quién le pediría mis llamadas o un café (aunque en ese entonces no tomaba café). Para mi infortunio las labores asociadas a mi primitiva posición no contemplaban oficina alguna, vamos ni siquiera un escritorio o un rincón digno, mucho menos una asistente. Mi trabajo consistía en estar en la calle visitando las referencias crediticias de los clientes (e ingeniármelas para conseguir referencias adicionales) para luego escribir un informe con el cual el analista de crédito emitiría su recomendación.

Era infeliz. Y como las tragedias pueden empeorar, la tragedia subió de tono: los informes tenían que ser escritos a máquina, herramienta secretarial a la que yo le atribuía una profunda condición indigna (hoy me arrepiento) a mi investidura de egresado. No uno, sino tres informes diarios había que redactar cada tarde desde algún escritorio comunal del departamento de crédito. Era muy infeliz con mi inútil llave azul a cuestas. Por si fuera poco, tenía que visitar lugares inéditos y no siempre agradables. En el rastro de la ciudad, el hombre que buscaba salió a mi encuentro entre las reses que colgaban en canal. Sobrado de grasa, chimuelo, tras un delantal con sangre fresca y otros efluvios, me dijo "¡hola, güerito!" y me abrazó con fuerza mientras sus compañeros reían. Era un rito de paso para su tribu. Luego de esa vez se convirtió en un informador frecuente para mí (ya sin abrazo de por medio).

De pronto uno camina en la vida por estrechos pasajes, angostos espacios donde parece que no hay salida; sientes que te ahogas en tu realidad de la que reniegas, pero de pronto, espera, ¿no se ve allá algo que parece una puerta?, sí, allá, al fondo. Te acercas y ves que es una cerradura singular, su color azul y su oquedad triangular te recuerdan algo de tu pasado. ¿Será posible que aquella llave azul que alguna vez recogiste...?

Las llaves azules abren puertas. Hoy en día me jacto de que no tengo propiamente una oficina, paso gran parte de mi tiempo en la calle y dedico casi toda mi atención a investigar sobre las personas, escribo informes, visito tribus disímbolas, ¡ah!, y gracias a que tuve un entrenamiento forzado en el teclado de una pesada Olivetti, puedo escribir en mi computadora a una velocidad que sólo conocen mis dedos. Y lo disfruto enormemente.

Las claves de la vida se entienden mirando el espejo retrovisor.

domingo, 15 de mayo de 2016

Wynwood

Antes de bajar del auto, el taxista nos previno: "caminen con cuidado, no muestren relojes ni joyas, guarden la cartera en los bolsillos delanteros". Su recomendación tenía el tono de la obviedad, era como prevenir a un mexicano que un chile puede ser picoso. No, no estábamos llegando a una estación del Metro ni a Tepito, ni al Coliseo romano o a la Torre Eiffel ni a la sede de un partido político, sino al célebre barrio artístico de Wynwood en Miami, famoso mundialmente por sus grafitis y murales que han convertido a la zona en un gran museo urbano. El barrio se originó a mediados del siglo pasado, mayoritariamente por migrantes puertorriqueños. Pronto se convirtió en una zona de gran peligrosidad y violencia, cuyos ecos llegan hasta nuestros días y quizá por ello la recomendación del chofer.

En los inicios de este siglo algo cambió para bien en Wynwood. Si bien el grafiti es un acto de transgresión, su lado artístico cruza fronteras inimaginables. Un promotor de arte urbano trajo artistas callejeros de varias partes del mundo. Se abrieron galerías, tiendas de moda, pequeños restaurantes. Pronto el mundo hipster, ávido de alteridad, se adueñó de la zona. Visitar el vecindario del arte se convirtió en moda, la ciudad de Miami tenía otra estrella más para sus millones de visitantes. No todo ha sido miel sobre hojuelas para Wynwood. La revaloración de la propiedades ha subido las rentas, muchos de los artistas y pobladores originales han migrado a zonas más amigables, financieramente hablando.

En el 2014 un escándalo acaparó la atención de los medios. La firma multinacional de ropa American Eagle Outfitters decidió usar para una campaña publicitaria mundial unos diseños tomados de los murales de Wynwood. Se trataba de los "ojos dormilones" sello del artista urbano David Anasagasti, conocido en el argot como Ahol Sniffs Glue. El problema fue que la firma de moda nunca pagó derechos de uso, seguramente porque pensaron que estaban tomado "algo de la calle". El grafitero demandó a la corporación y durante el tiempo que duró el litigio, el caso fue visto como una reivindicación social del arte callejero y las voces marginadas ante la voracidad capitalista. El juicio ya terminó bajo un acuerdo confidencial. Como a muchos, me asalta la duda de si el grafitero se hizo millonario a costas de aquello que reniega. Como sea, esta pequeña historia de plagio es muy significativa para construir en la cultura de la legalidad. En un país donde un grafitero puede ganarle a una corporación mundial, la gente percibe la neutralidad y la fortaleza de un Estado de derecho. ¿Ganaría un grafitero mexicano de Tepito un juicio similar? Lo dudo, pero no debemos perder la esperanza de que eso suceda.

Wynwood es un ejemplo más del efecto curativo del arte, el diseño y la cultura sobre tejidos urbanos vencidos por la degradación moral que poco a poco se van acostumbrando a la violencia como forma de vida. La normalización de la violencia tal vez sea la agresión más severa para el ser humano. La costumbre es como un ataque de termitas o de humedad, hace difusos los límites de lo permisible; algún día la desgracia es sustancialmente mayor, se derrumba el techo de nuestra casa y alguien se pregunta ¿cómo llegamos hasta este punto?, ¿en qué momento pasó?, la respuesta es: acostumbrándonos a la violencia (o a la corrupción o a las infracciones de tránsito o al "diablito" para robarse la luz o al estacionamiento en zona prohibida, o a los vendedores ambulantes, etcétera), siendo indolentes y viendo como parte del paisaje cotidiano actos incrementales a manos de nobles ciudadanos que quieren un país mejor pero no se dan cuenta que con sus pequeñas transgresiones (hazañas bribonas, como diría el doctor Guillermo Zúñiga) están construyendo lo contrario.

En todo el mundo hay ejemplos de que el arte y la cultura son extraordinarias formas de revertir conductas delictivas y generar desarrollo humano, social y material. Aún así, la mayoría de los políticos no lo ve. Esta miopía es otra forma de violencia.

También el futuro puede ser asaltado.

lunes, 9 de mayo de 2016

El otro lado del infierno

Cuando uno se entera de historias como las del jardín de niños Matatena, donde los peritajes judiciales han comprobado el abuso sexual y psicológico contra pequeños de entre 3 y 5 años de edad, presuntamente a manos del esposo de la directora del plantel, se tambalea el optimismo, se resquebraja la esperanza en el futuro, se pisa una especie de infierno cuyas llamas salpican y laceran tanto a los directamente implicados como a cualquiera que tenga un gramo de compasión. Algo se pudre en el país y sus hedores contaminan la semilla, nos jugamos más que una generación envenenada, nos jugamos el futuro mismo de la sociedad.

En medio de historias profundamente oscuras es preciso ver la luz para documentar la agotada reserva de optimismo (y buen humor). Hace unos días conocí la labor que hace Mayama ("desarrollo", en huichol, www.mayama.org.mx), asociación civil mexicana sin fines de lucro que tiene el reconocimiento de la ONU (estatus especial consultivo ante el Consejo Económico y Social), distinción que menos de 30 organizaciones mexicanas pueden presumir. Mayama realiza profundos cambios sociales a través de incidir en las familias. De cada peso que se invierte, el impacto a la sociedad (es decir el retorno social) es de más de 4 pesos. De cada peso que reciben, 93 centavos se destinan a la labor social.

Entro a un salón en el Centro de Día Mayama, una veintena de niños entre 6 y 10 años aprenden a expresar sus sentimientos frente a una imagen evocadora (una foto donde una joven, aparentemente compungida, se asoma por un balcón). La moderadora les pide que describan qué problemas tiene la chica y luego qué problemas se presentan en casa. "El papá se emborracha o está drogado", "que se peleen los papás", "que el padrastro abuse de las niñas", "que salgas embarazada", son algunas de las respuestas de los niños, todos de familias en pobreza y marginación, características para ser parte del programa que tiene una secuencia estratégica: Yo siento, Yo pienso, Yo me relaciono, Yo expreso y Yo actúo, que permite desarrollar habilidades fundamentales.

El modelo Mayama implica una intervención sistémica en la familia durante 5 años y medio en los que se fomenta la resiliencia de los individuos para que eleven su autoestima y aprendan a tener algo que en otros segmentos sociales ni se cuestiona: un plan de vida, una visión de largo plazo. Las familias y los niños se gradúan después de cumplir su ciclo. Las diferencias son notables cuando uno compara una familia graduada con otra que no ha sido intervenida.

Con el equipo Mayama me interné en una de las zonas donde trabajan, ciudades invisibles para nuestra cotidianidad pero que están ahí, latentes como una bomba de tiempo (generalmente son semillero de la delincuencia), cinturones de pobreza que crecen replicando pobreza y heredando el olvido social. Mayama está rompiendo esta inercia.

Una familia graduada nos recibe en su vivienda. La austeridad del piso de cemento y las paredes de hormigón no están en conflicto con la limpieza, ni del hogar ni de sus integrantes. La mamá está sentada con sus 4 hijos adolescentes alrededor de la mesa (papá está trabajando), se nota el orden. Nos han puesto un tazón con papas fritas y una botella de salsa. El gesto conmueve cuando uno ve la precaria provisión de víveres sobre el refrigerador. Los chicos, en uniforme escolar, saludan y expresan cómo se sienten. Bertha Alicia, que fue madre precoz en su adolescencia, dice que ha crecido junto con sus hijos, "he aprendido a ser una mamá", sus ojos se arrasan, termina en llanto. Es imposible no abrazarla.

Mayama es un modelo de intervención social con resultados probados para disminuir la pobreza, que debería conocer José Antonio Meade para replicarlo en todo el país. Dijo Dante: "Los lugares más calientes del infierno están reservados para aquellos que mantienen su neutralidad en tiempos de crisis moral". Más allá del PIB, crecer la reserva de esperanza y el capital humano es quizá un deber ético para alimentar un mejor futuro, el único viable.

 
 
@eduardo_caccia

domingo, 1 de mayo de 2016

Turismo a escala humana

Jan Gehl dice: "Solamente la arquitectura que considera la escala humana y la interacción es arquitectura exitosa". El concepto de escala humana, tan ligado a la arquitectura y al diseño, podría darnos lecciones en otros rubros.


Celebro la campaña de la Sectur "Viajemos todos por México". Nuestro país tiene las bases para ser potencia mundial en turismo, pero contar con recursos naturales y patrimonio histórico excepcional no es suficiente si el servicio no está a la altura del reto. Hay turismo a escala humana y turismo a escala corporativa. El primero logra una gran conexión emocional con el turista, y es rentable, el segundo nada más pretende ser rentable (y en muchos casos por supuesto lo es), pero la diferencia es notable.

En un viaje de trabajo en el que mi objetivo era entender las claves del servicio de los italianos alrededor de la comida y bebida, sucedió algo notable. Ya tarde como para encontrar un restaurante abierto, llegué con mis compañeros a Parma. En 4 sitios nos miraron con lástima, "la cocina está cerrada". En una calle lateral vi una luz prendida, caminé solo mientras el grupo esperaba en la esquina otro fatal "È chiuso". Una señora de edad avanzada guardaba las sillas de las mesas en la banqueta, un joven hacía corte de caja, no había un sólo cliente. Habían cerrado.

Para mi sorpresa la respuesta fue positiva. De pronto el joven tomó una actitud excepcional, parecía que estaba en un concurso de TV que graba con cámara escondida. Actuaba con vitalidad y gusto, como si fuéramos sus primeros clientes del día, no los últimos. Mientras la señora (su madre) cocinaba, él nos narraba apasionadamente el origen de cada platillo, como si el orgullo de un país dependiera de que pudiera sostener con dos tenedores una rebanada de prosciutto. Trajo una botella de vino como quien carga un trofeo delicado. No sólo cenamos delicioso, tuve la más grande demostración (actitud a escala humana) de lo que es ser anfitrión.

La escala humana en el turismo entiende al cliente o huésped sin traicionar la rentabilidad. También en México he tenido experiencias memorables. Haciendo ecoturismo en la maravillosa laguna de Bacalar mi esposa pidió al hotel usar una pequeña palapa (aislada del restaurante) para una cena romántica y, aunque no acostumbraban a hacerlo, accedieron de buena gana. En otro hotel de la misma zona, precedido por su reputación "espiritual y holística", un gerente de restaurante se negó a mover la mesa 3 metros para que pudiéramos cenar bajo las estrellas argumentando que los demás clientes (había sólo 2 mesas más) le pedirían lo mismo y por política no podía hacerlo (estaba en escala corporativa).

Las líneas aéreas son un fractal de lo que puedes esperar de un país. Volaris es una línea eficiente, pero odiosa. La forma de aplicar sus políticas está generando mucho malestar (basta leer los comentarios y las amargas quejas en las redes sociales), especialmente por su inflexibilidad en materia de equipaje. Están en su derecho, son sus políticas (y seguramente reportan buenos resultados financieros), pero esa excesiva escala corporativa tarde o temprano les cobrará la factura. Uno de sus empleados me timó. Al documentar me aseguró que podía subir a la cabina con mi maleta y que no me cobrarían. Dos veces le pregunté si estaba seguro, dos veces me dijo que sí. Al momento de abordar tuve que pagar 400 pesos por mi maleta y no valió mi argumento. Fui literalmente asaltado so pena de no abordar. Además el cobrador actúa como un cínico y desalmado gatillero a sueldo. Hoy Volaris no ayuda a "Viajemos todos por México", ¿hará algo la Sectur?

Los Pueblos Mágicos cautivan por funcionar en escala humana, nos recuerdan que el automóvil es prescindible. El turismo a escala humana piensa en momentos de vida, construye experiencias memorables, el turismo a escala corporativa piensa en aplicar la política inflexiblemente y en el retorno a los accionistas. Una cosa no está peleada con la otra. Si conciliamos esto, también el mundo dirá Viajemos todos por México.

lunes, 25 de abril de 2016

Catedrales

Para Fernando del Paso, Catedral.

 

Me asalta una pregunta difusa, ¿en qué lenguaje se escriben las catedrales?, estos edificios que parecen tener alma y que expresan dentro de su simbolismo, generalmente hermético, una narrativa entre formas, relieves, luces y sombras, espacios formidables que, más allá de profesiones religiosas, cautivan al ojo que quiere ver. Las catedrales son sitios de inspiración donde el silencio habla, referentes del espíritu humano, recordatorios de lo posible, narración perenne.

El mundo comercial es en extremo simbólico. La proliferación de mensajes nos invade todos los días, ahora en medios difícilmente pensados por aquellos maestros que cifraron sus mensajes en los libros de piedra, las catedrales. Detrás del culto a las religiones y a las marcas, están los mismos principios estructurales. A riesgo de que mi comparación parezca profana para algunos, las catedrales funcionan del mismo modo que las llamadas "tiendas insignia", sitios de gran carga simbólica donde una marca no sólo exhibe objetos, también proyecta sus principios fundacionales (en el mejor de los casos filosóficos) y genera la integración de consumidores fieles (o fieles consumidores, para el caso es lo mismo) que viven la narrativa (equivalente a la doctrina) muchas veces originada por un fundador (mesías) o un mito fundacional.

Las catedrales se erigen en sitios que luego se vuelven importantes (a causa de las catedrales; plusvalía, le llaman los desarrolladores de tierra). Véase la tienda insignia de Apple en Nueva York. Dentro de un cubo de cristal parece flotar el símbolo de adoración, la manzana que ha sido mordida en claro desafío al statu quo. Del mismo modo que La Meca o el Vaticano atraen fieles, la visita a las tiendas insignia son una forma de reverencia, se vuelven lugares de culto que cohesionan a grupos que comparten las mismas creencias y fortalecen su lealtad y fe a través de rituales comunes.

Las catedrales son mucho más que bellos edificios. Fulcanelli, autor francés de misteriosa identidad, desapareció en 1926. Antes dejó dos libros. En El misterio de las catedrales, usa el sarcasmo cuando les llama maestros sin palabras y sin voz, para luego llevar al lector al otro extremo y comparar las catedrales con letras esculpidas en piedra "santuarios de la tradición, de la ciencia y del arte, la catedral gótica no debe ser contemplada como una obra para la gloria del cristianismo sino como una vasta correlación de ideas, de tendencias y de fe populares". Esa vasta correlación de ideas es la narrativa que expresa una religión o una marca a través del sitio físico.

Por sugerencia de mi provocadora oficial (mi esposa), vi la película Tren nocturno a Lisboa, la búsqueda filosófica de un hombre por conocer el pasado de Amadeu do Prado, médico portugués ya fallecido, a quien accede por su único libro y los recuerdos de sus contemporáneos. Dentro de una catedral el joven Amadeu se rebela "No me gustaría vivir en un mundo sin catedrales. Necesito su belleza y grandiosidad, en lugar de los colores sucios de los uniformes militares. Amo las poderosas palabras de la Biblia. Necesito la fuerza de su poesía. La necesito contra el decaimiento del lenguaje, y las consignas inútiles de los dictadores.

"Pero hay otro mundo en el que no deseo vivir, un mundo en el que el pensamiento independiente es despreciado y las cosas que mas aprecio, denunciadas como pecado. Un mundo donde nuestro amor es exigido por tiranos opresores y asesinos. Y lo más absurdo, la gente es exhortada desde el púlpito a perdonar a estas criaturas y hasta amarlas".

Vivimos tiempos de instituciones resquebrajadas, gobiernos, iglesias, ejércitos, profetas que animan el racismo, militares que torturan, políticos que traicionan, maestros que no enseñan. Pero dentro de esos grupos hay catedrales, seres hechos de la piedra de la resistencia, construidos sobre la ética y el valor de oponerse a la injusticia. Ellos no se doblan, son reserva erguida de la esperanza.

Como el personaje de ficción que reta la realidad, no quiero un mundo sin catedrales.