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domingo, 14 de mayo de 2017

De París a Chocholá

Si me dieran a escoger entre un viaje al futuro o uno al pasado, mi decisión no tiene fisuras. Alguna vez me dijeron que era un espíritu antiguo, me llaman los vestigios, elementos que asoman de otras épocas, historias enterradas bajo la tierra o el olvido del tiempo. Hace 5 años la “Tacher” (amiga de férrea disciplina) me invitó a una aventura que me marcó como explorador y estratega. Fui parte de un equipo multidisciplinario paraconvertir una antigua hacienda henequenera en un hotel-spa boutique de clase mundial. Decimos que el mexicano es soñador, es cierto.

 

Como quise ser arqueólogo, el destino me da oportunidades como ésta. Ayudé a definir “la genética” de la nueva marca: entender la naturaleza del lugar, su historia, contexto, y facilitar que exprese sus elementos dominantes; también consiste en entender la esenciade los inversionistas, capturar su visión y sentir, paraamalgamarlo en una narrativa que contenga magia, no de mi potencial inventiva sino de los conceptos que uno va desenterrando y a los que les va dando significado

 

Originalmente los planes del desarrollo hablaban de “una hacienda con un cenote”, por la evidente razón de que muy cerca de la casa principal hay un cenote abierto, que hace muy especial y distintiva esta hacienda. Como parte del equipo integré a dos mayistas cuya sensibilidad aportó un gran contenido para mi tarea. Como suele suceder con los fósiles que capa tras capa van revelando su forma, me quedó claro que el planteamiento debería ser inverso: “un cenote, con una hacienda”. Para los antiguos mayas el cenote representa fuente de vida, fertilidad, entrada al inframundo, medio de comunicación con lo divino, entre otras cosas que, aunado a la belleza natural de ese espacio, convirtieron al cenote en el centro energético del proyecto y en ícono de su exquisita identidad gráfica.

 

Como es parte de la comunidad de Chocholá (“agua salobre” y zona de portales energéticos), una parte esencial fue pensar en la integración de ésta con el proyecto. Pedir anuencia al consejo de ancianos fue básico. Hoy en día el 60% de la nómina del hotel la constituyen habitantes de Chocholá. El nombre original de la hacienda, San Antonio Chablé, es la amalgama de dos personajes, San Antonio de Padua y el defensor de derechos indígenas Mariano Chablé, antepasado de varios colaboradores del hotel.

 

Actualmente, Chablé, como se le denominó al proyecto, es un espacio que conjuga el silencio de la ceibas con el canto de las ranas, el chamanismo ancestral con el lujoun diseño de interiores mágico y una operación espléndida. Esta comunión ya cobró víctimasHayextranjeros que han llorado en la cocina de doña Neida, no sólo porque ella los invita a ser parte del ritual de cocinar con leña, no sólo por el sabor de su recado negro o de su poc chuc, sino porque ven en ella a la madre o a la abuela y quizá sientan un vacío al pensar en lo que es su vida en la vorágine urbana en la que viven, comparado con este pequeño universo enChablé. Sumen a esto la vocación amiga de los pobladores de Yucatán y tenemos un cuadro que vale la pena difundir ante el mundo, México es más que malas noticias.

 

Hace unas horas se anunció en Paris el Prix MondialD’Architecture UNESCO Vesailles 2017 en la categoría hoteles. De entre los finalistas se escucharon varios voces, hermanadas en una, para el ganador: Chablé-Chocholá-Yucatán-México. Al saber la noticia me sentí muy contento por esos nombres pero también por todas las personas que participaron en este proyecto de más de 7 años, extraordinarios especialistas y obreros de la zona, que hicieron del sueño de un gran empresario,una realidad que pone a México en los reflectores mundiales.  

 

Chablé es un espacio que invita a la reconexión con uno mismo, con la naturaleza, con los antepasados de todos, sin excepción de nacionalidades: los mayas, para quienes el cenote significaba imán de ciudades. Nunca hubiera imaginado una historia donde dos sitios tan distintos y alejados en el mundo se pudieran unir. De París a Chocholá hay que festejar no sólo este triunfo de la arquitectura y diseño mexicanos, también de nuestra cultura ancestral que, por debajo de la tierra, con o sin muros y frente al mundo, acelera su historia. 


martes, 9 de mayo de 2017

México, lo pendiente

La inconformidad es la madre de la provocación. Sólo así me explico que Pepe Galicot, a sus casi 80 años, tenga la vitalidad del joven que no aspira a adaptarse al mundo sino a cambiarlo. Participo en una ronda de disertaciones libres que Pepe, nuestro anfitrión, ha denominado Cabo Talks, un encuentro de mentes disímbolas durante dos días y medio frente al encanto del Mar de Cortés. Un retiro intelectual a modo de un think-tank donde se discuten ideas y se provoca el intercambio reflexivo.

En el primer día se dibujaron una serie de acciones para cambiar a México. Sergio García de Alba tiene la sensibilidad de un empresario con la visión del funcionario público. Su paso por la Secretaría de Economía durante el gobierno de Fox le dio un buen conocimiento de los problemas que enfrenta el país. De su exposición (complementada con algunos temas propios) sintetizo una serie de puntos en los que México debe trabajar con urgencia.

El desarrollo de liderazgos. El país está muy necesitado de buenos líderes sociales, empresariales y políticos. Domina una mediocridad que produce resultados mediocres. Se requiere que las universidades se interesen en desarrollar e impulsar líderes que entiendan la problemática nacional y sepan aplicar soluciones. Líderes que además sean congruentes entre lo que predican y lo que hacen.

Aumentar el porcentaje del PIB de empresas orientadas a media y alta tecnología. Se estima, por parámetros internacionales, que un país debería tener al menos un 25% de su PIB generado por este tipo de empresas. Hace algunos años se hizo una medición en uno de los estados tecnológicamente más avanzados, Nuevo León, y el porcentaje fue de apenas el 7%. El país sigue produciendo muchos abogados, contadores, psicólogos, pero pocos ingenieros y especialistas en carreras de alta sofisticación, lo que lleva al siguiente tema: una reforma educativa orientada a las megatendencias y a la formación de emprendedores más aptos. Habrá que importar las mejores prácticas de aquellos países que nos superan en investigación y desarrollo y generación de patentes.

Retomar la vocación agropecuaria y agroindustrial que el país tenía antes de la migración social del campo a las ciudades. Invertir en nichos estratégicos y generar valor agregado (hoy, por ejemplo, exportamos ganado en pie e importamos carne). Las condiciones climáticas permiten que un renovado apoyo al campo haga de México potencia mundial en varios cultivos.

Detener la fuga de talentos ligada a una insuficiente oferta de posgrados y de empleos bien remunerados, y por supuesto mejorar las condiciones de seguridad, tres factores que inciden en el éxodo de cerebros.

Implantar un sistema de mentores que permita una transferencia de conocimiento entre aquellos con experiencia y los que apenas inician una actividad empresarial. En este punto inserto otra de las ponencias: La responsabilidad de la inteligencia, por Ricardo Elias, donde básicamente manifiesta la obligación que tienen los miembros más inteligentes de la sociedad para enseñar, invertir, dirigir, construir y crear, pudiendo o debiendo ser mentores hasta del propio gobierno, de modo que las acciones tengan verdaderamente un impacto social.

Implantar una reforma fiscal que fomente y apoye a las Pymes, el gran empleador del país. Desarrollar un ecosistema que favorezca el crecimiento de este tipo de empresas.

En uno de los recesos del evento aproveché para llamar a mi buen amigo David Konzevik y le pregunté cuáles serían a su juicio tres grandes cambios que México debería hacer. Su respuesta no pudo darme más gusto: "cultura, cultura y cultura", entendida no como el saber promedio de la población sino como un cambio en nuestro sistema social, una nueva forma de pensamiento que produzca una nueva generación de acciones.

Añado a estos temas el restablecimiento del Estado de derecho a través de una decidida y frontal lucha contra la corrupción e impunidad (que por supuesto no se logra por decreto), la promoción de empresas culturales con vocacionamiento regional, y una nueva visión de desarrollo económico donde el Estado deje de ser productor de deuda para convertirse en generador de recursos.

El paciente está diagnosticado. Ninguno de estos cambios es imposible.


lunes, 1 de mayo de 2017

Construir humanidad

El mundo padece de estrés postrumpático. Las tensiones nucleares aumentan y a momentos el botón rojo puede ser un iracundo tuit. Quino lo pintó mejor: Mafalda, junto a un globo terráqueo, le pregunta al oso de peluche que lleva en brazos: "¿Sabés por qué es lindo este mundo? ¿Eheé?", luego, la pequeña responde consternada: "Porque es una maqueta. ¡El original es un desastre!". Mafalda y su preocupación por la política mundial fue un tema recurrente en las geniales tiras del caricaturista argentino. El humor y otros escapes banales son necesarios para que los humanos podamos procesar el mundo, construir humanidad. Por eso creo que existe el boliche.

El asunto de los bolos tiene un conflicto de personalidad. Como el ajedrez, que algunos consideran juego y otros ciencia, el boliche se debate entre deportivo y lúdico. En esta bipolaridad está su magia como una actividad a la que conviene ver, de vez en cuando, no como escape absurdo de la vida, sí como respiro a la ansiedad con que vivimos y además, una forma de construir lazos. Ya que no podemos derrumbar todos nuestros problemas, algo de satisfacción se siente al lanzar una bola por una duela encerada, verla recorrer 18 metros y escuchar el inigualable sonido de una chuza.

Mis recuerdos más remotos en el boliche tienen código postal. De niño acompañaba a mi papá a su torneo sabatino en el Bol Naucalpan. La contabilidad del juego era manual. Los diestros en aritmética revisaban las marcaciones en búsqueda de algún error que diera una voltereta en el resultado final. Mis primeros torneos fueron de padres e hijos. Aprendí observando a otros y con los consejos de mi papá. No logré jugar mejor que él y en la mayoría de las veces la presión hizo que mi mano girara de más o de menos en el momento decisivo. Nunca levantamos un trofeo. Luego vendrían las ligas de la oficina y con ellas un par de medallas, aunque insisto, mi promedio ha sido regular.

Me alejé de los bolos por años y regresé con mis hijos. La sobriedad de los boliches de los setenta había sido reemplazada, al menos a ciertas horas del día, por un sitio donde los adolescentes escuchan música con volumen de reventón y las pistas se iluminan psicodélicamente mientras juegas. Por supuesto no se observan las reglas de cortesía y todos tiran simultáneamente. Nadie pierde la concentración porque nadie la busca. El ambiente se hizo más bien de relajo que deportivo. Hice a un lado la ortodoxia y en aras de la convivencia aguanté el barroquismo.

Acabo de conocer una nueva generación de boliches. Son lo mejor que he visto. Están tan ordenados que parecen dispuestos para el día de corte del listón inaugural. Las bolas se exhiben como artículos de colección y el número que indica su peso está de frente y a la misma altura que las bolas de al lado. Ninguna está despostillada. Los zapatos en renta forman una matriz que da pena descuadrar cuando te dan tu par. Las pantallas suman por ti, te dan estadísticas y consejos, te permiten subir tu foto y otros caprichos tecnológicos.

Pocas actividades tienen la nobleza de juntar a nietos, padres y abuelos, jugarse en soledad, con amigos o compañeros del trabajo. Ante la separación que da la cercanía digital, nada mejor que unas líneas en familia. Y funciona de maravilla para integrar equipos de trabajo en las empresas.

Hace poco tuve un inesperado llamado a otro torneo. Era un miércoles cualquiera, diez de la noche, pijama puesta, ganas de apagar la luz y dormir. Sonó el teléfono. Mi hijo mayor me pedía que fuera con urgencia a completarle su terna de jugadores en una competencia de la universidad, de otra forma perderían por default. Acepté a regañadientes, me vestí y en el camino caí en cuenta que hacía años que no jugaba. El desastre podría ser mayúsculo, ser la burla de mi hijo y éste de sus amigos. Llegué al lugar sin tiempo para calentar, apenas pude escoger una bola y ponerme los zapatos. Lo que sucedió después no tiene una explicación lógica. Todos los pinos que no pude tirar con mi papá cayeron ahora. Como en un escenario de realismo mágico, marqué 189 y 191, cifras superiores a mi promedio y muy arriba del resto de los jugadores. Ganamos el primer lugar.

El boliche tiene un lado incomprensible, tiras para construir.

jueves, 27 de abril de 2017

Una de hadas

La coincidencia es materia para las hadas. En milagroso momento electoral se nos avisa la captura de dos exgobernadores prófugos de la justicia mexicana, y en algunos casos norteamericana (que a ratos parece nuestro Departamento de Justicia). La jugada era un "strike cantado" para los maestros de la sospecha política. Aún así, no deja de asombrar que el gobierno y el PRI celebren las detenciones como un logro que deben capitalizar, siendo que los ahora cautivos emanaron de ese instituto político y su conducta no es una rara avis, es más bien vulgaris.

Inevitable pensar cómo lo rimaría una monja mexicana desde su claustro: "Priistas necios que acusáis/ al corrupto con razón/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que culpáis". La siguiente estrofa es un traje a la medida: "Si con ansias sin igual/ solicitáis su desdén/ ¿por qué queréis que obren bien/ si los incitáis al mal?", pues como dice (en alusión al exvirrey de Veracruz) Pedro Kumamoto, "él no es él sin ellos".

Pues nada, que esta nueva generación de priistas rebasó en desvergüenza a sus antecesores. Lejos de desaparecer, como en la fábula de Monterroso, el dinosaurio sigue ahí, un monstruo de coraza recia que se alimenta de su propio excremento: corrupción e impunidad, y que crece de la misma manera que se multiplican los otros cárteles del otro crimen organizado. Su cola es larga, acorazada, y en momentos de tensión amenaza con agitarla destructivamente, lo que atemoriza a más de algún beneficiado por la habilidad del saurio para multiplicar los votos, los favores y, faltaba más, evaporar el erario.

A propósito de estas terribles bestias que surgen en las ciudades, José Saramago escribió alguna vez "El Lagarto", una breve historia de hadas, según nos lo dice él, en el libro Las maletas del viajero, publicado en 1973 y cuyo ejemplar conmemorativo, con magníficas ilustraciones del brasileño José Borges, maridan una historia que se cruzó en mi camino hace unos meses, tal vez (como suele sucederme) con el único fin de que escribiera hoy estos renglones. Resulta que por obra del destino (que en mi caso lleva los apellidos de mi esposa) fui a dar a Óbidos, un amurallado poblado medieval al norte de Lisboa, donde por motivos de su Festival Literario Internacional, tenían en exhibición los grabados de Borges y el libro que hoy acompaña mi librero (confesión de autor: me costó trabajo escribir "librero", hubiera querido decir "biblioteca").

Casualmente este abril la Fundación José Saramago celebra sus 10 años de vida con la exhibición de El Lagarto, ficción del Nobel lusitano. Narra la súbita aparición en el Chiado, de un lagarto enorme que atemoriza a la gente (aquí los mal pensados o los dotados de habilidad fantasiosa pueden sustituir al reptil por su exgobernador o político favorito). El inusual suceso provocó la reacción de la fuerza pública. En medio de la histeria colectiva una niña soltó su canasta de violetas que, al caer, dispersaron las flores por el suelo alrededor del animal. En medio de la ofensiva de tanques y aviones, el lagarto rompe el círculo de violetas. Y entonces surgen las hadas "aunque por manifestación indirecta" para transformar al saurio en una rosa carmesí "color de sangre, posada sobre el asfalto negro, como una herida en la ciudad". Al esparcir su aroma, la rosa tornose blanca, "los pétalos se convirtieron en plumas y alas y alzó el vuelo hacia el cielo azul".

Desde el principio del cuento el narrador nos previene: "...esto de las hadas (...) es cosa que nadie cree, y por más que jure, seguro que se ríen de mí. A fin de cuentas será mi palabra contra la burla de un millón de habitantes".

Y entonces pensé en los lagartos atrapados en espera de su extradición, y en otros que aguardan la justicia selectiva. Imaginé su llegada a México o a EU, como ese extraño enemigo que profana nuestro suelo, y recordé, claro, a las hadas, que habrán de hacer a las bestias no sólo confesar sus fechorías, también, al ritmo de su lengua bífida, soltar la sopa y señalar a los reptiles cómplices, desde las lagartijas hasta los Rex, y así, en medio del morado de las jacarandas de abril, convertirán este momento en la verdadera justicia que espera la patria. Aunque se burle un millón de habitantes.


domingo, 23 de abril de 2017

Future ando

Hace algunos meses visité a un querido amigo en su oficina. Su asistente, una protocolaria mujer que "toda la vida" ha sido secretaria, se dispuso a notificar mi presencia. Desenfundó una máquina de escribir IBM de los ochenta, insertó una pequeña tarjeta de papel en el rodillo y procedió a escribir: "Está aquí el Lic. Caccia". Luego se levantó, mensaje en mano, tocó tres veces la puerta del jefe, entró a la oficina y cerró la puerta. Salió a los ocho segundos para decirme: "enseguida lo recibe". En plena era del correo electrónico y los mensajes por celular, esta mujer seguía usando una forma arcaica de comunicación.

Esta estampa o, mejor dicho, su representación: la resistencia al cambio provocada por la tecnología es algo mucho más frecuente de lo que pensamos. Imagino que hace no tantas décadas muchas mujeres, aduciendo que el carbón o la leña eran mejores, se negaron al uso del gas en la cocina. Aunque la batalla la ganó el gas, no deja de ser irónico que platillos celebrados en lujosos restaurantes sean "a la leña".

La forma de ver la vida en relación a la tecnología, y por ende a la ciencia, no es por supuesto una cuestión de género. Los temibles inquisidores del Tribunal del Santo Oficio impusieron injustas condenas, desde humillaciones públicas, torturas y horrendas formas de morir, contra hombres y mujeres que hacían cosas diferentes o pensaban contrario a la doctrina de la época. Qué difícil pero qué valiente es ser un Copérnico de entonces y de hoy; su De revolutionibus orbium coelestium expuso una verdad científica contraria al dogma. Paulatinamente el ser humano va cambiando su postura ante lo que considera verdad. Sin esta flexibilidad no sería posible el avance tecnológico. Particularmente en los siglos XVI y XVII, los pronosticadores del tiempo que hoy conocemos y que, gracias al avance de la tecnología, son bastante precisos, hubieran sido acusados de adivinación y condenados por la Inquisición.

Escuché un audio donde uno de los dialogantes especula que con los teléfonos inteligentes grandes obras de la literatura no hubieran podido cuajar sus argumentos. Decía, por ejemplo, que Hansel y Gretel no se hubieran perdido; habrían llamado por celular a su padre para avisarle que los pájaros se habían comido las migajas de pan que marcaban el camino de regreso. O que el más grande romance de todos los tiempos no habría tenido el funesto final si Julieta hubiera enviado un mensaje de texto: "Romeo, fingiré mi muerte". Por supuesto, la buena literatura encontraría las formas de hacerse universal con o sin celulares de por medio.

Diserto todo esto mientras me divierte pensar cómo será el futuro, específicamente los empleos del futuro. La gran variable del cambio es la tecnología. La World Future Society, en su documento 70 jobs for 2030, avizora no sólo nuevas carreras para la humanidad sino las bases en las que surgirán futuras ocupaciones. Aunque por supuesto muchas de nuestras actividades serán suplantadas por máquinas, seguirá habiendo espacio para el ser humano en función de tres enfoques de desarrollo de nuevas carreras: el primero lo llama Retrofitting y consiste en añadir nuevas habilidades a trabajos ya existentes. Guías de turistas espaciales, estilistas y peinadores en ambiente de cero gravedad, seguramente existirán. El segundo es Blending o mezcla de carreras de diferente industria o especialidad. Un agricultor que además sea chef podrá subirse sin problema a la nueva tendencia de comer local y orgánico, será un agrico-chef. El tercer enfoque es básico, la Resolución de problemas. En la medida que avanza la tecnología, se crean nuevos problemas. Ya existen los detectives, pero ahora los hay cibernéticos. ¿Qué tal una nueva profesión llamada "Removedor de pasado en línea" (para quienes quieren borrar episodios non gratos)?

Imaginar es la antesala de la creación. En la saga Star Trek de los sesenta vi por primera vez los celulares. Las novelas de Julio Verne fueron presagio de hazañas épicas para la humanidad, en su momento imposibles. Mientras avanza la tecnología espero que mantengamos ciertos santuarios: la salsa hecha en molcajete es (hasta hoy) insuperable para cualquier licuadora. Me asalta, sin embargo, una duda fundamental: ¿quién o qué moverá el tejolote?

domingo, 9 de abril de 2017

Tanque lleno

Durante décadas los mexicanos hemos llenado el tanque de gasolina con una misma marca. El monopolio de Pemex fue creciendo con el modelo de franquicias para, inteligentemente, ocupar la mayoría de espacios posibles, una táctica de posicionamiento defensiva-ofensiva ante la apertura del mercado y la llegada de nuevas marcas, que este año empiezan a formar un panorama inédito donde el consumidor puede escoger. Esto ha creado comportamientos inusuales en el mercado de un producto genérico.

Las marcas nuevas llegan con un aura renovadora (como en la política), más si las precede un monopolio. El consumidor, ávido de nuevas experiencias y, algunas veces como represalia por el maltrato y el abuso, hace largas filas para probar lo nuevo. Sucedió con las hamburguesas de los arcos dorados, con las donas de nombre extranjero, y hasta con la alternancia partidista en la Presidencia de la República. Aunque hay una sutil diferencia: las hamburguesas y las donas no decepcionaron; ni las primeras prometían ser de carne de Kobe, ni las segundas tener un centro a través de cual ver el futuro.

Todo comportamiento "irracional" en el consumidor no es otra cosa que una conducta a la que no se le ha encontrado la razón. Y muchas veces ésta es ilógica o fundamentada en aspectos emocionales pero, sobretodo, simbólicos, ¿por qué?: las cosas valen más por lo que significan que por lo que son. Si durante años el consumidor ha construido el significado de que en las estaciones de servicio le roban, una nueva marca que prometa (signifique) honestidad atraerá clientes como abejas en el panal. Alguna vez comenté el caso de las "Rendichicas" que en una cadena de gasolineras de Tijuana venden un productazo: litros de a litro (es decir, honestidad). "Le hemos puesto 43 litros com-ple-tos", dicen las mujeres despachadoras (son más confiables que los hombres). Esto explica las largas filas para llenar el tanque.

Las gasolineras, como esos mosaicos bizantinos, son un pequeño pero gran reflejo de nuestra (cultura) forma de ser. Me llama la atención el grito "¡Está en ceros!" para advertir que no habrá un robo. Y como toda cultura es algo vivo, orgánico, también evoluciona buscando los beneficios de algunos, muchas veces en detrimento de otros. Circula en las redes un video donde se ilustra una ingeniosa forma de robar en las gasolineras. Una vez llenado el tanque y ante la distracción del conductor, el despachador redondea abusivamente la cuenta (tecleando en el panel de control) para que en la pantalla de la bomba aparezca, en vez de un "$809.38", un "$850.00". El consumidor no ve su cuenta sino una cantidad programada como tope para un siguiente servicio. Esta conducta es un fractal de la cultura de la transa, lo hacen políticos y otros ciudadanos deshonestos.

Sin duda el servicio y la cultura organizacional son el gran ingrediente diferenciador cuando se comercia prácticamente cualquier cosa, más cuando se vende un genérico. No hay negocio (y partido político) que no quiera atraer clientes y busque la tan mentada "lealtad a la marca", un fantasma en el mundo corporativo (y político), un mito. No hay realmente "lealtad a la marca", existe la lealtad al beneficio que la marca es capaz de simbolizar y entregar. El beneficio constituye la esencia de la propuesta de valor de una marca, algunos le llaman con el anglicismo "claim", y es en ese territorio (y no tanto en el producto) donde está la verdadera batalla comercial. El senador Barbosa cambia sus afectos políticos porque vio el beneficio en otro lado. Es leal, al beneficio.

Si el mejor perfil para gerente de una funeraria es un gerente de hotel, ¿cuál debería ser el perfil del despachador en una estación de servicio? Si los baristas recuerdan nuestro nombre y nuestra bebida favorita al servirnos el café cada mañana, ¿no podrían hacer algo similar los despachadores de gasolina? Si un chofer repartidor de gas sabe que él representa "un buen día" para sus clientes, ¿qué debería representar el despachador de gasolina?

Volver a confiar en las gasolineras no es un tema menor cuando en un país la honestidad y la ética son especies en peligro de extinción. Estas dos cualidades quizá sean el verdadero combustible con el que debemos impulsar al país.

lunes, 3 de abril de 2017

Centinelas

Me entero que hay un grupo de adolescentes de nivel socioeconómico y cultural alto, que por el sur de la Ciudad de México, provocan y golpean a otros chicos en sitios públicos, por el gusto de agredir. Se autonombran Los Centinelas y, según las noticias, son estudiantes de prestigiadas instituciones. Algunos ya fueron expulsados. Cuando uno conoce las bajezas de la condición humana el mundo se vuelve un paraje sombrío. Pero hay otra clase de centinelas.

Según Pepe Toño (con quien me une una hermandad a prueba de ausencias) por mi culpa tres veces ha perdido su cartera y por su buena estrella tres veces alguien se la regresa milagrosamente. Me las recordó una por una. Efectivamente, en las tres ocasiones yo estuve con él. No hay explicación convincente para sus frecuentes despistes, existe una para su buen sino.

El domingo pasado acudió con Renata, su hija, a un concierto de música clásica a la Sala Nezahualcóyotl. Llegaron en el filo de la navaja para entrar a tiempo, además había que sortear las subidas y bajadas de la bella pero escarpada Ciudad Universitaria. Otros más llevaban idéntica premura, entre ellos un señor de edad avanzada al que Pepe Toño vio caer en la escalera. El hombre fue auxiliado por unos jóvenes que lo acercaron al vestíbulo de la sala (ellos no iban al concierto). Pepe Toño se percata que el señor sangra bastante, se aproxima y pide que lo dejen con él. Mi amigo quiere llevar al baño al herido para enjuagarle el rostro pero el hombre, visiblemente angustiado, le dice que no, que mejor le ayude a entrar a la sala para reunirse con su esposa, "una mujer pelirroja" (que se había adelantado para conseguir lugares). Convencido de que es mejor no aparecer así con su esposa, el señor se sienta en la parte alta del graderío e intenta detener la hemorragia con su pañuelo.

Pepe Toño escucha los 9 minutos del primer solista mientras sus ojos buscan a la pelirroja. Surge el aplauso y se percata que una señora se levanta en plan de avistamiento. Decide ir hacia ella pero tiene que molestar al hombre de al lado, a quien, para aminorar un poco el bochorno que da romper la solemnidad, le explica brevemente que es una emergencia por un accidente de un hombre mayor. Antes de que inicie Rapsodia para violín no. 2, de Bartók, un brazo alcanza a la dama de pelo rojizo. Pepe Toño le dice que el marido está arriba, que está bien pero que se "tropezó". Acompaña a la mujer hasta donde está el esposo, salen de la sala, la sangre es escandalosa en el rostro y la ropa, ella pide que vayan al médico, él, erguido como campeón de batallas, le dice que no, que hay que regresar al concierto. Pepe Toño media y convence: irán al baño para mitigar las lesiones.

"¿Eres médico?", no, respondió mi amigo, mientras le hacía curaciones básicas y le lavaba el pañuelo teñido de rojo. "¿Por qué haces esto por mí?", porque todos eventualmente necesitamos de todos, a todos nos puede pasar. "Estas cosas nos pasan más con la edad", lo hago con mucho cariño, decía mi amigo mientras su hija estaría escuchando Fantasía sobre Carmen de Bizet, de Sarasate. Una vez que vio de mejor semblante al señor y después del intermedio, regresaron todos a la sala. El hombre del asiento contiguo al de Pepe Toño inquirió: "¿Cómo va todo? Yo también soy médico" y le dio su tarjeta pensando que interactuaba con un colega. "Me gustó lo que hiciste, muchos ya no lo hacemos por los demás. Avísame si necesitan otra valoración", remató el galeno.

Al salir, mi amigo fue asimilando con quién estuvo. Como reparto estelar en una obra teatral escrita por el destino, Vecino de asiento: Dr. Erick Alexánderson, presidente de la Sociedad Mexicana de Cardiología. Señora pelirroja: Ministro en retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Victoria Adato Green. Señor lastimado: Ulises Schmill Ordóñez, ex presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, próximo a festejar sus 80 años. Pepe Toño: José Antonio Díaz, generador de armonías.

La gente buena resiste la indiferencia del mundo, acumula buen karma, es centinela de otros y otros son guardianes de ellos, una correspondencia de justicia. "Yo creo que por estas cosas el mundo me regresa mis carteras", dice mi cuate. No lo sé, pero de algo estoy seguro: habrá una cuarta vez.