Nací arqueólogo sin saberlo. Una cueva remota y oscura confirmó mi vocación: lo mío sería desenterrar significados. Veo cosas y escribo y escarbo. Leo para darme cuenta lo poco que sé de todo. Fundador de Mindcode, ayudo a innovar y entender la conducta del consumidor. Hago preguntas para encontrar respuestas y después tengo más preguntas. Lo mío es caminar en la cueva, encontrar la luz y volver adentro. Al final espero un epitafio corto: Signifiqué.
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lunes, 25 de enero de 2016
Generación ipso facto
Ahí, donde había que prender la leña para cocinar, llegó un botón que instantáneamente crea una flama. Cuando había que ir al mercado por leche fresca, llegó un refrigerador para almacenar y preservar los alimentos. Los motores suplieron a los animales; el automóvil nos transporta más rápido pero usa figurativamente "caballos de fuerza" no sólo para expresar potencia, también como una forma de nostalgia. No toda modernidad supera el pasado. El horno de microondas no da un mejor sabor que la leña, de ahí que también se utiliza metafóricamente para hablar de aquello que se hace pronto, pero no tan bien hecho como lo que lleva tiempo.
Vivimos la voracidad de lo inmediato; las nuevas generaciones no saben esperar. La espera de una carta transatlántica podía ser de dos meses, la espera que aguanta un joven hoy para abrir una página web son dos segundos. La fórmula actual es apretar un botón y tener lo que se quiere, pronto, ¿un taxi, comida, compañía?, la modernidad ha hecho de la espera algo obsoleto. La impaciencia es como el clembuterol: tiene efectos secundarios pero además desarrolla frustración. Los matrimonios duran menos ahora que antes. Leer es aburrido y lento, el video es divertido y rápido. Laboralmente, la permanencia en un puesto es más corta hoy que antaño. Los preescolares celebran graduaciones. A querer o no, participamos en una aceleración de ciclos. En buena medida la pérdida de valores en la sociedad se da por esta premura, ¡hay que acumular, ya!, y la ruta convencional del esfuerzo y la honestidad es demasiado lenta. Rebasar es seductor.
La impaciencia como arma de ventas nos ha llevado al extremo; la mejor pizza es la que llega tarde, es gratis. Las empresas prometen plazos de entrega cada vez más cortos. La rapidez como ventaja competitiva augura épocas donde recibiremos el pedido del súper a través de un dron, instantes después de haber tecleado "enter".
La espera está en peligro de extinción y es, a decir de Harold Schweizer, "un acto de resistencia". En Sobre la espera, se hace una pregunta aparentemente ociosa: ¿Por qué esperar? y nos invita a reflexionar que la espera no es tan sólo el avance del tiempo que uno pasa, sino algo que debe ser resistido más que transcurrido, sentido más que pensado. La espera, nos dice, no es un retraso inconveniente, tiene sus recompensas, puede ser vista como un escape y liberación del yugo contemporáneo que implica la prisa cotidiana en nuestra vida; la espera como pausa deliberada y contemplativa donde uno puede darse el tiempo de pensar y meditar.
El tiempo es una dimensión central del capitalismo. Como dice Beardsworth "la utilidad relacionada con el capital no es otra cosa que la reducción del futuro a una mínima diferencia con el presente". De ahí que si "el tiempo es dinero", la espera, vista como "pérdida de tiempo", sea un gasto condenable, financiera y éticamente. Sin embargo, este determinismo económico del tiempo tiene sus ironías. ¿No acaso lo que lleva más tiempo tiene más valor? Mientras la gratificación instantánea ofrece disponibilidad total, la inversión en tiempo crea valor a partir de lo contrario, la escasez. Los chiles en nogada son apreciados no sólo porque son sabrosos sino porque no están disponibles todo el año y su preparación lleva empeños delicados donde la prisa no tiene cabida.
Reaprender a esperar es recuperar lo humano. De la espera, la esperanza.
lunes, 18 de enero de 2016
La gran ordeña
En 1986 Sebastião Salgado realizó una estupenda serie de imágenes en la mina de oro de Sierra Pelada, estado brasileño de Pará. En el documental sobre su obra, La sal de la tierra, podemos ver impactantes fotografías, unos ochenta mil garimpeiros, mineros que trabajan y viven en condiciones infrahumanas, horadan en ese gran agujero, herida mortal de la ambición, en busca de un pedazo de oro que les diese algo de fortuna. Salgado dice que al momento de ver aquel descomunal hormiguero humano a cielo abierto, entendió de golpe toda la historia de la humanidad.
Algo similar me ha sucedido con la nota y el video que antier dio a conocer Reforma: "Ordeña un pueblo 'alberca' de diesel". Un testimonio que raya entre el surrealismo y el horror. En Calpulalpan, Tlaxcala, una cantidad notable de sus habitantes participa en un robo multitudinario de combustible. De golpe vi la realidad de México.
En una hondonada, seguramente hecha exprofeso, el combustible, azul turquesa como el mar del Caribe, es almacenado para que los habitantes de La Soledad, a plena luz del día y sin el menor tapujo, lancen cubetas atadas a lazos, una especie de pesca descarada, con las que extraen el diesel; se trata de una doble ordeña (la primera fue a los ductos de Pemex). Como garimpeiros en busca del metal precioso, decenas de personas roban colectivamente, un ejército de sanguijuelas que chupan la sangre hasta secar las venas. Dos millones de litros, unas 100 pipas, botín comunal donde quien tiene más saliva traga más pinole. "¡Qué!, también los de arriba roban ¿no?", me imagino la frágil justificación de un campesino mientras repite para sí uno de los mantras nacionales, "el que no es transa, no avanza".
Triste ejemplo de la impunidad y la desvalorización de la sociedad mexicana, lo que sucede en Calpulalpan es un símil de lo que vivimos en otros planos de la vida nacional. Ahí están los "diablitos" con los que se roba la energía eléctrica, trofeos a la impunidad y a la vista de todos, que lanzan la señal de "se permite robar". Ahí están los políticos impunes señalados de corrupción y enriquecimiento inexplicable. Ahí están los más de 180 millones de pesos que a modo de bono decembrino se repartió la Cámara de Diputados, se trata de la misma ordeña al país, bajo diferentes contextos y protagonistas, unos se reparten litros, otros prebendas. Cabe reconocer la ejemplar decisión de la bancada de Movimiento Ciudadano al rechazar esta jugosa partida. La mayoría de nuestros diputados aventó su cubeta y jaló su combustible. Vivimos rodeados de modelos negativos.
¿Qué más prueba queremos para aceptar que la corrupción, como otros males y bienes, es cultural? No está en los genes sino en las acciones. En Antropología cultural, Marvin Harris define la cultura como "el conjunto de tradiciones y estilos de vida socialmente adquiridos, de los miembros de una sociedad incluyendo sus modos pautados y repetitivos de pensar, sentir y actuar (es decir, su conducta)". Aceptar que la corrupción es cultural de ninguna forma es renunciar a combatirla ni negar que es un delito, al contrario, es una forma de entender su génesis y su estructura para luego intentar desactivarla. Dice Le Vine que la cultura de la corrupción existe cuando las transacciones corruptas se vuelven tan omnipresentes en un sistema que constituyen la norma esperada. México sufre una alarmante cultura delincuencial, pero más una alarmante aceptación de la cultura delincuencial.
En el altiplano central mexicano hay una rajada de sangrado violento, Calpulalpan, "La puerta grande de Tlaxcala", es la herida grande y omnipresente de México, la glorificación al saqueo que, desgraciadamente, nos retrata de cuerpo entero. Acostumbrarnos a la cotidianidad de lo que no debe ser es la peor de las corrupciones. Imposible no evocar el nacionalismo de López Velarde que, como lance profético, apuntó: "El Niño Dios te escrituró un establo y los veneros del petróleo el diablo". Qué lejos de esa patria impecable y diamantina estamos y qué cerca de Calpulalpan.
domingo, 10 de enero de 2016
La otra misión
Esta semana el New York Times reveló su lista anual de "52 lugares para visitar", donde aparecen Burdeos, Malta, Coral Bay, Toronto, Abu Dhabi, Park City, Hangzhou, entre otros; puntos disímbolos en la geografía pero unificados en el interés que despiertan al viajero que busca experiencias significativas. Pues bien, en el número uno de la lista aparece la Ciudad de México, "la metrópoli que lo tiene todo". Lo tiene todo, salvo quizá, el reconocimiento suficiente de los propios mexicanos.
Para muestra, un botón; esta vez será de flor. A instancias de mi esposa, incansable trotadora de mundos, pueblos mágicos y calles empedradas, fuimos a Xochimilco. Alguna vez, en la remota infancia, acompañé a mi mamá a comprar flores. Desde que uno transita por las avenidas que llevan a "la sementera de las flores" empiezan manifestaciones singulares. Como sabuesos, hay guías de turismo en motonetas prestos a darte información. La primera reacción es que dudas, acaso por ello usan una leyenda grande en sus dorsales: "Guía seguro". Al tercer guía le dije que sí nos llevara. Me pidió que siguiera su motocicleta que, investida por un poder especial, me abría paso en el cruce de avenidas congestionadas. Luego de esta escolta VIP, llegamos a uno de los embarcaderos, ahí empezó una cadena de solidaridad que es ejemplar como ecosistema (uso el término no sólo por su acepción verde, sino por el financiero también).
Nuestro guía se despidió amablemente pero antes nos dejó en manos de doña (póngase aquí el nombre que quieran), la señora que aparta los lugares para estacionarse en la calle. La septuagenaria nos dio la bienvenida y nos aseguró que el carro estaba seguro y con una sonrisa nos cobró por adelantado. Inmediatamente nos abordó otro eslabón del ecosistema (nótese la lección empresarial: ve al encuentro del cliente, no esperes que llegue), el representante de la trajinera, quien nos encaminó al embarcadero. Hecho el trato del recorrido, nos dejó en manos del navegante de la trajinera.
En los canales, aquello tomó para mí una dimensión excepcional. Más que una zona folclórica de enorme potencial turístico y cultural, pude ver el entramado, no sólo de las chinampas (eficiente ingeniería prehispánica para el cultivo de la tierra), sino de un lubricado sistema de sobrevivencia y apoyo. Xochimilco es como una comunidad flotante donde lo que necesites llega sobre el agua. Hay músicos formados como ahuejotes a la orilla del canal, ¿una canción, patrón?, a una señal del tipo que literalmente vuela con la pértiga y mueve la canoa, los músicos se las ingenian para pasar de una trajinera a otra, hasta llegar a la tuya. Hay un permiso, un apoyo implícito entre todos los actores. A pesar del intenso tráfico y del aparente caos, hay un orden que hace fluir las cosas y permite que comida, bebida y música (tríos, mariachi, banda, solistas, marimba), lleguen en abundancia a tu embarcación. Xochimilco es abundancia, ejemplo de un sistema eficiente. Y esto es apenas un esbozo de este sitio; falta hablar de sus 14 pueblos, o del fascinante y endémico ajolote, anfibio prehistórico que encierra, bien lo sabe Bartra, pistas de nuestra identidad y metamorfosis.
Dice un refrán que traigo en la mochila: "Y al mirar hacia afuera los dos presos, uno vio lodo, pero el otro, estrellas". Xochimilco es Patrimonio Cultural de la Humanidad. Otra misión de los mexicanos es posicionarnos ante el mundo por nuestras muchas estrellas. Entonces podremos decir "Misión cumplida".
miércoles, 6 de enero de 2016
Meritocracia con adjetivos
Felipe es un chofer muy hábil, conoce la ciudad de la misma forma que un gato bodeguero encuentra recovecos y pasadizos que sólo existen para quien tiene el don de convertir la impaciencia en ruta de escape. Así, en carro, ha sorteado el denso tráfico con la motocicleta de su olfato, el GPS de sus neuronas. No extraña que en cierta ocasión Alex (a quien llevó en tiempo récord al aeropuerto) le llamara poéticamente "artesano del asfalto".
Felipe reprobó el examen que hace Uber a los aspirantes a chofer y, según me dice, fue por las preguntas sobre el conocimiento de la ciudad y sus rutas. Cuando le preguntaron "¿Cómo irías de A a B?". Su respuesta fue "depende del tráfico, del día y la hora". El calificador esperaba la respuesta obvia, la ruta por donde todos van, el camino congestionado, o menos congestionado para los sistemas (supuestamente) inteligentes como Waze, que se han convertido (en ciudades con denso tráfico) en una forma de darte la ruta menos mala. Pero antes de aplicaciones como Waze, que enlaza la información de miles de usuarios, ya existía el cerebro humano haciendo lo mismo con sus células.
Felipe sería un extraordinario chofer para Uber, un gran servicio con un flanco vulnerable: sus choferes no conocen la ciudad como los taxistas. Los méritos de Felipe subsanarían esta limitante, pero el examen de Uber no espera esos méritos sino otros. Hoy tiene como choferes a ingenieros con maestría que te ayudan a llegar tarde.
En el pasado hice muchos exámenes que calificaban la memoria, no el grado de conocimiento sobre cierto tema. Eran exámenes que evaluaban los méritos equivocados. Se ha dicho que México necesita una meritocracia. Ya la tenemos. Para poder sobrevivir en un determinado contexto, los individuos que interactúan en un sistema requieren de ciertos méritos, esto ya sucede en México: ¿no acaso Cuernavaca tiene como presidente municipal a un hombre cuyo mérito es haber logrado los votos necesarios (muy probablemente por los méritos que tuvo como futbolista)? El problema es que estos méritos seguramente no son los necesarios para gobernar bien, son los méritos equivocados.
Del mismo modo un partido político selecciona a sus candidatos y mueve sus piezas; se busca a quienes tienen los méritos de solapar para seguir abrevando del erario, son buenos méritos para ellos, de la misma forma que para una célula del crimen organizado sus integrantes tienen los méritos necesarios: uno es suficientemente cruel, otro piensa, otro intimida con su apariencia, y así un largo etcétera de cualidades.
Como país tenemos que preguntarnos ¿cuáles son los méritos que nos importan?, y con base en ello reconsiderar si tener la capacidad de atraer votos es suficiente para ostentar un puesto público. Necesitamos una meritocracia con adjetivos, lo cual me hace pensar en una democracia calificada. Imagina que te van a operar de apendicitis, hay dos formas de escoger al médico que te intervendrá (y de quien dependerá tu vida), una es eligiendo al doctor más popular (preguntándole a la gente "¿cuál prefieres?" y sabiendo que muchos escogerán sin el más mínimo análisis y conocimiento de causa), la otra es preseleccionando especialistas de méritos probados, o seleccionando a los electores de estos médicos.
Definir sobre qué méritos construir el futuro implica también definir cuáles son los modelos para ejercer el poder y cualquier otro trabajo. ¿Haber tenido la habilidad de tocar el balón con inteligencia y astucia supremas es meritorio para gobernar? Si la respuesta es "no", entonces un ex futbolista no debería ser elegido como presidente municipal, no porque haya sido futbolista sino porque no tiene los méritos necesarios. Y como este caso hay miles en México, de la misma forma que hay personas con los méritos adecuados que no llegan a posiciones de gobierno porque sus méritos son contrarios a los méritos de la partidocracia. Los méritos deben definir al modelo para que éste influya positivamente en el sistema.
Definir los méritos es escoger el futuro.
domingo, 27 de diciembre de 2015
Alex, el papel de la violencia
Me faltó un pequeño detalle: a modo de encabezado, de dos nubes salen sendos rayos, tormenta fulminante que Alex ha firmado con el pseudónimo de "José Luis", el capo en potencia que se desarrolla en la mente de un pequeño que creó todo esto tras responder a "Dibuja las cosas que te gustan", en su taller de artes plásticas. Al preguntarle el motivo de usar un pseudónimo, respondió: "será mi nombre de sicario cuando sea grande". La realidad ocultada, o mejor dicho, develada, Alex es el rostro del México que asegura una continuidad generacional en los índices de violencia, somos el país que cambió los hallazgos de cabezas olmecas por cabezas sin cuerpo. Alex no son todos los niños de México, pero muy buena parte de los niños de México que todos los días absorben, consciente o subconscientemente, grandes dosis de violencia que va, desde la aparente lejanía de la nota roja, hasta la violencia cotidiana de la calle donde habitan y aprenden su idea de vida.
Alex es el marcador de una contienda donde vamos perdiendo el futuro, a menos que..., a menos que haya más intervenciones como la que se hace en zonas de alta peligrosidad de la ciudad de Tijuana. Como parte del movimiento Tijuana Innovadora, que integra varias iniciativas que buscan lograr cambios sociales positivos, Casa de las Ideas hace talleres artísticos en zonas vulnerables. Los especialistas que atendieron a Alex hicieron un asombroso descubrimiento.
La influencia que tiene Alex para sus dibujos son los narcocorridos que escuchan en casa sus hermanos mayores. Alex tiene notables habilidades para la música, es entonado y de buen ritmo, lo que realmente le gusta es la música. Los especialistas determinaron que cambiando lo que entra por sus oídos cambiarán sus pensamientos, cambiarán sus aspiraciones.
Me dice Francisco "Tico" Orozco, director de Casa de las Ideas, rescatista de conciencias, enderezador de futuros, "el verdadero enemigo que enfrentamos es la aceptación cultural de la violencia y la delincuencia". No puedo estar más de acuerdo con él. Éste es el principio por el cual ciertos fenómenos, como la corrupción, ¡sí son culturales!, forman parte de la cotidianidad, son pequeños actos tolerados que día con día suman para formar reglas de vida en una sociedad. "Cultural" no debe entenderse, en este contexto, como "endémico" o "racial", sino como una característica social (de sociedad, entramado de relaciones humanas donde se escriben reglas). La buena noticia es que así como puede "formatearse" a un niño de 8 años, también una sociedad es objeto de cambio.
Entender el rol del modelo dentro de un sistema social es crucial para provocar un cambio. El modelo forja conductas, es idea de futuro. Cambiando el modelo podemos cambiar el sistema y la conducta. El reto es grande pero no imposible. Un niño que pretende estar en un estadio, desde el patio trasero de su casa, se puede divertir en grande, ¿por qué?, el juego es el fútbol, el juguete es la pelota, y el modelo es Messi; en la mente del niño, cuando él dispara el balón, se agitan las tribunas del Camp Nou.
Que alguien le diga al Consejo Nacional de Seguridad Pública: la cultura cura.
domingo, 20 de diciembre de 2015
Hip-Hop y seguridad pública
Jamás pensé encontrarme en esta triste realidad, por andar robando carros a la cárcel vine a dar...
Mencionó el Presidente 5 medidas a las que dará prioridad: profesionalización de policías, mejorar el sistema de respuesta inmediata vía un número de emergencia, consolidar el Nuevo Sistema de Justicia Penal, poner énfasis en la protección de los Derechos Humanos y afianzar la participación social. Ignoro los alcances del último punto, espero que ahí esté contemplando usar el arte y la cultura como estrategia transformadora de conductas.
Una entrada y dos caminos es todo en la vida, tú decides cómo entras y cómo terminas, no es un acertijo, tan sólo es un consejo, no quiero que acabes siendo mi reflejo...
Francisco Tico Orozco dirige Casa de las Ideas, brazo de Tijuana Innovadora, donde a través del arte y la cultura transforman conductas en comunidades expuestas a la violencia y delincuencia cotidianas, y en tutelares con menores de edad, mediante 17 tipos de talleres (artes plásticas, apreciación musical, cine, literatura, teatro, fotografía, periodismo, radio, danza y más). Me cuenta Tico de un grupo de jóvenes en el tutelar que en el taller de hip-hop empezaron escribiendo letras violentísimas, rimas que hablaban de exterminar al rival, ejecutar a su madre, padre, hermanos, verdaderos versos de muerte y odio. Gradualmente operó un cambio. Les llevaron al reclusorio a un famoso cantante de rap que les sirvió como modelo positivo; cambió sus pensamientos, cambiaron sus letras. Se volvieron reflexivas.
...dejen de soñar y de vivir en fantasías si no quieren que sus sueños acaben en pesadillas. Recuerdo mi desgracia no me hace gracia, veo la consecuencia y le tomo importancia, deja la delincuencia y la vagancia lo único que ganas es la sentencia y la estancia...
No sería descabellado que como parte de la quinta medida anunciada por el Presidente, afianzar la participación social, la nueva Secretaría de Cultura trabajara de la mano con otras instancias de gobierno y con iniciativas privadas como Casa de las Ideas para aprender de las intervenciones exitosas que ya se hacen. No son los internos quienes nada más necesitan una readaptación social, es todo el país. México necesita una reprogramación cultural y una de las formas de conseguirlo es cambiando los modelos que inspiran conductas y que terminan por influenciar todo el sistema. No me cansaré de apuntar que fenómenos como la corrupción y la violencia sí son culturales cuando un grupo social los tolera como parte de la cotidianidad.
Estaba muy morro y pasaba noches frías, desde los once años ya comienzo en las pandillas, las drogas y mujeres todo lo que pasaba, ahora entiendo gente que sólo me envenenaba.
La narrativa social que tenemos y toleramos hoy fomenta una continuidad delincuencial porque los modelos de los niños y jóvenes son adversos al país que muchos anhelamos. Mientras esto no cambie, la estafeta generacional del crimen está garantizada. Resolver el fenómeno implica distintos usos de fuerza, como la del arte y la cultura, por ejemplo, que sensibilizan e insertan nuevas narrativas donde modelos positivos inciden en nuevas conexiones mentales que a su vez generan nuevos actos.
Presta importancia y pon mucha atención porque me esforcé para hacer esta canción estar en la prisión no es como en televisión pero en este lugar fue donde aprendí mi lección...
Un tributo a Casa de las Ideas y la mente generosa y genial detrás de Tijuana Innovadora. Escucha aquí la canción completa: http://bit.ly/MiRealidadAudio
domingo, 13 de diciembre de 2015
Rendichicas
Hace tiempo conocí un caso singular, unas gasolineras capaces de atraer clientes de forma envidiable: los automovilistas hacían inusitada espera para ser atendidos (en la competencia los podrían recibir sin espera alguna). Tomando en cuenta que la gasolina es un producto genérico con precio controlado, ¿qué valor adicional haría que los clientes tuvieran una preferencia tan marcada? Estas originales gasolineras ostentaban una leyenda donde ofrecían otro producto, uno altamente escaso en la industria y en el país: "Rendilitros, litros de a litro". En un entorno donde se tiene la sospecha (para decirlo suavemente) de falta de honestidad, vender litros completos resultó un gancho fenomenal.
"Le servimos 47 litros completos", escuché decir a un empleado, que remató: "cheque su medidor y recomiéndenos". Guardé ese recuerdo y lo recobré durante mi reciente paso por Tijuana, laboratorio de la posmodernidad, como le han llamado algunos teóricos para ilustrar cómo se vivirá en ciudades altamente híbridas. Ahora, los Rendilitros son despachados por las Rendichicas. La empresa tuvo el tino de contratar mujeres para todos sus puestos de servicio y pintar de rosa varios espacios de la estación, con lo que se distinguen de su competencia; además las chicas usan una pañoleta rosa al cuello y vivos del mismo tono en el uniforme. Con la liberalización del mercado y la inminente competencia de gasolineras, Tijuana es un ensayo para el futuro. No puedo dejar pasar el hecho de que generalmente atribuimos a la mujer más características de confianza y credibilidad que a los hombres. Si pudieran vender gasolina rosa, lo harían.
La historia encierra más lecturas. Así como es triste que el producto demandado sea la honestidad, algo que se supone tienen todos los distribuidores, el caso recuerda que hay empresas que hacen algo que es correcto y ético, pero no lo dan a conocer, piensan que al ser un estándar de la industria, no tiene caso cacarearlo. Pecan de modestia. Es una omisión y un error no divulgar características que en medio de tanta putrefacción deberían sobresalir como los litros de a litro en un mercado que hace cuentas chuecas y escatima mililitros. Un beneficio estándar deja de serlo cuando los demás en la industria no lo hacen y cuando representa un beneficio significativo para el último consumidor.
Recientemente Pemex abrió una gasolinera en Houston. Dicen que hasta ahora el mercado México-norteamericano, donde la nostalgia azteca inclina la balanza, ha favorecido a una marca que desea probar su valor allende las fronteras. En México, la paraestatal no ha podido contener el hurto hormiga a millones de mexicanos que reciben dudosos litros.
Quizá las gasolineras Pemex en Estados Unidos deberían usar un burro, claro, pintado de señuelo. Y aunque el galón lo cobren más caro, le quedaría al consumidor norteamericano su foto con la cebra. Ah, y no debería faltar un audio al activar la bomba, con el mexicanísimo "¡está en ceros!", para reforzar ese valor tan escaso, que en Tijuana se vende bien.