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domingo, 20 de octubre de 2013

Historia del futuro

El domingo pasado, en este espacio, argumenté de nuestra incapacidad para ver los eventos por suceder, especialmente los accidentes. Recogí, con gratitud, comentarios positivos de lectores que comparten el interés por mejorar el país. Una animosa lectora, que ve con preocupación las fallas en los protocolos de seguridad de los laboratorios médicos, me propone iniciar una cruzada para sensibilizarnos en el tema. Ya somos dos, bienvenidos los demás.

Prevenir implica prever (ver antes de). Y para ver antes de que sucedan las cosas, hay que ser observador de señales y patrones que, aunque actos aparentemente intrascendentes o aislados, forman una tendencia. Predecir la respuesta de un joven o de un adulto ante un ordenamiento de ley, tiene sus orígenes en la forma de cómo se relacionó de niño con la ley.

Cuento una anécdota embarazosa. Cierta mañana, en San Diego, California, llevaba a mis hijos a la escuela. Frente a ésta, un operativo vial conducido por niños de primaria, investidos no sólo por chalecos brillantes, guantes, silbatos y señales de “Stop”, también por la fuerza de la ley. Una chiquilla de unos 9 años me marcó el alto. Me detuve para que los niños cruzaran la calle. Como estaba a 3 metros del cruce, solté ligeramente el freno y mi auto avanzó acaso media vuelta de rueda. No lo hubiera hecho. La “niña-oficial” sonó su silbato como árbitro de fútbol que marca una falta y además busca la tarjeta roja en el bolsillo. Anotó mis placas. Todas las miradas de los presentes me señalaban como infractor de un “alto TOTAL”. Luego me llegó un correo de la directora y ofrecí la disculpa debida.

El hecho me pareció extraordinario por el potencial que tiene como enseñanza cívica. Los niños que se convierten en ley y ven que la señal de “Alto” no es negociable, tenderán a comportarse con respeto cuando manejen. Hagamos ahora la predicción en México. Los niños que son llevados a la escuela observan todas las traperías posibles de sus padres. Vueltas en segunda fila, pasarse el alto, dar mordida. No es difícil ver que creamos ciudadanos que desprecian la ley.

Predecir el futuro tiene mucho de histórico. Los buenos observadores políticos y economistas basan sus predicciones en sucesos del pasado, alertan a los gobernantes novatos sobre los peligros de recorrer ciertas rutas, ellos “ya vieron”.

Una joven israelí es capaz de predecir el futuro; la Dra. Kira Radinsky creó un modelo predictivo incorporando información y conocimiento almacenado en internet para alimentar un programa de inteligencia artificial, una enorme base de datos con enciclopedias, noticias, eventos de siglos atrás hasta la fecha, soportado por un motor estadístico que responde a la pregunta ¿qué es lo más posible que sucederá (dados los eventos anteriores)? Encuentra patrones y liga actos aparentemente aislados para correlacionarlos y llegar a certezas: “en 84% de los casos, luego de un año y medio de sequía, hay tormentas, luego de éstas hay 84% de posibilidades que haya cólera”

Ver una inundación como potencial de cólera no es asombroso, el logro es relacionar al cólera con la sequía, y estar en mejores condiciones de prevenir.

Issac Asimov no vivió para conocer a Kira, pero a través de la saga de ficción de La Fundación predijo el trabajo de la israelí, combinando hechos del pasado, sociología y estadística matemática, en un modelo capaz de predecir el comportamiento de la población del Imperio Galáctico. La invención es llamada “Psicohistoria” y es Hari Seldon quien la presenta en Trántor durante una convención de matemáticos. Predice la caída de un gobierno corrupto.

De la ciencia ficción a la realidad, el pasado nos alecciona. Cada día hay incontables actos asilados que aparentemente no tienen efecto mayor en el comportamiento de la sociedad mexicana. Necesitamos ver las señales, la reacción en cadena. Un país que no puede arreglar su comportamiento vial, no puede arreglar su comportamiento. Kira Radinsky ve la posibilidad del cólera luego de una sequía. Yo, cada vez que veo un auto estacionado en lugar prohibido, que además queda impune, veo el desprecio por el estado de derecho (y de ahí a un defraudador o un narco en potencia).


¿Predecimos el futuro de México?

domingo, 13 de octubre de 2013

Indiferencia por la vida

En las últimas semanas hemos atestiguado sucesos donde han muerto mexicanos, o han salido muy afectados, en condiciones que no debieron suceder. Nuestra incapacidad para prevenir accidentes es un rasgo nacional, despreciamos la prevención y con ella, la vida. Octavio Paz dijo,La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida.”

En esta indiferencia estamos acostumbrados a no ver las señales del inminente accidente o el potencial desastre, tal vez porque arrastramos antídotos que ponen nuestra vida en manos del destino, “al que le toca, le toca”, una suerte de ruleta rusa.

Crecí cuando no había cinturones de seguridad en los autos, mucho menos eran obligatorios. Al mismo tiempo, en otros países, eran práctica común. ¿Por qué las autoridades de ese momento, supuestamente encargadas de mejorar las condiciones de vida de la población, no impulsaron medidas de seguridad tan obvias?, mi hipótesis es que no importaba, como tampoco ahora importan otras cosas.

Aunque hemos mejorado en el tema de la seguridad, estamos muy lejos de las mejores prácticas, se nos hacen exageraciones.

La desgracia ocurrida hace unos días en Chihuahua en la que murieron 9 personas arrolladas por la Monster Truck, es una metáfora de lo que se multiplica todos los días en diferentes formas. Mientras en otros países este tipo de espectáculos tiene sobradas medidas de seguridad, en México, bajo la tolerancia y complicidad de autoridades y empresarios, se arriesgó la vida de los asistentes. Hay varios criminales, el piloto sólo hizo su parte.

Autoridades incompetentes para ver riesgos (que han salido de ciudadanos incompetentes para ver riesgos) permiten vialidades de alta velocidad con señalamientos deficientes, paradas de camiones y concentraciones de peatones a merced de los vehículos, acotamientos donde se tolera que se usen como un carril adicional (como sucede en el llamado periférico en Guadalajara). Las autoridades son indiferentes al próximo accidente, al dolor por venir. También son culpables por incapaces.

Quizá necesiten, como yo, una dosis de paranoia. Si así fuera, no permitirían camionetas pick-up cargadas con personas, una escena tan cotidiana en nuestras calles y carreteras que difícilmente amerita un comentario de alarma. Antros sin medidas de seguridad e inspectores corruptos que los cobijan, conductores con niños en las rodillas, electricistas que usan cables más delgados, plomeros que confían en un parche maltrecho, constructores que sobornan y cambian usos de suelo, camiones con sobrecarga. Muy mala fórmula nuestra corrupción, la falta de pericia técnica, y la incapacidad de ver riesgos.

En México nos falta prevención y nos sobra fe. Ante una bisagra convencional de 6 agujeros, el carpintero decide usar sólo 4, “porque está sobrada”. Ante la complacencia de los papás, los niños andan en bicicleta sin casco y el que lo usa es visto como bicho raro. En los partidos de futbol infantil en Estados Unidos, hay árbitro, dos abanderados y banderines en las esquinas, se juega con equipo completo. Allá usan los 6 tornillos en la bisagra.

En otras culturas cohabitar con el riesgo y estar informado de ello, es común, también un derecho. Incontables lugares de California ostentan la leyenda: “El Estado de California advierte que los químicos usados aquí para la limpieza pueden causar cáncer”.

¿Preferimos nosotros no saber?, ¿”El Estado de Chihuahua advierte que las Monster Truck pueden matar gente”, habría servido para evitar un accidente o al menos que murieran menos?, ¿”El Estado de Guerrero advierte que vivir en terrenos donde se ha modificado el cauce del agua puede ser dañino y potencialmente mortal” habría evitado que la gente comprara terrenos y casas ahí? (¿el Gobernador de Guerrero y su equipo, hasta hoy se dieron cuenta de lo que hicieron los constructores de vivienda?).

Con voz y conciencia preclara el poeta Ricardo López habló de México: “Tú hueles a tragedia, tierra mía,/y sin embargo, ríes demasiado,/acaso porque sabes que la risa/es la envoltura de un dolor callado.”

Y entre esa risa y ceguera, alimento de la indiferencia, aguardamos lo que no tenía que haber pasado, el inminente dolor que viene.

domingo, 6 de octubre de 2013

Energía para mover a México

¿Quién detenta en México el uso de la fuerza? La pregunta es fundamentalequivale a cuestionar nuestra identidad: ¿tenemos realmente un Estado? Si viviera Max Weber, la respuesta sería un rotundo “no”. Para el filósofo alemán, un Estado es aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima, y precisa que para existir requiere que se conserve este monopolio.

Las agresiones vandálicas a la fuerza pública el pasado 2 de Octubre en la capital del país, son una pésima señal para una nación que se pretende en movimiento. Las únicas señales de “movimiento” son las menciones mediáticas de la campaña del gobierno federal sobre la reforma energética. La realidad es muy distinta al dicho publicitario oficial de “mover a México”, los bloqueos tolerados en la capital están lanzando la señal de “nación detenida, bloqueada”.

Indignan las imágenes de cobardes enmascarados golpeando policías, en el fondo golpearon nuestro estado de derecho. Parece increíble que quienes detentan, por mandato constitucional, el monopolio legítimo de la violencia, contengan a la fuerza pública de una forma tal, que fracturan, como sabotaje, el estado mexicano.

Hace un par de días pregunté a un policía de la ciudad de Chicago cuál sería la consecuencia de golpear a un oficial. Me miró con incredulidad y dijo “Señor, ¿qué clase de pregunta es esa?”, le expliqué que en México unos enmascarados habían golpeado policías, los habían quemado, los habían agredido con palos con clavos, y le comenté finalmente que había una ley en la ciudad capital (promovida por asambleístas del PRD) que impedía que los agresores fueran a la cárcel, más aún, que tuvieran castigo.

El oficial me dijo que en Estados Unidos golpear a un policía ameritaba de 5 a 8 años de cárcel, según los atenuantes del caso (tipo de agresión, antecedentes penales, y otros). Y luego me reviró con una pregunta que no pude responder, la paso al costo a nuestras autoridades: “¿dónde está la raya en México?”

Pues la realidad es que la raya no existe, y cuando existe es movible. Nuestro sistema político se ha alimentado de mover la raya, de alimentar las conductas delictivas al no fijar límites y consecuencias, y lanzar señales de degradación y debilidad. Pongo ejemplos.

Hace tiempo, recomendé a uno de los municipios más grandes de México, comprar patrullas “interceptor”, ya saben, autos grandes, fuertes, poderosos, en lugar de los autos compactos o medianos. En el fondo, la ley, personificada en un policía, no puede dar señales de debilidad con carritos, ni permitir que se le ofenda, menos dejarse agredir.

En Estados Unidos, donde se vive un monopolio de la violencia por parte del Estado, una raya amarilla pintada en el camino es como un muro, los automovilistas saben que si la cruzan están cometiendo un acto ilegal que les acarreará una fuerte sanción. En México no basta pintar la raya, tenemos que poner boyas o barreras de contención, estamos programados para cruzar la raya y encima no tener consecuencias.

Gary Becker, de la Universidad de Chicago, Premio Nobel de Economía 1992, estudioso del comportamiento humano asociado a las ciencias económicas (Behavioral Economics) sostiene que la gente comete ilícitos en base a un análisis racional de tres elementos: el beneficio potencial, la probabilidad de ser atrapado, y el castigo esperado. (Ahora entendemos a muchos políticos).

La “energía para mover a México” no vendrá de una reforma energética. Esa fuerza vendrá el día que un presidente emprenda un plan de choque a nuestro sistema político y cultural, una reforma de transparencia gubernamental y una reforma al sistema de justicia para que empecemos a tener grandes pequeños cambios que contagien una nueva forma de vivir en México. Un sistema de límites y consecuencias que ataque a la impunidad (nutrido, como lo he expuesto antes, desde lo básico: el comportamiento vial).

Permitir que se lastime a la fuerza pública tiene un valor simbólico muy distinto al de tolerancia, una señal que nos explota en la cara: en México quien quiera puede estar por encima de la ley, esa raya frágil, movible, y a veces borrada por aquellos encargados de pintarla.

domingo, 29 de septiembre de 2013

El teatro del centauro

Muy probablemente lo mejor que ha dado el marketing en México es Roberto de la Parra, ¿por qué? porque es chef, y también es un centauro, combina la naturaleza animal colmada de instinto, y el juicio sabio de un hombre que se mueve por una cocina con la astucia de un gato bodeguero.

Su historia es como la de otros tantos que han debido pisar una ruta sólo para darse cuenta que hay otra más satisfactoria, a la cual no podrían haber llegado sin la primera. Roberto estudió mercadotecnia y realizó una exitosa carrera en una empresa multinacional en México. Elevarse hasta posiciones directivas le sirvió de atalaya para ver que su pasión no estaba en las salas de juntas donde ventas recrimina a distribución, producción al almacén, todos a operaciones, y los de sistemas llegan para dar con celo la clave del wifi. Como parte de sus retos corporativos, algún día pisó el terreno de la innovación en sabores y de ahí a las cocinas; abrió la puerta a otra dimensión.  

Roberto ha descubierto la receta para que un director logre por fin armonizar a ventas con producción: los pone a picar cebolla mientras deben cuidar que los jitomates no se quemen. Su espacio de trabajo es como un hangar que llama Taller nación gastronómica, donde a través de la experiencia de cocinar y comer, recibe a grupos empresariales que celebran una junta de trabajo aderezada con hierbas aromáticas, sonidos de cucharas y sartenes, y la seducción visual de algún trozo de carne que promete unirse al fuego.

El resultado es una dinámica fuera de serie, donde las personas, desprovistas de su título en el organigrama, trabajan en equipo atendiendo las mejores prácticas de la industria restaurantera. Para que la comida sea un éxito, todos debieron alinear su visión, algunos rallando limones, otros marinando un atún o cocinando la sopa. Su taller es un gran teatro donde el público se vuelve actor y el actor se vuelve público.

Con toda intención, Roberto usa un espacio abierto sin paredes entre cocina y comedor para que la gente vea el esfuerzo de los demás. Si en el mundo corporativo marketing no ve lo que sufre ventas, o viceversa, aquí sí lo notan. Los visitantes experimentan una sesión altamente provocadora para los sentidos, también para la mente, tocarán temas de liderazgo, de planeación, trabajo en equipo, toma de decisiones y las formas de abordar crisis, lo urgente y lo importante.

Sin duda la formación de Roberto en el mundo del marketing, y su talento natural en la cocina, han creado un maridaje estupendo. Las empresas y sus directivos son fieles creyentes del “pensamiento fuera de la caja” y valoran empleados que tienen creatividad para innovar y solucionar problemas, sin embargo difícilmente provocan contextos y experiencias que promuevan estas capacidades; uno no puede ser creativo en la sala de juntas donde los números van mal, o en el escritorio de todos los días frente a la pared de todos los días.

En la intersección multidisciplinaria se esconden las nueva ideas, pero sin el contexto adecuado difícilmente saldrán. De ahí que un taller de cocina sea la antesala de una buena estrategia.

Por si el pensamiento divergente de Roberto no bastara, combina su pasión en los sartenes con otros metales: toca batería mientras cocina y cocina mientras toca batería. Es capaz de hablar de un ritmo para picar, y de música digestiva. Para romper esquemas, nada como pensar que hay un beat perfecto para masticar lechugas.

Roberto reúne características de aquellos que tumban barreras y promueven la creación: ha estado expuesto a diferentes culturas, aprende de varios temas y los mezcla, reta sus creencias, desarrolla múltiples perspectivas, y no tiene miedo a preguntar ¿qué tal si...?   


Algo flota en el agua, pero sabe estupenda. “Tiene notas de estragón y coco”, dice Roberto. Más tarde confiesa que cree en la integración armónica para provocar experiencias memorables, por ello le habla a la materia prima, le pidió permiso a la langosta para quitarle el caparazón. Luego se sienta en la batería y llena el aire con percusiones.  Mientras los demás ven un chef, yo veo a un ser híbrido y genial. El licenciado en mercadotecnia migró en caballo y el caballo en hombre.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Después de la destrucción

Cecilia Giménez deformó el rostro de Cristo y validó lo que han sabido los físicos: en toda destrucción, algo se crea. La pintora octogenaria, habitante de la municipalidad de Borja, España, intentó restaurar la pintura mural Ecce Homo, de Elías García Martínez, obra más apreciada por su relativa antigüedad (principios del siglo pasado) que por su valor artístico.

En su intervención, Cecilia transformó los delicados trazos de un rostro coronado por espinas, en una cara amorfa, de barba difusa, labios engrosados y nariz rectísima, como un número 11 en medio de los ojos. Ya sin espinas, aquel humanoide de trazos infantiles, ahora más parecido a un primate, provocó el escándalo de los visitantes del Santuario de la Misericordia. Pronto salieron las comparaciones del “antes y después”, y la restauración fallida corrió como pólvora ardiente en las redes sociales donde se hacía escarnio del “Ecce Mono”. La pintora entró en profunda depresión.

Giménez argumentó que aún no terminaba, que estaba de viaje y que la dejaran acabar. Sus trazos eran tan dispares al original que mientras las autoridades deliberaban, sucedió una restauración dentro de la restauración, la gente se volcó para pedir que así dejaran la pintura. Una multitud empezó a acudir a Borja para ver lo que al principio fue la pifia de una anciana, y poco a poco se convirtió en un hito. Como la doliente procesión de hormigas en El Prodigioso Miligramo, de Arreola (ayer cumpliste 95 años, maestro), se hicieron largas filas para entrar, los visitantes agotaron su imaginación fotografiándose junto a la pintura mientras imitaban el gesto informe del retrato.

Surgió otro altar en el templo. Borja aumentó su turismo y Cecilia es ahora una celebridad. La “peor restauración de la historia” se volvió un fenómeno mediático, la imagen se comercializa en decenas de artículos, un vino local creo una etiqueta conmemorativa, varios países demandan tener exposiciones con la obra de una mujer que en la recta final de su vida se siente contenta. La desgracia se decoloró en fortuna.

En toda destrucción algo se crea, es imposible destruir. Hace años, al calor de la carpa Ofelia, un joven olvidó lo que tenía que decir en el escenario. A su nerviosismo, olfateado por un público amenazante como hienas, siguió la destrucción del lenguaje, la fealdad del decir; en medio de la mofa y el rechazo germinó la verborrea del genio, el caos de la sintaxis tomó nueva forma y nombre: Cantinflas.

En Historia de la fealdad, Humberto Eco aborda la supuesta oposición a la belleza, un viaje apasionante que nos lleva a preguntarnos ¿qué es realmente lo feo? ¿existe?. El semiólogo cita con precisión a Nietzsche cuando dice que el hombre “considera bello todo aquello que le devuelve su imagen... Lo feo se entiende como señal y síntoma de degeneración...” y “el hombre odia la decadencia de su tipo”. Aún así, afirma Eco, existe una “autonomía de lo feo” que transforma una obra en algo más que lo contrario a lo bello. En otras palabras, lo feo sigue siendo feo, pero puede vivir en una obra artísticamente bella.

La moda, por ejemplo, es un convencionalismo social donde decidimos aceptar una tendencia mayoritaria (o que nos “mayoritean”) sobre qué es “in” y que es “out”, la moda es el gran bullying de opinión. Dentro de esta subjetividad, tan propia al ser humano, se valora de pronto una nueva corriente artística que muchas veces niega a la antecesora.

Imito los trazos de Cecilia Giménez. Mi artículo ahora se desdibuja. Que dentro de la destrucción traída por los fenómenos meteorológicos de esta semana, miles de mexicanos en desgracia encuentren el cauce que va del consuelo a la creación. Que salga a luz la corrupción que permitió desde obras mal hechas, cobradas como buenas, hasta asentamientos humanos en lugares inconvenientes y usos de suelo torcidos, que se castigue a los culpables, ellos son la verdadera destrucción, nuestra decadencia. Que los actuales gobernantes no busquen ciegamente el enriquecimiento corrupto a costa de una futura tragedia.


Esta reflexión es para ustedes sobrevivientes, y por la memoria de quienes no verán lo que la lluvia germine.