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domingo, 20 de julio de 2014

¿Locura de Slim?

La pregunta entró como cuchillo en mantequilla y no pude sino esperar la respuesta en boca del inquisidor, chef de la Academia Barilla, en Parma. Su cara expresaba esa forma de normalidad italiana cuando hablan de comida (es decir, cuando hablan): pasión por la vida. "¿Por qué en Italia no hay obesidad?", y argumentó "porque nos damos tiempo de reposar la comida".

Trapani, puerto siciliano, es un digno representante de la comida (léase forma de vivir) en el sur de Italia. Dos veces a la semana arriban cruceros con turistas que llenan las estrechas calles del centro, dispuestos a comprar en los comercios locales que, en medio de la ebullición y ante la sorpresa de los fuereños, refrendan uno de los rasgos de la vida italiana: cierran a la 1 y reabren a las 5. ¿Qué pasa en esas 4 horas? Descansamos, comemos, estamos con la familia, vamos a la playa, me responde la dueña de un comercio, como si me estuviera describiendo una película mexicana de ficción.

Carlos Slim ha propuesto trabajar tres días a la semana, 11 horas diarias, argumentando que el tiempo restante serviría para aumentar la calidad de vida, entretenernos y cultivarnos en otros aspectos. Además de paliativo contra el desempleo, la medida, dice Slim, serviría para tener una fuerza laboral más longeva. Mi entrañable amigo Javier Barrera confiesa que quisiera morirse haciendo lo que hace, no se ve retirado, ama su actividad, es un apasionado de ayudar a la gente a encontrar su talento para que genere prosperidad.

¿Y si los cuatro días a la semana que no se trabaje, se dedican a encontrar y desarrollar el talento? Idealmente la gente debería trabajar todo el tiempo en una actividad donde exprese su talento, pero mientras lo encuentra y pueda dar el "brinco", trabajar tres días hace sentido. La gente podría encontrar su verdadera vocación, incluso mejorar su economía, tendría más satisfacciones.

Si uno encuentra su talento, se vuelve más productivo, necesita menos horas para lograr algo. Muchos trabajan nada más por dinero, nunca encuentran satisfacción personal. "Un talento que practicamos se convierte en fortaleza. Un no-talento que practicamos se convierte en debilidad", me dice Javier mientras recuerda que Chespirito estudió ingeniería, pero no la ejerció, ¿habría sido un destacado ingeniero?, pregunta.

La OECD da cifras reveladoras en su Índice Better Life. México está al fondo de la tabla, en el sitio 35 de 36 naciones. Nada más superados por Turquía, somos el país donde se trabaja más horas a la semana y se descansa menos. Aún así, salimos altos en "Satisfacción de vida", señal de nuestra gran tolerancia.

A unos metros de los negocios que han cerrado de 1 a 5, está Caupona, Taverna di Sicilia; en sus mesas observo a los comensales italianos mirar menos su reloj o su celular y más las burbujas de su prosecco. No es casual que en este país el símbolo de un caracol es ahora un movimiento mundial fundado por Carlo Petrini: Slow Food, cuyos estatutos no apuntan a un concepto simplón de vivir con lentitud, sino a elevar el sentido del placer y el gusto en nuevas generaciones, a producir bienes culturales alrededor de la comida y la biodiversidad, a disfrutar esos instantes irrepetibles, y sobre todo, a practicar una calidad de vida distinta, basada en el respeto al ritmo y tiempo naturales, al ambiente y la salud de los consumidores.

A menos que esto sea un movimiento nacional sobre la distribución del tiempo laboral (eje de la agenda personal y familiar), difícilmente prosperará un cambio en México. Lo sabe otro querido amigo, Eduardo García, quien a través de Expertia promueve balance de vida desde las corporaciones, entidades que terminan por tragarse al individuo si no hay un cambio en el sistema. ¿Cómo irse a la hora de la salida si el jefe sigue ahí?

Son las cinco en punto. Al reabrir las puertas de sus negocios, los italianos sonríen con ese gesto picaresco que les caracteriza. Sin duda uno de sus talentos es la dolce vita, y créanme, no tiene que ver con la cuenta bancaria de Slim.

domingo, 13 de julio de 2014

Dónde pintar la raya

Los mexicanos usamos el humor como enzima para procesar el destino. Cual sofisticada maquinaria cultural, en la boca de alimentación se deposita el drama, la injusticia, o cualquier episodio doliente, pasa por una cámara de transformación, y ¡zum! en la banda de salida aparece un chiste. ¿La tragedia convertida en risa, es menos tragedia?

El humor es analgésico, así lo sugieren las manifestaciones llamadas “memes”, donde se da rienda suelta a la creatividad. De lo último que nos hemos colgado es del célebre “no era penal”, cuyo más memorable fetiche es ¡una piñata! Ante la imposibilidad de regresar el tiempo, para no cederle la iniciativa a Holanda, nada mejor que apalear a Robben, clavadista de los países bajos.

Esta obra del ingenio mexicano es, como la antigua tradición de quemar judas, curativa. Acoto para los lectores jóvenes: no se trata de incendiar policías judiciales, no; sabrán ustedes que hace muchos años, durante las festividades del Sábado de Gloria, buena parte de la población “quemaba judas”, muñecos de cartón, engrudo, carrizo y otros materiales similares, que representaban al traidor. El judas era quemado (se rellenaba con cuetes), apedreado y hasta baleado. Con el tiempo la representación del judas se transformó de la figura del diablo a la imagen y semejanza de diversos personajes públicos a quienes se “ajusticiaba”. Por razones hoy más evidentes que antaño, los políticos han sido judeizables.

La piñata del holandés congela ese fatídico instante en que sus piernas, ancladas en el césped por voluntad propia, lo impulsan hacia adelante, como ave en vuelo, mientras arquea la espalda y avienta las manos hacia atrás, simulacro que habrá de completar con una mueca de dolor y un grito lastimero (supongo que “¡Ay!”, en holandés, suena como a la primera vez que el tequila te raspa la garganta).

El fútbol es una representación de la vida, quien finge dentro del área seguramente lo hará en una sala de juntas. Si bien es condenable que este engaño haya pesado para quedar eliminados, debería servirnos para la reflexión y la autocrítica. La sociedad mexicana está llena de clavadistas, simuladores profesionales sin escrúpulos. Resulta irónico que hasta ellos se quejen del engaño.

Jorge Ibargüengoitia escribió “los países exportan, además de productos, mañas”, recordando las fresas mexicanas que, una vez en territorio inglés, fueron objeto de revisión rutinaria. Pronto los británicos protestaron que venían muy disparejas; arriba unas fresas inmaculadas, una segunda capa mucho más pequeñas, abajo unas mallugadas y un último nivel que parecía cámara de diputados o senadores, muy, pero muy pocas servían.

Lo ha dicho el Dr. House, “todo el mundo miente”, la gran diferencia es sobre qué y cómo. La capacidad de engañar parece ser parte del paquete con el que venimos programados, sin embargo está claro que no todas las personas, aunque puedan, engañarán para sacar provecho.  Dijo Nietzsche  “Los grandes momento de nuestras vidas son las ocasiones donde tenemos el coraje para convertir nuestras peores cualidades en nuestras mejores cualidades”.

Dan Ariely narra una anécdota de uno de sus alumnos. El chico dejó dentro de casa las llaves y ahora no puede entrar. Llama a un cerrajero quién en segundos abre la puerta. Al ver la sorpresa de su cliente, el cerrajero da una lección sobre moralidad, le dice que 1% de la gente siempre será honesta y nunca robará. Otro 1% será siempre deshonesta y buscará como robar. Y el 98% restante será honesto mientras las condiciones lo permitan. Los candados son para que la gente honesta siga honesta.

Si hubieras sido Robben, ¿habrías fingido la falta?, si fueras el entrenador de un jugador que no se tiró al suelo ¿le habrías reclamado? De la raya del área a la de la vida, vale la cita de Oscar Wilde “La moralidad, como el arte, significa dibujar una línea en algún lado”.


Hoy termina la Copa del Mundo. Me quedo con la innovación mexicana: el espray para pintar la raya, y la esperanza de que sepamos dónde pintarla.

domingo, 6 de julio de 2014

¿Cultura y arte? ¡Adelante!

El capitán inglés, Alexander Hardcastle, no fue cliente de BBVA Bancomer. ¿Cómo lo sé? Un enorme dato en su biografía lo deja en evidencia: en el segundo tercio de su vida vendió sus propiedades por amor al arte.

Irritación entre un sector de la comunidad artística en México ha provocado un desafortunado anuncio para televisión, de la firma financiera. Frente a un cuadro bellamente enmarcado, dos personas (que supondremos artista y cliente) dialogan: "Algún día este cuadro valdrá mucho", dice uno, y el otro remata viendo a la cámara, como si el artista ya no estuviera presente: "No sé ustedes, pero si voy a invertir, me gusta hacerlo donde tengo ganancias seguras". El locutor termina el mensaje promoviendo el pagaré Bancomer con una tasa de 3.5%.

De no haber sido por Hardcastle, hoy no veríamos en pie varias de las columnas del templo de Hércules. Recorro el Valle de los Templos, zona arqueológica de una ciudad griega fundada en el año 581 ac. Los griegos le llamaron Akragas; los romanos, Agrigentum; los árabes, Kerkent. Por estas tierras, el filósofo griego (de reminiscencias irresistiblemente etílicas para los mexicanos) Empédocles dijo que los Akragantinos construían casas como si nunca fueran a morir, y comían como si fueran a morir mañana. Me consta. La actual ciudad de Agrigento, en la costa sur de Sicilia, destila historia, arte y cultura, su comida es abundante (como sus escalones, a veces interminables), reflejo de la fertilidad mediterránea.

Gracias a su bella vista al mar, sus casas y edificios cavernosos, pero mucho por la antigua ciudad griega rescatada a principios del siglo pasado con el dinero de Hardcastle, hoy es una zona protegida por la Unesco y recibe millones de turistas al año. ¿Podría esta derrama superar el 3.5% de un pagaré bancario? Lo dudo.

El anuncio de Bancomer es desafortunado porque no sólo atenta contra la inversión en arte y cultura, a todas luces redituable, también inhibe el pensamiento en favor de la generación de activos culturales. En un país como el nuestro, donde el arte y la cultura no tienen los impulsos necesarios, y la mayoría de la población no cuenta con educación satisfactoria, el tema se agrava. Por otro lado, entiendo que no es una tragedia y que no hay que satanizar a un banco con un historial en favor de la promoción cultural. El anuncio es un desliz del que no midieron sus consecuencias, el típico caso donde la creatividad dicta la estrategia.

Dentro de la ciudad griega, destaca por su estado de conservación, sus columnas perimetrales completas, el templo de La Concordia. Con sus más de 2,500 años de antigüedad, es un espectáculo ver el cambio de tonalidad de su roca caliza, que con el caer del sol, olvida el café terracota para convertirse en ocre y naranja. En este edificio griego sucedió algo inaudito en la zona: en el año 597 dc. construyeron una iglesia católica en su interior. Dos concepciones filosóficas de la vida cohabitando en el mismo edificio, tal vez por eso el historiador le puso el nombre de Concordia. Así debería ser el arte y la cultura, un territorio importante dentro de la economía. Simbiosis generosa.

En la municipalidad de Agrigento nació el Nobel de literatura Luigi Pirandello. El dramaturgo y novelista italiano seguramente brincó, cuando niño, entre piedras informes, que luego Hardcastle erigiría en las columnas de Hércules. Es curioso, una de las obras de Pirandello se llama Seis personajes en busca de autor, en la que seis personas, que existen sólo en la imaginación de un escritor, anhelan que un autor las incluya en su obra, para poder existir. Así, en busca de realidad, estaban los fragmentos de columnas sobre un valle viendo al Mediterráneo, esperando que alguien con amor al arte las buscara y las armara con paciencia para volver a existir.

En pleno Valle de los Templos, mirando al sol que baja por el Mediterráneo, Alexander Hardcastle tiene un busto en su honor. El hombre que levantó de nuevo las enormes columnas de Hércules sí tuvo ganancia segura.

domingo, 29 de junio de 2014

Entre Hércules y Caco

“A propósito, debo confesarle que estoy pensando seriamente en comerme a su esposa”, la cita surgió en mi mente mientras caminaba por uno de los lugares icónicos de la cuna del renacimiento, Plaza de la Señoría. Al ver el balcón central del Palazzo Vecchio, recree el asesinato del inspector de policía a manos del implacable Dr. Lecter, un psicópata que disfruta comerse a sus víctimas. La película Hannibal, de la novela homónima de Thomas Harris, fue un eslabón más en mi caminata florentina.

Pasos atrás, entre bares de expresso y puestos de periódicos, las primeras planas de los diarios deportivos italianosanunciaban la trágica eliminación de la squadra azzurra y la indignación por la mordida del uruguayo Luis Suárez al italiano Chiellini. Las redes sociales, tribunal masivo de nuestro tiempo, han caracterizado al jugador charrúa de muchas formas, una de ellas, como Hannibal Lecter.

¿Qué provoca una reacción tan instintiva? El caso de Suárez se une a varios episodios más en el deporte donde un jugador agrede escandalosamente. Tyson arrancó un pedazo de la oreja a Holyfield, Zidane fue expulsado de una final de Copa del Mundo por asestar un cabezazo. Estas reacciones primarias y tribales evocan el cerebro reptílico de la teoría de Maclean (si bien rebasada en cuanto a lo anatómico, vigente como metáfora para ilustrar el comportamiento humano).

¿Encierran estas actitudes potenciales criminales en serie?Suárez acumula ya varias mordidas y agresiones, ¿debería la FIFA hacer una prueba de perfil psicológico antes de una competencia mundial, de la misma forma que hace un antidoping?, ¿y si hiciéramos lo mismo en la política, y antes de unas elecciones? Habría notas de impacto: “La mala noticia es que hay un psicópata en el grupo, la buena es que es goleador”.

Los psicópatas tienen carisma, inteligencia, frialdad al actuar, falta de remordimiento y sentido de culpa por sus acciones, no tienen miedo, son manipuladores y se ganan la confianza de la gente, son educados, dedicados, tienen un sentido de grandiosidad, se sienten superiores, llegan a tener trabajos estables y su desempeño puede ser notable; al no ser necesariamente violentos, parecen personas normales, como un artista, un director de una empresa, un político.

En el libro “La sabiduría de los psicópatas” el Dr. Kevin Duttondevela su conclusión en el subtítulo: “lo que los santos, espías y asesinos seriales pueden enseñarnos sobre el éxito”. Muchas de las características de un psicópata son valiosos activos de personalidad cuando se usan en forma adecuada. Se ha demostrado que para detectar qué pasajero es sospechoso en un aeropuerto, las habilidades del psicópata son superiores a la de una persona normal.

Hay una prueba sugerente para saber si uno tiene rasgos psicópatas. Consiste en explicar la siguiente situación. Una mujer asiste al funeral de su madre. Ahí conoce a un hombre del que se enamora y considera puede ser su pareja ideal. Ella olvida preguntarle su datos de contacto, él se va. Al poco tiempo, ella asesina a su hermana. La mayoría de las personas explica el evento con motivos distintos a lo que es sugerente de psicopatía: al asesinar a su hermana, la mujer tendrá otrofuneral en la familia. Espera que ahí aparezca el hombre.

Aparentemente Suárez no ha mostrado señales de arrepentimiento. Dutton cita una entrevista con un empresario que da 3 características para tener éxito en los negocios: determinación, curiosidad e insensibilidad. Nadie se sorprende con las dos primeras, pero la última es perturbadora.  Remata el empresario: “Lo bueno de la insensibilidad, es que te deja dormir cuando otros no pueden”.

Flanqueando el acceso al Palazzo Vecchio, veo una paloma viva posando sobre la cabeza de un mastín, las fauces son amenazantes, pero el ave sabe la inocencia del mármol. Levanto la mirada y Hércules, porra en mano, domina la maldad de Caco. La obra de Baccio Bandinelli renovó mi esperanza en nuestra especie. El hombre debe de estar por encima de la mordida.

domingo, 22 de junio de 2014

Dede la tribuna

A Gustavo Aragón y a mi nos unen varias historias y algunos agravios. Compañeros de estudio en la preparatoria, estuvimos a punto de ser suspendidos y creo que hasta expulsados. Sucedió en la primera clase de la mañana, en el laboratorio de química. Entre matraces, probetas y batas blancas, una leyenda ominosa anunciaba en el pizarrón algo más fuerte que el ácido clorhídrico: “El maestro es puto”.

El grupo fue convocado a la dirección donde se nos dio un ultimátum: el autor de la memorable frase debía declarar su culpabilidad o todo el grupo sería suspendido. Nos dieron 24 horas para resolver. El director nos tenía en sus manos, pero mis manos tenían a mi papá y éste, una pregunta certera.

Al día siguiente, el director reunió una representación del grupo para cumplir la sentencia. “¿Usted va a hacer justicia suspendiendo al grupo? “ le pregunté en medio de un silencio de patíbulo. “Así es”, dijo con firmeza. Como en una partida de ajedrez donde el rival muerde el gambito, me sentí salvador de todos: “Entonces va a hacer justicia, cometiendo una injusticia, ¿se da cuenta?”.

Nunca supimos quién escribió el agravio. El punto es que ahora Gustavo me comparte su indignación y sus ideas por el castigo que la FIFA quiere imponer a la Selección Mexicana, con lo del ya famoso grito de “¡Puuuuuuuutooooooo!”

La FIFA debe saber que ni todos los homosexuales son putos, ni todos los putos son homosexuales. El polémico término tiene su origen para calificar al varón que se vende a otro, por necesidad o conveniencia, independientemente de la orientación sexual. En nuestro medio esto se ha convertido en “vendido”, “traidor”.

El “¡Puuuuuuuutooooooo!” es de cuna jalisciense. Nace como reproche al portero de extracción atlista Oswaldo Sánchez, por cambiar a equipos antagónicos. El aficionado, dolido y traicionado, decidió castigarlo en cada oportunidad. El ritual, con el cual no simpatizo, se ha popularizado y hoy, gracias a una burrada de la FIFA, tiene fama mundial.
Como sea, el grito dista mucho de ser racista, homofóbico o intolerante. Los aficionados mexicanos, como en otros mundiales, se han hecho presentes de forma notoria. Si hubiera una copa para los fanáticos, México llegaría a la final. La expresión colectiva es más una arenga tribal para ser parte del juego, molestar (inocentemente) al portero rival, que un insulto. La porra haciendo su juego.

Las palabras son portadoras de significados y estos están condicionados por muchas variables culturales, el contexto de la situación, la entonación, el que el aludido conozca el significado. El insulto es como una pinza, necesita de la otra parte para morder.
Mal hace la FIFA en dirigir sus baterías contra el Tri. Con esta pifia, ha volteado los cañones en su contra. Convengamos que puto es el individuo que traiciona a su grupo para obtener ventaja, sintiéndose inmune a las consecuencias, anclado en su posición económica o social.

Puto es el ignorante funcionario de la FIFA que acusa a los aficionados mexicanos de racistas e intolerantes. Y más puto por atacar a un pueblo que a lo largo de su historia ha sufrido racismo, persecuciones políticas y religiosas. Putos son los funcionarios de la FIFA que están involucrados en escándalos de corrupción y que ahora se erigen con una supuesta calidad moral.

Puto es también el funcionario público mexicano que malgasta el dinero del erario, en Brasil o en Las Vegas. Puto el legislador que piensa primero en los beneficios de su partido antes que en los ciudadanos. Putos quienes hacen leyes a su medida y se reparten el botín, putos quienes juraron salvaguardar la constitución y se desempeñan con el mayor de los cinismos, putos, bien putos, los que se venden y alientan la corrupción. Recontraputos, quienes venden droga afuera de las escuelas o en los antros. Ultraputos quienes trafican con personas, golpean mujeres, abusan de niños.


Desde esta tribuna, con la verde bien puesta, sumo mi voz a la de Gustavo. Para todos ellos: ¡eheheheheheeheheheheheheheh puuuuuuutooooooo!

domingo, 15 de junio de 2014

Al margen de la cancha

Para Eduardo Caccia Martínez

La ceremonia inaugural del Mundial Brasil 2014 fue grandiosa, lucidora y memorable, si la comparamos con la de México 1970. Ésta, en retrospectiva, es mejorada cada domingo por cualquier torneo de secundaria, pero en 1970, ver desfilar marcialmente a niños representando a los 16 equipos participantes, y luego, en el momento climático, ver volar cientos de globos de colores que, a destiempo y caprichosamente, formaban helicoidales en el cielo, fue lo máximo.

Las ceremonias deportivas se han sofisticado, particularmente las de los Juegos Olímpicos. Es tanto lo que esperamos de la siguiente inauguración, que la de Brasil 2014 ha decepcionado profundamente a la mayoría. Una ceremonia sin ritmo narrativo (no hubo una historia que se contara, no hubo hilo de tensión), desarticulada, árida por más que se emularan selvas y ríos, falta de coherencia dramática, caótica como si fuera el primer ensayo de varios.

Se ha dicho que la ceremonia es un reflejo del país anfitrión, sumido en profundas diferencias, enfrentado más que por su gran diversidad, por su desigualdad y por una presidenta que finalmente reconoce que para ser felices se requiere más que samba, carnaval y fútbol.

David Konzevik debe sentirse halagado, Dilma Rousseff explica la situación de Brasil con la “revolución de las expectativas” del argentino, cuando afirma que hay una clase media ampliada,  “que tiene más deseos, más anhelos, más demandas”. De la misma forma que esperábamos más de la ceremonia inaugural en Brasil, millones de brasileños esperan más, y ven en la Copa del Mundo un símbolo enemigo que distrae recursos que podrían haber sido para ellos.

A estas alturas, la mejor propaganda para Dilma es Neymar. Si Brasil no gana la copa, se temen mayores disturbios y un clima de animadversión social y económico que podría, en caso extremo, contagiar a la región (¿“efecto samba”?).

En La felicidad paradójica, dice Lipovetsky que ha nacido una nueva modernidad, la “civilización del deseo”, una sociedad en la que “El vivir mejor se ha convertido en una pasión de masas. Hemos entrado en una nueva etapa del capitalismo, hemos entrado en la sociedad de hiperconsumo. Nace un Homo consumericus de tercer tipo, un turboconsumidor desatado, con gustos imprevisibles, al acecho de nuevas experiencias emocionales y de mayor bienestar, de calidad de vida y de salud, de marcas y de autenticidad, de inmediatez y de comunicación.” Moderar y administrar expectativas, es el reto actual de gobiernos y corporaciones.

Emocionalmente, sin embargo, seguimos siendo mucho menos evolucionados. La llegada de una Copa del Mundo (para muchos) es el anuncio de la mejor cosecha. En Balón dividido, Juan Villoro dice que la inmensa mayoría de los aficionados están en un estadio porque alguna vez su padre los llevó. Mi caso es contrario.

Hace años me gané unos boletos para un partido en el Azteca. Respondí por radio (590, La Pantera) cuánto pesa un balón. Nunca antes tan pocos gramos pesaron tanto para mí. A mi papá no le gustan las multitudes (se entiende que sea aficionado del Necaxa), aun así lo convencí y por primera vez entré al estadio.

Al ver goles prodigiosos como el de Líneas Aéreas Van Persie, contra España, confieso que mis expectativas no han sido superadas. El mejor gol que conozco no lo vi, lo anotó mi papá al margen de la cancha. Su calidad de gol inverosímil le dio el carácter de cuento de Asimov. Pasaba mi padre detrás de la portería cuando un tiro largo escurrió entre las piernas del portero. Con un árbitro lejano y antes de que el balón fuera recuperado por el cancerbero, sin cruzar la meta, mi papá festejó y el árbitro lo dio por bueno.


Anotar un gol sin jugar pertenece a la narrativa fantástica que pasa de padres a hijos, ese vínculo que se fortalece atrás de una portería, en la gradería de un estadio o frente una pantalla. Como tirar un penal con estadio lleno, los hijos cargamos con el peso de intentar superar las expectativas del padre, aunque algunos sólo hayamos anotado dentro de la cancha.