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domingo, 22 de septiembre de 2013

Después de la destrucción

Cecilia Giménez deformó el rostro de Cristo y validó lo que han sabido los físicos: en toda destrucción, algo se crea. La pintora octogenaria, habitante de la municipalidad de Borja, España, intentó restaurar la pintura mural Ecce Homo, de Elías García Martínez, obra más apreciada por su relativa antigüedad (principios del siglo pasado) que por su valor artístico.

En su intervención, Cecilia transformó los delicados trazos de un rostro coronado por espinas, en una cara amorfa, de barba difusa, labios engrosados y nariz rectísima, como un número 11 en medio de los ojos. Ya sin espinas, aquel humanoide de trazos infantiles, ahora más parecido a un primate, provocó el escándalo de los visitantes del Santuario de la Misericordia. Pronto salieron las comparaciones del “antes y después”, y la restauración fallida corrió como pólvora ardiente en las redes sociales donde se hacía escarnio del “Ecce Mono”. La pintora entró en profunda depresión.

Giménez argumentó que aún no terminaba, que estaba de viaje y que la dejaran acabar. Sus trazos eran tan dispares al original que mientras las autoridades deliberaban, sucedió una restauración dentro de la restauración, la gente se volcó para pedir que así dejaran la pintura. Una multitud empezó a acudir a Borja para ver lo que al principio fue la pifia de una anciana, y poco a poco se convirtió en un hito. Como la doliente procesión de hormigas en El Prodigioso Miligramo, de Arreola (ayer cumpliste 95 años, maestro), se hicieron largas filas para entrar, los visitantes agotaron su imaginación fotografiándose junto a la pintura mientras imitaban el gesto informe del retrato.

Surgió otro altar en el templo. Borja aumentó su turismo y Cecilia es ahora una celebridad. La “peor restauración de la historia” se volvió un fenómeno mediático, la imagen se comercializa en decenas de artículos, un vino local creo una etiqueta conmemorativa, varios países demandan tener exposiciones con la obra de una mujer que en la recta final de su vida se siente contenta. La desgracia se decoloró en fortuna.

En toda destrucción algo se crea, es imposible destruir. Hace años, al calor de la carpa Ofelia, un joven olvidó lo que tenía que decir en el escenario. A su nerviosismo, olfateado por un público amenazante como hienas, siguió la destrucción del lenguaje, la fealdad del decir; en medio de la mofa y el rechazo germinó la verborrea del genio, el caos de la sintaxis tomó nueva forma y nombre: Cantinflas.

En Historia de la fealdad, Humberto Eco aborda la supuesta oposición a la belleza, un viaje apasionante que nos lleva a preguntarnos ¿qué es realmente lo feo? ¿existe?. El semiólogo cita con precisión a Nietzsche cuando dice que el hombre “considera bello todo aquello que le devuelve su imagen... Lo feo se entiende como señal y síntoma de degeneración...” y “el hombre odia la decadencia de su tipo”. Aún así, afirma Eco, existe una “autonomía de lo feo” que transforma una obra en algo más que lo contrario a lo bello. En otras palabras, lo feo sigue siendo feo, pero puede vivir en una obra artísticamente bella.

La moda, por ejemplo, es un convencionalismo social donde decidimos aceptar una tendencia mayoritaria (o que nos “mayoritean”) sobre qué es “in” y que es “out”, la moda es el gran bullying de opinión. Dentro de esta subjetividad, tan propia al ser humano, se valora de pronto una nueva corriente artística que muchas veces niega a la antecesora.

Imito los trazos de Cecilia Giménez. Mi artículo ahora se desdibuja. Que dentro de la destrucción traída por los fenómenos meteorológicos de esta semana, miles de mexicanos en desgracia encuentren el cauce que va del consuelo a la creación. Que salga a luz la corrupción que permitió desde obras mal hechas, cobradas como buenas, hasta asentamientos humanos en lugares inconvenientes y usos de suelo torcidos, que se castigue a los culpables, ellos son la verdadera destrucción, nuestra decadencia. Que los actuales gobernantes no busquen ciegamente el enriquecimiento corrupto a costa de una futura tragedia.


Esta reflexión es para ustedes sobrevivientes, y por la memoria de quienes no verán lo que la lluvia germine.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Tener preguntas

¿Cuándo se es lo suficientemente viejo para cambiar? La pregunta surgió intempestivamente durante una de mis incursiones antropológicas al mundo de los negocios, territorio usualmente presionado por una exigente demanda de innovaciones y cambios, por un monstruo-mercado insaciable de novedades que parece aburrirse de lo mismo.

El caso a resolver (me gusta abordar los proyectos como el detective que habla del último homicidio) era relativamente claro, aunque no sencillo. Durante 75 años y por tres generaciones, la familia Frank ha operado con éxito lo que probablemente sea el mejor lugar para comer prime rib en el mundo, el restaurante Lawry’s, que desde sus orígenes representa la clase y distinción del viejo mundo británico.

¿Para qué me quieren si tienen lleno todas las noches?, “tenemos preguntas”, me respondió Richard, actual director y nieto del fundador. Luego me explicó, con notable honestidad, sus dudas. Me dijo que una revista culinaria calificaba a Lawry’s como “el lugar donde el tiempo se detuvo”, que recibían comentarios de muchos clientes diciéndoles que los uniformes de las meseras no habían cambiado (además, las chicas que vi tenían en promedio más de 55 años), que no estaba atrayendo jóvenes y que su clientela eventualmente envejecería y moriría, y que se preguntaba si no era momento de cambiar, de modernizarse e innovar, textualmente dijo “¿cómo le hago para atraer jóvenes?” y “quiero saber cuál es la receta de la marca, la del prime rib ya la conozco”.

Siempre he dicho que donde la gente no tiene preguntas, yo no tengo razón de intervenir. Decía Borges, “la duda es uno de los nombres de la inteligencia”. Cuando me dicen “¿cómo me puedes ayudar?”, respondo: ¿cuáles son tus preguntas?

Junto con mi equipo, abordamos el caso como haría un médico responsable. No adelantamos conclusiones ni hicimos suposiciones hasta no investigar. Nos sacrificamos cenando varias veces en la matriz en Beverly Hills, también en Chicago, Dallas y Las Vegas, observamos primero cómo la gente usaba, apropiaba el lugar, y cuáles eran los rituales que enamoraban a la gente. Después hablamos con varios de sus clientes, exploramos sus recuerdos, les pedimos que nos contaran anécdotas dentro del restaurante.

Al tiempo, como en una exploración arqueológica, surgieron los hallazgos. Había figuras simbólicas de casa y familia: la chimenea, los 4 escalones del salón principal, el trato cariñoso y dedicado de ellas, las meseras, la fuerza del “Carver”, el proveedor, el hombre  que lleva la carne hasta la mesa en un icónico carrito de acero inoxidable en forma de ovoide art-decó. Encontramos a “mamá” y a “papá” atendiendo al “hijo”, en “casa”, asociación que por supuesto opera a nivel subconsciente.

Pudimos responder las preguntas de Richard. Sobre la presión por cambiar y modernizarse, le recomendamos permanecer igual. Hoy en día todo cambia, todo necesita actualizarse, la tecnología se vuelve obsoleta en meses, el ser humano requiere de anclas que le sirven de referencia en la vida. La casa paterna es usualmente esta ancla, Lawry’s, al permanecer igual, es otra (y la gente lo agradece aunque de boca para afuera diga “no han cambiado” como si fuera algo negativo). Le recomendamos olvidarse de los jóvenes también (su pregunta de cómo atraerlos, resultó una pregunta equivocada): por ley natural, el lugar favorito de papá es el anti-lugar del adolescente, le explicamos a Richard que eventualmente ese joven se casará, tendrá hijos y volverá a Lawry’s siguiendo un patrón de tradición.

Y aquí, en la tradición, tuvimos el mejor hallazgo. El ser humano acumula tradición, no puede dejar de hacerlo. Explicamos a Richard que Lawry’s no era un lugar viejo, tradicional, sino uno que ayudaba a forjar la tradición de amigos y familia. Le sugerimos abortar su programa de “clientes VIP” y en lugar llamarles “Tercera Generación”, “Segunda Generación”, y así. Un dibujo de papel para los niños, con un árbol genealógico en blanco, completaría la estrategia, “mamá, ¿quién fue el primero de nuestra familia en venir a Lawry’s?”


Obsoleto no es lo que acumula años, sino lo que carece de valor. Para un mundo que demanda respuestas, nada mejor que empezar por las preguntas.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Sistemas resilientes

Conozco de carencias educativas. Estudié primaria y secundaria en escuelas públicas, hijo de maestra normalista en años donde la educación privada era vista con recelo. Sé lo que es llegar a un salón de clase y luchar por un mesa-banco que no esté roto, traer un tornillo de la casa para arreglarlo, ir un sábado a pintar butacas y hasta barrer el salón. No todo lo hice sin renegar.

En secundaria escogí el taller de soldadura, me tocó el de imprenta, presagio entonces invisible por mi afición al teclado. Todo hubiera sido normal de no ser que el taller estaba junto a los baños y el olor de los orines era más fuerte que el de la tinta.  Así, en aquel hedor, tuve mi año úrico. Cuando conocí una escuela privada no podía creer que los baños no apestaran.

Cursaba el segundo semestre en la universidad y llevé orgulloso mis calificaciones a mi papá. Su respuesta fue “muy bien, a propósito, a partir del próximo semestre tú te pagas la universidad”. De haber sabido que existían marchas, le hubiera hecho un plantón por quitarme mis privilegios. Tiempo después cambió de carro y me ofreció quedarme con el anterior. Cuando tomé las llaves me dijo “vale tanto, ¿cómo me lo vas a pagar?” Entonces sí sentí el complot del estado paterno en mi contra. No paró ahí. Cuando cobré mi primer sueldo me pidió que una parte se la diera a mi mamá, cada mes. ¡Encima, doble tributación!

Lejos estaba yo de ver que mi padre me preparaba para vencer la adversidad. En otras palabras, estaba fortaleciendo mi resiliencia, la capacidad que tienen los seres vivos de salir adelante y sobreponerse a situaciones contrarias.

Los individuos resilientes crean comunidades resilientes y éstas sociedades más fuertes. La resiliencia es innata al ser humano, pero se atrofia cuando éste es sometido a ciertas condiciones. Pensemos en el animal salvaje que es domesticado. Se le da de comer, se le protege, entra en un estado de confort tal, que si alguna vez es reubicado en su estado salvaje, morirá, no podrá competir por su vida, perdió su capacidad resiliente (anomia asiliente), tiene una incompetencia aprendida.

Sin menoscabo de que los maestros del CNTE tienen puntos válidos por los cuáles luchar (no dejar fuera ética, filosofía, y otras disciplinas humanistas), en otros tantos, erran. Pregonan no perder sus privilegios, no quieren la competencia porque le temen, no la ven como un recurso de bienestar y superación (y tal vez nadie se los ha hecho ver). Pregonan un principio anti-resiliente: “El enfoque por competencias fomenta la formación de sujetos acríticos, ajenos a su realidad histórica, desvinculados de la necesidades sociales, individualistas, egoístas, pragmáticos e insensibles a la historia, la cultura y la política.”

El estado natural de la vida es de competencia, los organismos más competentes salen adelante, por ello es fundamental pasar a un esquema que promueva la resiliencia, maestros que entiendan el concepto y que además de ser expertos en una disciplina sean maestros en resiliencia. Por algo recordamos al maestro exigente, aquel que nos hizo sudar pero que nos enseñó. Si el CNTE acepta la lucha de clases como principio ideológico, debería aceptar que no hay lucha sin competencia.

Los 8 pilares de la resiliencia (cortesía del Dr. Dagoberto López) son: autonomía, afrontamiento, autoestima, conciencia, responsabilidad, esperanza-optimismo, sociabilidad inteligente y tolerancia a la frustración. Estas competencias deberían ser parte de la reforma educativa y los programas sociales del país (y parte de lo que todo equipo, empresarial o no, debería fomentar para triunfar).

Hay sociedades donde los abuelos tuvieron alta resiliencia (como sucede con exiliados de guerra o migrantes), fundaron empresas exitosas, los hijos vivieron acomodados y los nietos son juniors. Sociedades donde se vendieron las fábricas y ahora el negocio es la especulación inmobiliaria. La resiliencia se pierde y los culpables son los padres de familia y los maestros. La mamá que cambia al hijo de salón porque a éste no le gustaron sus compañeros, le hace un grave daño.

Heredar privilegios y subsidios suena bien, pero sin resiliencia, atrofia, mata. La incompetencia también se aprende.

domingo, 25 de agosto de 2013

ZODES: ciudad con futuro

La mayoría de nuestras ciudades se han convertido en modelos de crecimiento insostenible donde los recursos no alcanzan; escenarios de alta confrontación y baja convivencia, deficiente visión gubernamental y tibia participación ciudadana. El traje le queda a la Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey y demás ciudades en el país que pretenden ordenar su crecimiento. 

En el libro “La Biología de la Transformación”, Lipton y Bhaerman sostienen la tesis de la epigenética, un cambio de paradigmas en la forma en que vemos la vida. Para ellos, no hay tal cosa como un determinismo genético, es decir, el accionar celular y de los genes dependen de la información exterior (campo de influencia) y no de la información interior (contenida en el ADN). En otras palabras, el contexto transforma los genes, estos a las células y así sucesivamente en la cadena sistémica del organismo (y no hay tal cosa como enfermedades hereditarias sino la creencia de que son enfermedades hereditarias).

Considerando que las ciudades son sistemas (complejos), veo un paralelismo enorme con la posibilidad de hablar de la biología de la transformación de las ciudades, donde el contexto induce la conducta de los habitantes. (¿Vivir en una “zona creativa” fomenta mi creatividad?, no por definición, sí por inducción) No soy urbanista, supongo que éste es uno de los principios de esta gran disciplina de la arquitectura. También pienso en la geometría fractal, rama de las matemáticas que explica patrones en la naturaleza (así como es en la célula, es en la ciudad). Es fundamental ver que lo que es bueno para uno es bueno para todos y lo que perjudica a unos perjudica a todos.

Como las ciudades no pueden ordenarse por decreto, dada su complejidad sistémica, una solución es “pactar con el sistema”, entender las fuerzas rectoras y crear incentivos para que se autoregulen. A este punto quería llegar para hablar de las Zonas de Desarrollo Económico y Social, ZODES, un concepto que está impulsando el Gobierno Capitalino a través de la paraestatal Calidad de Vida, que dirige Simón Levy (aclaro conflicto de interés, tengo el honor de ser miembro del Consejo Ciudadano de Calidad de Vida).

El tema ZODES es relevante para cualquier ciudad. Implica una nueva visión de política urbana que reintegra los componentes de una zona, la dota de movilidad inteligente, mejora el transporte público, redensifica su población, amplía la infraestructura y aprovecha la aportación de valores tangibles e intangibles del gobierno y la ciudadanía (importante: no depende del dinero público).

Al mejorar espacios, las ZODES promueven un “contagio” de efectos positivos, donde se piense en otros términos: de capitalismo inmobiliario voraz a urbanismo humano con rectoría del estado (y alta participación ciudadana y de la academia), de pesos a necesidades humanas, de metros cuadrados a momentos de vida.

Existen notables ejemplos de transformación y regeneración urbana, zonas que estaban perdidas y ahora son fuente de calidad de vida y desarrollo económico y social para sus habitantes, Gas Lamp, en San Diego, High Line, en Manhattan. Sanear el contexto produce beneficios. Las ZODES van más allá, reconocen el vocacionamiento o “tema dominante” de una zona, y lo explotan para convertirlo en un eje de desarrollo que no sólo consume recursos sino que los produce.

Las ZODES implican beneficios medibles de “Plusvalía social”: atraer inversión nacional y extranjera, desarrollar capital humano, generar empleos, promover el turismo, elevar el patrimonio público y privado, mejorar la infraestructura y la convivencia.

Las ZODES rompen paradigmas, con los pies en la tierra; son la forma intervenir la ciudad, de “hacer ciudad”, para un mejor futuro (tal vez el único). Sé que para muchos suena utópico, de la misma manera en que se piensa que la epigenética sea una fuente de transformación y que nuestra biología depende de lo que decidimos creer y crear. Alguna vez un hombre fue excomulgado por decir que la tierra no era el centro del universo. Pensemos en un cambio posible, evocando al capitán Picard en la serie Star Trek, “todo es imposible, hasta que deja de serlo”.


Nunca una ficción me provocó tanta realidad.

Publicado en El Norte, Mural, y Reforma, el 25 de Agosto de 2013