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domingo, 24 de noviembre de 2013

"¡Aquí tendrá que ser!"

En ocasiones me acerco al dolor, ése que no se deletrea, simplemente acude a los ojos, quiebra la voz o provoca silencios. Fue una investigación sobre el envío de remesas (por ende sobre migración). Familias separadas, hijos que escuchan la voz de papá cada semana, pero no lo pueden abrazar desde hace años, la quinceañera que nunca ha visto a su padre y por fin lo recibirá (llega su cadáver, murió hace unos días), dramas de desarraigo forzado con los que me acostaba todas las noches luego de escuchar historias de quienes reciben dólares.

El 18 de Diciembre la ONU celebra el día internacional del migrante. Yo mismo he sido migrante (legal, pero migrante). Mis andanzas “del otro lado” son una caricatura con las proezas que pasan los indocumentados. He cruzado “la línea” incontables veces, muchas para atestiguar que la mejor cocina de San Diego está en Tijuana, y que algo tiene la patria imperfecta que nos llama. ¿Por qué el aguacate cambia de sabor al cruzar la frontera?

Escuchando ese llamado dejé el autoexilio, decisión nunca exenta de ambivalencias. Por ello me caló hondo la obra de teatro “Made in México”, basada en el guión de la argentina Nelly Fernández “Made in Lanús” que luego se convertiría en “Made in Argentina” para el cine. El lugar es lo de menos, la historia es tan arquetípica que atañe a cualquier latitud del planeta donde alguien ha emigrado.

Expulsados por la situación del país, Osvaldo y Marisela se exiliaron en EEUU. El hermano de ésta, el Negro, y su esposa, Yoli, se quedaron en México. Las parejas se reencuentran 30 años después. Hay prosperidad en unos, estancamiento en otros. El Negro y Yoli han sufrido devaluaciones, gobiernos corruptos, mil promesas incumplidas de candidatos, una hipoteca eterna, inseguridad. Se quedaron en México para demostrar que lo mejor que hace un mexicano es aguantar.

El migrante es un ser vestido de identidad que lucha por conservarla, incluso cuando tiene que disimular para sobrevivir en otras aguas. “La emigración no sólo implica dejar atrás, cruzar océanos, vivir entre extranjeros, sino también destruir el significado propio del mundo y, en último término, abandonarse a la irrealidad del absurdo”, dice John Berger, autor también de Un séptimo hombre, con el fotógrafo suizo Jean Mhor, testimonial sobre migrantes europeos en los sesentas, una crítica a los sistemas económicos de los países incapaces de generar empleos bien remunerados para sus habitantes.

Escapar de las posibilidades que niega un país acaso sea una de las mayores injusticias sociales. Si bien muchos migrantes no piensan regresar a México, otros más añoran el terruño, la familia, la vida con límites negociables, los sabores, y cualquier símbolo patrio (cuando juega allá la selección nacional de fútbol, la patria acude a ellos). Cierta vez me estacioné (traía carro mexicano) afuera de una tienda de conveniencia en EEUU. Al bajar del auto escuche de un compatriota un piropo nacionalista: “Ay señor, qué bonitas placas”. ¿Puede un freeway sin baches sustituir la brecha que lleva al pueblo?

Berger tituló su obra en alusión al poema de Atila József, El Séptimo, que inicia: Si emprendes el camino en este mundo/mejor será que nazcas siete veces/Una, dentro de una casa ardiendo,/una, en una inundación de aguas heladas,/una, en un manicomio desenfrenado,/una, en un campo de trigo maduro/una, en un claustro vacío,/y una entre los cerdos de las pocilgas./Seis bebés lloran; no es bastante:/tú mismo debes ser el séptimo.

Caminante de mundos, el migrante nace siete veces, se desdibuja para convertirse en otro. No puede escapar de lo otro, aquello que no es él, aquello que lo define y sedimenta. Si vuelve, encuentra un sitio distinto al que dejó.

Ante la oportunidad real de irse de México, el Negro especula una vida de progreso en el primer mundo. Sus sueños se frustran cuando Yoli dice que también ella quiere una mejor vida para su hija, y con firmeza da otra definición de esperanza: ¡Aquí tendrá que ser!

Hay migrantes que nunca se van.


@eduardo_caccia

domingo, 17 de noviembre de 2013

Requiem para un innovador

En las páginas de este diario me enteré de la salida del mercado mexicano de la cadena de cines Cinemark, que como bien apunta la nota, desde Monterrey, su cuna mexicana, deja un legado de innovaciones en la industria. El caso amerita varias lecturas.

Hablar de innovación es como hablar de pan caliente, todo mundo quiere, todos compran boleto. Pero de conceptualizar a realizar hay un enorme trecho y esto es uno de los grandes logros que hay que agradecerle a Cinermak. Cambiar los estándares de una industria no es fácil cuando uno se enfrenta a poderosos enemigos. El primer rival de este grupo fueron los usos y costumbres del mercado mexicano. Ante una propuesta de mayor valor, era justo que también hubiera un precio más alto. El mercado valoró bien una función sin interrupciones, que las salas estuvieran limpias, que los asientos fueran más amplios, que las butacas fueran escalonadas. La competencia adoptó estas prácticas y ahora los jóvenes dan por sentado que los cines siempre han sido así.

Producto de ventajas tecnológicas, Cinemark necesitaba menos personal para operar una sala, un gran beneficio para la productividad. Surge entonces otro enemigo, el Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica (STIC) que se vio amenazado por las innovaciones de la empresa. El STIC exigía 2 operadores por sala y otras prestaciones (seguramente por arriba de la ley). Para vivir de los trabajadores, nada mejor que ofrecerles chamba. Como al sindicato le importaba muy poco la productividad, se erigió como un terco defensor de puestos y a través de plantones empezó a obstaculizar el desempeño de la empresa.

Lo del cine no es único. Recuerdo cuando varios editorialistas de REFORMA salieron a las calles a vender el periódico ante la oposición de un sindicato obtuso. Sin duda un gobernante con visión de Estado, que piensa en la siguiente generación y no en la siguiente elección, se hubiera opuesto a la visión retrógrada del STIC, pues sabe que hay que sembrar empresarios para cosechar empleos.

El caso Cinemark me deja otra lectura. Al no interrumpir la función, provocó un flujo sin obstáculos, un movimiento continuo y suave. Visualicemos que un negocio o una institución sin fines de lucro, provee un proceso a un cliente, público, como quieran llamarle. En la medida que el flujo transcurre sin interrupciones, habrá una mejor adopción del producto o servicio (esto es, querrán más lo que haces por ellos. Aquí reside la llamada “lealtad a la marca”).

El flujo en un restaurante se interrumpe cuando hay un mal servicio, cuando la comida no sabe como lo espera el comensal. Preguntarse ¿cuál es el flujo en este negocio, con ojos de cliente, y cómo puedo mejorarlo?, ¿cuáles son los enemigos del flujo? establece un punto de partida para encontrar transformaciones de impacto.

Cierta vez propuse una innovación a una cadena de cines en el norte del país: sacar la mercancía de la vitrina de la dulcería a unos anaqueles sin cristal dispuestos en forma paralela a la fila de pago. El resultado fue un incremento notable en las ventas (al disminuir la barrera entre el deseo y el objeto, y claro, al acelerar el flujo del proceso “compro-me siento-veo la película”). Aún considerando las llamadas mermas (robo), la empresa perdía dinero el día que no sacaba la mercancía. 

Hay otros casos donde el flujo se entorpece y los encargados no lo ven. Aeromexico hace un pre-abordaje: crea una nueva parada dentro del túnel de embarque. Para un viajero, un aeropuerto es un conjunto de aduanas, paradas obligadas que detienen el flujo, nada como sentirse ya en el asiento del avión, o mejor aún, el de casa. Al añadir una parada más al proceso, hacen más lento el flujo y, aunque demostraran que se acelera el abordaje, psicológicamente es una demora más. En la mente del consumidor reside su satisfacción, no en su reloj.

Todos nos regimos por un flujo, biológico, emocional, y ahora hasta el de la conexión a la red. Cuando afectamos el primero alteramos la salud, con el segundo terminamos relaciones, interrumpir el tercero es fatal. Sanar un duelo es dejar que se vaya (fluya) algo.


“El flujo”. Por más extraño que parezca, esta película la vi en Cinemark.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Cuando menos es más

Imagina que decidiste ir de vacaciones con tu pareja y otras parejas de amigos. Luego de registrarse en el hotel subes a tu habitación, la ves cómoda, amplia, te sientes satisfecho por el viaje que mereces, tu esposa abre la ventana y celebra la hermosa vista al mar, voltea para mirarte con ojos agradecidos mientras tú te acercas para abrazarla. Se cambian de ropa y bajan para encontrarse con el grupo.

En la recepción está ya una de las parejas, y él dice: “nos dieron ascenso de habitación, una suite con jacuzzi”. En una fracción de segundos tu hermoso cuarto se evapora, su amplitud se reduce a la estrechez de dos estrellas, la ventana al mar deja de quitarle el aliento a tu esposa, y ella te mira ahora con ojos de “¿nos vamos a conformar con el mugroso cuarto?”

Ilustro uno de los grandes fenómenos que nos aquejan hoy en día como sociedad, una afección que ha acompañado al hombre desde que vivía en las cuevas (y la mujer de uno descubrió que la cueva del vecino era más grande), pero que hoy arrecía dadas las condiciones de híper información y rampante evolución tecnológica que vivimos.

Mi admirado David Konsevik le ha puesto nombre: Revolución de las Expectativas, ese fenómeno que provoca que la persona, al estar más enterada de lo que hay en el mundo, modifique (revolucione) sus expectativas de lo que desea, cambie sus estándares de satisfacción y entre en un potencial estado de inconformidad y frustración.

El asunto es serio porque nunca como ahora sabemos más de todo, y nunca como ahora hemos estado más vulnerables para sucumbir en un contexto que comunica todas las posibilidades. La versión 7 de tu teléfono encierra la semilla de la inferioridad cuando salga la 8. Hoy la tecnología ha contagiado de obsolescencia a nuestra satisfacción.

Grandes procesos revolucionarios se originaron por sistemas que crearon marcadas diferencias sociales. La Ilustración fue la difusión de ideas que impulsaron (entre otras causas) una revuelta social que provocó la caída de la monarquía francesa.

El fenómeno social amerita una estrategia que permita encauzar esta revolución de nuevos deseos, pues como bien apunta Konsevik, la gran mayoría de personas es rica en información y millonaria en expectativas. ¿Cómo van los políticos, como conductores de un país, a solventar este reto? ¿Cómo harán lo propio padres y maestros?

Vivimos un superávit de deseos y un déficit de realidad. El tema abre grandes espacios a la reflexión. ¿Cómo administrar lo que sabemos para que no nos haga daño? ¿Cómo encontrar un equilibrio que permita conciliar lo que quiero pero no puedo tener? El reto no es menor dado que vivimos en una sociedad más exigente que la de nuestros abuelos. Las nuevas generaciones cada vez son menos pacientes, quieren todo y ahora. La gratificación instantánea pasó de ser una ventaja al consumidor, a ser una condición social.

En “The paradox of choice” Barry Schwartz nos plantea que entre más opciones tenemos para escoger de algo, somos más infelices al tener una vida más compleja y estresada. Y ahí es precisamente donde estamos. Antes, dice, nada más comprábamos jeans, ahora hay 5 cortes distintos y tienes el dilema de cuál escoger. 

Todo se ha sofisticado, desde los planes de seguro, los planes de estudio, hay más religiones, la decisiones alrededor de una boda. Lo básico parece estar hecho para otros.  Schwartz fundamenta que un mayor número de expectativas implica más esfuerzo mental, la posibilidad de equivocarte, y la consecuencia psicológica de todo ello. Esto también abre oportunidades. Muchas marcas tendrán éxito no sólo por ofrecer un mundo de posibilidades sino por ayudar al cliente a tomar la decisión sin estrés.

No asumo que todo tiempo pasado fue mejor, establezco que pasamos por una zona en la que no estamos bien preparados para salir adelante. Si bien el deseo de progreso y la aspiración a mejorar son parte de la vida, un posible paliativo implica una dosis de conciencia filosófica para aceptar con satisfacción la condición de uno.


Luego tu amigo soltó una risotada. Te diste cuenta que lo del ascenso de habitación y el jacuzzi, eran broma. Tus expectativas volvieron a su estado original y el alma que te regresó al cuerpo salió en forma de carcajadas.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Deshonestidad

Hace unos 4 años recogí en Disneylandia a mis hijos y amigos de ellos, todos adolescentes mexicanos, luego de que pasaron un día en aquel parque. Camino a casa todo era algarabía mientras recordaban divertidas anécdotas, incluyendo que alguien del grupo se hizo un vendaje sin mediar lesión de por medio, para pasar por discapacitado mientras los demás lo llevaban en silla de ruedas, de modo que no tuvieron que hacer las largas filas para entrar a los juegos. ¿Somos los mexicanos más proclives a hacer trampa que otras culturas?

En la universidad tuve un maestro japonés, Masaya.  En un examen nos habló del honor y luego salió del aula para demostrar que confiaba en que no copiaríamos. No tengo que describir el desenlace.

Como para compensar el marcador con los orientales, atestigüé el día en que una persona, por casualidad mi hermano, Fernando, encontró (en un parque de diversiones) una cartera con 800 dólares y se convirtió en detective hasta que localizó al dueño en un hotel de la zona, un joven japonés que rompió el record de reverencias mientras Fernando le entregaba su cartera con dos manos, a la usanza de aquellas tierras. Le hice ver al nipón que éramos mexicanos, un intento por levantar el PIB ético del país.

Si preguntas a tus hijos dónde cree que está México en una clasificación mundial de honestidad, entre los más honestos o entre los más deshonestos, las posibilidades de que responda lo último, son mayores. Y su respuesta importa mucho. Dan Ariely, tiene evidencia científica de que una vez que nuestra imagen es de tramposos, empezamos a comportarnos de forma más deshonesta (The honest truth about dishonesty, pp.131).

Ariely ha comprobado que comprar y usar productos pirata es una forma en que la persona va relajando sus estándares éticos, de modo que cada vez es más fácil hacer algo deshonesto. No pensemos en grandes delitos, hablamos de pasarse un alto, transitar en sentido contrario, dar mordida, copiar en el examen, robarse la luz con un “diablito”, clonar boletos para una fiesta, falsificar una credencial para entrar al antro, mentir en el curriculum vitae, descargar música de la web, meterse en la fila, y un largo etcétera que como epidemia provoca un contagio actitudinal.

Los experimentos sociales demuestran que no somos conscientes de lo que desencadena un simple acto deshonesto, y que tenemos una gran capacidad para racionalizar nuestros actos (e.g. “todos lo hacen”, “lo original es carísimo”).

La mentira, la deshonestidad (por ende la desconfianza, y de ahí el espionaje) han acompañado al hombre desde su origen. En la serie Dr. House dice el protagonista “Es una verdad en la condición humana que todos mienten. La única variable es sobre qué”.

La motivación tras un acto deshonesto es sacar ventaja. Combatir la deshonestidad implicaría entonces la conciencia sobre la consecuencia del acto deshonesto, la búsqueda de la ventaja lícita (que no afecte a los demás), la conformidad de la condición de uno, y poner en evidencia al deshonesto (además claro, del castigo de ley. Aquí es donde la impunidad nos hace un agujero).

El tema de la deshonestidad en México es complejo. Amerita la participación de expertos, también de los padres de familia (quienes nos quejamos de la situación del país, pero diariamente toleramos o participamos en pequeños actos deshonestos, que no vemos como tales; somos cómplices del estado ético de la nación), los maestros, los jóvenes, y por supuesto la clase política, para que vean que una miscelánea fiscal (dicen los que saben que dista mucho de ser “reforma”) como la que aprobaron, fomentará aquello que pretende combatir: la evasión de impuestos y la informalidad (ambas conductas deshonestas).

No habrá decreto o reforma burocrática para corregir una condición social adversa. Quizá el camino sea crear incentivos positivos (e.g. el nuevo heroísmo que propone Philip Zimbardo) y actuar congruentemente uno mismo, ser ejemplo para el círculo cercano, resistir la presión de grupo (sobre todo los niños y adolescentes).


Para Nietzsche, fingir es el medio con el que sobreviven los individuos débiles. Seguramente a los jóvenes les agrié el final de aquel día mágico en Disney. Un día en que mostraron su verdadera discapacidad.

domingo, 27 de octubre de 2013

Encuentro con Catón

Lo había leído, pero no escuchado. El hombre que todos los días aparece en más de 150 periódicos, el narrador jocoso, el historiador favorito de muchos, tomó el micrófono y con su voz inició la cadenciosa seducción del domador de audiencias, certero, agudo, implacable en la sintaxis, evocador de imágenes, sonsacador de la risa, un torrente de 75 años llamado Armando Fuentes Aguirre, “Catón”.

Quien probablemente sea el periodista más leído de México, me recordó, durante la Convención Nacional de Fabricantes de Muebles en Puerto Vallarta, el enorme poder de contar historias, esa práctica tan tribal como actual donde uno habla y los demás escuchan, absortos, entrados en un ritmo ajeno, embelesados, siguiendo, como los roedores de Hamelín, un sonido cautivador, nada más que en lugar de llegar a un desenlace en las aguas de un río mortal, nos condujo a un sitio de optimismo que luego de noventa minutos provocó una ovación de pie.

Se acerca al micrófono como dos viejos que se conocen desde hace muchos años. Cada palabra, cada frase, cada chiste, están colocados con precisión milimétrica, como los enormes bloques de piedra en las pirámides de Egipto, y uno se pregunta cómo alguien es capaz de semejante agudeza, sin leer, sin apuntador, sin una palabra en falso, sin más recursos que su memoria prodigiosa y la habilidad mental de un joven impetuoso.

Y pensé, cómo nos hace falta en México un político con gran capacidad expresiva, con retórica de arrastre pero certeza de juicio y la fina inteligencia que sabe usar el humor como espada. Lo que fue Churchill para el Reino Unido, no lo que fue López Portillo para México. Imaginé qué sería haber escuchado a J. F. Kennedy, Reagan, o Atatürk, personajes con sobrada capacidad para inspirar y comunicar.

Catón evoca escenas eróticas pero las viste de seda, deja lo vulgar para la imaginación del escucha, domina el doble sentido como un encantador de serpientes que no demuestra miedo. Catón es un escultor de la lengua. Su boca administra por igual silencios y onomatopeyas; los primeros nos acercan al filo de la silla, las segundas contagian risas, sueltan el cuerpo. Se convierte en un niño malcriado, una vendedora de gorditas, un cura piadoso, un político o un general desalmado.

Los buenos líderes usualmente tienen una gran capacidad retórica y de oratoria, son capaces de llevarnos a lugares distantes o convencernos de que vale la pena un sacrificio. El poder de contar historias no es exclusivo de personas. En esencia, una marca es también una historia que se cuenta en cada momento que toca a su audiencia, por ello los grandes gestores de marca son también grandes contadores de historias, inspiradoras de sueños y lejanías, aprovechan la cultura y los símbolos del lugar de origen, la arquitectura, el paisaje, los mitos, las aspiraciones de la gente.

Todo esto me recordó el hombre que es capaz de pronunciar “orificio excretorio” mientras dibuja una sonrisa en la gente, mientras acelera la pronunciación o la retarda como si hablara bajo el agua. Su habilidad no es casual. Me confesó que estudió teatro, de ahí su capacidad histriónica y por lo que alguna vez Ignacio López Tarso le dijo “usted no es un conferencista, usted es un actor, lo suyo es un monólogo”. Y yo diría, un gran monólogo.

A Catón no le sobran las palabras. Aún cuando diga lascas, lonchas o laminillas de tocino, parsimonioso, circunspecto o solemne, uno camina cada uno esos escalones con la certeza de que son parte de una escalera perfecta.

Hablando del futuro de México, nos alertó de que la mayor oscuridad es la que viene de nosotros mismos al perder el optimismo. De la democracia dijo, es la búsqueda de un país, no un día en que hay que salir a votar, nos invitó a ser contrapeso de la política a la que llamó “la voraz casta”, y se refirió a su etapa de abuelo como la “gozosa paternidad irresponsable”.

Al caer la noche lo vi aplaudir con júbilo a un mariachi y emocionarse como si escuchara su primer falsete. En el brillo de sus ojos de niño inquieto se dibujaba lo que llamó “la hermosa aventura de vivir”. Luego nos despedimos y se alejó con la prisa de un adolescente, un juglar moderno, un falso hombre mayor que va al encuentro de más palabras.