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domingo, 8 de junio de 2014

La casa de Elpis

Está desvencijada, ruinosa, se han caído los techos, y algunos muros, gruesos como los años que han pasado, sugieren un desplome inminente y sepultar espacios que vieron tiempos mejores. Es una finca, sí, pero podría ser un país, uno que no encuentra el rumbo claro para crecer, sacar de la pobreza y el atraso a millones de habitantes, un país tocado severamente en su estructura moral, dolido en los cimientos por la corrupción rampante, quizá como en ninguna otra época, azuzada por la alternancia en el poder, el sentido rapaz de aprovechar el puesto en el gobierno, licencia de pillo con fecha de caducidad.

Una casa-país, azotada por sus diferencias, la inseguridad, las extorsiones, los secuestros, la desconfianza, el desprecio por la ley, el colapso de la estructura ética y sus valores más esenciales, el respeto, la honradez, la justicia. Asomarse a México es, a veces, mirar una casa en ruinas donde campean las ratas y se reproducen gorgojos y sabandijas, narcomenudistas, mirreyes, ciudadanos corruptos, y tantos más que anhelan opulencia sin esfuerzo.

Sin embargo, este espacio dolido tiene esperanza de ser reconstruido. La vieja casona, en el centro histórico de Oaxaca, se llama Matria, Jardín Arterapéutico. Un espacio vital que habla de regeneración y de esperanza. Matria es la conversión de una casa abandonada, en un espacio que induce a la convivencia social, la creación artística y la conciencia ecológica.

Matria es la puesta en escena del otro espacio que necesitamos, un escenario moral que termina contagiando moralidad. Ante tanta agresividad y violencia que han invadido nuestro país, como las hormigas rojas que cíclicamente flagelaban la casa de los Buendía en Macondo, Matria es un sitio de reconciliación, un espacio femenino, que propone, como Úrsula Iguarán, juntar los pedazos que nos quedan, resurgir de nuestras ruinas.

En Matria se recupera el terreno cedido al olvido, la delincuencia, la corrosión social, la infancia marcada con la agresión. Una vieja cama de metal es una escultura que espera ser trepada por una hortaliza, en el patio central, un huerto casero nos reconcilia con la tierra; en una habitación abierta a las estrellas, un columpio dibuja un péndulo invisible. Este Jardín Arterapéutico busca fortalecer el tejido social, el sentido de comunidad, teniendo como cimiento al arte, más un programa educativo y de investigación.

México necesita muchas casas terapéuticas, como Matria. La idea de esta ocupación surge de la instalación “El sueño de Elpis”, de Mauricio Cervantes, singular obra que en voz del curador Pablo Rico, propone “hay que volver a creer y crear desde la nada, amasar el polvo y las cenizas excrementales...” Sin proponérselo, Rico nos habla de México, nuestra casa herida, pero nunca falta de esperanza.

Al transitar el solar, uno atestigua un diálogo sanador entre lo que queda y lo que está surgiendo, entre el objeto y su nuevo significado, siempre cargado de esperanza. En Matria se pasa del espacio físico al mental, se cosechan vegetales y plantas medicinales, también una nueva actitud de armonía. Más niños sembrando en un huerto casero equivalen a más niños conectados con la naturaleza creadora. La metáfora encierra otros frutos: siembra buenos niños, cosecha buenos adultos.

En la mayoría de las ciudades de México existen casonas abandonadas que podrían convertirse, sin inversiones cuantiosas, en jardines arterapéuticos, un esfuerzo adicional a los programas asistenciales y cruzadas contra el hambre. Después de todo, nuestro apetito también es de esperanza, de regeneración social.

¿Y si ocupamos a México? ¿Si llenamos el país de espacios sanadores? Como en la caja de Pandora, Elpis, deidad de la esperanza, está adentro y su sueño sea acaso salir y llenar todo. Quizá abriendo puertas y ventanas, llenando de vitalidad la casa, como pregonaba Úrsula, sea “la única forma de espantar la ruina”.


Matria es el simulacro de un vestigio, un futuro prometedor. La esperanza niega a la ruina; hay casas que no deben caer.

domingo, 1 de junio de 2014

Perfiles y predicciones

En predecir el comportamiento de la gente, gastan mucho dinero empresarios, directivos, políticos y demás afectos a asomarse al futuro, esa dimensión cautivadora a la que se pretende influir desde el presente. Tener información se vuelve un activo invaluable para tomar decisiones y lograr metas, desde vender más, hasta conseguir votos.

La inteligencia o investigación de mercados ha sido rebasada en su forma tradicional, para dar paso a nuevas técnicas enriquecidas con disciplinas disímbolas. Cada día es más común escuchar de “investigaciones antropológicas”, “sociología de la red social”, “behavioral economics”, o hablar de “perfiles psicosociales” en vez de los tradicionales y limitados perfiles demográficos.

Definir el comportamiento de un consumidor, de un votante, tiene mucho que ver con definir la personalidad de un criminal (en el sentido abierto del aquel que viola la ley, no sólo como sinónimo de asesino), por ello me resulta fascinante el estereotipo de investigación que retratan series de tv como Criminal Minds, donde una unidad de expertos cumple protocolariamente una parte básica del proceso de resolución de un caso: establecer un perfil del sospechoso.

En 1888, la zona de Whitechapel, en Londres, fue azotada por una serie de asesinatos en serie. El médico británico Thomas Bond fue capaz de establecer un patrón del modus operandi del asesino, así como una serie de descripciones tanto físicas como de personalidad y estilo de vida del sospechoso, a partir de la necropsia de las víctimas. Bond es uno de los precursores en el desarrollo de perfiles criminales, muy asociado a la búsqueda del temido destripador inglés.

La investigación pasó del tradicional análisis de pistas al estilo Scotland Yard a la efectividad predictiva de modelos de información. En esta tesitura están muchas escuelas de investigación, deben migrar varios de sus esquemas obsoletos a técnicas de construcción de perfiles actitudinales más eficientes.

Entre mejor sea el retrato psicosocial de un sospechoso, mayores posibilidades tendrá la policía para atraparlo. De la misma forma sucede con las elecciones o los negocios.

No es lo mismo pedirle a un grupo de diseñadores que proyecten una camioneta para amas de casa de clase media, entre 28 a 40 años de edad, casadas y con hijos, que hacer un perfil distinto: “mujeres entre 28 a 40 años, que pasan hasta 4 horas de su día en el tráfico pesado de la ciudad, se exasperan y a veces se sienten hartas de sus hijos, tienen gran necesidad de comunicarse con sus amigas en todo momento y hasta desean estar solas sin sentirse culpables”. Yo diseñaría una camioneta con asientos muy confortables, un vidrio que sube y baja para aislar a los pasajeros, amplificador de señal de telefonía móvil y 6 bocinas para escuchar las llamadas con claridad, un compartimento especial con batería extra para el celular, etc. Tener un perfil del otro equivale a ser empáticos, mapear sus carencias para intentar cubrirlas con soluciones reales, no discursivas.

La creciente necesidad de atender a personas que cada vez viven más años, ha creado toda una industria de diseño de interiores para tener casas funcionales adecuadas a las carencias propias de la tercera edad, muebles donde no hay cajones inferiores ni compartimentos superiores (la visión tradicional es vender banquillos, lo que aumenta el riesgo de accidentes). El principio de estos diseños es que no parezca que son para personas con limitaciones sino que tengan igualdad de uso con personas jóvenes, que su funcionamiento sea intuitivo y fácil, que requieran poco esfuerzo físico, que prevengan errores y accidentes, que tengan flexibilidad (para zurdos, diestros, altos, bajos, etc.).
Si el diseño de productos, viviendas, ciudades, espacios urbanos, políticas públicas, programas de seguridad y prevención de delitos, siguiera estos principios, tendríamos mejores soluciones a retos contemporáneos.


Vale la pregunta ¿tengo un buen perfil de mi cliente? Ayer le decían oráculo. Hoy, inteligencia.

domingo, 25 de mayo de 2014

Mucho tener, poco sentir

No hemos cambiado. “La sangre de los guerreros cual si fuera agua corría: como agua que se ha encharcado, y el hedor de la sangre se alzaba al aire...” La crónica Azteca sigue siendo el retrato hablado de este país donde la violencia es la regla, el modus operandi, el contrato social que nos remite a tiempos cavernarios.

El presidente de la República reacciona, hace suya la causa contra el bullying. Días antes, el cuerpo de un niño de 12 años era azotado por sus compañeros de clase, una y otra vez contra un muro; muere por las lesiones. Días antes, una jovencita de secundaria es encarada por sus compañeros quienes le reclaman supuesta difamación. Un video muestra que es humillada y golpeada por una compañera iracunda mientras los demás observan la reprimenda. Como en las guerras floridas, que con cuerpos humanos alimentaban el hambre de los dioses, los cuerpos humanos en México siguen alimentando otros tipos de apetitos, igual o más insaciables.

Del bar Heaven a la escuela Secundaria 7 en Tamaulipas, de la recámara de la casa a una sacristía, de la crónica del noticiero al canto quinto del Infierno “Empezaron a dejarse oír voces plañideras: y llegué a un sitio donde hirieron mis oídos grandes lamentos. (...) La tromba infernal, que no se detiene nunca, envuelve en su torbellino a los espíritus; les hace dar vueltas continuamente, y les agita y les molesta: cuando se encuentran ante la ruinosa valla que los encierra, allí son los gritos, los llantos y los lamentos y las blasfemias contra la virtud divina.” , vivimos en una sociedad enferma de violencia. Aquí Dante sería costumbrista.

Ante el paso de un autobús, un embustero se lanza desde la baqueta para ser atropellado. El cínico histrión reclama y extorsiona al chofer para no demandarlo. Vuelve su cuerpo instrumento de agresión, también exhibe al país. Los video juegos hacen apología del desmembramiento humano, los pixeles se tiñen con glóbulos rojos del adversario.
En Arqueología de la violencia, Pierre Clastres sostiene que el comportamiento agresivo es propio de la especie humana, con un objetivo: mecanismo de adquisición. Los hombres cavernarios usaban la violencia para comer (la caza), también para negociar y establecer condiciones. Hemos evolucionado muy poco, el apetito humano por apropiar sigue siendo el motivador de la violencia.

El deseo de adquirir poder, estatus, control, placer, alimenta las agresiones escolares en las escuelas, pero también incendia los ánimos en las tribunas legislativas o en las elecciones internas de los partidos políticos. El deseo de adquirir bienes a toda costa, lleva al robo, asaltos, extorsiones, secuestros, tráfico de personas y drogas, corrupción, fraudes. El apetito incontrolable por apropiar se ha vuelto contra nosotros y nos persigue sin cuartel, la violencia como sobrevivencia.

Más allá de las formas mediáticas, espero que el tema de las raíces de la violencia en general (no sólo el bullying) entre en el radar presidencial y de su gabinete. Esperemos que se implementen iniciativas efectivas (propuse algunas en este espacio, ver El efecto Lucifer, 26 de Febrero de 2012). En suma, requerimos reinstaurar valores sociales, un nuevo heroísmo que premie el desapego, el rechazo por apropiar con violencia (el policía que regresa la cartera, el maestro que detiene una agresión, el estudiante que se opone al grupo golpeador, y más).

Vivimos, a decir de Clastres, la economía primitiva, la economía de la predación. Los disturbios sociales por el tema del agua en San Bartolo Ameyalco, vigorizan lo que Lévi-Strauss estableció “Existe una vinculación, una continuidad, entre las relaciones hostiles y el abastecimiento de prestaciones recíprocas: los intercambios son guerras resueltas en forma pacífica; las guerras son el resultado de transacciones desafortunadas.”


Saramago describía a los lisboneses como gente de poco tener y mucho sentir; una descripción de pacifismo o fórmula para equilibrar pasiones destructivas. Hagamos algo similar, o no quedará nada por apropiar.

domingo, 18 de mayo de 2014

Volver al mercado

Los mercados públicos pueden ser vistos desde muchos ángulos. Espacio para el comercio popular, punto de encuentro, pago de favores y concesiones, centro de atracción turística, fuente de trabajo, testigo de tradiciones, custodio de sabores ancestrales, sinónimo de frescura y buen precio. Los mercados públicos contienen la magia de una cultura, encierran los miedos y supersticiones, las creencias tradicionales, paganas y liberales; en su diversidad desdoblan la más profunda psique social y, elevados a su máximo potencial, se convierten en moradas culturales que generan bienestar y riqueza a sus participantes y a la comunidad.

La abundancia de recursos culturales en México nos ha llevado a dilapidar el patrimonio. Salvo contadas excepciones, nuestros mercados públicos no explotan su condición de activo cultural. Relegados a la burocracia del Departamento de Mercados, se convierten en números de expediente, hojas empolvadas con destino al archivo muerto. Para colmo, hemos inducido a las nuevas generaciones para hacer del mall gringo, el centro de nuestra vida social, mientras el mercado público es cosa de las abuelas o de los vecinos del centro de la ciudad, esa zona que creemos conocer en libros de historia.

Hay notables manifestaciones del potencial de un mercado cuando es convertido en morada cultural. El de San Miguel, enclavado en el Madrid castizo, se ha convertido en punto de encuentro para locales y visitantes. Bajo una centenaria estructura de hierro, ofrece una excepcional oferta gastronómica, pero también la esencia del mercado: la compra cotidiana de víveres. Conviven bajo el mismo techo los vinos, vermuts, aceitunas, aliños y banderillas, embutidos y conservas, evocaciones cuyos nombres provocan la rendición del paladar: “Bocatines de carne de corzo con cebolla caramelizada”.

Recientemente se quemó el tradicional Mercado Corona, en el centro histórico de Guadalajara. Convertido en una “zona cero”, el espacio albergará un nuevo mercado. El gobierno local, los empresarios, los comerciantes, tienen una oportunidad de oro para construir una morada cultural que no sólo exalte las manifestaciones gastronómicas tapatías sino que se vuelva en un polo de atracción turística, orgullo de la ciudad, punto revitalizador de la vida nocturna del centro histórico. Debe partirse de un concepto, no de un plano arquitectónico.

En el corazón de la Ciudad de México está el mercado de San Juan Pugibet, el secreto mejor guardado de la capital. Tiene tradición, historia (ahí estuvo la fábrica de puros El Buen Tono) y una variedad tal, que es sitio obligado de muchos chefs y sibaritas, exploradores de lo exótico. Pocos capitalinos lo conocen.

Dijo Neruda “México está en sus mercados”, pero parece que no sabemos explotar esta fantástica riqueza, como sí lo hace Florencia con su Mercato Centrale Firenze, o Barcelona con La Boquería. Elevar el nivel cultural (y por lo tanto, económico) de algunos mercados mexicanos, implica una nueva apuesta de no sólo ver comercio, sino emprendimiento cultural. No se trata de desplazar lo popular por lo elitista, se trata de innovar con tradición bajo una convivencia de lo cotidiano y lo extraordinario de lo cotidiano.

Se trata de hacer espacios donde la gente desea estar, espacios de seducción sensorial donde la degustación empieza por la generosidad de obsequiar bocados, donde la comida informal de la región adquiere notas superiores cuando se cuentan los orígenes, las historias y tradiciones, cuando se alimenta no sólo al estómago, también se estimula la mente. Espacios donde “espontáneamente” brota un violín, luego un cello y una soprano (también tríos y mariachis) sitos donde surge la foto, el recuerdo, y la fuerza imbatible de la recomendación de boca en boca.


En nuestros mercados está la posibilidad de encontrarnos con el pasado y ver el futuro, preservar nuestro mejor rostro, ofrecernos al mundo, el mercado debe humanizarnos, volvernos a la simpleza de lo cotidiano, a la búsqueda de lo extraordinario olvidado.

domingo, 11 de mayo de 2014

Pantaleón, digital o papel

Mi relación con los libros no tiene memoria definida. En algún momento de mi infancia alcé la vista y fijé los ojos a través de las puertas de madera con cristal en el librero donde mi papá guardaba nombres que yo leía con esporádica frecuencia, como el maestro que toma lista a su grupo, como el militar que pasa revista a un batallón de plomo. Ahí estaban en el mismo orden de siempre, Vargas Llosa, Borges, García Márquez, Twain, Asimov, Hesse, Jardiel Poncela, Huxley, Salgari, Bradbury, Boccaccio y más.

Leía aquellos nombres, pero no sus libros, me familiarizaba con el color de las ediciones, su tipografía e ilustraciones. ElDecamerón era grueso y de pasta dura, en oposición a la pequeñez de las ediciones de bolsillo de Ray Bradbury y sus narraciones fuera de nuestra órbita. Quizá por eso empecé a leer por ahí, por considerar ingenuamente que los libros pequeños son más fáciles de leer.

Cuando viajo, cargo con uno o dos libros, sin ellos me siento incompleto, temo el momento de ocio en que no pueda leer algo, como las esperas en un aeropuerto o los interminables minutos en una sala donde un médico demora siempre más de la cuenta. Fue hace unas semanas, previo al abordaje de un avión, donde Alex, docto en ciberciencias, amigo y colega, al verme sacar un libro me cuestionó por qué no usaba un lector digital en vez del papel. Luego disparó a mansalva una serie de argumentos con los que me dejó desguarecido (especialmente cuando dijo que el aparato era ideal para leer en la noche, sin prender la luz; me imaginé leyendo sin molestar a mi esposacon el brillo de una lámpara).

Mi transición al mundo de los libros digitales no pudo ser mejor. Estaba leyendo en papel El Extranjero, y terminé de leerlo en mi nuevo juguete. Subrayé digitalmente una frase deMeursault, quien desde su celda reflexiona: “En el fondo no existe idea a la que uno no concluya por acostumbrarse”.

Ahora viajo con decenas de libros y una enorme tienda-biblioteca a merced de unos cuantos botones. Estoy contento, pero me perturba la idea de abandonar el papel. Desde que pude empecé a comprar libros. Muchos más los heredé de mis abuelos. Para colmo, cada vez que visito a mis padres, salgo con una bolsa de libros que mi papá va desalojando de suestantería, una especie de transferencia de archivos analógicos, de su librero al mío. Así, custodio ahora su colección de Asimov. Como es natural, mi librero cada vez demanda más espacio.

¿Son los libros como objeto los que nos atrapan o las historias atrapadas en ellos? A la par que mis pasos infantiles se aproximaban al altar de libros de la casa, mi mamá me servía hígado encebollado en la cocina. Aquel tormento (detesto ese plato), ahora lo sé, dio origen a mis primeras clases de realismo mágico; para poder tragar el nauseabundo bocado, mi mamáme contaba un cuento. Su imaginación era tal que si se hubiera propuesto escribir, hubiera sido la Rowling mexicana. A través de ella conocí desde agujas mágicas hasta mantos de invisibilidad. La historia de los “alacranes encebollados” era mi favorita, aunque nunca le quitó el sabor hepático al plato que las mamás de la época asociaban con crecimientos milagrosos.

Antier visité la casa paterna. Le mostré mi nuevo lector digital a mi papá. Luego de manipularlo lo dejó en la mesa y fue a su librero. Al momento de la despedida sacó varios libros para mí y se jactó con orgullo de que me llevaría una primera edición de Pantaleón y las visitadoras. Le dije que yo podía bajarlo para leerlo digitalmente, después de todo, es un libro especial para él. Su respuesta fue contundente mientras agitaba el libro “aquí vas a leerlo en una primera edición”.

Los lances de Pantaleón Pantoja ya están en mi librero, y yo me siento feliz de que luzca atiborrado. Desde un burócercano, el lector digital nos mira con recelo mientras yo experimento una certeza: son las historias las que nos transforman, nos llevan por sitios insospechados y nos dan herramientas para la vida; aunque haya hígado encebollado.