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domingo, 6 de octubre de 2013

Energía para mover a México

¿Quién detenta en México el uso de la fuerza? La pregunta es fundamentalequivale a cuestionar nuestra identidad: ¿tenemos realmente un Estado? Si viviera Max Weber, la respuesta sería un rotundo “no”. Para el filósofo alemán, un Estado es aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima, y precisa que para existir requiere que se conserve este monopolio.

Las agresiones vandálicas a la fuerza pública el pasado 2 de Octubre en la capital del país, son una pésima señal para una nación que se pretende en movimiento. Las únicas señales de “movimiento” son las menciones mediáticas de la campaña del gobierno federal sobre la reforma energética. La realidad es muy distinta al dicho publicitario oficial de “mover a México”, los bloqueos tolerados en la capital están lanzando la señal de “nación detenida, bloqueada”.

Indignan las imágenes de cobardes enmascarados golpeando policías, en el fondo golpearon nuestro estado de derecho. Parece increíble que quienes detentan, por mandato constitucional, el monopolio legítimo de la violencia, contengan a la fuerza pública de una forma tal, que fracturan, como sabotaje, el estado mexicano.

Hace un par de días pregunté a un policía de la ciudad de Chicago cuál sería la consecuencia de golpear a un oficial. Me miró con incredulidad y dijo “Señor, ¿qué clase de pregunta es esa?”, le expliqué que en México unos enmascarados habían golpeado policías, los habían quemado, los habían agredido con palos con clavos, y le comenté finalmente que había una ley en la ciudad capital (promovida por asambleístas del PRD) que impedía que los agresores fueran a la cárcel, más aún, que tuvieran castigo.

El oficial me dijo que en Estados Unidos golpear a un policía ameritaba de 5 a 8 años de cárcel, según los atenuantes del caso (tipo de agresión, antecedentes penales, y otros). Y luego me reviró con una pregunta que no pude responder, la paso al costo a nuestras autoridades: “¿dónde está la raya en México?”

Pues la realidad es que la raya no existe, y cuando existe es movible. Nuestro sistema político se ha alimentado de mover la raya, de alimentar las conductas delictivas al no fijar límites y consecuencias, y lanzar señales de degradación y debilidad. Pongo ejemplos.

Hace tiempo, recomendé a uno de los municipios más grandes de México, comprar patrullas “interceptor”, ya saben, autos grandes, fuertes, poderosos, en lugar de los autos compactos o medianos. En el fondo, la ley, personificada en un policía, no puede dar señales de debilidad con carritos, ni permitir que se le ofenda, menos dejarse agredir.

En Estados Unidos, donde se vive un monopolio de la violencia por parte del Estado, una raya amarilla pintada en el camino es como un muro, los automovilistas saben que si la cruzan están cometiendo un acto ilegal que les acarreará una fuerte sanción. En México no basta pintar la raya, tenemos que poner boyas o barreras de contención, estamos programados para cruzar la raya y encima no tener consecuencias.

Gary Becker, de la Universidad de Chicago, Premio Nobel de Economía 1992, estudioso del comportamiento humano asociado a las ciencias económicas (Behavioral Economics) sostiene que la gente comete ilícitos en base a un análisis racional de tres elementos: el beneficio potencial, la probabilidad de ser atrapado, y el castigo esperado. (Ahora entendemos a muchos políticos).

La “energía para mover a México” no vendrá de una reforma energética. Esa fuerza vendrá el día que un presidente emprenda un plan de choque a nuestro sistema político y cultural, una reforma de transparencia gubernamental y una reforma al sistema de justicia para que empecemos a tener grandes pequeños cambios que contagien una nueva forma de vivir en México. Un sistema de límites y consecuencias que ataque a la impunidad (nutrido, como lo he expuesto antes, desde lo básico: el comportamiento vial).

Permitir que se lastime a la fuerza pública tiene un valor simbólico muy distinto al de tolerancia, una señal que nos explota en la cara: en México quien quiera puede estar por encima de la ley, esa raya frágil, movible, y a veces borrada por aquellos encargados de pintarla.

domingo, 29 de septiembre de 2013

El teatro del centauro

Muy probablemente lo mejor que ha dado el marketing en México es Roberto de la Parra, ¿por qué? porque es chef, y también es un centauro, combina la naturaleza animal colmada de instinto, y el juicio sabio de un hombre que se mueve por una cocina con la astucia de un gato bodeguero.

Su historia es como la de otros tantos que han debido pisar una ruta sólo para darse cuenta que hay otra más satisfactoria, a la cual no podrían haber llegado sin la primera. Roberto estudió mercadotecnia y realizó una exitosa carrera en una empresa multinacional en México. Elevarse hasta posiciones directivas le sirvió de atalaya para ver que su pasión no estaba en las salas de juntas donde ventas recrimina a distribución, producción al almacén, todos a operaciones, y los de sistemas llegan para dar con celo la clave del wifi. Como parte de sus retos corporativos, algún día pisó el terreno de la innovación en sabores y de ahí a las cocinas; abrió la puerta a otra dimensión.  

Roberto ha descubierto la receta para que un director logre por fin armonizar a ventas con producción: los pone a picar cebolla mientras deben cuidar que los jitomates no se quemen. Su espacio de trabajo es como un hangar que llama Taller nación gastronómica, donde a través de la experiencia de cocinar y comer, recibe a grupos empresariales que celebran una junta de trabajo aderezada con hierbas aromáticas, sonidos de cucharas y sartenes, y la seducción visual de algún trozo de carne que promete unirse al fuego.

El resultado es una dinámica fuera de serie, donde las personas, desprovistas de su título en el organigrama, trabajan en equipo atendiendo las mejores prácticas de la industria restaurantera. Para que la comida sea un éxito, todos debieron alinear su visión, algunos rallando limones, otros marinando un atún o cocinando la sopa. Su taller es un gran teatro donde el público se vuelve actor y el actor se vuelve público.

Con toda intención, Roberto usa un espacio abierto sin paredes entre cocina y comedor para que la gente vea el esfuerzo de los demás. Si en el mundo corporativo marketing no ve lo que sufre ventas, o viceversa, aquí sí lo notan. Los visitantes experimentan una sesión altamente provocadora para los sentidos, también para la mente, tocarán temas de liderazgo, de planeación, trabajo en equipo, toma de decisiones y las formas de abordar crisis, lo urgente y lo importante.

Sin duda la formación de Roberto en el mundo del marketing, y su talento natural en la cocina, han creado un maridaje estupendo. Las empresas y sus directivos son fieles creyentes del “pensamiento fuera de la caja” y valoran empleados que tienen creatividad para innovar y solucionar problemas, sin embargo difícilmente provocan contextos y experiencias que promuevan estas capacidades; uno no puede ser creativo en la sala de juntas donde los números van mal, o en el escritorio de todos los días frente a la pared de todos los días.

En la intersección multidisciplinaria se esconden las nueva ideas, pero sin el contexto adecuado difícilmente saldrán. De ahí que un taller de cocina sea la antesala de una buena estrategia.

Por si el pensamiento divergente de Roberto no bastara, combina su pasión en los sartenes con otros metales: toca batería mientras cocina y cocina mientras toca batería. Es capaz de hablar de un ritmo para picar, y de música digestiva. Para romper esquemas, nada como pensar que hay un beat perfecto para masticar lechugas.

Roberto reúne características de aquellos que tumban barreras y promueven la creación: ha estado expuesto a diferentes culturas, aprende de varios temas y los mezcla, reta sus creencias, desarrolla múltiples perspectivas, y no tiene miedo a preguntar ¿qué tal si...?   


Algo flota en el agua, pero sabe estupenda. “Tiene notas de estragón y coco”, dice Roberto. Más tarde confiesa que cree en la integración armónica para provocar experiencias memorables, por ello le habla a la materia prima, le pidió permiso a la langosta para quitarle el caparazón. Luego se sienta en la batería y llena el aire con percusiones.  Mientras los demás ven un chef, yo veo a un ser híbrido y genial. El licenciado en mercadotecnia migró en caballo y el caballo en hombre.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Después de la destrucción

Cecilia Giménez deformó el rostro de Cristo y validó lo que han sabido los físicos: en toda destrucción, algo se crea. La pintora octogenaria, habitante de la municipalidad de Borja, España, intentó restaurar la pintura mural Ecce Homo, de Elías García Martínez, obra más apreciada por su relativa antigüedad (principios del siglo pasado) que por su valor artístico.

En su intervención, Cecilia transformó los delicados trazos de un rostro coronado por espinas, en una cara amorfa, de barba difusa, labios engrosados y nariz rectísima, como un número 11 en medio de los ojos. Ya sin espinas, aquel humanoide de trazos infantiles, ahora más parecido a un primate, provocó el escándalo de los visitantes del Santuario de la Misericordia. Pronto salieron las comparaciones del “antes y después”, y la restauración fallida corrió como pólvora ardiente en las redes sociales donde se hacía escarnio del “Ecce Mono”. La pintora entró en profunda depresión.

Giménez argumentó que aún no terminaba, que estaba de viaje y que la dejaran acabar. Sus trazos eran tan dispares al original que mientras las autoridades deliberaban, sucedió una restauración dentro de la restauración, la gente se volcó para pedir que así dejaran la pintura. Una multitud empezó a acudir a Borja para ver lo que al principio fue la pifia de una anciana, y poco a poco se convirtió en un hito. Como la doliente procesión de hormigas en El Prodigioso Miligramo, de Arreola (ayer cumpliste 95 años, maestro), se hicieron largas filas para entrar, los visitantes agotaron su imaginación fotografiándose junto a la pintura mientras imitaban el gesto informe del retrato.

Surgió otro altar en el templo. Borja aumentó su turismo y Cecilia es ahora una celebridad. La “peor restauración de la historia” se volvió un fenómeno mediático, la imagen se comercializa en decenas de artículos, un vino local creo una etiqueta conmemorativa, varios países demandan tener exposiciones con la obra de una mujer que en la recta final de su vida se siente contenta. La desgracia se decoloró en fortuna.

En toda destrucción algo se crea, es imposible destruir. Hace años, al calor de la carpa Ofelia, un joven olvidó lo que tenía que decir en el escenario. A su nerviosismo, olfateado por un público amenazante como hienas, siguió la destrucción del lenguaje, la fealdad del decir; en medio de la mofa y el rechazo germinó la verborrea del genio, el caos de la sintaxis tomó nueva forma y nombre: Cantinflas.

En Historia de la fealdad, Humberto Eco aborda la supuesta oposición a la belleza, un viaje apasionante que nos lleva a preguntarnos ¿qué es realmente lo feo? ¿existe?. El semiólogo cita con precisión a Nietzsche cuando dice que el hombre “considera bello todo aquello que le devuelve su imagen... Lo feo se entiende como señal y síntoma de degeneración...” y “el hombre odia la decadencia de su tipo”. Aún así, afirma Eco, existe una “autonomía de lo feo” que transforma una obra en algo más que lo contrario a lo bello. En otras palabras, lo feo sigue siendo feo, pero puede vivir en una obra artísticamente bella.

La moda, por ejemplo, es un convencionalismo social donde decidimos aceptar una tendencia mayoritaria (o que nos “mayoritean”) sobre qué es “in” y que es “out”, la moda es el gran bullying de opinión. Dentro de esta subjetividad, tan propia al ser humano, se valora de pronto una nueva corriente artística que muchas veces niega a la antecesora.

Imito los trazos de Cecilia Giménez. Mi artículo ahora se desdibuja. Que dentro de la destrucción traída por los fenómenos meteorológicos de esta semana, miles de mexicanos en desgracia encuentren el cauce que va del consuelo a la creación. Que salga a luz la corrupción que permitió desde obras mal hechas, cobradas como buenas, hasta asentamientos humanos en lugares inconvenientes y usos de suelo torcidos, que se castigue a los culpables, ellos son la verdadera destrucción, nuestra decadencia. Que los actuales gobernantes no busquen ciegamente el enriquecimiento corrupto a costa de una futura tragedia.


Esta reflexión es para ustedes sobrevivientes, y por la memoria de quienes no verán lo que la lluvia germine.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Tener preguntas

¿Cuándo se es lo suficientemente viejo para cambiar? La pregunta surgió intempestivamente durante una de mis incursiones antropológicas al mundo de los negocios, territorio usualmente presionado por una exigente demanda de innovaciones y cambios, por un monstruo-mercado insaciable de novedades que parece aburrirse de lo mismo.

El caso a resolver (me gusta abordar los proyectos como el detective que habla del último homicidio) era relativamente claro, aunque no sencillo. Durante 75 años y por tres generaciones, la familia Frank ha operado con éxito lo que probablemente sea el mejor lugar para comer prime rib en el mundo, el restaurante Lawry’s, que desde sus orígenes representa la clase y distinción del viejo mundo británico.

¿Para qué me quieren si tienen lleno todas las noches?, “tenemos preguntas”, me respondió Richard, actual director y nieto del fundador. Luego me explicó, con notable honestidad, sus dudas. Me dijo que una revista culinaria calificaba a Lawry’s como “el lugar donde el tiempo se detuvo”, que recibían comentarios de muchos clientes diciéndoles que los uniformes de las meseras no habían cambiado (además, las chicas que vi tenían en promedio más de 55 años), que no estaba atrayendo jóvenes y que su clientela eventualmente envejecería y moriría, y que se preguntaba si no era momento de cambiar, de modernizarse e innovar, textualmente dijo “¿cómo le hago para atraer jóvenes?” y “quiero saber cuál es la receta de la marca, la del prime rib ya la conozco”.

Siempre he dicho que donde la gente no tiene preguntas, yo no tengo razón de intervenir. Decía Borges, “la duda es uno de los nombres de la inteligencia”. Cuando me dicen “¿cómo me puedes ayudar?”, respondo: ¿cuáles son tus preguntas?

Junto con mi equipo, abordamos el caso como haría un médico responsable. No adelantamos conclusiones ni hicimos suposiciones hasta no investigar. Nos sacrificamos cenando varias veces en la matriz en Beverly Hills, también en Chicago, Dallas y Las Vegas, observamos primero cómo la gente usaba, apropiaba el lugar, y cuáles eran los rituales que enamoraban a la gente. Después hablamos con varios de sus clientes, exploramos sus recuerdos, les pedimos que nos contaran anécdotas dentro del restaurante.

Al tiempo, como en una exploración arqueológica, surgieron los hallazgos. Había figuras simbólicas de casa y familia: la chimenea, los 4 escalones del salón principal, el trato cariñoso y dedicado de ellas, las meseras, la fuerza del “Carver”, el proveedor, el hombre  que lleva la carne hasta la mesa en un icónico carrito de acero inoxidable en forma de ovoide art-decó. Encontramos a “mamá” y a “papá” atendiendo al “hijo”, en “casa”, asociación que por supuesto opera a nivel subconsciente.

Pudimos responder las preguntas de Richard. Sobre la presión por cambiar y modernizarse, le recomendamos permanecer igual. Hoy en día todo cambia, todo necesita actualizarse, la tecnología se vuelve obsoleta en meses, el ser humano requiere de anclas que le sirven de referencia en la vida. La casa paterna es usualmente esta ancla, Lawry’s, al permanecer igual, es otra (y la gente lo agradece aunque de boca para afuera diga “no han cambiado” como si fuera algo negativo). Le recomendamos olvidarse de los jóvenes también (su pregunta de cómo atraerlos, resultó una pregunta equivocada): por ley natural, el lugar favorito de papá es el anti-lugar del adolescente, le explicamos a Richard que eventualmente ese joven se casará, tendrá hijos y volverá a Lawry’s siguiendo un patrón de tradición.

Y aquí, en la tradición, tuvimos el mejor hallazgo. El ser humano acumula tradición, no puede dejar de hacerlo. Explicamos a Richard que Lawry’s no era un lugar viejo, tradicional, sino uno que ayudaba a forjar la tradición de amigos y familia. Le sugerimos abortar su programa de “clientes VIP” y en lugar llamarles “Tercera Generación”, “Segunda Generación”, y así. Un dibujo de papel para los niños, con un árbol genealógico en blanco, completaría la estrategia, “mamá, ¿quién fue el primero de nuestra familia en venir a Lawry’s?”


Obsoleto no es lo que acumula años, sino lo que carece de valor. Para un mundo que demanda respuestas, nada mejor que empezar por las preguntas.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Sistemas resilientes

Conozco de carencias educativas. Estudié primaria y secundaria en escuelas públicas, hijo de maestra normalista en años donde la educación privada era vista con recelo. Sé lo que es llegar a un salón de clase y luchar por un mesa-banco que no esté roto, traer un tornillo de la casa para arreglarlo, ir un sábado a pintar butacas y hasta barrer el salón. No todo lo hice sin renegar.

En secundaria escogí el taller de soldadura, me tocó el de imprenta, presagio entonces invisible por mi afición al teclado. Todo hubiera sido normal de no ser que el taller estaba junto a los baños y el olor de los orines era más fuerte que el de la tinta.  Así, en aquel hedor, tuve mi año úrico. Cuando conocí una escuela privada no podía creer que los baños no apestaran.

Cursaba el segundo semestre en la universidad y llevé orgulloso mis calificaciones a mi papá. Su respuesta fue “muy bien, a propósito, a partir del próximo semestre tú te pagas la universidad”. De haber sabido que existían marchas, le hubiera hecho un plantón por quitarme mis privilegios. Tiempo después cambió de carro y me ofreció quedarme con el anterior. Cuando tomé las llaves me dijo “vale tanto, ¿cómo me lo vas a pagar?” Entonces sí sentí el complot del estado paterno en mi contra. No paró ahí. Cuando cobré mi primer sueldo me pidió que una parte se la diera a mi mamá, cada mes. ¡Encima, doble tributación!

Lejos estaba yo de ver que mi padre me preparaba para vencer la adversidad. En otras palabras, estaba fortaleciendo mi resiliencia, la capacidad que tienen los seres vivos de salir adelante y sobreponerse a situaciones contrarias.

Los individuos resilientes crean comunidades resilientes y éstas sociedades más fuertes. La resiliencia es innata al ser humano, pero se atrofia cuando éste es sometido a ciertas condiciones. Pensemos en el animal salvaje que es domesticado. Se le da de comer, se le protege, entra en un estado de confort tal, que si alguna vez es reubicado en su estado salvaje, morirá, no podrá competir por su vida, perdió su capacidad resiliente (anomia asiliente), tiene una incompetencia aprendida.

Sin menoscabo de que los maestros del CNTE tienen puntos válidos por los cuáles luchar (no dejar fuera ética, filosofía, y otras disciplinas humanistas), en otros tantos, erran. Pregonan no perder sus privilegios, no quieren la competencia porque le temen, no la ven como un recurso de bienestar y superación (y tal vez nadie se los ha hecho ver). Pregonan un principio anti-resiliente: “El enfoque por competencias fomenta la formación de sujetos acríticos, ajenos a su realidad histórica, desvinculados de la necesidades sociales, individualistas, egoístas, pragmáticos e insensibles a la historia, la cultura y la política.”

El estado natural de la vida es de competencia, los organismos más competentes salen adelante, por ello es fundamental pasar a un esquema que promueva la resiliencia, maestros que entiendan el concepto y que además de ser expertos en una disciplina sean maestros en resiliencia. Por algo recordamos al maestro exigente, aquel que nos hizo sudar pero que nos enseñó. Si el CNTE acepta la lucha de clases como principio ideológico, debería aceptar que no hay lucha sin competencia.

Los 8 pilares de la resiliencia (cortesía del Dr. Dagoberto López) son: autonomía, afrontamiento, autoestima, conciencia, responsabilidad, esperanza-optimismo, sociabilidad inteligente y tolerancia a la frustración. Estas competencias deberían ser parte de la reforma educativa y los programas sociales del país (y parte de lo que todo equipo, empresarial o no, debería fomentar para triunfar).

Hay sociedades donde los abuelos tuvieron alta resiliencia (como sucede con exiliados de guerra o migrantes), fundaron empresas exitosas, los hijos vivieron acomodados y los nietos son juniors. Sociedades donde se vendieron las fábricas y ahora el negocio es la especulación inmobiliaria. La resiliencia se pierde y los culpables son los padres de familia y los maestros. La mamá que cambia al hijo de salón porque a éste no le gustaron sus compañeros, le hace un grave daño.

Heredar privilegios y subsidios suena bien, pero sin resiliencia, atrofia, mata. La incompetencia también se aprende.