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domingo, 26 de enero de 2014

Lecciones de un miocardio

“Un pequeño hecho: te vas a morir. A pesar de todos los esfuerzos, nadie vive para siempre. Siento ser aguafiestas. Mi consejo es que cuando el momento llegue, no entres en pánico. Parece que no ayuda.”, dice con sarcasmo la muerte, convertida en el narrador de la novela y película “La ladrona de libros”, que da a la historia una profundidad reflexiva más allá de ser otra tierna anécdota sobre la compasión humana en tiempos de guerra.

Ajeno al narrador funesto, un muy querido amigo, compadre, lo llamaré Alfredo, se sentó a la mesa en un restaurante para, segundos después, iniciar ese misterioso viaje donde súbitamente todo se abandona, sin más aviso que un “me voy a desmayar”, antes de caer sobre el hombro de su esposa. Su corazón paró, su respiración también. Para él un túnel oscuro, para los demás la angustia, el caos, la vida extinguida en un soplo. Como en aquel cuento de Borges, en un momento preciso, el universo físico se le detuvo.

De haber estado en México, la ambulancia hubiese llegado en 15 o 20 minutos (rango optimista), como estaba en una comunidad cercana a Los Ángeles, llegó en 3 minutos. En un paro cardiaco, el oxígeno deja de llegar al cerebro, la sangre deja de circular, el corazón empieza a morir al minuto, la muerte triunfa, tú pierdes. En esa derrota final estaba mi compadre cuando surgió lo imprevisto, o quizá lo previsto en un guión que no nos es dado entender del todo.

Una joven norteamericana se aprestó sobre el cuerpo inerte. Con la soltura de quien salva vidas todos los días, le dio respiración boca a boca y masaje cardiopulmonar (CPR). Un latido artificial regresó a Alfredo del túnel, maniobra suficiente para que llegaran los paramédicos, luego el viaje en ambulancia, luego el hospital y días de convalecencia.

La muerte por temas cardiovasculares ocupa el segundo lugar en México, aún así, estamos lejos de adoptar una cultura preventiva que tenga a los primeros auxilios, y particularmente a la técnica resucitadora CPR , como parte de nuestras habilidades.  

Encontré una nota sobre la iniciativa de un diputado, Humberto Prieto Herrera, que propuso reformas a las leyes generales de Salud y Protección Civil, con el fin de capacitar a maestros de educación básica en primeros auxilios y prevención de accidentes. Ignoro si prosperó.

Tener mejores condiciones de vida implica tener una conciencia preventiva y de ayuda solidaria, estar capacitados en primeros auxilios. La demarcación cordobesa de Encinarjeo, es el primer municipio cardioprotegido de España. Su territorio tiene cobertura de desfibriladores en zonas públicas y muchos habitantes se han entrenado para usarlos. También descubrí está página mexicana http://rcp-mexico.com No estaría mal tener restaurantes y otros establecimientos cardioprotegidos, en México.

Usualmente estereotipamos al gringo como individualista y poco sensible, mientras que el mexicano es grupero, cooperador. Varias entidades norteamericanas mostraron su apoyo solidario: a pesar de no haber disponibilidad, el hotel alargó la reservación a la familia, la agencia de renta de autos flexibilizó la entrega, pero la línea aérea mexicana (no digo el nombre, sólo el color: morado) no quiso cambiarles la fecha de los boletos ni demostrando el suceso con pruebas. A veces el bajo costo también es baja solidaridad. Una cultura de primeros auxilios implica hacernos más solidarios en momentos clave, no sólo en la fiesta.

Ésta es la historia de una muerte fallida, que refuta aquella frase de Germán Dehesa “Dios perdona siempre, los padres casi siempre, los amigos con frecuencia, las parejas rara vez y el cuerpo nunca.” , una resucitación técnica, no milagrosa, que nos recuerda que pendemos de un latido, o que avanzamos al último, como dice el oscuro narrador “...en algún momento, estaré junto a ti, tan genial como sea posible. Tu alma estará en mis brazos (...) Te llevaré suavemente.”


En unos días Alfredo celebrará su cumpleaños. Gracias a una sociedad solidaria y entrenada, será su segunda venida al mundo.

domingo, 19 de enero de 2014

Simuladores

La simulación es una fuente de realidad. Desde tiempos cavernarios las especies vivientes se han valido de lo que hoy es una verdad publicitaria: percepciones son realidades. Crear una percepción, simular una realidad, ha sido una arma de sobrevivencia, un instinto, lo han usado los lobos en su andar solitario, cuando son capaces de aullar en diferentes tonos para simular que son más; lo usan los políticos al “maquillar” cifras o deformar hechos a conveniencia. Las tribus guerreras pintaban su rostro, usaban máscaras o deformaban partes de su cuerpo para ganar superioridad e infundir temor (dominar). La vida es en cierta forma un sistema de simulaciones para sobrevivir.

Durante la entrega de premios Golden Globe, la actriz de 68 años Diane Keaton salió al escenario, la cámara dejó ver el paso del tiempo en su rostro que no ocultaba arrugas ni el brillo de sus ojos. Lucía espectacular. Durante el inmediato corte comercial la marca de cosméticos L’Oreal anunció un producto que alude a la renovación del rostro y a la edad, donde Keaton luce unos 20 años más joven, sin arruga alguna. El contraste suscitó una tormenta de opiniones en las redes sociales, básicamente atacando a la firma de productos de belleza por alterar la realidad al abusar de la manipulación digital.

El tema abre un debate interesante pues en muchos sentidos las industrias de la belleza y moda, con la publicidad, crean estándares inalcanzables, lo que se traduce en personas (generalmente mujeres) inconformes consigo mismas, personas con baja autoestima, incapaces de alcanzar una imagen que ha sido creada muchas veces por una computadora.

No se puede erradicar la simulación, pero sí tenerla en un sano equilibrio. Una mujer que usa pestañas postizas o se maquilla, de alguna forma está creando una percepción distinta a la realidad, lo mismo sucede cuando usa tacones, pero es una simulación que crea emociones positivas tanto en ella como en el hombre, es una simulación acotada por los convencionalismos culturales. El problema viene cuando se crean estándares imposibles, cuando el factor cultural acepta modelos excéntricos.

Es de naturaleza humana no querer envejecer, sentirnos de menor edad, nuestro cerebro reptílico (persigue la sobrevivencia, la dominación y la procreación) nos impulsa a ello. Ante un grupo de personas, pregunten quién se siente de la edad que tiene, luego pregunten quién se siente de menor edad a la que tiene.

La autoridad en Inglaterra prohibió el anuncio de L’Oreal por considerar que alteraba la realidad y creaba expectativas irreales. En Israel se aprobó una ley que obliga a los anunciantes a declarar cuando las modelos han sido adelgazadas digitalmente. También prohíbe el uso de mujeres muy delgadas. Otros países tienen legislaciones similares.

Hasta donde sé, en México no tenemos una ley que regule esto. El código de ética de la AMAP (Asociación Mexicana de Agencias de Publicidad) es más bien una declaratoria de buenas intenciones con definiciones ambiguas en algunos puntos clave. En un país donde somos proclives a la simulación (“cómo te ven, te tratan”, “come frijoles y eructa pollo” “nos arreglamos por debajo del agua”, etc.) es importante legislar al respecto.

Por el contrario, la marca de cremas y jabones Dove, inteligentemente está construyendo valor de marca alrededor de la “verdadera belleza” y de levantar la autoestima de niñas, jóvenes y mujeres maduras que cuando se comparan con los estereotipos de belleza, se sienten profundamente infelices. “Los sueños rotos por la realidad”, diría el poeta de reciente partida, Juan Gelman.


 “A cada minuto hay que rehacer, recrear, modificar el personaje que fingimos, hasta que llega el momento en que realidad y apariencia, mentira y verdad, se confunden.” escribió Octavio Paz, seguramente sin conocer el photoshop.  La felicidad tal vez consiste en poder ser el personaje que somos, ese reflejo que cambia y envejece ante el espejo, ajeno a la deformación de un “yo ideal” que se pacta desde un teclado lejano.

domingo, 12 de enero de 2014

Presumir a México

En la XXV Reunión de Embajadores y Cónsules, el presidente Peña Nieto instó al cuerpo diplomático mexicano a difundir lo que pasa en México: “Su misión es que el mundo conozca las fortalezas de nuestro país, así como los cambios que está llevando a cabo para liberar todo su potencial”.

Apoyo la instrucción presidencial de salir y dar la buena nueva al mundo, a modo de evangelistas, pero no sé hasta qué punto este esfuerzo será útil. Imaginemos que el director de una corporación reúne a sus vendedores y les cuenta todo lo que la empresa ha hecho, los productos que está sacando al mercado o lanzará próximamente, y les pide “salgan y cuéntenle al mercado todo esto”. Para que esta estrategia tenga éxito, se requiere primero tener una visión compartida y una unificación de los beneficios que se ofrecerán. Pero además, y esto es fundamental, una articulación en la forma de vender los beneficios para asegurarse que el mercado encontrará un valor en la oferta.

De nada sirve salir a vender beneficios que el mercado no considera como tales. Existen las
“yo-marca” donde te cuento lo grandioso que soy, y las “tú-marca” donde te cuento lo que tengo para ti. La respuesta a la pregunta “¿Y todo eso que ofreces, en qué me beneficia?” es crítica para cerrar la pinza. ¿Tendrá el cuerpo diplomático un guión unificado de lo que saldrá a vender de México? ¿Tendrá esta argumentación beneficios que el mercado internacional valorará? Lo pregunto porque salir y decir "que lo que México ha alcanzado no es menor, se trata de un gran avance...” no necesariamente entusiasmará al mundo. ¿Cuál es la promesa central de la marca México?

En mi opinión, México debería lanzar una serie de significados orientados a atraer la inversión, fomentar el comercio y el turismo. En función de estos 3 intereses aquí están los ingredientes (no todos los tenemos) de la “genética Mexicana” que sí deberían interesarle al mundo.

1 Extraordinaria ubicación geográfica. Somos un punto (HUB) estratégico para la cuenca Asia-Pacífico y América del Norte, tenemos un gran clima y recursos naturales, somos residencia temporal de miles de norteamericanos que huyen del clima gélido y la nieve. 2 Una política promotora de inversiones y creación de empleos. 3 Certidumbre jurídica, estado de derecho fuerte. 4 Actitud de Poder Hacer. No sólo es nuestra amabilidad hospitalaria sino una real vocación de gente que trabaja bien (como prueba ahí están las muchas trasnacionales que aprecian la mano de obra mexicana no sólo por tener precio atractivo sino por tener capacidad de aprender y trabajar fuerte y bien).

5 Herencia y riqueza cultural. Debe armarse un discurso ligando pasado-presente-futuro, en donde México destaque su riqueza cultural e invite no a descubrir el pasado maya o azteca, sino que invite al extranjero a descubrir SUS propias raíces en lo maya, azteca, etcétera. Es decirle al mundo “ven a desenterrar tu propio pasado” en vez de “nuestro” pasado. En esta misma línea, por “Herencia” debe entenderse todo el bagaje cultural de México y los significados que nuestras fiestas y rituales, arquitectura, tienen para los extranjeros y el impacto en sus vidas.

6 Inventiva del mexicano para solucionar. El ingenio mexicano ha sorprendido a propios y extraños. En momentos de crisis mundial esta característica debe ser difundida como una cualidad que puede ayudar a muchas empresas y empresarios a salir adelante. El mundo valora la llamada “creative class” ese grupo de individuos que sin menoscabo de su nivel educativo muestra una enorme capacidad para reconvertir situaciones y aportar soluciones donde otras culturas enfrentan una parálisis y un impedimento para actuar.


Una promesa central de la marca México podría ser: “México el país que celebra tu vida y hace que los negocios sucedan”. Si las reformas apuntalan, a modo de “razones para creer”, la historia que el país cuenta al mundo y se unifica el guión de los diplomáticos y los esfuerzos del Gobierno Federal, el mundo encontrará motivos para venir.

domingo, 5 de enero de 2014

Sociedad confesional

Se acaba de conocer cuál fue “la palabra del año 2013”, en inglés, según el afamado diccionario Oxford que, desde hace varios años, acostumbra anunciar la palabra (generalmente inédita) que por su adopción forma parte del bagaje cultural de millones alrededor del mundo.  El hecho es significativo pues demuestra una de las características de todo lenguaje, está vivo, crece orgánicamente y sus inclusiones reflejan acciones previamente adoptadas.

Las nuevas palabras nunca son realmente un invento, son testigos de algo que las detona, son como una fotografía, una imagen congelada de una acción que ya sucedió, son el destilado de un sistema social que de manera práctica e inteligente (para los fines del propio sistema) encuentra nuevas formas de expresión, usualmente a modo de atajo, para acortar el esfuerzo de usar más palabras pudiendo usar una. En cierta forma, una palabra nueva es la economía de la inteligencia.

El ser humano no puede estar sin significar su mundo, las nuevas acciones merecen nuevos nombres, y de aquí el origen de la palabra ganadora del año pasado: selfie, acción de autorretratarse con un dispositivo móvil, con la intención o no, de compartir la imagen en las redes sociales.

Alguien dirá, y con razón, que ya existía una palabra para ello: autorretrato, vocablo que refleja una antigua necesidad humana de quedar plasmado para el recuerdo perene. Sin menoscabo de este argumento, selfie refiere a una actitud contemporánea que tiene su fundamento en lo que Zygmunt Bauman llama “sociedad confesional”, donde hay una gran avidez por la confesión pública, armada con “confesionarios electrónicos portátiles”. Para los puristas de la lengua, me temo que la palabra autorretrato tiene perdida la batalla contra selfie, eventualmente no será descabellado la inclusión de ésta por la RAE.

A modo arqueológico, Oxford señala que tiene evidencia del uso de la palabra selfie desde el año 2002 pero su adopción (en las redes sociales, que es lo que permite una medición) exponencial se dio en 2013 con un incremento del 17,000%. Dentro de este estratosférico avance está la significativa contribución de los selfies de personalidades, temas virales en la red; ahí están los de la pareja Obama, ella con su perro, él con la Primer Ministro Danesa, o hasta el Papa Francisco que aparece retratado con jóvenes en lo que se considera “el primer selfie papal de la historia”.

Selfie viene como anillo al dedo para ratificar lo que dice Sarah Bakewell en el inicio de su libro sobre los ensayos de Montaigne: “El siglo XXl está lleno de gente que está llena de sí misma”. La nueva tecnología ha redefinido lo que es público y lo que es privado, también ha redefinido nuestra conducta y por ello también nuestro lenguaje. Antes de que selfie fuera una palabra de uso común, los teléfonos móviles inteligentes adoptaron un botón para accionar una cámara posterior, instrumento perfecto para crear un selfie. Si la mayor parte de los avances tecnológicos no se da en naciones hispano parlantes, es evidente que las nuevas palabras no tendrán una raíz hispana. Sin la invención del control remoto para la televisión, la palabra “zapping” (tan masculina afición por cambiar el canal constantemente) no hubiera existido.

El avance tecnológico también ha desplazado locuciones de antaño: hoy no parecemos “disco rayado” porque ya los discos no se rayan (al menos en el sentido de reproducir un sonido sinfín); tampoco nos “cae el veinte” porque los teléfonos públicos ya no funcionan con monedas de veinte centavos.
Habría que pensar en nuevas palabras mexicanas que, derivado de acciones cada vez más frecuentes, representen un nombre (eg. concertasesión). Las candidatas podrían ser “maestrobloqueo”, “moreirazo”; pero también habría que pensar en la reivindicación de algunas existentes: ética, civismo, ley, justicia, juez, honradez, política, diputado, senador, policía, entre muchas otras.


Las palabras son legado, espejo, evidencia. Sin duda una sociedad se confiesa también en sus palabras.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Viacrucis digital

El 2014 viene con la obligatoriedad de expedir comprobantes fiscales por la vía digital, medida que, supuestamente, nos facilitará la vida y hará más transparente y eficiente la recaudación hacendaria. De lo último no tengo duda, de lo primero guardo reservas.

Generar una factura electrónica es como un examen de oposición, un rito de paso donde la paciencia se somete al límite. La modalidad amenaza con hacernos perder mucho tiempo o en casos extremos, la cordura. El drama inicia con una nota de venta donde la tinta es como la justicia en México: no se ve del todo. Aún si la impresión es legible, viene el reto de capturar el código de la transacción, un tortuoso criptograma con decenas de números y letras que parece creado para desconcentrar al más certero. Si logras capturarlo bien, no cantes victoria, algunos negocios te piden que consignes el número del vendedor, la fecha de la compra, clave de la sucursal, la secuencia, o cualquier otro dato que hay que rastrear en un estrecho pedazo de papel con la pericia de un descifrador de glifos mayas. Si eres mayor de 40 años, necesitarás una lupa.

Además, hay que aguantar la arrogancia de algunos que condicionan la expedición de la factura electrónica dentro de cierto tiempo posterior a la compra: “válido únicamente dentro de las próximas 4 horas y siempre y cuando no haya llovido sobre nuestro corporativo”. Los consumidores estamos a merced de aquellos a quienes ya pagamos. ¿Regulará la SCHP o la Profeco estas prácticas?  

En teoría, los sistemas de una empresa están alineados con la causa superior de la existencia del negocio: generar utilidades vía la satisfacción del cliente (dándole un beneficio no siempre explícito). En la práctica no siempre es así, hay quienes no entienden la necesidad del cliente o no les importa. Esta insensibilidad corporativa abre espacios a la competencia.

A veces los negocios pierden de vista lo que aporta valor al cliente. En aras de volverse eficientes, o de conseguir un ahorro, afectan los intereses de sus consumidores. American Express tiene uno de los mejores servicios al cliente que yo he visto, pero ha perdido la brújula en sus salones Centurión en aeropuertos. Ajenos a entender que un salón de espera debe dar al cliente dos beneficios básicos: libertad más aislamiento, eliminaron la barra de autoservicio (restringieron la libertad, los meseros no la suplen) y dispusieron sus sillones de modo tal que hacinan al visitante (anulan el aislamiento).

Cuando la empresa no sabe cuál es el beneficio que el cliente valora, puede cometer el error de eliminarlo. De modo opuesto, cuando la organización está alineada a entregar los beneficios que el cliente valora, se genera la magia, la anhelada lealtad a la marca, y ciertos aspectos se vuelven intocables (si los directivos de Amex supieran que “libertad + aislamiento” es el beneficio clave, se la pensarían dos veces antes de atentar contra ello, y entrenarían a sus empleados para dar “libertad + aislamiento” en otras formas).

Si lo que pretende Hacienda es la facilidad en la expedición de comprobantes fiscales, debería regular que efectivamente el proceso sea fácil, y sancionar a las empresas que no cumplan. Para comprobar lo que sucede en la vida real, lejos de una oficina en las alturas, nada como bajar al mundo y recorrer la ruta. Imagino que pocos altos funcionaros de Hacienda han intentado generar facturas electrónicas, si no experimentan lo que vive un consumidor mortal, podrían ser miopes a lo que causan sus iniciativas.


Un sistema que pone piedras en el camino, alienta la evasión a la ruta. Si Hacienda apuesta a una mayor fiscalización, y algunos negocios apuestan a que el cliente desistirá de generar su factura, de poco servirá una política creada en el Olimpo. Ojalá Hacienda y los negocios no pierdan de vista que los consumidores valoramos mucho nuestro tiempo y también lo que es verdaderamente fácil de usar. Y aquí está el reto, lo complicado de un buen sistema es que debe ser simple.