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domingo, 12 de enero de 2014

Presumir a México

En la XXV Reunión de Embajadores y Cónsules, el presidente Peña Nieto instó al cuerpo diplomático mexicano a difundir lo que pasa en México: “Su misión es que el mundo conozca las fortalezas de nuestro país, así como los cambios que está llevando a cabo para liberar todo su potencial”.

Apoyo la instrucción presidencial de salir y dar la buena nueva al mundo, a modo de evangelistas, pero no sé hasta qué punto este esfuerzo será útil. Imaginemos que el director de una corporación reúne a sus vendedores y les cuenta todo lo que la empresa ha hecho, los productos que está sacando al mercado o lanzará próximamente, y les pide “salgan y cuéntenle al mercado todo esto”. Para que esta estrategia tenga éxito, se requiere primero tener una visión compartida y una unificación de los beneficios que se ofrecerán. Pero además, y esto es fundamental, una articulación en la forma de vender los beneficios para asegurarse que el mercado encontrará un valor en la oferta.

De nada sirve salir a vender beneficios que el mercado no considera como tales. Existen las
“yo-marca” donde te cuento lo grandioso que soy, y las “tú-marca” donde te cuento lo que tengo para ti. La respuesta a la pregunta “¿Y todo eso que ofreces, en qué me beneficia?” es crítica para cerrar la pinza. ¿Tendrá el cuerpo diplomático un guión unificado de lo que saldrá a vender de México? ¿Tendrá esta argumentación beneficios que el mercado internacional valorará? Lo pregunto porque salir y decir "que lo que México ha alcanzado no es menor, se trata de un gran avance...” no necesariamente entusiasmará al mundo. ¿Cuál es la promesa central de la marca México?

En mi opinión, México debería lanzar una serie de significados orientados a atraer la inversión, fomentar el comercio y el turismo. En función de estos 3 intereses aquí están los ingredientes (no todos los tenemos) de la “genética Mexicana” que sí deberían interesarle al mundo.

1 Extraordinaria ubicación geográfica. Somos un punto (HUB) estratégico para la cuenca Asia-Pacífico y América del Norte, tenemos un gran clima y recursos naturales, somos residencia temporal de miles de norteamericanos que huyen del clima gélido y la nieve. 2 Una política promotora de inversiones y creación de empleos. 3 Certidumbre jurídica, estado de derecho fuerte. 4 Actitud de Poder Hacer. No sólo es nuestra amabilidad hospitalaria sino una real vocación de gente que trabaja bien (como prueba ahí están las muchas trasnacionales que aprecian la mano de obra mexicana no sólo por tener precio atractivo sino por tener capacidad de aprender y trabajar fuerte y bien).

5 Herencia y riqueza cultural. Debe armarse un discurso ligando pasado-presente-futuro, en donde México destaque su riqueza cultural e invite no a descubrir el pasado maya o azteca, sino que invite al extranjero a descubrir SUS propias raíces en lo maya, azteca, etcétera. Es decirle al mundo “ven a desenterrar tu propio pasado” en vez de “nuestro” pasado. En esta misma línea, por “Herencia” debe entenderse todo el bagaje cultural de México y los significados que nuestras fiestas y rituales, arquitectura, tienen para los extranjeros y el impacto en sus vidas.

6 Inventiva del mexicano para solucionar. El ingenio mexicano ha sorprendido a propios y extraños. En momentos de crisis mundial esta característica debe ser difundida como una cualidad que puede ayudar a muchas empresas y empresarios a salir adelante. El mundo valora la llamada “creative class” ese grupo de individuos que sin menoscabo de su nivel educativo muestra una enorme capacidad para reconvertir situaciones y aportar soluciones donde otras culturas enfrentan una parálisis y un impedimento para actuar.


Una promesa central de la marca México podría ser: “México el país que celebra tu vida y hace que los negocios sucedan”. Si las reformas apuntalan, a modo de “razones para creer”, la historia que el país cuenta al mundo y se unifica el guión de los diplomáticos y los esfuerzos del Gobierno Federal, el mundo encontrará motivos para venir.

domingo, 5 de enero de 2014

Sociedad confesional

Se acaba de conocer cuál fue “la palabra del año 2013”, en inglés, según el afamado diccionario Oxford que, desde hace varios años, acostumbra anunciar la palabra (generalmente inédita) que por su adopción forma parte del bagaje cultural de millones alrededor del mundo.  El hecho es significativo pues demuestra una de las características de todo lenguaje, está vivo, crece orgánicamente y sus inclusiones reflejan acciones previamente adoptadas.

Las nuevas palabras nunca son realmente un invento, son testigos de algo que las detona, son como una fotografía, una imagen congelada de una acción que ya sucedió, son el destilado de un sistema social que de manera práctica e inteligente (para los fines del propio sistema) encuentra nuevas formas de expresión, usualmente a modo de atajo, para acortar el esfuerzo de usar más palabras pudiendo usar una. En cierta forma, una palabra nueva es la economía de la inteligencia.

El ser humano no puede estar sin significar su mundo, las nuevas acciones merecen nuevos nombres, y de aquí el origen de la palabra ganadora del año pasado: selfie, acción de autorretratarse con un dispositivo móvil, con la intención o no, de compartir la imagen en las redes sociales.

Alguien dirá, y con razón, que ya existía una palabra para ello: autorretrato, vocablo que refleja una antigua necesidad humana de quedar plasmado para el recuerdo perene. Sin menoscabo de este argumento, selfie refiere a una actitud contemporánea que tiene su fundamento en lo que Zygmunt Bauman llama “sociedad confesional”, donde hay una gran avidez por la confesión pública, armada con “confesionarios electrónicos portátiles”. Para los puristas de la lengua, me temo que la palabra autorretrato tiene perdida la batalla contra selfie, eventualmente no será descabellado la inclusión de ésta por la RAE.

A modo arqueológico, Oxford señala que tiene evidencia del uso de la palabra selfie desde el año 2002 pero su adopción (en las redes sociales, que es lo que permite una medición) exponencial se dio en 2013 con un incremento del 17,000%. Dentro de este estratosférico avance está la significativa contribución de los selfies de personalidades, temas virales en la red; ahí están los de la pareja Obama, ella con su perro, él con la Primer Ministro Danesa, o hasta el Papa Francisco que aparece retratado con jóvenes en lo que se considera “el primer selfie papal de la historia”.

Selfie viene como anillo al dedo para ratificar lo que dice Sarah Bakewell en el inicio de su libro sobre los ensayos de Montaigne: “El siglo XXl está lleno de gente que está llena de sí misma”. La nueva tecnología ha redefinido lo que es público y lo que es privado, también ha redefinido nuestra conducta y por ello también nuestro lenguaje. Antes de que selfie fuera una palabra de uso común, los teléfonos móviles inteligentes adoptaron un botón para accionar una cámara posterior, instrumento perfecto para crear un selfie. Si la mayor parte de los avances tecnológicos no se da en naciones hispano parlantes, es evidente que las nuevas palabras no tendrán una raíz hispana. Sin la invención del control remoto para la televisión, la palabra “zapping” (tan masculina afición por cambiar el canal constantemente) no hubiera existido.

El avance tecnológico también ha desplazado locuciones de antaño: hoy no parecemos “disco rayado” porque ya los discos no se rayan (al menos en el sentido de reproducir un sonido sinfín); tampoco nos “cae el veinte” porque los teléfonos públicos ya no funcionan con monedas de veinte centavos.
Habría que pensar en nuevas palabras mexicanas que, derivado de acciones cada vez más frecuentes, representen un nombre (eg. concertasesión). Las candidatas podrían ser “maestrobloqueo”, “moreirazo”; pero también habría que pensar en la reivindicación de algunas existentes: ética, civismo, ley, justicia, juez, honradez, política, diputado, senador, policía, entre muchas otras.


Las palabras son legado, espejo, evidencia. Sin duda una sociedad se confiesa también en sus palabras.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Viacrucis digital

El 2014 viene con la obligatoriedad de expedir comprobantes fiscales por la vía digital, medida que, supuestamente, nos facilitará la vida y hará más transparente y eficiente la recaudación hacendaria. De lo último no tengo duda, de lo primero guardo reservas.

Generar una factura electrónica es como un examen de oposición, un rito de paso donde la paciencia se somete al límite. La modalidad amenaza con hacernos perder mucho tiempo o en casos extremos, la cordura. El drama inicia con una nota de venta donde la tinta es como la justicia en México: no se ve del todo. Aún si la impresión es legible, viene el reto de capturar el código de la transacción, un tortuoso criptograma con decenas de números y letras que parece creado para desconcentrar al más certero. Si logras capturarlo bien, no cantes victoria, algunos negocios te piden que consignes el número del vendedor, la fecha de la compra, clave de la sucursal, la secuencia, o cualquier otro dato que hay que rastrear en un estrecho pedazo de papel con la pericia de un descifrador de glifos mayas. Si eres mayor de 40 años, necesitarás una lupa.

Además, hay que aguantar la arrogancia de algunos que condicionan la expedición de la factura electrónica dentro de cierto tiempo posterior a la compra: “válido únicamente dentro de las próximas 4 horas y siempre y cuando no haya llovido sobre nuestro corporativo”. Los consumidores estamos a merced de aquellos a quienes ya pagamos. ¿Regulará la SCHP o la Profeco estas prácticas?  

En teoría, los sistemas de una empresa están alineados con la causa superior de la existencia del negocio: generar utilidades vía la satisfacción del cliente (dándole un beneficio no siempre explícito). En la práctica no siempre es así, hay quienes no entienden la necesidad del cliente o no les importa. Esta insensibilidad corporativa abre espacios a la competencia.

A veces los negocios pierden de vista lo que aporta valor al cliente. En aras de volverse eficientes, o de conseguir un ahorro, afectan los intereses de sus consumidores. American Express tiene uno de los mejores servicios al cliente que yo he visto, pero ha perdido la brújula en sus salones Centurión en aeropuertos. Ajenos a entender que un salón de espera debe dar al cliente dos beneficios básicos: libertad más aislamiento, eliminaron la barra de autoservicio (restringieron la libertad, los meseros no la suplen) y dispusieron sus sillones de modo tal que hacinan al visitante (anulan el aislamiento).

Cuando la empresa no sabe cuál es el beneficio que el cliente valora, puede cometer el error de eliminarlo. De modo opuesto, cuando la organización está alineada a entregar los beneficios que el cliente valora, se genera la magia, la anhelada lealtad a la marca, y ciertos aspectos se vuelven intocables (si los directivos de Amex supieran que “libertad + aislamiento” es el beneficio clave, se la pensarían dos veces antes de atentar contra ello, y entrenarían a sus empleados para dar “libertad + aislamiento” en otras formas).

Si lo que pretende Hacienda es la facilidad en la expedición de comprobantes fiscales, debería regular que efectivamente el proceso sea fácil, y sancionar a las empresas que no cumplan. Para comprobar lo que sucede en la vida real, lejos de una oficina en las alturas, nada como bajar al mundo y recorrer la ruta. Imagino que pocos altos funcionaros de Hacienda han intentado generar facturas electrónicas, si no experimentan lo que vive un consumidor mortal, podrían ser miopes a lo que causan sus iniciativas.


Un sistema que pone piedras en el camino, alienta la evasión a la ruta. Si Hacienda apuesta a una mayor fiscalización, y algunos negocios apuestan a que el cliente desistirá de generar su factura, de poco servirá una política creada en el Olimpo. Ojalá Hacienda y los negocios no pierdan de vista que los consumidores valoramos mucho nuestro tiempo y también lo que es verdaderamente fácil de usar. Y aquí está el reto, lo complicado de un buen sistema es que debe ser simple.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Improntas mexicanas

Los cambios constitucionales de la reforma energética sobre el modo en que la nación aprovecha sus recursos naturales han provocado una efervescencia sin par. Juan Villoro tiene razón cuando dice que para los mexicanos el petróleo equivale a una deidad.

Nuestro joven país (como “México” tenemos poco más de 200 años) es como un adolescente en búsqueda de identidad, pasa por una etapa de indefiniciones y por lo tanto definiciones (a veces somos más lo que decidimos no ser, que lo que decidimos ser). En buena medida, la identidad y el carácter se forjan desde la infancia. Los especialistas hablan de improntas, esos recuerdos que se impregnan a nuestra memoria y condicionan la forma de nuestras reacciones (una impronta es una instrucción para el futuro).

Los mexicanos tenemos un amor-odio por lo extranjero, y mucho de ello se explica por las improntas que el individuo, hoy llamado México, tuvo no sólo en su infancia sino en su etapa prenatal. En La visón de los vencidos, relaciones indígenas de la conquista, se habla del testimonio de Alvarado Tezozómoc quien cuenta que para Moctezuma los rumores de la llegada de “gentes extrañas” (extranjeros) significó perturbación y angustia, se habla también de varios presagios funestos (nótese el adjetivo).

Moctezuma llama a sabios y hechiceros (versión precortesiana del Gabinete presidencial) para consultarles al respecto. Se angustia más al ver que no pueden darle respuesta y él mismo induce los temas cuando ordena “...decidles a esos encantadores que declaren alguna cosa, si vendrá enfermedad, pestilencia, hambre, langosta, terremotos de agua (...) si vendrán muertes súbitas...” El emperador azteca presagiaba lo peor, no lo mejor.

En la escuela nos han enseñado que los Españoles arrasaron con la cultura indígena, antes se aliaron con otros indígenas que odiaban a los aztecas, y además nos contagiaron virus fatales. La impronta que tenemos hacia lo extranjero implica derrocamiento de los dioses, destrucción de templos, dolor, saqueo, enfermedad, traición, muerte. Es entendible que exista un rechazo y cerrazón cuando se habla de permitir a Pemex (el templo) celebrar operaciones (aliarse) con extranjeros (aquí López Portillo vuelve a gritar: “¡ya nos saquearon, no nos volverán a saquear!”).

Este adolescente, México, necesita una terapia para curarse la sensibilidad extrema que tiene a lo extranjero como amenaza y no como recurso. Ver amenazas no es infundado. Un evento que parece confirmar los presagios funestos ha sido la reciente privatización bancaria donde la banca mexicana es mayoritariamente extranjera, una banca si bien sólida y ordenada, es también omisa en su tarea de dar crédito (ya sé que argumentan que la legislación no favorece), y en varios casos ha generado utilidades para salvar a sus matrices en otros países (más “oro para la Corona”). La sociedad mexicana no ha visto la ventaja de tener bancos extranjeros. Es natural que este argumento se use en contra de la reforma energética. Las leyes secundarias serán definitorias.

Por otro lado, lo extranjero significó avance, progreso, cultura, trabajo. Irónicamente, los mexicanos vemos a lo extranjero como peldaño social. Especulo que muchos de los políticos que hablan de “saqueo a la nación” brindarán en diciembre con vinos extranjeros, recibirán regalos diseñados y manufacturados en el extranjero. Sí, los romeritos estuvieron deliciosos, pero hubo bacalao noruego.

San Miguel de Allende es una maravilla de ciudad, tiene lo mejor de México con mezcla de otras culturas, un lugar que ha conciliado sus fobias, donde lo mexicano y lo extranjero se aprovechan como recurso, en una simbiosis cultural magnífica. Lo extranjero no es por definición malo ni bueno. ¿Quién hace más daño al país, el extranjero que invierte, crea trabajos y derrama en México, o el mexicano que no paga impuestos y es corrupto?


Bienvenidos los extranjeros que invierten en México y derraman para los mexicanos, los que elevan nuestras capacidades, los que nos hacen ser un mejor México.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Los de arriba y los de abajo


"Valderrama, (...) había venido contando las cruces diseminadas por caminos y veredas, en las encrespaduras de las rocas, en los vericuetos de los arroyos, en las márgenes del río. Cruces de madera negra recién barnizada, cruces forjadas con dos leños; cruces de piedras en montón, cruces pintadas con cal en las paredes derruidas, humildísimas cruces trazadas con carbón sobre el canto de las peñas. El rastro de sangre de los primeros revolucionarios de 1910, asesinados por el gobierno"

Este pasaje de destrucción pronto cumplirá cien años, metafóricamente podríamos hablar del México actual. Mariano Azuela pintó en “Los de abajo” (1916), la cruda realidad de un país mojado por la sangre, la falta de unidad, una enorme desigualdad de las clases sociales, un primitivismo cultural y educativo, un país queriendo salir de un atraso ancestral. El balance de este año deja ese rastro de cruces en el camino y las mismas cuentas por saldar.

Consumadas las aprobaciones de las principales reformas promovidas por el Presidente Peña Nieto, el reto es que los beneficios lleguen al bolsillo de la gente, que incidan en mejores condiciones de vida. Sin que esto suceda, la retórica gubernamental seguirá vendiendo esperanza. La verdadera distribución de la riqueza nacional pasa por un país en condiciones de crear más y mejores empleos, instituciones y empresas más fuertes, condiciones certeras para la inversión nacional y extranjera, cuyos beneficios derramen a la sociedad mexicana.

¿Qué pensaría Mariano Azuela de saber que el México que encara el año 2014 ocupa, en el mundo, los últimos lugares en aprovechamiento académico y el primer lugar en secuestros?
Seguimos viviendo un México de grandes contrastes, una nación de castas donde cohabitan los de abajo y los de arriba. Aunque esto existe en cualquier sociedad capitalista, no debería ser consuelo. Los de arriba planeando vacaciones en afamados destinos, los de abajo contando el dinero de un día de chamba, los de arriba trabajando en la continuidad hereditaria de su tribu, los de abajo administrando la escasez del único tiempo: hoy.

Un mexicano es capaz de decir “dígame mi señor”, otro mexicano apunta a la cabeza de un compatriota con su pistola, uno abre gentilmente la puerta del carro, el otro se lo roba, las dos cosas incomodan. El país hierve y en ese calor se degradan valores, ¿qué línea separa el bien del mal? Dice el revolucionario Valderrama en la novela de Azuela: “Juchipila, cuna de la revolución de 1910, tierra bendita, tierra regada con sangre de mártires, con sangre de soñadores... de los únicos buenos! ...” y completa la frase un ex-federal: “Porque no tuvieron tiempo de ser malos.”


Sin ser un estereotipo, los de arriba debatiendo cambios en su mundo, los de abajo, como en la novela revolucionaria, arrastrados por causas que no entienden, prestos a la protesta. Los de arriba con autos para viajar cómodamente, los de abajo esperando un camión que no llega o un vagón del metro colmado de olores. Unos viviendo entre guardias de seguridad, bardas altas, cámaras de vigilancia, tratando de mantener a raya a los otros, los de arriba en suplementos y revistas sociales, disfrutando un mundo ajeno (y provocador) al de los de abajo. ¿Cómo explicarte, Mariano, que la revolución no curó al país?

En un texto sobre la obra de Azuela, Luis Veres cita a Marta Portal: “En la Revolución el mexicano encontró al otro mexicano y conoció su descontento gemelo. Supo el hombre mexicano que no existía solo, y empezó a preguntarse para qué existía con el hermano.”

A más de 100 años de iniciada la revolución, las reformas del gobierno priista obligan a pensar que no servirán de nada si no cierran la brecha entre los de arriba y los de abajo. Tenemos un maravilloso país, también violento y desigual. Si las reformas aprobadas mejoran notablemente la educación y la economía, habrá que aplaudir al gobierno, si no, seguiremos sufriendo un México de arriba y otro de abajo. Seguiremos sin apaciguar el descontento gemelo.