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domingo, 4 de mayo de 2014

"El diferente eres tú"

“Soy puta. Soy negro. Soy moro. Soy sudaca. Soy mujer. Soy gorda. El diferente eres tú”, así inicia un breve testimonio en video, realizado por estudiantes de prepa del Tec, luego de su visita al Museo Memoria y Tolerancia, un recorrido por algunos lamentables pasajes de intolerancia, genocidio y racismo en la historia reciente del hombre.

El racismo es una condición latente, nunca erradicada. Esta semana hubo dos sucesos dignos de ver. Cuando está por lanzar un tiro de esquina, un aficionado arroja una banana a Dani Alves, jugador brasileño del Barca, quien demostró que su talento por la banda derecha va más allá de las piernas. En un lance inusitado, el carioca levanta la fruta y se la come; luego cobra el tiro de esquina. El hecho generó un movimiento mundial en las redes sociales “#TodosSomosMacacos” en el que personas de diferente índole aparecen comiendo un plátano.

El causante de la ofensa, un joven de 25 años, fue identificado por el club como uno de sus colaboradores y socios, expulsado de la organización y vetado para entrar al estadio El Madrigal, de por vida.

Donald Sterling, octogenario, dueño del equipo profesional de basquetbol los Clippers, es “ventaneado” por su entonces novia y asistente, quien exhibe unas grabaciones donde Sterling hace comentarios racistas. La nota arde como lava en fuga, indigna y lastima a sus jugadores (casi todos afroamericanos) y cala hondo en la liga. El comisionado de la NBA anuncia medidas ejemplares: Sterling es expulsado de por vida de la liga, queda impedido de entrar a cualquier juego o entrenamiento de la NBA, deberá vender el equipo y además pagar una multa de 2.5 millones de dólares (que será destinada al  apoyo de causas sociales en contra del racismo).

¿Y si nos traemos de Procurador General de la República al comisionado Adam Silver? En México René Bejarano, tristemente conocido también como el “señor de las ligas”, fue exhibido en flagrancia recibiendo dinero a manos llenas. Su corrupción provocó su desafuero y posterior encarcelamiento, que duró muy poco. Hoy en día sigue activo como político, ejerciendo su influencia. Y como él tantos otros de quienes se saben sus abusos y no tienen consecuencia (Moreira, Montiel, etc.). La justicia mexicana maquilla las sanciones a los poderosos, y con esto lanza un grave mensaje a la sociedad: infringir la ley es rentable.

El año pasado, la regidora del Pri en Ensenada, Graciela Moreno, se refirió a los niños que mendigan como “una plaga”, “parecen topos, la verdad”. Vicente Fox dijo que los trabajadores mexicanos en EEUU hacen trabajos “que ni los negros quieren hacer”, también habló de “lavadoras de dos patas”. Ninguno de estos personajes tuvo una represalia similar a la que hoy tienen Sterling y el aficionado al Villarreal.

Nuestra sociedad es demasiado tolerante con lo que no debería tolerar, desmemoriada incluso. Vivimos un racismo manifiesto, expuesto en el clasismo que segrega y excluye por color de piel, orientación sexual y religiosa (entre otras cosas), y también un racismo oculto que navega en mensajes subconscientes, desde la publicidad hasta los dibujos animados (e.g. en El libro de la Selva, todos los personajes hablan con acento occidental, menos los monos. En Peter Pan, los niños blancos preguntan a los Piel Roja por qué tienen un color distinto; en su respuesta no está el orgullo racial sino la justificación: un antepasado se sonrojó al besar una mujer. Y así, incontables ejemplos.)


Ver al otro como recurso (en una relación justa) y no como amenaza, debería ser un valor social. La cinta César Chávez, de Diego Luna, tiene el acierto de recordárnoslo sin exagerar el desprecio racial (que por cierto, persiste en EEUU). Me parece obligado llevar a nuestros niños y jóvenes al Museo Memoria y Tolerancia, sembrarles la semilla del respeto y la no-violencia, un espacio para sumirnos en un lado oscuro de nuestra naturaleza y estar alertas ante el peligro de la indiferencia. Claraboya para asomarnos a la luz de la comprensión de lo otro.

domingo, 27 de abril de 2014

El algoritmo de Dios

Budapest, Hungría, 1974. Un escultor nacido durante la Segunda Guerra mundial decide estudiar también arquitectura en la Academia de Arte y Diseño Aplicado, donde se convierte en profesor de diseño de interiores. A sus 29 años, afanado en facilitar la visualización en tercera dimensión de sus alumnos, decide construir una figura geométrica que no sólo lo haría famoso, también millonario. Él estaba lejos de saber lo que había creado.

Erno Rubik nunca se propuso inventar el juguete-rompecabezas más exitoso en la historia de la humanidad, ése fue el destino de un cubo hecho de pequeños cubos que giran con un ingenioso mecanismo, un cuerpo con incontables formas de ser acomodado, tantas como 43 quintillones de posibles movimientos erróneos y tan sólo una forma de conseguir que sus 6 caras tengan un color por lado. A la solución se le conoció como el algoritmo de Dios.

Esta primavera se celebran 40 años de un invento que en los años 80 ocupaba las manos de niños, adolescentes y algunos adultos. Claro, hablo del pasado anticelulárico, cuando lejos estábamos de quedar absortos en un dispositivo móvil. El Rubik Cube fue la sensación del momento y quien podía resolverlo era reverenciado, poseedor de un secreto que administraba como agua en el desierto. Rubik vislumbró lo que había creado no cuando se dio cuenta que el mecanismo funcionaba como él esperaba sino cuando tardó más de 1 mes en regresar el cubo a su posición original. Hoy en día los campeones mundiales tardan 7 segundos en resolverlo.

El acertijo multicolor ha sido objeto de culto, también de rigurosos análisis matemáticos donde especialistas han desarrollado tratados con complicadas fórmulas y no menos valiosos teoremas, todo con objeto de determinar el algoritmo de Dios, el conjunto de instrucciones, paso a paso, para resolver el crucigrama de la manera óptima: 20 movimientos.

Toda invención está sujeta a severas críticas. Los primeros en conocer el juguete de Rubik se negaron a comprarlo argumentando que nadie podía resolverlo, que no era algo para niños, que no era lo que el mercado pedía. El tiempo demostró que no supieron ver la oportunidad. Toda invención conlleva a pensar en la locura, lo descabellado, lo improbable. En los 80’s, cuando trabajaba en la industria tequilera, mi papá sugirió vender alcohol en polvo; se rieron de su idea. Hoy se anuncia como la gran novedad en EEUU por sus múltiples ventajas de portabilidad y facilidad de mezcla.

Según he percibido, a través de la respetuosa distancia que le tengo a las ciencias exactas, todo puede ser planteado en una fórmula matemática. En la película Mente brillante, que narra la historia del Nobel en economía, John Nash, lo vemos pintando en la ventana la ecuación que ilustra el movimiento de las palomas en el césped.

Sin licencia de inventor, pero sí de loco, cuestiono: ¿y si hubiera un algoritmo que arreglara los problemas de México? ¿Qué tal si un grupo de matemáticos encuentra respuesta a nuestros más intrincados problemas, usando macros y teoría de grupo? Como en el cubo de Rubik, si el rojo se mueve, descuadra al azul, y si éste se ordena, complica al amarillo y al rojo, lo que abre posibilidades al verde o al naranja, según se manipule el cubo con la mano izquierda o derecha. Si acomodamos la justicia y el Estado de Derecho, deformamos los intereses de los poderes fácticos, y si estos se alinean, las caras de la ciudadanía son un completo desastre. Lo que conviene a un lado, no arregla a los otros. Se apacigua el sindicato, se jode la educación; y así por el estilo. Tenemos nuestro Cubo México en las manos.

El éxito no llega siempre por la puerta frontal, usualmente es resultado de algo imprevisto. Varias ciudades del mundo celebrarán la creación del húngaro que nunca pensó en inventar un juguete-rompecabezas.

Rubik nos recuerda las posibilidades de los movimientos, la ceguera empresarial que asume que sabe qué quiere el mercado. Nos recuerda también que nos encantan los retos: esa pasión por vivir, elevada al cubo.

domingo, 20 de abril de 2014

Realismo México

Gabriel García Márquez pudo haber escogido muchos países para vivir, decidió que México fuera su segunda patria. Se le considera uno de los máximos exponentes de lo que literariamente se ha catalogado como “realismo mágico”, la narrativa que altera la lógica (si es que hay una) de la realidad. ¿Hasta qué punto México alimentó la imaginación del colombiano? ¿pudo haber escrito sus geniales obras en otro punto del planeta?

Quizá es ocioso preguntarse esto, lo cierto es que García Márquez llegó a México 25 años después de que Pedro Linares López inventara los alebrijes. Los seres fantásticos han existido desde siempre en los relatos del hombre, pero no en todos los países se han vuelto artesanía distintiva. La tierra que fue cuna de Cien años de soledad, también lo fue de cabezas de dragones con cuerpo de salamandra, patas palmadas, colmillos de tigre, dimorfismo sexual y ojos de campamocha, en el mismo cuerpo. Todo es posible en un alebrije.

Deberíamos hablar del Realismo México, ese lugar que semeja (o inspira) realidades alteradas, donde lo impensable sucede y la no-explicación es muchas veces la explicación. El Realismo México cumple cabalmente con las características del realismo mágico.

Elementos mágico/fantásticos percibidos como parte de la normalidad. Ahí están los entes que viven del erario, seres llamados “políticos” que como virus que muta o que escapa a los medicamentos, ejemplifican la máxima de que no hay lealtad a la causa sino al beneficio. Así, es común ver a militantes que cambian de bandera. El organismo que habitaban ya no les es útil, requieren un nuevo medio de subsistencia, tierra fértil para seguir prometiendo. Estos alebrijes ideológicos, lejos de avergonzarse por su cuerpo informe hecho de varias especies, se sienten orgullosos de su estirpe.

Sucesos mágicos carentes de explicación. ¿Cómo es que salió libre aquel conductor que en estado de ebriedad mató a una persona? ¿por qué hay intocables en el país? ¿por qué los partidos políticos no postulan a los hombres más preparados sino a los que sirven mejor a los intereses del grupo? ¿dónde guardan tantos autos los empleados de un valet parking? ¿quién realmente mató a Colosio? ¿la reforma fiscal es tan buena o tan mala como dicen? ¿por qué no crece la economía? ¿cuál es la fecha de un “nos hablamos”? ¿estamos más hacia el lado de la tecnología o de la superstición? ¿cómo es que ciertas gasolineras que incumplen las normas pueden abrir y operar? ¿cuánto es un “tantito”? 

Presencia de lo sensorial como parte de la percepción de la realidad. Cualquier extranjero que camina por uno de nuestros tianguis queda marcado por la experiencia. Visualmente es imposible abarcar todo, la policromía es lo más cercano que hemos estado de la democracia, en un tianguis no hay color que domine. Los olores y sabores se multiplican conforme uno se adentra en los laberintos, se pasa de las hierbas precolombinas a la perfumería pirata, de la fritanga a la fruta, del chamoy al tepache. Los roces de hombro, y a veces de otras partes, son comunes. Se escucha la cumbia, el piropo, el chirrido de las llantas del diablito, los silbidos del chalán, el pregonar del vendedor de remedios, la notas del organillero.

Los hechos son reales pero tienen una connotación fantástica, ya que algunos no tienen explicación, o son muy improbables que ocurran. Se atrapa a un delincuente y la vox populi duda de su identidad. Se promete justicia ante el delito y el pueblo se resigna. Los partidos pactan por el interés de México, pero tras bambalinas pactan por el interés de ellos. Se jura ante la constitución y nunca se demanda el incumplimiento. Hay causas, pero no consecuencias.

Ruptura de planos temporales, regresiones, adelantos. Quizá García Márquez no escogió a México para vivir, quizá fue escogido por esta tierra de realidades paralelas, de seres con máscara, el género que respiramos todos, Realismo México, el país donde la realidad supera a la ficción. El país que inspiró las letras de un genio.

domingo, 13 de abril de 2014

Volver al trueque

Acumular ha sido para el hombre una actividad tan antigua como respirar. En su vertiente positiva, los coleccionistas se esmeran en piezas inusuales y se ufanan de mostrar rarezas meticulosamente ordenadas; en su lado oscuro, los obsesivos compulsivos acumulan un caos sólo inteligible para ellos, donde cohabitan con decenas de gatos, cajas vacías de cereal o latas de refresco.

Todos coleccionamos o acumulamos algo. El hecho dice mucho de nuestra personalidad, tanto que podría ser una pregunta obligada en toda entrevista de trabajo: "¿Qué acumulas?". El que acumula terrenos es un latifundista, quien acumula fraudes es un pillo, el que acumula poder y riqueza es un empresario monopólico (o un líder sindical mexicano), el que acumula ideas es un intelectual, y así por el estilo, un asesino acumula cuerpos, un "príncipe de la basura" acumula favores sexuales de sus empleadas. Dime qué acumulas y te diré quién eres.

Recientemente se dio el lanzamiento global del álbum de estampas del Mundial de futbol, Panini, todo un fenómeno mercadológico pero también social, parte de una tradición que desde 1961 Giuseppe Panini fundó desde Módena, Italia, luego de un evento infortunado (compró una colección de estampas invendibles, y se le ocurrió comercializarlas en sobres cerrados. Produjo un emporio que hoy vende más de 800 millones de dólares en el mundo).

Durante mi infancia recuerdo con nostalgia un álbum de luchadores. Luego del intercambio con los amigos, hubo unanimidad con tintes arqueológicos: a todos nos faltaba la Momia Azteca. Conforme uno iba completando el álbum, surgían la envidia y otras desviaciones, como tristemente sufrí: el Huracán Ramírez ya no estaba en su lugar.

Ante un mundo cada vez más digital, donde la tecnología induce costumbres, la victoria de Panini me deja un buen sabor de boca, no sólo intercambiamos correos electrónicos, seguimos siendo humanos, nos sigue motivando el placer del viaje, no sólo el destino (somos estupendamente barrocos, encontramos el gozo en la curva, no en la recta), disfrutamos la acción de coleccionar más que tener la pieza completa o comprar el álbum lleno.

Ante tantos videojuegos que han vuelto a los niños seres apantallados (dícese de aquellos que se ausentan de la realidad), da gusto ver a los pequeños (y a sus papás) intercambiando manualmente sus estampas, reivindicando el trueque, esa necesidad manifiesta de ver en el otro un complemento. Varias generaciones han pasado desde el primer álbum Panini de un Mundial (1970) y la tradición sigue vigente, su dimensión social supera el hecho de poseer.

El fenómeno ha sido abarcado desde un lado matemático por dos investigadores de la Universidad de Ginebra. Hicieron un experimento con las estampas de Panini del Mundial Brasil 2014. En un documento legible para los iniciados en el idioma de Gauss, entre varianzas, sumatorias e integrales, han llegado a la certeza numérica de dos cosas que ahora comparto con los fanáticos: la primera es que no hay evidencia de estampas intencionalmente escasas, la segunda, que la forma óptima (costo/beneficio) de llenar un álbum es: compra una caja, luego adquiere 40 sobres e intercambia con un grupo de al menos 9 amigos, y finalmente, cuando te hagan falta unas 50 estampas, cómpralas directamente a Panini.

La insatisfacción fomenta el intercambio. En "La parábola del trueque", Juan José Arreola da cuenta de la tentación humana por cambiar lo que uno tiene. Al grito (obsceno para unos, sugestivo para otros) de "¡Cambio esposas viejas por nuevas!" un tramposo mercader estafa a los maridos del pueblo, a todos menos uno. La lección es profundamente inspiradora.

Tener un álbum completo termina siendo inútil, pero es el camino lo que reconforta. Un camino de complicidades sin dolo, una ruta con misterio (ese alimento que tanto gusta al hombre): abrir un sobre y esperar la suerte.

Nunca conseguí la Momia Azteca, pero ya no me importa. Una banalidad nos recuerda que la imposibilidad de completar nos vuelve felizmente humanos.

domingo, 6 de abril de 2014

Cuando muere un piano

Destruir para crear es un tema abordado por el arte, también por economistas como el austriaco Schumpeter, que desde 1942 vio a la innovación como un proceso donde nuevos productos destruyen viejos negocios. Aquí, como en la naturaleza, el ciclo vida-muerte es latente.

Beethoven compuso en las postrimerías de su vida una de sus obras insignia, Missa Solemnis, o Sinfonía Triste. En una carta dirigida a un fabricante de arpas, intentó vender la partitura para solventar angustias financieras. No hubo comprador, lo que seguramente agravó la depresión y la salud del genio.

Como si la esencia de las cosas viajara en el tiempo, "Sinfonía Triste" es el nombre de la instalación que el artista plástico Emanuel Tovar, expone en Diéresis, centro de cultura contemporánea.

Emanuel se entera que un matrimonio de músicos está vendiendo instrumentos por presiones financieras. Acude a ver la oferta y le interesa una pieza que no está en venta; un viejo piano de cola que ha acompañado a la pareja desde hace 20 años, instrumento que adquirieron con los recursos destinados a su boda; los dueños le nombran "piano de compromiso". El artista cuenta sus intenciones y convence a ella. La pareja será incluso parte de la obra.

Durante un video, testimonio y pieza clave de la instalación, la ex dueña del instrumento toca la Missa Solemnis con soltura. A los pocos minutos y junto al piano, un maestro de obras mezcla cemento en una carretilla. La pianista está concentrada en la partitura. El albañil agrega agua y arena. Los martinetes y las cuerdas se mueven armónicamente al aviso de los dedos. Con habilidad gemela, otras manos van dando espesura a una masa gris. Mientras ella revive los sonidos de Beethoven, el hombre empieza a verter la viscosidad al interior del piano. Ella no se inmuta. Él la ignora.

Como un anciano que se despide de la vida, el piano hace esfuerzos lastimeros, quizá como el genio perdiendo el oído. Ella hace énfasis en algunas teclas que empiezan a sonar ahogadas. El cemento abarca más paños, poco a poco va inmovilizado la maquinaria.

Días antes ella escribió una carta. El documento es parte de la obra y la dirige a "Querida conciencia mía". Es un documento exculpatorio y conmovedor donde manifiesta lo que el piano ha significado en su vida y la de su pareja, quien enferma (y prefiere ausentarse del evento) presumiblemente por la angustia que le provoca separarse del piano. En una profunda reflexión, la pianista equipara el desprendimiento del piano a la reciente muerte de su madre. Por ella se hizo pianista. La madre, a falta de piano, le dibujaba un teclado en una cartulina blanca y simulaba con la voz el sonido de las teclas, para que la hija ensayara. Recordando a su mamá, la pianista reflexiona que la vida no es eterna; deduce que los pianos también deben morir.

Mientras sigue tocando, intuye que su piano, como el recuerdo de su madre, será eterno al convertirse en algo nuevo. Las notas suenan cada vez más deformes y el hombre del cemento echa los últimos grumos sobre un piano exhausto, casi mudo, de sonidos tan tristes que es inevitable imaginar lo que diría Beethoven. Los objetos se transfiguran, cambian de valor. ¿Qué pensaría de saber que aquella carta donde ofrecía su sinfonía ahora vale 150 mil euros?

La pianista da un último golpe al teclado. El rigor mortis produce un silencio, el piano se ha convertido en su propio sepulcro. El momento tiene la solemnidad de un sepelio y la esperanza del génesis. Ha surgido otro objeto y del hecho han brotado estas letras, incluso tu lectura. Acude López Velarde al funeral: "Me pareces, oh piano, por tu voz lastimera, / una caja de lágrimas, y tu oscura madera / me evoca la visita del primer ataúd...".

Ella ha quedado sin piano, pero no sin talento. Algunos condenarán el hecho, otros verán el ciclo de la creación. Desde un nuevo teclado, pronto una mujer evocará la cartulina de piano de su infancia. Una nota anunciará la vida.


(Aquí el video: http://vimeo.com/88916737)

domingo, 30 de marzo de 2014

Tribuna mexicana

Empezó con ofensas verbales entre dos. Subió de tono, calentó los ánimos de los presentes que, ya levantados desde sus asientos, ondulaban energía de masas, se despojaban de el yo, para volverse el nosotros, y así como tribu enardecida, como enjambre encolerizado, vertieron desde la tribuna su rencor acumulado. Sólo hubo voz para la violencia.

Es la tribuna mexicana. Un espacio camaleónico que reproduce un lado de nuestra realidad social; a veces toma forma de cámara de diputados, a veces de estadio de fútbol.  En ocasiones es Chivas vs. Atlas, otras PRI vs PAN. A veces queda el torso desnudo para festejar (la “Perra brava” del Toluca), a veces para protestar (diputado Antonio García, PRD), la tribuna mexicana no se explica desde el lugar donde ocurre sino desde la cultura donde se anida.

“La culpa es del estadio” termina el luminoso texto “Los estadios y las multitudes” de Pablo Fernández Christlieb, donde expone que “la arquitectura es una forma de pensamiento”, “una mente de concreto armado, que se activa cuando se ocupa el lugar”, y cita al autor de “Masa y poder”, Elías Canetti: “todos los presentes dan su espalda a la ciudad; la masa está sentada frente a sí misma” y (su fuerza) “tiende a descargarse hacia adentro”.

Fernández ve a la tribuna como un despeñadero, una bajada energética donde la masa se cohesiona y hay una inercia que conduce abajo y al centro, ve a el estadio como el negativo de una pirámide, mientras ésta invita a subir y llegar a la cúspide, aquel precipita la atención hacia el fondo.

La violencia en la tribuna mexicana se manifiesta ahí, pero sin duda sus causas están en otras partes. En la desigualdad social, la falta de civismo, la irresponsabilidad de las partes involucradas y hasta la descoordinación policial (¿qué tanto habrá influido la falta de entendimiento que hay entre el Gobernador de Jalisco y el Presidente Municipal de Guadalajara, para que no hubiera una buena actuación policial el sábado pasado?).

Ayer en la mañana, durante un partido de fútbol de mi hijo de secundaria, una mamá del equipo contrario le gritó al árbitro, “¡estúpido!”. En un comercial de televisión vemos al entrenador de la selección nacional que aparentemente le grita al arbitro, “¡estúpido!”, luego vemos que el causante es un perico en el hombro del Piojo (más surrealista, imposible). Si queremos resolver problemas de violencia, debemos también eliminar los mensajes que la promueven. El dueño de las Chivas arremete contra la violencia en el estadio, pero también alienta mensajes que exacerban los ánimos (“Vamos a ponerle sabor al caldo” Chivas-América).

Endurecer las medidas de seguridad en los estadios es apenas una parte de la solución. La violencia social está ahí, latente, lista para explotar, como volcán, en el punto de menor resistencia. Mucho de lo que debería cambiar es lo que hoy alienta la violencia, particularmente la forma en como pensamos el fútbol y del fútbol (desde niños). Lo concebimos como un duelo, donde dos rivales se enfrentan, uno ataca, otro defiende, y además hay juegos entre acérrimos contendientes. También influye la forma en como pensamos a nuestra policía y el respeto que nos merece como figura de autoridad.

La sociedad mexicana tiene síntomas de grave violencia. Sin olvidarnos de la lucha contra el narcotráfico, 6 mujeres mueren cada día por crímenes de violencia extrema (¿cuántas más son golpeadas física y emocionalmente?). Esta estadística es parte de una sombría tribuna mexicana. La violencia de los jóvenes barristas se manifestó en la tribuna, pero se gestó en otro lado. ¿Cómo se relaciona esto con el bullying en los colegios? Se antoja que haya una estrategia nacional que pueda unir todos estos puntos.


Un amigo inquiere al otro: “¿por qué buscas aquí tus llaves, si las perdiste allá?”, y el otro responde “es que aquí hay más luz”. Ojalá haya inteligencia para atender las causas de violencia más allá de los estadios, pues unos creen (parafraseando a Fernández) que la culpable es la tribuna.

domingo, 23 de marzo de 2014

De ovarios y espermas

El intento de entender la conducta humana continua siendo uno de los viajes más fascinantes para el hombre, un aprendizaje continuo donde se cruzan teorías, anécdotas, planteamientos científicos, otros no tanto, cada parte añadiendo una pieza más al rompecabezas de nuestra intrincada naturaleza.
Tratar de entender por qué hacemos lo que hacemos ha sido abordado por diferentes disciplinas, sin que una sea dueña de la verdad. Es en los cruces de camino, en el enfoque multidisciplinario, donde brotan chispas de conocimiento, betas que invitan a seguir la pista de retadoras hipótesis y en ocasiones, nuevos descubrimientos.

Con esta sensación me he quedado luego de recorrer las fascinantes páginas del libro “Los Ovarios de Madame Bovary”, de David y Nanelle Barash, donde combinan crítica literaria con la teoría darwiniana. Al fusionar dos mundos, aparentemente inconexos, los autores pasan de las letras a la ciencia para mostrar que detrás de obras universales subyace un comportamiento profundamente anclado en el instinto biológico del ser humano. De los celos de Otello a la promiscuidad de Madame Bovary, de la ambición de Lady Macbeth al amor apasionado de Romeo y Julieta, en el fondo de estas historias e inolvidables personajes hay verdades fundamentales inherentes a un patrón biológico que compartimos sin distinción de raza, religión o nacionalidad.

Detrás de un hombre, los Barash pintan a un organismo generador de microscópicas células reproductivas, capaz de producir tantas que llegan a ser “baratas”, por abundantes y disponibles, mientras que detrás de una mujer, hay un organismo productor de huevos, notoriamente más grandes que la semilla masculina, también más escasos y por lo tanto “caros”. En este sentido, el hombre invierte menos recursos reproductivos al seleccionar compañera (es capaz de fertilizar a muchas mujeres en corto tiempo), mientras que la mujer, al comprometer sus recursos escasos (sólo puede embarazarse cada ciertos meses), se juega más en la relación; luego, biológicamente hablando, es más delicada la decisión de ella al seleccionar compañero.

Bajo esta óptica, las novelas de Jane Austen, publicadas hace 200 años, tienen abrumadora vigencia; no sólo están bien escritas, sino que abarcan uno de los temas biológicos centrales en el ser humano, particularmente en la mujer: la importancia de seleccionar bien a la pareja.

Sin que la novelista británica lo haya explicado así, sus personajes se desenvuelven en contextos sociales llenos de tensión por saber quién terminará casado con quién, si la protagonista será capaz de reconocer al hombre que le conviene más allá de las presiones familiares. Las mujeres de Austen buscan en un hombre los mismos beneficios que en el mundo animal las hembras buscan en los machos: buenos genes, buena conducta y buenas cosas (traducido al humano: apariencia, personalidad y capacidad de generar bienes –dentro de estos, dinero-).

Desde que Flaubert escribió la novela que eternizó a Emma Bovary, también retrató la inclinación de la mujer por mejorar su condición, lo que en palabras de los Barash es la capacidad femenina de negociar: “puedes tener lo que yo tengo, si eres capaz de darme activos a cambio”. ¿Qué activos?: buenos genes (“quiero hijos bonitos, saludables”), buena conducta (“quiero un buen padre y esposo, nos cuidarás, no nos abandonarás”) y buenas cosas (“no nos faltará nada”).

La biología juega un papel decisivo para explicar por qué hacemos lo que hacemos, es un instinto moldeado por el contexto social (los códigos culturales) y por la decisión individual donde el aspecto moral establece un marco limitativo a nuestros impulsos.


Un hombre que busca pareja no dice a la mujer de sus sueños “tus genes y mis genes tienen buenas posibilidades de sobrevivir en el futuro”, pero en esencia, ése es el diálogo biológico. Del Quijote a Hamlet, conectamos con historias que reflejan nuestra naturaleza profunda. Esta realidad excede a la literatura, es materia de todos los días. Nuestra materia.